34
Mientras Bea miraba por la ventana, una espiral de terror helado le subió por la garganta y no pudo evitar estremecerse. Eran más de la una de la madrugada y llevaba la mayor parte de la noche vigilando la calle desde su habitación a oscuras porque no podía dormir.
Había obedecido las órdenes del coronel y había regresado al Hotel Amizade sin intercambiar una palabra con nadie más que con el taxista.
Como precaución adicional para evitar que la siguieran, le había pedido al conductor que diera un rodeo antes de llegar.
Pero nada de eso había logrado aliviar su inquietud.
Apretó el lápiz que tenía en la mano, que ocultaba una hoja afiladísima. Clavarlo rápido y directo a la yugular, recordó. Eso era lo que había aprendido durante su entrenamiento, pero nunca pensó que tendría que ponerlo en práctica en la realidad.
Le llamó la atención un leve movimiento en el callejón que había al otro lado de la calle. Parpadeó y no vio nada. Pero cuando se dio la vuelta para alejarse de la ventana, se percató de la presencia de una figura en un rincón de la habitación.
Se lanzó hacia delante, lista para atacar, pero una voz que conocía bien le susurró:
—Soy yo.
—Gable —respondió también en voz baja, aliviada pero preocupada al mismo tiempo. Él no debería estar allí.
Se movía con sigilo. Examinó la habitación y la calle de abajo con una precisión calculada.
—No puedes acercarte a la ventana —advirtió—. Se te ve fácilmente desde la calle.
—¿Por qué estás aquí?
—No me voy a ninguna parte —fue su tajante respuesta.
Así que, a pesar de todo lo que habían pasado, él seguía creyendo que no podía cuidarse sola.
—No necesito un perro guardián.
Gable continuó como si ella no hubiera dicho nada.
—El coronel no debería haberte enviado de vuelta aquí. Tienes suerte de no estar muerta ya.
—Me sorprende que te haya dicho dónde estaba.
—No lo hizo. —No apartaba los ojos de la calle—. Solo me contó que te habías visto comprometida y que te habían reasignado. Nada más. He venido lo antes posible. Me dije que no podía ser que estuvieras aquí, pero tenía que…
No acabó la frase, pero ella entendió lo que no estaba dispuesto a decir.
—Has venido porque querías verme. —Se acercó a él—. No podías mantenerte alejado. Dilo.
Intentó agarrar su mano, pero él se apartó, repentinamente furioso.
—¡Comprometida! ¡Mierda! ¿Cómo has podido permitir que te pasara eso?
Ella se tensó. Claro… Para él era más fácil la culpa que la vulnerabilidad. Pues no tenía intención de dejarlo salirse con la suya con esa táctica.
—No fue error mío. Alguien me reconoció y reveló mi verdadera identidad…
Gable se llevó un dedo a los labios para indicarle que guardara silencio y señaló con la cabeza el balcón. Ella abrió mucho los ojos y se le aceleró el pulso cuando vio que una sombra cruzaba por delante de la ventana.
Sacó la hoja afilada del lápiz hueco que le servía de funda y después se ocultó tras la puerta del baño mientras Gable se escondía detrás de una de las cortinas.
Vieron cómo, poco a poco, giraban el picaporte de la puerta del balcón y una figura masculina se colaba en la habitación.
La oscuridad de la noche le mantenía ocultas las facciones, pero se veía con claridad el brillo que la luz de la farola que había en la calle le arrancaba al arma que llevaba en la mano derecha.
Dio un paso hacia el interior de la habitación, luego otro… y Gable lo sorprendió y le rodeó el cuello al hombre con un cable de alambre.
Bea contempló con horror cómo forcejeaban los dos, como dos ángeles oscuros a la luz de la luna.
Gable arqueó la espalda para contrarrestar las sacudidas de su adversario y apretó el alambre mientras hacía todo lo que podía para mantenerse erguido.
Entonces Bea salió corriendo del baño, con la hoja afilada en la mano.
Pero el intruso se enfrentó a ella y logró quitarle el arma, que cayó al suelo con un repiqueteo, al mismo tiempo que le daba un golpe violento en el tórax que la hizo caer de rodillas y le provocó un espasmo en la garganta por el dolor.
Se dobló, luchando por respirar, y el intruso se dio la vuelta para concentrarse en Gable. Había reducido momentáneamente la fuerza que ejercía sobre el cable y, sin saber cómo, un instante después se vio aplastado contra la pared y con el arma apuntándole a la cabeza.
Todavía boqueando para introducir un poco de aire en el cuerpo, Bea buscó el frasco de cloroformo que llevaba en el bolso desde la noche del baile.
Empapó un pañuelo con el líquido mientras los otros dos seguían blandiendo sus armas. Ninguno estaba dispuesto a rendirse. Gable tuvo que soltar una mano del cable para apartar el arma de su cabeza y la presión que ejercía sobre el alambre se redujo.
Ella tenía que actuar ya. Se tiró a por el intruso por la espalda, le rodeó el cuello con un brazo y le cubrió la boca con el pañuelo.
Él intentó zafarse, pero ella resistió como pudo sin soltarlo para que el cloroformo tuviera tiempo de hacer efecto.
Cuando ya se estaba quedando sin fuerzas, al asaltante se le cayó el arma de la mano.
Gable fue a por ella en cuanto el hombre empezó a tambalearse porque las rodillas ya no lo sostenían.
Después tomó del suelo la hoja de Bea y se la clavó entre las costillas al intruso cuando los dos cayeron.
El hombre aterrizó boca abajo y un charco de sangre empezó a formarse en el suelo.
Gable se quedó de rodillas al lado de Bea, que se abrazaba el torso sin parar de toser. Le ardía la garganta, pero por fin notaba que su respiración estaba recuperando la normalidad.
—Estoy bien —logró decir con voz ronca.
Él puso los dedos en el cuello al intruso para tomarle el pulso.
—Está muerto. —Empujó al hombre inerte para ponerlo boca arriba y Bea soltó una exclamación de horror.
—Es el mayordomo de los Caldeira. El hombre que me paró a la entrada del salón de baile el día de Nochevieja.
—Dante —confirmó su compañero muy serio.
Su mente iba a mil por hora, aunque apenas sentía el cuerpo.
—Si André Caldeira le ha pedido a Dante que me siga, es que supone que estamos tras su pista. Tal vez sabe que he registrado su despacho, pero no dejé ningún rastro…
—Vi que Dante sospechaba cuando se fijó en ti en el baile. Él habrá advertido a Caldeira.
Gable se agachó y empezó a registrar el cadáver. Le quitó la chaqueta del traje para parar la pérdida de sangre del costado del hombre antes de que empapara aún más las tablas del suelo.
—¿Y si era Dante la persona que me estaba siguiendo? —continuó Bea—. Tal vez estaba en la cafetería el día que comprometieron mi tapadera.
—Es posible. Tras el arresto y el asesinato de Lacerda, Caldeira sabe que Salazar está buscando al traidor del wolframio. Dante era los ojos y los oídos de André en Lisboa. Si él sabía que estabas aquí con un alias, se preguntaría si simpatizabas con los Aliados o con el Eje.
En cuanto al cadáver, Bea se puso manos a la obra junto a Gable.
Le quitó el alambre del cuello y revisó el cuerpo en busca de cualquier cosa que la relacionara con Gable o con Caldeira.
Meses atrás, no podría haberse imaginado en esa situación.
Fue revisando paso a paso la lista de instrucciones que había memorizado en la Granja.
Nunca había tenido que vérselas con un cadáver antes, pero estaba tranquila y cumpliendo una a una las tareas para las que la habían entrenado.
Si esa era la prueba definitiva de capacidad para ella, la había pasado.
Y saberlo hizo que sus manos estuvieran firmes y tranquilas mientras trabajaba.
—Si todo viene de André Caldeira, esto no lo va a detener —dijo de repente.
—No —contestó Gable con gran pragmatismo—. No lo hará.
Él se levantó, se revisó las manos y la garganta en busca de rastros de sangre, y después marcó el número de recepción en el teléfono que había en la mesita.
Su voz sonaba ronca pero calmada.
—Quiero pedir una recogida para la lavandería. Envíen a Mateus a la habitación veintitrés.
Después colgó y miró a Bea.
—Empaca tus cosas. Nos vamos de aquí.
Bea asintió. Era su única opción si quería seguir con vida.
Estaba metiendo su ropa y los artículos de aseo en la maleta cuando apareció en la puerta Mateus, un chico joven y desgarbado, más o menos de la edad de su hermano, que traía un montón de sábanas en la mano.
A su lado tenía un carrito de lavandería grande, lo bastante como para ocultar dentro un cadáver.
—¿Ha tenido un accidente, senhor ? —preguntó Mateus con tranquilidad cuando Gable le indicó que entrara. Miró el cadáver de Dante sin inmutarse, como si ese tipo de «accidentes» ocurriera todo el tiempo.
Gable le dio un rollo de billetes a Mateus y él se los guardó enseguida.
—Ya sabes lo que tienes que hacer.
—Por supuesto. Será como si no hubiera pasado nada.
—Buen chico. —Le dio una palmadita en la espalda a Mateus y después explicó mirando a Bea—: Mateus es uno de nuestros agentes más jóvenes.
—Y uno de los mejores, también —respondió el muchacho muy orgulloso antes de ponerse manos a la obra con el cuerpo de Dante.
Bea revisó la habitación para asegurarse de que no dejaba ningún rastro. Si Caldeira enviaba a alguien para buscarla, nadie encontraría allí nada que pudiera servir para ir tras ella.
—Tenemos que irnos ya —le dijo Gable.
Ella lo siguió al pasillo y después al ascensor.
Cuando salieron por una entrada lateral, acomodó su paso con el de él, deseando poner entre el cadáver de Dante y ella cuanta más tierra de por medio mejor. Se ocultaban en la oscuridad, evitaban las calles más concurridas e iluminadas y caminaban tan rápido que les faltaba poco para correr.
—Se va a montar una buena por esto —murmuró Gable—. El coronel exigirá explicaciones. Estoy violando todos los protocolos.
Bea pensó en todas las situaciones posibles. Si el coronel descubría que Gable había tenido que ver con la muerte de Dante, ¿quién sabía lo que haría? ¿Sacarlo de la misión, como había hecho con Bea? Y entonces, ¿en qué punto estarían?
—Dile que lo hice yo. Que cuando me encontraste, Dante ya estaba muerto. Que mandé a buscarte después de hacerlo.
Tras dudar un momento, Gable asintió.
—Está bien.
—Ha estado a punto de matarte —reconoció ella.
—Pero no lo consiguió.
Bea se estremeció. Habría hecho cualquier cosa para salvarlo. Si el cloroformo no hubiera incapacitado a Dante, lo habría matado con sus propias manos. En aquel momento se dio cuenta realmente de lo que era capaz.
Esa vida enigmática la había atrapado y no la iba a soltar. Gable también formaba parte de ella. Era una adicción oscura que no podía evitar.
Lo miró y sintió la misma atracción magnética que notaba siempre que él estaba cerca.
—Gracias por estar allí conmigo. Menos mal que no me encontraba sola.
Él asintió, pero su expresión era inescrutable en medio de la oscuridad.
—Si te hubiera pasado algo… —Dejó la frase sin terminar y sacudió la cabeza—. Necesito que sigas con vida.
Ella entendió que eso era lo más cerca que iba a estar de reconocer sus sentimientos, que no se iba a permitir más que eso. Quiso tomarlo de la mano, pero se contuvo. Eso cruzaría el límite que se habían autoimpuesto. Y ella no podía hacer algo así.
—Necesito desaparecer.
—Sí. Vamos a mi apartamento para idear un plan.
Ella pensó en negarse, porque no quería seguir poniéndolo en peligro, ni a él ni a su trabajo, pero por el momento no tenía otro sitio donde esconderse. Era una fugitiva, y él era la única persona a la que podía recurrir.