29
—Solo tú podrías convencerme de someterme de forma voluntaria a esta tortura —refunfuñó Luca mientras hacía girar a Selene por la pista de baile.
Él temía asistir a ese baile de Nochevieja y a Selene también le estaba afectando la disonancia que producía todo el glamur allí reunido.
Aun así, sonrió a Luca desde debajo de su máscara de rayas negras y doradas de tigresa (la había elegido como broma cómplice entre ellos) para intentar calmar su irritación.
Ojalá estuvieran los dos solos esa noche, pasando las horas juntos, sin vigilancias ni censuras.
Le dio un beso rápido y tierno en la mejilla y eso logró suavizar su expresión.
—Pues esta noche la tortura te sienta muy bien.
Él rio burlón, pero apretó la mano que tenía alrededor de su cintura.
—Y a ti también. Estás preciosa.
Le encantó oír la sinceridad de su voz y notar la facilidad con la que se entendían sus cuerpos mientras se movían al ritmo de la música.
Vio su reflejo en uno de los espejos con marco dorado del salón y no pudo evitar reconocer que hacían una pareja estupenda.
El vestido que había creado la modista de Marguerite para ella era de un lujoso terciopelo azul medianoche y acentuaba la cintura y el escote.
Luca también estaba especialmente guapo con un chaqué victoriano con chaleco hecho a medida.
Los últimos días, en el silencio de la noche, se habían susurrado palabras que pasaron de la picardía a la intimidad.
Ella le había hablado de su relación fallida con Giles y de cómo la amistad con Bea en Boston había sido su salvavidas tras la ruptura de su compromiso.
Luca le contó la historia de su matrimonio fracasado con Sofía y de cómo su amor se había convertido en odio con rapidez.
Esas confidencias solo aumentaron la atracción que sentía por él.
Pero ese hombre hacía que le costara concentrarse en cualquier otra cosa.
Esa misma semana, más de una vez, se había visto sin parar de pensar en él mientras estaba peinando los muelles de Cais do Sodré en busca de La Pastora, o espiando las conversaciones de Elise.
Incluso aquella noche, aunque no les quitaba ojo a Elise y a Rosalinda, y estaba muy pendiente de lo que hablaban, su roce la estaba distrayendo.
A pesar de las insistentes advertencias de Marguerite, Luca se había convertido en su fruta prohibida: peligrosa pero irresistible. Se había enamorado de él, y esperaba que Luca sintiera lo mismo.
Cuando paró la música, André los estaba esperando al borde de la pista de baile. Los recibió con un asentimiento.
—Me alegro de que lo estéis pasando bien. Luca, eres como Lázaro tras su resurrección de entre los muertos.
—Brindo por eso. —Eduardo entrechocó su copa con la de Rosalinda.
Incluso Elise y Teresa sonrieron y asintieron, de acuerdo con la aprobación general.
Pero Luca hizo una mueca ante esa reacción y bromeó:
—¿Es que te recuerdo a un cadáver? Me halagas, hermano.
—Es una transformación bien recibida por todos y sospecho que conozco la razón. —André le besó la mano a Selene.
—Me das más importancia de la que tengo —respondió, pero agradeció tanto el cumplido como ver que tenía su bendición. Luca intentaba ocultarlo, pero estaba segura de que le importaba más la opinión de André de lo que estaba dispuesto a admitir.
La orquesta empezó a tocar otro vals y las parejas volvieron a la pista de baile.
—¿Vamos, querida? —José le ofreció el brazo a Elise y enseguida se perdieron en la corriente de bailarines.
Rosalinda y Eduardo los siguieron, y también Teresa y Nelio. Luca le ofreció el brazo a Selene, pero ella se quedó parada.
—¿Tú no bailas, André? —preguntó.
No lo había visto hacerlo en toda la noche. Lo único que había hecho era vigilar la celebración muy atento. Cuando un garçon tiraba una copa de champán, André lo echaba enseguida y nunca volvía a aparecer. Sus altísimas expectativas no daban margen para ningún error.
—Me temo que no. Tengo cosas más importantes que atender esta noche. —Se puso serio—. Perdona, pero necesito hablar con Luca unos minutos. Tenemos que tratar un tema de negocios. En privado.
Qué raro que André quisiera hablar con él de algo así, en medio de un baile, pensó.
Tenía que ser algo urgente. Vio la misma confusión que sentía ella en la cara de su hermano.
Tal vez tenía que ver con las noticias que le habían llegado a través del señor Mitchell de la Comisión de Comercio.
Los Aliados estaban presionando a Salazar para que estableciera un embargo a todas las exportaciones de wolframio.
Si André no podía exportar su mineral, ¿qué iba a pasar con la producción de sus minas y sus beneficios?
—Te lo puedes llevar —le dijo Selene a André—, pero solo si me lo devuelves en cuanto hayáis terminado. Ni un segundo después.
André hizo una inclinación de cabeza.
—Claro.
—Guárdame un hueco en tu carné de baile —le pidió Luca juguetón, y después le dio un beso en la mejilla antes de salir con su hermano de la sala.
Ella miró hacia la pista justo cuando terminaba la pieza.
José y Eduardo se dirigieron a la mesa donde estaba el champán, mientras que Nelio probó suerte pidiéndole un baile a una mujer más joven.
Selene buscó por el salón y vio a Elise y a Rosalinda, que se dirigían a la terraza.
Teresa estaba flirteando abiertamente con un garçon en un rincón de la sala.
Mientras Selene miraba, Teresa se escabulló a la biblioteca, que estaba al lado, llevando de la mano al garçon .
Selene siguió a Elise y a Rosalinda. Salió sin hacer ruido a la terraza y se ocultó entre las sombras para espiar la conversación de las mujeres. Pero la terraza estaba vacía, y también las escaleras que llevaban al jardín de los setos con forma de animales que había más abajo. ¿Adónde habrían ido?
Un puñado de estrellas asomaban tras la gruesa capa de nubes, pero los jardines de la propiedad estaban sumidos en la oscuridad.
Solo un mar lejano dejaba ver algo del brillo plateado de la luna reflejado en sus aguas oscuras.
El aire de la noche era fresco, y Selene estaba a punto de volver adentro cuando oyó unas voces quedas que llegaban desde el jardín. Hablaban en alemán.
—Me dijiste que había terminado. —Era una voz de mujer y sonaba temblorosa—. Que no tendría que entregarte a ninguno más. Me prometiste que estaba a salvo. Y que lo liberaríais si os daba lo que queríais.
—Yo solo le hago promesas al Führer —respondió un hombre con desdén—. Si valoras tu vida, harás lo que él manda.
A Selene se le aceleró el corazón. El hombre era un nazi.
Pero ¿quién era la mujer? No reconocía la voz.
Era profunda y apenas un susurro. Elise y Rosalinda tenían que haber pasado por ahí, pero en ese momento solo había una mujer en el jardín.
¿Podría estar fingiendo una voz distinta para que no la reconocieran?
Se agachó en la terraza y miró por la balaustrada del balcón, intentando ver a los que hablaban.
Pero, por mucho que lo intentó, solo pudo distinguir unas siluetas oscuras.
—Entréganos a uno más de esos untermensch —continuó el hombre— y liberaremos al prisionero.
Selene sintió que el estómago le daba un vuelco.
Untermensch . Los nazis utilizaban ese odioso término para referirse a alguien que consideraban inferior o «no ario».
Recordó lo que le dijo Catia sobre Emil Achenbach, el hombre que intentó envenenar a Amélie Schöne en el casino.
¿El hombre del jardín sería Emil? Si lo era, esa mujer…
Si estaban dejando en manos de Hitler a esos «indeseables», tenía que ser la informadora que Selene estaba buscando.
Pero ¿quién sería ese hombre, el prisionero, que ella intentaba proteger?
Selene se giró para mirar por las puertas cristaleras hacia el salón de baile en busca de Rosalinda o Elise, para comprobar si habían regresado.
Pero ninguna estaba a la vista en el limitado espacio que ella veía.
Maldijo la casi total oscuridad de esa noche y volvió a centrarse en lo que pasaba en el jardín.
—Me odiaría si supiera lo que he hecho. —A la mujer se le quebró la voz. A continuación, se produjo un largo silencio, y Selene se preguntó si estaba llorando—. Ya tengo demasiada sangre en las manos. No volveré a ser La Pastora.
A Selene estuvo a punto de salírsele el corazón del pecho. Ya estaba segura. Esa mujer, la informadora, era también La Pastora.
—La Pastora obedece al Reich —dijo el hombre con los dientes apretados.
—No lo hará más —gimoteó ella.
—Entonces, él morirá. —El tono del hombre no dejaba traslucir ni la más mínima compasión—. Y tú también.
Se oyó el ruido de un forcejeo y después el chasquido de una pistola al amartillarla. Selene se estremeció al imaginarse que él tenía una pistola apuntando a la cabeza a la mujer.
—¡No! ¡Espera! —La voz de la mujer no podía sonar más desesperada. Se oyó un ruido de asfixia, como si el hombre le hubiera rodeado el cuello con el brazo—. Por favor. No puedo perderlo. Lo haré. De verdad. Solo… dime a quién quieres.
—A Jacques Renaud.
Selene se cubrió la boca con la mano para ahogar su exclamación. Jacques. Oír su nombre saliendo de los labios de un nazi hizo que le dieran ganas de vomitar. ¿Qué quería el Reich de él? ¿Y por qué?
—Le está pasando información de nuestros movimientos de tropas a De Gaulle. Sus contactos en Casablanca están saboteando nuestras comunicaciones. Ya es hora de que ese desgraciado miembro de los maquis muera.
Los maquis. A Selene no paraba de darle vueltas la cabeza.
Eran un grupo de guerrilleros de la Resistencia francesa que habían escapado de la zona ocupada y del Gobierno de Vichy.
Muchos de ellos lucharon en grupos por las montañas de las regiones de la Francia ocupada, haciendo todo lo posible para frenar a los nazis y a los de Vichy en esa zona.
Pero ¿Jacques? Siempre había parecido muy sereno y muy al margen de todo. Sin embargo, era una farsa. Recordó los rumores sobre Toma Petrea y el comentario de Henri sobre que el marchante intercambiaba obras de arte por vidas. ¿También Toma habría formado parte de la Resistencia?
Todo parecía conectado, y Jacques había desempeñado un papel en ello.
Su implicación podría ser la verdadera razón por la que huyó de Francia.
Su amigo, aunque mantuviera una actitud indiferente, había estado todo ese tiempo trabajando para la Resistencia desde Lisboa; y ahora los nazis lo tenían en el punto de mira. Su vida estaba en peligro.
Esperó hasta que el sonido de pasos que se alejaban le indicó el final de la reunión clandestina, y después se levantó, aunque le temblaban las piernas, para volver adentro. Tenía que avisar a Jacques antes de que desapareciera como Toma y Otto.
Cruzó corriendo el salón, y ya casi había pasado la pista de baile cuando Luca la agarró por el codo.
—¿Selene? ¿Qué ocurre? —Examinó su cara de preocupación—. Estás muy pálida…
—Yo…
Su descubrimiento le había formado un nudo, pero se obligó a tragarlo y que pasara por su garganta llena de bilis.
No podía ocultar su amor por Luca, pero sí tenía que seguir protegiendo su identidad.
Y eso significaba que no podía compartir con él lo que acababa de saber.
Por mucho que quisiera salir corriendo para ayudar a Jacques, no podía. Todavía no.
Si se iba de repente, levantaría sospechas, y no se lo podía permitir. Además, la mayoría de los que asistían al baile, entre ellos Elise y Rosalinda, se iban a quedar a pasar la noche en el palácio . Si estaban todos allí, era de esperar que Jacques estuviera a salvo; al menos, aquella noche.
Aunque estaba sumida en el dolor, se obligó a decir:
—Estoy bien. Es que he cogido frío en la terraza, nada más. —Rezó para que su sonrisa resultara convincente. Enseguida cambió de tema para evitar más preguntas—. ¿De qué quería hablar André contigo?
Luca frunció el ceño y negó con la cabeza.
—No quiero revivir esa conversación ahora mismo.
—Lo entiendo. Yo también tengo cosas que quiero olvidar en este momento.
La miró con preocupación renovada.
—Cuéntamelas.
—Me encantaría —le dijo en un susurro, y lo decía de verdad—. Quiero contártelo todo, créeme. Pero no puedo. No sé si podré alguna vez. ¿Puedes… aceptarlo?
Su mirada estaba llena de preguntas, pero él asintió.
—Estaré aquí para escucharte cuando quieras.
—Gracias.
Y lo besó. Deseó perderse en ese beso, pero era imposible. No podía dejar de pensar en Jacques y en su preocupación por él. Había una reserva melancólica en el contacto de Luca también, como si lo que había pasado con André le estuviera dando vueltas en la cabeza.
Cuando volvieron a la pista de baile, sus movimientos eran falsos: lo bastante hábiles para engañar a los demás, pero les faltaba la conexión que compartían antes.
Selene solo tenía que aguantar unas horas antes de poder regresar a Lisboa.
Y todavía no sabía si Rosalinda o Elise eran La Pastora, pero tenía que asegurarse de llegar hasta Jacques antes que ella.
Esa noche ni siquiera el consuelo de los brazos de Luca serviría para calmar sus miedos.