Las bibliotecarias de Lisboa 31
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Selene se vistió a toda prisa en la oscuridad y después salió del dormitorio de Luca y recorrió la casa, en la que todo el mundo dormía.

Reinaba un silencio total en el palácio a esa hora, aunque oía ruidos amortiguados que llegaban desde la planta de abajo: el eco del entrechocar de ollas en la cocina, donde el personal estaba preparando el desayuno para los invitados que se habían quedado a dormir después de que terminara el baile.

Solo era cuestión de tiempo que se despertara el resto de la casa, y ella necesitaba volver a Lisboa ya.

Tenía que advertir a Jacques antes de que ninguna otra persona, especialmente Elise o Rosalinda, abandonaran la propiedad.

Salió por una puerta lateral y fue al garaje para pedir que uno de los chóferes de André la llevara a Lisboa.

—No he querido molestar al senhor Caldeira, pero tengo una cita esta mañana a la que tengo que acudir —le explicó al chófer y se acomodó en el asiento de atrás del Mercedes. Como esperaba, el hombre se limitó a asentir y arrancó el coche.

Cuando el automóvil cruzó la cancela de hierro, Selene miró la ventana a oscuras de la habitación de Luca, deseando poder seguir en sus brazos.

Habían hecho el amor después de la fiesta muy despacio, con una ternura dulce e íntima, pero se notaba cierta tristeza en sus caricias.

Su preocupación por Jacques era una sombra que se cernía sobre ella, que hacía que rendirse totalmente a la pasión o dormir le resultara imposible.

A Luca también le rondaba algo por la cabeza; no había dejado de dar vueltas en la cama, inquieto, mientras ella permanecía tumbada a su lado, despierta, esperando a que amaneciera.

No le gustaba nada tener que irse sin despedirse, pero tendría que bastarle con la nota que le había dejado en la mesita. Era muy breve: solo le dijo que había tenido que volver a Lisboa urgentemente, pero que no pasaba nada grave.

Deseó que el coche avanzara más rápido en medio de la niebla gris.

No podría perdonárselo si algo malo le ocurría a Jacques.

Toma Petrea y Otto Schafer habían sido unas trágicas pérdidas que la habían afectado mucho, pero ella no los conocía.

Jacques era su amigo, y en aquel momento su destino estaba en sus manos.

Nunca había sentido una responsabilidad tan grande y aterradora en relación con alguien que quisiera tanto.

El viaje de una hora le resultó casi insoportable. Tenía toda la piel cubierta de sudor cuando llamó a la puerta del apartamento de Jacques. Nadie respondió. Llamó más fuerte y solo logró volver a respirar cuando oyó pasos. Pero la puerta permaneció cerrada hasta que susurró:

—¿Jacques? Soy yo, Selene.

— Dieu merci —oyó que exclamaba, y después abrió la puerta. Llevaba un impecable batín y zapatillas, pero estaba pálido y bajo los ojos se veían unas profundas ojeras. Parecía que no había dormido—. ¿Qué ocurre? Me has dado un susto de muerte al venir a esta hora intempestiva…

Selene pasó a su lado y entró en el apartamento.

Había dos copas vacías y una botella de champán en la mesa del salón, restos de la celebración de Nochevieja.

Fue hasta la ventana y revisó la calle. Por suerte, estaba vacía.

No la habían seguido. Se volvió para mirar a Jacques, que parecía angustiado.

—Habla en voz baja —pidió susurrando ella también—. No sabemos quién puede estar escuchándonos.

Él se sentó.

— Ma chérie , por favor, no entiendo…

—He venido a avisarte.

Ella miró debajo del sofá en busca de un Detectifone. Si los nazis tenían a Jacques en su punto de mira, era posible que le hubieran puesto dispositivos de escucha en su apartamento. Selene siguió revisando cajones y armarios mientras continuaba explicando atropelladamente.

—Los nazis van a por ti. Alguien aquí en Lisboa quiere que te maten.

—Vamos, querida, no seas ridícula. —Intentó servirse un poco de champán, pero suspiró al comprobar que la botella estaba vacía. La dejó sin hacer ruido y con una expresión inescrutable—. A herr Stellmacher nunca le ha gustado mi arte, es cierto, pero…

—No estoy bromeando. —Su tono era de súplica—. Tienes que salir de Lisboa lo antes posible.

Parecía que Jacques se iba a negar, pero entonces oyeron una voz que llegaba desde el umbral del dormitorio.

—Tiene razón, mon coeur . Llevo días diciéndotelo.

Selene miró en esa dirección y encontró a Henri, de pie en la puerta del dormitorio, aún más pálido que Jacques.

De repente, lo entendió todo y fue como si la atravesara un rayo.

Aunque nunca se había encontrado antes con ese tipo de relación (al menos, que ella supiera), era consciente de que existía, aunque la gente fingiera que no.

Con todas las veces que había visto a Jacques y a Henri juntos, comportándose entre ellos de esa forma pícara y tierna…

No se podía creer lo ciega que había estado.

¿Cómo no se había dado cuenta de hasta dónde llegaban sus sentimientos?

Era tan evidente, tan intrínseco, que de repente no se los podía imaginar de otra forma que no fuera juntos.

Ella saludó a Henri con la cabeza y le dio un apretón en la mano a Jacques para que supiera que protegería su secreto, como le iba a pedir a él que hiciera con el suyo.

—Henri, cómo me alegro de que estés aquí. Hazlo entrar en razón. Por favor. Ayúdame a convencerlo de que se vaya. Si no lo hace, lo matarán. Como a Toma. O lo secuestrarán y lo llevarán a un campo de concentración.

—Lo he intentado. —La voz de Henri sonaba tensa—. Pero no atiende a razones.

Jacques miró a su compañero para advertirlo.

—Henri…

Selene lo interrumpió.

—No pasa nada, Jacques. A mí no tienes que mentirme. Sé que eres miembro de los maquis.

Jacques la examinó durante un momento antes de responder en voz baja:

—Pero ¿cómo es posible que…?

—Yo también te he estado mintiendo. Sobre quién soy y por qué vine aquí. A veces me llegan informaciones importantes. Escúchame, por favor. —Selene se devanó los sesos intentando decidir qué podía contar sin exponerse del todo—. No soy solo una secretaria.

Lo miró a los ojos para intentar que entendiera lo que no podía decir. Pasaron unos largos segundos mientras él le examinaba la cara. Al final asintió.

—Y yo no soy solo un artista. —Le cubrió la mejilla con la mano y suspiró antes de levantarse—.

Sé que me buscan. Hace días que soy consciente de ello.

Pero eso no cambia nada. Los dos tenemos que desempeñar nuestro papel, ¿no?

Y tú sabes tan bien como yo que no podemos abandonar a los que dependen de nosotros aquí en Lisboa.

Henri se acercó a su lado.

—Pero ¿de qué va a servir si te matan? Yo puedo continuar nuestro trabajo aquí…

—No, no pienso desperdiciar el tiempo que me queda. Hay mucho que hacer y no te voy a dejar.

—Prometimos que lo haríamos, si era necesario, ¿no te acuerdas?

—La voz de Henri era suave y llena de dolor, pero firme.

Dudó y después sacó un trozo de papel del bolsillo—.

Yo… he contactado con alguien que puede ayudarnos.

No quería decírtelo todavía. Tenía la esperanza de poder llevarte a los muelles sin explicarte por qué y después…

—¿Los muelles? —El miedo se instaló en el estómago de Selene—. ¿Con quién has contactado, Henri?

La tensión en su voz hizo que él la mirara asustado, pero respondió.

—La llaman La Pastora. La semana pasada le envié un mensaje a través de unos amigos de la cozinha . Y he recibido esto en respuesta. Lo pasaron por debajo de nuestra puerta esta mañana.

Henri le enseñó el papel a Selene, que lo sostuvo con dedos temblorosos.

La nota decía: «Puedo ayudarte. Encuéntrate conmigo en los muelles esta noche. A las diez».

—¡Maldita sea! —Selene hizo una bola con la nota.

¿Cómo era posible que La Pastora le hubiera hecho llegar el mensaje a Jacques tan rápido?

¿Lo habría entregado el hombre que estaba en el jardín con ella?

¿O habría sido otro mensajero que trabajaba con La Pastora?

No importaba. Ella había llegado a tiempo, antes de que Jacques cometiera un error fatal.

—Es una trampa. Esta mujer está atrayendo a refugiados con la promesa de ayudarlos a lograr la libertad, para después entregárselos a los nazis. Es la responsable del asesinato de Toma y de la desaparición de Otto.

Jacques dio un respingo y Henri se acercó aún más a él.

—¿Quién es?

—Si vamos juntos esta noche al encuentro con ella en los muelles, podemos descubrir su identidad y acabar con esto.

No le gustaba nada tener que utilizar a Jacques como cebo para La Pastora, pero ¿qué otra elección tenía?

Él, y también otros, se estaban quedando sin tiempo.

Los nazis continuarían con su sucesión de asesinatos y secuestros, utilizando a La Pastora para que hiciera lo que ellos le pedían. Le cogió la mano a su amigo.

—Puedo sacarte de Lisboa, pero necesito que me ayudes a capturar a La Pastora primero.

Jacques asintió.

—Sí. Le tenderemos nuestra propia trampa.

Selene se levantó.

—Ven solo. Y no salgas del apartamento hasta entonces. Que no te vean. No abras la puerta. Y no confíes en nadie.

—¿Y después lo sacarás de aquí? —La mirada de Henri encerraba una súplica.

Asintió.

—Lo prometo.

Jacques miró a Selene y después a Henri con resignación.

— Bon sang ! Solo acepto por ti.

—Está bien. Yo voy a estar bien —respondió Henri.

Ella fue hacia la puerta.

—Después prepararemos un plan de huida. Solo necesito un par de días.

—Date prisa. Por favor. —En la mirada de Henri había miedo.

—Te veré esta noche. —Le tiró un beso a Jacques y se fue.

El repiqueteo de sus pasos en las calles cubiertas por la niebla le ponía los nervios de punta mientras se apresuraba a volver al hotel sin dejar de pensar en su plan.

Primero necesitaba enviarle un mensaje de radio a Marguerite.

Ella era la única que podía conseguir papeles auténticos y un visado para Jacques.

Que fuera miembro de los maquis ayudaría.

Y aquella noche ella tendría lo que le había pedido a Selene: le pondría a La Pastora en sus manos.

El miedo clavó sus garras en ella, pero lo recondujo para convertirlo en determinación. El fracaso no era una opción.