Las bibliotecarias de Lisboa 33
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Solo se veía un trazo de luna en el cielo oscuro mientras Selene y Jacques peinaban los muelles de Cais do Sodré, buscando a una mujer con velo que llevara en la mano El conde de Montecristo .

Las siluetas de los esqueletos de los barcos desvencijados asomaban por todos los rincones del astillero.

Los susurros de los marineros llegaban desde las sombras, mientras en los bares situados en el extremo de los muelles resonaban las estruendosas risas de los soldados que estaban de permiso aquella noche.

Selene se pegó contra la pared de un callejón oscuro, fuera de la vista.

Tenía a su lado una maleta, con un transmisor de radio dentro, para contactar con Marguerite.

Jacques estaba a unos tres metros y medio de ella, donde se lo veía con claridad desde los muelles, haciendo de cebo para conseguir que La Pastora saliera a la luz.

Jacques y ella llevaban quince minutos esperándola, pero no había aparecido, y Selene estaba empezando a dudar de que se presentara.

¿Habría averiguado de alguna forma que estaba tras su pista?

Había revisado el apartamento de Jacques en busca de dispositivos de escucha, pero ¿y si se le había pasado alguno?

¿Y si La Pastora sabía que iban a por ella?

Jacques se giró hacia donde estaba Selene y susurró:

— Ma petite paonne , creo que no ha venido.

—Vendrá.

Su anterior determinación se había convertido en un terror creciente.

Cada vez que miraba a Jacques, veía una imagen de su cuerpo frío y sin vida apareciendo en la orilla en Estoril, con sus impresionantes ojos oscurecidos y apagados.

Pero él no podía correr la misma suerte que Toma Petrea. Ella no lo permitiría.

Se arriesgó a acercarse un poco a Jacques, solo un segundo.

—Recuerda: cuando la encuentres, accede a sus condiciones. Haz todo lo que te pida. Si tengo que irme por alguna razón, volveré a por ti.

Él asintió.

—Estoy seguro de que lo harás.

Miró desde la esquina hacia una sección más tranquila de los muelles, donde no había nada más que unos pocos botes atracados.

Lo único que se oía eran las olas lamiendo tranquilamente el muro de contención.

Estaba a punto de volver a su escondite cuando notó que algo se movía entre las sombras junto al agua.

Ahí estaba. La Pastora, con la cara oculta por un velo. Selene se agachó detrás de unas cajas y observó a la mujer levantar la lona de un bote y hacerles un gesto a un hombre y a una mujer para que subieran.

—Quedaos escondidos —ordenó—. Al amanecer, alguien os llevará a remo hasta el USS Assurance y después os ocultarán en la bodega de carga del barco.

Todo terminó en cuestión de segundos. Volvió a colocar la lona en su sitio y el hombre y la mujer desaparecieron de la vista.

—Ahora. —Selene le dio el visto bueno a Jacques justo cuando La Pastora le daba la espalda al bote.

Vio desde el callejón cómo su amigo se le acercaba. Ella dio un paso atrás para apartarse de él, como si estuviera preparándose para echar a correr.

—No se vaya, por favor —susurró Jacques—. Usted es La Pastora, ¿verdad? Me llamo Jacques Renaud. He recibido el mensaje que me envió.

La mujer lo estudió.

—Jacques Renaud… sí. Eres uno de los favoritos de De Gaulle, ¿verdad? —Se quedó callada y examinó su cara.

—¿Eso es algo importante para usted? —contestó Jacques.

—¿Qué tienes para ofrecerme? —preguntó ella.

Selene escuchó con toda su atención, con la esperanza de poder identificar la voz de Elise o Rosalinda, pero hablaba tan bajo que le resultó imposible.

Sintió un escalofrío y agarró la Colt 1908, y sus dedos temblorosos se volvieron más firmes al tocar el frío metal.

Mataría a esa mujer si era necesario, si tenía que elegir entre la vida de Jacques y la de ella. Nunca sacrificaría a Jacques.

—Tengo el dinero —contestó Jacques.

—Dime, Jacques, ¿ha merecido la pena arriesgar tu vida por la de otros?

—Cada vida que he salvado y cada plan nazi que he saboteado han hecho que merezca la pena, sí. —Su voz sonó muy firme.

La Pastora asintió despacio.

—Ven conmigo. —Lo llevó al bote donde ya estaban escondidos el hombre y la mujer, y le dio las mismas instrucciones que a ellos.

Después de recolocar la lona nuevamente, La Pastora abandonó con prisa los muelles y siguió por la plaza do Duque da Terceira. Selene miró hacia el bote. No quería abandonar a Jacques, pero él estaría a salvo allí por el momento y ella no se podía permitir perder a La Pastora.

La siguió hasta el Jardim Roque Gameiro, pero la mujer lo cruzó rápidamente y después volvió a las calles. Serpenteó entre las callejas y recorrió aceras desiertas.

Avanzaba con el sigilo de un zorro y sus pasos eran silenciosos. Selene la seguía impulsada por la adrenalina. Solo una vez la mujer se paró en seco para examinar la acera que tenía a su espalda, y ella tuvo que ocultarse detrás de una cabina telefónica.

Pasaron unos segundos espantosos. Selene contuvo la respiración y su corazón era como un pájaro asustado en su pecho. ¿Y si la había descubierto? Pero no. Satisfecha al encontrar la calle vacía, La Pastora continuó.

Por fin, al llegar a la calle Garrett, en Chiado, redujo el paso. Selene se ocultó bajo el toldo de la farmacia que había al otro lado de la calle cuando la mujer se metió en un callejón sin salida, muy oscuro, al lado de un edificio de apartamentos muy austero.

Esperó y tuvo que contener una exclamación cuando vio, gracias a la luz de una farola, la cara de la mujer que salió de él. «Rosalinda». La reconoció al instante. La Pastora era Rosalinda. Selene se apoyó en el escaparate del local y sintió que se le helaba la sangre.

«Rosalinda». De las tres mujeres con las que había intentado entablar amistad, Rosalinda era la única que había sido realmente buena con ella. Que parecía sincera. La única en la que había querido confiar.

La mujer salió del callejón y desapareció en el interior del edificio de apartamentos, sin dejar rastro de La Pastora en medio de aquella oscuridad total.

Selene se quedó mirando las puertas del edificio, deseando no haber visto nada de todo aquello.

Recordó la conversación que escuchó la noche anterior en el jardín de André.

«Me prometiste que estaba a salvo», había dicho La Pastora mientras le suplicaba a aquel nazi despreciable por la vida de un prisionero… No importaba quién fuera o lo importante que resultara para Rosalinda; ella había hecho todo lo que le habían pedido los nazis para salvar a una sola persona.

Aunque la hubieran obligado, Rosalinda se había convertido en una asesina.

Se le hizo un nudo en el estómago. Se coló en el mismo callejón en el que había estado ella unos minutos antes y abrió la maleta que contenía el transmisor de radio.

No tenía tiempo que perder, así que se puso a escribir un mensaje a Marguerite en código morse.

Lo alteró para que sonara como una previsión del tiempo muy inocente, pero lo que decía de verdad estaba muy claro: «La Pastora es Rosalinda Bianchi.

Está en su apartamento del veintitrés de la calle Garrett. Id a por ella ahora».

Ya estaba de vuelta en los muelles de Cais do Sodré cuando recibió la respuesta de Marguerite en su radio de galena. «En camino».

Selene apartó a Rosalinda de su mente mientras sacaba a Jacques y a los otros dos refugiados de su escondite del bote. Rosalinda los había enviado a la muerte. No podía haber absolución para un pecado como ese.

—No volváis aquí —les dijo al hombre y a la mujer—. La Pastora no es vuestra amiga. Tendréis que encontrar otra forma de salir de aquí. Lo siento.

Deseó poder hacer algo más por ellos, pero al menos les había dado la oportunidad de vivir para ver otro amanecer. Cuando se fueron de allí corriendo, ella miró a Jacques.

—Vete a casa y despídete de Henri. Mete en una maleta solo lo estrictamente necesario. Tienes una hora como mucho. Después iré a buscarte y te llevaré a un lugar seguro. Te quedarás allí hasta que podamos trasladarte al aeropuerto.

La expresión de Jacques era taciturna.

—¿Y después?

—Un avión de la boac sale mañana a mediodía, y tú viajarás en él.

—¿Y si me niego? —preguntó.

—Aunque ya no tengan a La Pastora para hacerles el trabajo sucio, los nazis van a por ti. —Le puso una mano en el pecho en forma de súplica tácita—. Por favor, Jacques. Vete… Por el bien de Henri. Pasad página juntos. Ya has hecho bastante aquí.

Él negó con la cabeza con una sonrisa triste.

— Ma chérie , ¿no te has dado cuenta aún? En esta guerra, nunca será suficiente.

Se alejó y segundos después se había perdido en la noche, su huida oculta por la niebla.

Temía por él y quería que estuviera escondido en un lugar seguro cuanto antes.

Esas palabras de despedida resonaban en su mente.

Su misión estaba casi terminada, pero en vez de sentir satisfacción, lo que había en su corazón era un amargo arrepentimiento y una gran tristeza por la gente que no había podido salvar.

Lo que había hecho aquella noche no era suficiente.

Tenía que hacer más. Acababa de comprenderlo.

Qué inexperta era cuando llegó allí, cuántas ideas tontas tenía sobre vivir una vida más libre y completa, sobre escapar de su pasado.

Pero esa guerra era más penosa y cruel de lo que había imaginado.

Se trataba de luchar por lo correcto, y esa batalla no acababa aquella noche.

Era posible que para ella no acabara nunca, a pesar del coste que pudiera suponer.