35
Selene estaba a dos manzanas del Hotel Amizade cuando los vio: Bea y un hombre con un abrigo oscuro, caminando por la acera en medio de los jirones de niebla.
Aunque su amiga le daba la espalda, su pelo de color miel y los pantalones que llevaba eran inconfundibles.
Frunció el ceño al ver el perfil del hombre.
Lo había reconocido: era Rafael Delgado, el tipo despreciable que le había roto el corazón a su amiga.
Bea le había dicho que habían dejado su relación hacía semanas. Entonces, ¿por qué salía del hotel con él en plena noche?
Selene aceleró el paso para no perderlos de vista. Iban casi corriendo. Tampoco le gustaba la forma en que Rafael dirigía a Bea; parecía que la estaba llevando a alguna parte en contra de su voluntad. Algo no iba bien.
Cuando llegaron a la esquina, se metieron en una calle lateral cercana que los alejaba del hotel.
Selene se detuvo con todos los músculos tensos. Su instinto la animaba a seguir. ¿Y si su amiga estaba en peligro?
Dio tres pasos, se detuvo y maldijo entre dientes. No. No podía seguirlos. No tenía tiempo. Llevar a Jacques a un lugar seguro era la prioridad y tenía que trasladarlo en menos de una hora. Aunque no le gustaba nada la idea, Bea tendría que esperar.
Volvió al hotel, pero estaba tan preocupada por sus dos amigos que no oyó que alguien decía su nombre. Solo cuando llegó a la puerta se dio cuenta de que Luca estaba allí de pie.
Se lanzó a sus brazos antes de que pudiera decirle nada, porque necesitaba notar la calidez de su abrazo.
¿Cómo era posible que solo hubiera pasado un día desde que lo dejó durmiendo en Sintra?
Con todo lo que había ocurrido desde entonces, le parecía toda una vida.
La horrenda verdad sobre que Rosalinda era quien llevaba a los refugiados a meterse en las trampas mortales de los nazis, el peligro que amenazaba a Jacques, la huida extraña de Bea con Rafael… Todo eso era demasiado.
Apretó la cara contra su pecho e inhaló su olor a pino y especias, deseando que su presencia pudiera vaciarle por completo la memoria.
—Perdona que no haya venido antes, pero André me ha retenido en Sintra.
—Le puso un dedo bajo la barbilla para levantarle la cabeza y hacer que lo mirara a los ojos.
Cuando vio la tristeza que había en ellos, su inquietud creció—.
Me pareció raro que te hubieras ido del palácio de esa forma tan repentina ayer.
Vengo de recepción, de preguntar por ti.
Y ya veo que no me equivocaba al preocuparme. ¿Qué ocurre?
La felicidad que sintió al verlo quedó enseguida sustituida por una reticente cautela. Por mucho que quisiera, no podía desahogarse con él. Logró mirarlo con serenidad.
—No pasa nada. Ya te dije que te avisaría cuando pudiera verte.
Él frunció el ceño.
—Creía que se había acabado lo de las reglas.
—Nosotros… No quería decir eso. —Le apoyó una mano en el brazo y suspiró. Le resultaba mucho más fácil fingir cuando no había tantas cosas en juego—. Hay una situación que tengo que gestionar. Necesito ir a un sitio…
—Son las dos y media de la madrugada, Selene. ¿Adónde tienes que ir a estas horas?
Tuvo que improvisar una historia para justificar todo lo que había pasado.
—He vuelto para comprobar cómo estaba mi amiga. Tiene una relación con un hombre que no le conviene. Estoy intentando ayudarla, pero es algo de lo que tengo que ocuparme por mi cuenta. No deberías haber dejado a tu hermano por mí. No quería preocuparte, perdona.
Luca suavizó su expresión.
—La verdad es que quería verte… Pero no eres la única razón por la que me he ido. —Frunció el ceño y suspiró—. André y yo tuvimos una discusión ayer, después de que te fueras. Y no acabó bien.
—¿Sobre qué?
Luca se pasó una mano por los rizos.
—Me pidió que me hiciera cargo del negocio del wolframio. Del día a día de las minas. De todo.
Selene se lo quedó mirando fijamente, sin comprender.
—Pero André sabe que no quieres saber nada de eso. ¿Por qué te lo ha pedido?
—No ha querido decírmelo, pero pasa algo.
—Miró a la calle en donde estaban, en ambas direcciones, para asegurarse de que no había nadie antes de continuar en voz baja—.
Está paranoico. Se ha convencido de que lo vigilan, hasta de que lo siguen.
Parece que ha hecho algo que no le va a gustar a Salazar.
He intentado que me diga el qué, pero ha jurado que no me lo contará nunca. Dice que es para protegerme.
Selene frunció el ceño. Ese comportamiento de André era preocupante.
—¿Y qué le has contestado?
Vio dolor en los ojos de Luca.
—Me he negado. No quiero formar parte de una industria que alimenta la fabricación de artillería alemana. No me importa que también los Aliados se beneficien del wolframio. Salazar es el que decide quién se queda con qué y no quiero estar bajo sus órdenes.
—¿Y qué va a hacer André?
—No lo sé. Me ha dicho que, si le pasa algo, espera que lo absuelva por sus pecados. —Se le quebró la voz y las comisuras de la boca se hundieron—. No puedo hacer lo que me pide, pero… estoy muy preocupado por él.
Selene lo tomó de las manos. Estaba aliviada de que no hubiera cedido a las peticiones de André, pero entendió el coste que tenía esa decisión.
—Ya has sacrificado demasiado. No es justo que te pida esto. Ya aceptará tu decisión. Dale tiempo.
Luca sacudió la cabeza. De repente, parecía exhausto.
—Estoy cansado, Selene. Salazar y ahora mi hermano… Me exigen demasiado. Te prometí que colaboraría contigo para ayudar a los refugiados, pero necesito salir de aquí. Ha llegado el momento.
Selene asintió y después lo abrazó.
—Lo sé.
—Tal vez pueda hacer más en Estados Unidos. Fundaré una organización benéfica. Ayudaré a los inmigrantes a encontrar casas y trabajos para que se sientan bienvenidos.
Ella lo miró a los ojos y vio que necesitaba oír que ese futuro era posible.
—Claro que sí. Solo necesito unos días, pero te conseguiré el visado que te prometí.
Luca se volvió a pasar los dedos por el pelo y después le envolvió la cara con las manos.
—¿Vendrás conmigo? ¿A tu país, a Estados Unidos?
Hasta ese momento no se había dado cuenta de las ganas que tenía de que él le hiciera esa pregunta.
Su corazón sabía la respuesta que quería darle, pero no estaba dispuesta a hacerle una promesa que no podía cumplir.
¿Cuándo sería libre para elegir su destino?
Su deber era completar sus misiones, esta y las que vinieran después.
Entrelazó los dedos con los de él y le dio un beso suave.
Sintió que la verdad crecía en su interior, como un fénix liberado de las llamas de su miedo.
Tras sus años de flirteos superficiales, nada la había preparado para la profundidad de esa emoción.
Con su misión completada, ya no había ningún obstáculo para ella, nada que la obligara a negarla.
—Estoy enamorada de ti, Luca. No sabía que podía sentir esto por alguien, pero apareciste tú…
Él la besó con ternura.
—Yo también te quiero.
Sus ojos se llenaron de felicidad al oírlo decir eso. Esperaba que sintiera lo mismo por ella, pero ver cómo lo decía en voz alta lo hacía mucho más real.
—Quiero ir contigo, más que nada en el mundo.
Podríamos trabajar juntos. Y hacer algo que marque la diferencia…
—Vaciló, sabiendo que lo que tenía que decir a continuación iba a ser doloroso para él.
Lo había pensado bien—. Pero aquí hay gente en peligro.
Algunos son artistas, escritores, músicos.
Los creadores de las obras maestras del futuro.
Salvarlos a ellos y sus ideas… Eso es lo que me importa a mí ahora mismo.
No puedo irme de Lisboa aún. Mi trabajo…
—Es importante, lo sé.
—Pero si hay alguna forma de que pueda irme dentro de poco, de que podamos estar juntos, la encontraré.
Su sonrisa era tierna, pero estaba teñida de tristeza.
—No tardes mucho —murmuró.
Había un augurio extraño en sus palabras y ella lo abrazó con fuerza en medio del aire frío, aferrándose a él mientras la besaba con pasión. Sus caricias se volvieron exigentes y el calor que generaban los dos hizo que dejara de importarles el frío, pero ella no podía ignorar sus responsabilidades.
Estaba deseando llevarlo adentro y dejar que ese beso diera paso a otros mil, pero lo que hizo fue separarse poco a poco.
Cada minuto que pasaba, el peligro que amenazaba a Jacques aumentaba. Ya había perdido demasiado tiempo con Luca.
—Tengo que irme —susurró—. Iré a buscarte a tu apartamento cuando tenga el visado. Mañana.
Él asintió.
—Allí estaré.
Se dieron un beso dulce de despedida y ella se fue. Miró atrás y lo vio de pie en medio del halo de luz de una farola, mirándola mientras se alejaba. Después la niebla lo engulló y fue como si nunca hubiera estado allí.