Las bibliotecarias de Lisboa 30
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Bea notaba las palmas húmedas por el sudor y el corazón acelerado mientras sujetaba la cesta de mimbre de la colada.

Disfrazada de doncella, no se atrevió ni a respirar al cruzar la entrada de servicio del palácio de los Caldeira.

Una noche muy oscura había ayudado a ocultar su llegada y, como el coche en el que había llegado era imposible de distinguir de los demás que cruzaban las puertas de la propiedad, no había llamado la atención.

Sin hacer ruido, se coló en un estrecho pasillo flanqueado de puertas.

Se veía la cocina en un extremo. Le llegaron murmullos por la puerta abierta: la cocinera y sus pinches estaban preparando aperitivos para los invitados que pululaban por el salón de baile de arriba.

Al oír unos pasos que bajaban con pesadez por la escalera de servicio, Bea se escondió en una despensa en penumbra.

Se pegó contra la pared y sacó el pañuelo empapado en cloroformo que llevaba en el bolsillo.

Podía incapacitar a alguien en segundos, pero solo lo haría si era estrictamente necesario.

Los pasos se oían cada vez más fuerte y no tardó en aparecer un hombre con un uniforme de mayordomo impecable.

Pasó por delante de donde estaba Bea, dándole una serie de órdenes a un criado que iba tras él.

Desde su escondite pudo ver la expresión severa del mayordomo.

Se quedó esperando, muy quieta, pero él no miró hacia donde estaba ella.

Cuando desapareció en dirección a la bodega con el criado, subió corriendo por las escaleras de servicio.

Al llegar al rellano de la primera planta, oyó el sonido amortiguado de la música y el runrún de las conversaciones que llegaban desde el salón.

Abandonó las escaleras para entrar en un pasillo vacío y aceleró el paso.

El riesgo de que la descubrieran aumentaba con cada segundo que pasaba.

Se guio por la descripción de la distribución del palácio que le había hecho Gable y no tardó en encontrar el despacho de André Caldeira. Cerró la puerta con llave al entrar, con manos temblorosas, y soltó la cesta de la colada.

Primero levantó el auricular del teléfono para comprobar el aparato de escucha que había instalado otro agente del mi5 en la línea desde fuera.

—Probando, probando —murmuró por el auricular, y luego colgó.

Un momento después, recibió una transmisión de parte del otro agente a través de su radio de galena. La había oído.

Una vez comprobado que la escucha telefónica funcionaba, Bea se centró en el escritorio de Caldeira. Rebuscó por los cajones con una urgencia creciente, hasta que encontró el libro de contabilidad. Lo comparó con los números que había memorizado y vio que todas las transacciones coincidían.

Sí, Caldeira hacía negocios tanto con los Aliados como con las potencias del Eje, pero las exportaciones de wolframio que aparecían en ese libro estaban totalmente dentro de los límites que establecía el acuerdo luso-alemán.

Era lo que Gable había dicho. No había margen de error. Caldeira estaba limpio.

Pero el instinto le decía otra cosa. Su mente iba a toda velocidad mientras examinaba el resto de la habitación, llena de estanterías y cuadros que adornaban las paredes forradas de caoba. Se estaba quedando sin tiempo. Si Caldeira tenía algo que esconder, ¿dónde lo haría?

Primero revisó las estanterías, pero no encontró nada. Después pasó la mano por el borde de los marcos de los cuadros. Entonces sus dedos notaron una bisagra casi imperceptible en el lateral de uno de los más grandes.

Tiró y el cuadro se separó de la pared. Detrás apareció una caja fuerte.

El corazón estaba a punto de salírsele del pecho mientras examinaba la cerradura con combinación.

No había utilizado todavía los conocimientos de apertura de cajas fuertes que había recibido en su formación en la Granja, y esa noche no podía fallar.

Hizo todo lo posible para que dejaran de temblarle las manos y empezó a girar el disco de la caja, escuchando atentamente en busca de los suaves clics que marcaban los puntos de contacto de la cerradura.

Después de descubrir cuántas ruedas la formaban, pudo reducir la cantidad de combinaciones posibles.

Pasaron los minutos mientras iba probando posibilidades.

El sudor le cubría la frente y el miedo le atenazaba la garganta. Ya llevaba allí demasiado tiempo.

Por fin encontró la combinación correcta.

La puerta de la caja se abrió con un chirrido agudo y Bea miró dentro conteniendo la respiración.

Ahí estaba: otro libro de contabilidad, que parecía idéntico al primero.

Examinó rápidamente el contenido. En ese había una contabilidad completamente diferente de las transacciones empresariales de Caldeira.

Esas cifras confirmaban que Alemania estaba recibiendo más de lo que le correspondía.

Mucho más. La sangre le atronó en los oídos.

Sacó una microcámara oculta en una caja de cerillas que llevaba en su delantal de doncella e hizo una serie de fotos de las páginas lo más rápido que pudo.

Cuando volvió a meter el libro en la caja, vio algo más en un rincón. Lo sacó para verlo a la luz y el estómago le dio un vuelco.

Era la Gran Cruz de Hierro, la condecoración más alta del Reich. El propio Hitler se la imponía a los hombres que le habían prestado servicios extraordinarios a Alemania. Hombres como André Caldeira, pensó Bea, y se estremeció.

La cabeza le daba vueltas. Caldeira era un lobo, pero no solo eso: también estaba asociado con los nazis.

Y lo peor de todo: era uno de los principales confidentes de Salazar.

Eso significaba que André podía dirigir a Salazar y a Portugal por un camino preocupante.

¿Y si estaba animando al presidente a ponerse del lado del Eje? Esa idea era aterradora.

Se tragó su preocupación, hizo una última foto de esa cruz y después cerró la caja. El libro de contabilidad y la medalla eran las pruebas que necesitaba.

Sentía como si cada minuto que pasaba le apretaran más una soga que llevara alrededor del cuello, así que sacó el vestido violeta que había escondido debajo de las sábanas en la cesta de la colada y se cambió deprisa.

Cuando terminó, se miró en un espejo que había al lado de la puerta. Estaba pálida y alterada.

Aun en ese estado, podía mezclarse con el resto de los asistentes al baile de máscaras sin llamar la atención. Se puso la suya y se escabulló del despacho.

Tras dejar la cesta en la escalera de servicio, Bea se dirigió al salón de baile.

Había cumplido su misión, pero no sentía ninguna paz por su éxito.

La verdad que acababa de descubrir era complicada y desagradable.

Gable ya la había advertido sobre eso, y ella le dijo que era lo que quería.

Pero tenía un precio. Siempre lo tendría.

Estaba tan sumida en sus pensamientos que no se fijó en el hombre que se le acercaba.

— Senhora , ¿acaba usted de llegar? —le preguntó cuando entró en el salón.

Levantó la vista y enseguida se preocupó. Era el mismo mayordomo que había visto abajo, pero en aquel momento ocultaba su severidad tras una expresión de sereno y altivo decoro.

—Sí. —Hizo una mueca al notar el temblor de su voz y rezó para que él no se hubiera fijado.

El mayordomo asintió.

—Si no le importa darme su nombre, avisaré al senhor Caldeira de que ya está aquí. Seguro que querrá darle la bienvenida como es debido.

Su respuesta debería haber sido inmediata, pero de repente se había quedado petrificada, como una estatua. La había pillado con la guardia baja y, durante un aterrador momento, no pudo decir nada.

El pánico la embargó mientras intentaba pensar en algo que decir.

Justo cuando el mayordomo estaba entornando los ojos, suspicaz, una figura enmascarada, disfrazada de caballero renacentista, apareció a su lado.

Se levantó la máscara y a Bea le dio un vuelco el corazón. Era Gable.

—Guárdate tus tácticas de interrogatorio para los espías, ¿eh, Dante? Esta preciosa señorita está conmigo esta noche.

Dante palideció.

—Mis disculpas, senhor Delgado. Ya sabe lo importante que es la seguridad para dom André. Tengo órdenes, seguro que lo comprende.

Gable asintió brevemente mientras se la llevaba de allí.

—Se cree que es el guardaespaldas de Caldeira —murmuró mirando a Dante de soslayo—. Pero es el peor voyeur de todos los que hay aquí.

La dirigió directamente a la pista de baile.

—He encontrado lo que estábamos buscando —le dijo ella también en susurros—. Avisaré esta misma noche.

No necesitaba decirle más. Él asintió.

—Estás temblando —comentó.

—Estoy bien.

—No ha sido como imaginabas —afirmó sin atisbo de duda.

Ella negó con la cabeza.

—No, pero es el trabajo más importante de mi vida y eso hace que merezca la pena.

La preocupación nubló los ojos de Gable y también apareció en ellos un destello de nostalgia.

Dirigía sus movimientos con la mano y su contacto le resultaba reconfortante y a la vez una tortura.

Gable posó la mirada en sus labios y ella vio claramente la batalla que estaban librando los dos.

Estar tan cerca la una del otro solo servía para que quisieran más de algo que no podían tener.

La nota final del vals reverberó en el aire, él apartó la vista y se rompió el hechizo. Apartó las manos de su cuerpo, pero no se alejó de ella.

—Voy a traerte una copa —se ofreció.

Ella asintió y fue a seguirlo, pero entonces soltó una exclamación y se quedó parada en seco, mirando fijamente.

Entre la gente que había junto a la pista de baile estaba Selene.

Llevaba máscara, como todos los que asistían al baile, pero su vestido de terciopelo azul era inconfundible.

Lo había visto colgado en la habitación de hotel de su amiga la noche en la que le contó lo de su encuentro casual con Pete.

Así que ese era el mundo secreto y cubierto de diamantes que Selene había estado habitando los últimos meses.

¿Estaría allí aquella noche como parte de su misión?

No le sorprendió que su tarea tuviera que ver con ese tipo de acontecimientos sociales, dada su evidente belleza.

Lo que le resultó desconcertante fue la adoración que vio en la cara de su amiga.

Tenía los ojos fijos en su pareja de baile, un hombre alto y de espaldas anchas que le resultaba familiar, incluso con la máscara.

Un instante después, notó la bilis en la garganta.

Había estudiado la cara de ese hombre docenas de veces en las fotos que había en el coe.

Selene estaba en brazos de André Caldeira.

Gable siguió su mirada y frunció el ceño.

—Ten cuidado —le advirtió en voz baja—. Si te sorprende ver a Selene Delmont aquí, no lo demuestres abiertamente.

Bea tardó un momento en ocultar su expresión.

—¿Cómo…? —dejó la pregunta sin terminar.

Estaba a punto de decir que cómo era que conocía a Selene, pero lo entendió enseguida.

Cómo no iba a ser así. Ella era parte de la vida de Bea, y Gable había estudiado todo lo que tenía que ver con ella cuando empezaron a trabajar juntos.

La pregunta era, ¿sabía él más que ella sobre Selene y la razón por la que estaba allí?

—Pero… está con André Caldeira —murmuró.

Gable negó con la cabeza.

—No, ese es Luca Caldeira, el hermano gemelo de André. Selene es su amante.

Fue como si el salón de baile empezara a dar vueltas y le costó mantener el equilibrio. Esa revelación había puesto patas arriba su mente. Selene era la amante de Luca Caldeira. Y Luca era el hermano de André, un traidor nazi. Sintió náuseas, pero tragó saliva para calmarlas.

—Yo… no lo sabía.

La mirada atenta de Gable estaba pendiente de todo. Detectó la preocupación de Bea en cuestión de segundos. La agarró del codo para sostenerla y le susurró con voz dura al oído:

—No interfieras. Hay cosas en funcionamiento que no entiendes.

Así que Gable, efectivamente, sabía más de lo que podía contar sobre su amiga y su situación. Sintió una enorme frustración, que quedó superada por su preocupación por Selene. Y necesitó todo lo que tenía para fingir indiferencia; temía que ya había revelado demasiado con su reacción anterior.

—No, claro que no. No sabía que André tenía un hermano gemelo, nada más. —Consiguió recomponer su expresión, pero entonces se dio cuenta de que su compañero miraba en otra dirección.

Tenía los ojos fijos en Dante, que estaba en el otro extremo de la habitación, mirándola fijamente. Bea se estremeció.

Entonces de repente sonrió y la cogió del brazo. Había recuperado su personaje de Rafael Delgado.

—Ven, cariño. Vamos a tomar un poco el aire.

La llevó por el salón hasta la terraza y después al jardín. Cuando llegaron allí, aceleró el paso.

—No confío en ese Dante. Tengo que volver a la fiesta. Si alguien me pregunta, le diré que te has ido a casa porque no te encontrabas bien. Vuelve a Lisboa y lleva el paquete a lugar seguro.

—Sí —accedió, sabiendo que se refería a la microcámara que llevaba metida en el corpiño del vestido. Dentro estaban las pruebas que necesitaban para detener a André Caldeira.

—Mi chófer te llevará. Ya vendrá a buscarme a mí mañana.

Asintió, pero él le cogió la mano antes de que entrara en el coche. La acercó a su cuerpo hasta que tuvo los labios casi rozándole la oreja.

—Olvídate de lo que has visto esta noche —le susurró—. Y a quién has visto. Tanto por su bien como por el tuyo. —La soltó de repente y, un segundo después, había desaparecido en medio de la noche.

Mientras el coche recorría la carretera oscura, ella miró atrás, al palácio iluminado, atormentada.

Selene estaba dentro, un conejo en una guarida de lobos.

Fuera cual fuese la misión encubierta de su amiga, el descubrimiento que había hecho aquella noche lo había cambiado todo.

Selene no sabía lo peligrosa que era su asociación con Luca Caldeira y su hermano.

Y no era solo que se relacionara con Caldeira…

Bea había visto la expresión de su cara durante el baile.

Su amiga estaba enamorada de Luca. ¿Y si él estaba metido en la trama de André? ¿Y si era un nazi también?

La vida de Selene podía estar en peligro y Bea tenía que encontrar una forma de avisarla.