32
Bea miró por encima del hombro y se estremeció mientras intentaba ver algo en medio de la densa niebla.
Se subió el cuello del abrigo para protegerse del frío matutino y aceleró el paso de camino a la oficina.
Había vuelto esa inquietud insistente. Y la culpa la tenían los Caldeira.
Cuando volvió al Hotel Amizade tras el baile de la noche anterior, la consumía la preocupación por Selene.
Tras pasar la noche sin dormir, llamó a la puerta de su amiga antes del amanecer con la intención de advertirla sobre ese hombre y su familia, pero Selene no estaba allí. Quiso quedarse a esperarla hasta que volviera, pero no tenía tiempo.
Tras recibir el mensaje de Bea la noche anterior, el coronel Fitzgerald había accedido a verla en las oficinas del idc para idear un plan para arrestar a André.
No podía llegar tarde. Acabar con los negocios fraudulentos de André con los nazis era la prioridad.
Tal vez si lo detenían inmediatamente, su amiga esquivara el peligro. Pero pensar eso no la tranquilizaba.
Se le erizó el vello de la nuca cuando volvió la última esquina para entrar en la calle de Sant’Anna à Lapa. Quedaban dos manzanas para llegar a la Legación Estadounidense y las oficinas del idc, pero la niebla hacía que ese corto trayecto pareciera una distancia imposible.
Todos los ruidos se magnificaban en el aire denso. En cada paso que daba, tenía la sensación de que oía otro detrás de ella. ¿Sería un eco o la estaba siguiendo alguien?
Tragó saliva con dificultad, redujo el paso a propósito y, sin previo aviso, se paró en seco. Sí, ahí estaba, tenue pero inconfundible… Ruido de pasos. Uno, dos… silencio.
Aceleró y oyó que el desconocido invisible hacía lo mismo.
Esta vez, cuando miró por encima del hombro, distinguió la silueta oscura de un hombre.
La niebla ocultaba sus rasgos, pero era alto, caminaba muy decidido y estaba ganando velocidad.
Todas las alarmas saltaron en su cabeza y decidió meterse por una callejuela estrecha.
Después, cuando encontró una puertecita que no estaba cerrada con llave, se coló en la parte de atrás de una pastelería.
El dueño soltó una exclamación de sorpresa, pero Bea le puso unas monedas en la mano antes de que pudiera decir nada y salió corriendo por la puerta delantera de la tienda para desembocar en otra calle.
Tras una serie de giros rápidos, se refugió en la librería Fábula Perdida.
La espera le resultó desesperante, pero el senhor Machado no le hizo ninguna pregunta.
Pasó media hora y, como su perseguidor no la había descubierto, Bea decidió que ya podía salir.
Cuando llegó a las oficinas del idc, estaba sin aliento y temblando. El coronel la estaba esperando en el coe. Se puso en pie, alarmado, cuando vio su agitación.
—Me han seguido —informó—. Un hombre ha venido detrás de mí casi todo el camino. No he podido verlo bien.
El coronel frunció el ceño.
—¿La ha visto entrar en el edificio?
Bea negó con la cabeza.
—Lo despisté unas manzanas antes de llegar.
Fitzgerald apoyó las manos en su mesa.
—¿Está segura?
—Sí, señor.
Bea inspiró hondo para calmar sus nervios. Quería creer que estaba a salvo dentro de los recovecos del coe, pero su entrenamiento le había enseñado que no era así. Había perdido a su sombra un rato antes, pero seguro que volvería.
—Piense, señorita Sullivan. ¿Alguien la vio registrar el despacho de Caldeira anoche? ¿Había alguien en la fiesta que pueda haberlos visto a usted o a Gable en Casablanca? ¿O aquí en Lisboa?
—No, pero… —Una idea enfermiza surgió en su cerebro y casi le fallaron las rodillas por el impacto. «Pete Dawson»—. Me encontré con alguien que conocía de mi pasado, aquí, en Lisboa. Es un soldado estadounidense. Volvía a casa. Pero me reconoció. Y me llamó por mi nombre real.
El coronel se puso muy rojo.
—¿Y cuándo fue eso?
Ella se dejó caer en la silla más cercana.
—Hace unos días.
—¿Y no me lo ha contado hasta ahora? —El coronel estrelló el puño en la superficie de la mesa.
—Se iba a la mañana siguiente. Me prometió que no le diría a nadie dónde estaba, ni que me había visto… —Dejó la frase en el aire.
La verdad era que sí le había preocupado que Pete la hubiera expuesto sin darse cuenta.
Pero si se lo hubiera dicho al coronel, la habrían obligado a retirarse de la misión de la noche anterior.
Por eso decidió olvidar todos los «y si…
» e ignorar las advertencias de su mente. Y había pagado el precio.
—Creía que era demasiado inteligente para hacer una estupidez como esa —dijo el coronel con un gruñido—. Ha puesto en peligro la misión. Tendremos que reasignarla. De inmediato. Y sacarla de Lisboa lo antes posible.
Se lo quedó mirando fijamente. Tenía que haber oído mal. ¿Irse de Lisboa? ¿Y Gable? ¿Y Selene? Eso era impensable.
—No, estoy segura de que no es necesario que me reasigne…
Él suspiró.
—No tiene usted ni voz ni voto en este asunto, señorita Sullivan. Vuelva a su hotel y quédese allí. No hable con nadie. No salga de su habitación. Me pondré en contacto con usted para darle instrucciones.
Repasó mentalmente, a velocidad frenética, la docena de razones por las que tenía que permitirle quedarse.
—Todavía tengo que presentarme en las oficinas del idc. No puedo dejar mi puesto de trabajo.
—No me ha dado usted otra opción. —La voz del coronel sonaba irritada.
—Pero ¿qué le va a decir a la señorita Milford y a las demás?
—Que la han reasignado a otra oficina. Ocurre a veces.
A Bea se le cayó el alma a los pies al pensar en Nora, Helen y Dorothy.
Se enfadarían si se iba sin despedirse. ¿Y Selene?
Si Bea simplemente desaparecía sin decirle nada a ella, ¿qué pasaría?
Se moriría de preocupación. O, peor, creería que estaba muerta.
Pensó en Gable. Volvería de Sintra y ya no la encontraría.
¿El coronel le contaría lo que había pasado con ella? Lo dudaba mucho.
Lo intentó de nuevo, con la voz muy tensa a causa de la desesperación.
—¿Y André Caldeira? ¿Y la Spinnennetz de Gable?
—Gable ya trabajaba solo antes; volverá a hacerlo.
Ya decidiremos qué hacemos con la operación Caperucita cuando él regrese.
Pero eso son detalles confidenciales que ya no está autorizada a conocer.
—Fitzgerald se sentó pesadamente en una silla.
Un cansancio lleno de desilusión había sustituido a la ira de un momento antes—.
Nos ocuparemos de Caldeira, pero no hoy. Y no lo hará usted.
La mente de Bea se hizo un millón de añicos por la frustración y la impotencia. No podía estar pasándole eso a ella.
—No salga por donde ha entrado —le indicó el coronel.
Bea intentó mantener el rumbo en un universo destruido, pero la voz de su jefe era como un zumbido lejano.
El coronel le señaló una puerta que había al fondo de la habitación—.
Utilice ese pasadizo. Es largo, pero desemboca en Jardim da Estrela.
Pida allí un taxi que la lleve a su hotel.
Era como si tuviera los pies pegados al suelo. Solo logró moverse cuando el coronel la agarró por el codo.
—Le he dado órdenes, señorita Sullivan. —La llevó hasta la puerta—. Y espero que las obedezca. De inmediato.
Parpadeó y se encontró, sin saber cómo, en un pasillo oscuro, y oyó cómo cerraba la puerta con llave tras ella.
Habían desaparecido las salas y los secretos que habían conformado su mundo durante los últimos tres meses.
Tampoco estaban sus compañeras. Ni el hombre por el que se sentía atraída, en contra de toda lógica y sentido. Del que creía que se estaba enamorando.
Estaba sola. Y no había ningún lugar seguro para ella.