28
Bea se sobresaltó cuando la puerta de la oficina se abrió bruscamente con un ruido seco y, después, apoyó las palmas en la fresca mesa de metal para calmarse.
Solo cuando vio al coronel Fitzgerald de pie en el umbral pudo respirar de nuevo.
Esa reacción nerviosa no le pasó desapercibida al atento Gable.
Dejó de escribir la carta que tenía entre manos y la miró preocupado.
—¿Estás bien? Pareces… a punto de estallar.
Al oír esa pregunta, el coronel le examinó la expresión, pero Bea no apartó la vista del registro de exportaciones de wolframio.
—Estoy bien —respondió seca.
No podía explicar la extraña inquietud que se había apoderado de ella desde su encuentro inesperado con Pete.
Cuando le contó su conversación con él a Selene, se sintió más tranquila por haber dejado esa parte de su pasado atrás por fin.
Pero seguía preocupada… ¿Y si alguien lo había oído utilizar su nombre real?
Durante los últimos días había tenido la inquietante sensación de que la vigilaban.
No podía decírselo al coronel ni a Gable.
Si alguno de los dos detectaba que se estaba dejando llevar por los nervios, la sacarían de la misión.
Se levantó para mirar al coronel, muy profesional.
—Tiene usted alguna información para nosotros, supongo.
—No son buenas noticias —anunció Fitzgerald, y se dejó caer en una silla—.
Churchill y Roosevelt le están exigiendo a Salazar que establezca un embargo de todo el comercio de wolframio.
Se han hartado de los jueguecitos de Alemania.
Pero hasta el momento, Salazar se niega a prohibir las exportaciones.
Gable resopló.
—Eso solo va a servir para cabrear aún más a los Aliados.
El coronel asintió.
—No sabemos durante cuánto tiempo seguirá ignorando esas peticiones, pero Salazar no se puede permitir ningún error más. De ahora en adelante, debe quedar debidamente registrado cada kilo de wolframio que salga de este país. No importa si va a Alemania, Gran Bretaña o Estados Unidos.
—Lo que significa que tenemos que encontrar a nuestro lobo. Ya. —Bea expresó la conclusión inevitable de la lógica del coronel.
Gable se masajeó el puente de la nariz.
—No tenemos pruebas para señalar a nadie.
Creía que André Caldeira era nuestro hombre, pero después de ver el funcionamiento de su mina de Fundão, no lo tengo tan claro.
Sus minas son unas máquinas bien engrasadas y él se niega rotundamente a tratar con wolframistas.
—Negó con la cabeza—. Y Caldeira pertenece al círculo más cercano a Salazar.
Eso le proporciona influencia. ¿Por qué arriesgar todo eso incumpliendo las políticas de Salazar?
No… Caldeira no permite ni el más mínimo margen de error.
El coronel miró a Bea.
—¿Qué le parece a usted, señorita Sullivan?
Bea pensó un momento. Ambos hombres estaban esperando oír su opinión y le encantaba la sensación de autoridad que eso le daba.
—Creo que no deberíamos descartar a Caldeira como sospechoso. Aún no.
El coronel asintió y se levantó.
—Caldeira va a celebrar su tradicional baile de máscaras de Nochevieja este viernes. Estará distraído…
—Y eso puede que nos dé la oportunidad de registrar su casa en busca de pruebas —concluyó Bea.
—Yo ya he aceptado la invitación al baile. —Notó en la voz de Gable una pizca de su anterior altanería.
Cómo no iban a invitar al magnético Rafael Delgado a una de las noches de gala más famosas de Lisboa… Bea sintió que la reconcomían los celos, no porque lo hubieran invitado a él, sino porque seguro que no iba solo.
No podía ser suyo, ya lo sabía e intentaba aceptarlo, pero, aun así, estar en la misma habitación que él o que le llegara el aroma de su colonia a veces le provocaba una oleada de deseo tan fuerte que estaba a punto de rendirse.
No quería pensar en que llevara a otra mujer del brazo, tanto si era parte de su tapadera como si no.
—Bien, pero Caldeira te conoce —le dijo el coronel a Gable—.
Y el personal que trabaja en su casa también.
Tendrás que mantener las apariencias en tu papel de Rafael Delgado en la fiesta.
Necesitamos que otra persona registre el lugar mientras tú te aseguras de que Caldeira está ocupado con los demás invitados.
Le latía el corazón tan fuerte que notaba su latido en los oídos, pero un estremecimiento la recorrió cuando dijo:
—Lo haré yo.
—Ni hablar. —Gable la miró con el ceño fruncido. En sus ojos había una clara advertencia: «No te involucres en esto».
Ella lo ignoró. Fueran cuales fuesen las reservas que él tenía en cuanto a que formara parte de aquello, Bea no quería oírlas. Él no tenía derecho a decidir por ella.
—Yo puedo registrar el despacho de Caldeira mientras tú sigues en la fiesta. —Su mente iba a toda velocidad mientras ideaba un plan—. Podríamos ir por separado. Puedo hacerme pasar por alguien del servicio.
—Podría funcionar —dijo el coronel. Gable sacudió la cabeza para protestar, pero el coronel levantó una mano. Entonces miró a Bea—. Accederás por la entrada de servicio del palácio . Puedo hacer que otro agente se disfrace de chófer para conseguir que te abran la puerta.
Bea asintió.
—Necesitamos pinchar el teléfono de Caldeira…
—Ya nos ocuparemos de eso. Y cuando termines tu búsqueda, volverás con Gable para pasar el resto de la fiesta. El baile ya estará en su apogeo y eso hará que sea más fácil que entres sin que nadie se fije y te unas al resto. Nadie se dará cuenta de que no estabas allí desde el principio.
—Es un plan absurdo —intervino Gable—. La señorita Sullivan no tiene ni idea de cómo…
—He recibido entrenamiento para enfrentarme a situaciones como esta —interrumpió ella.
Cuando se estaba formando en la Granja se preguntó muchas veces qué sentido tenía lo que estaba haciendo. ¿Qué utilidad podían tener para una bibliotecaria las técnicas de vigilancia y de espionaje o saber cómo se pinchaba un teléfono? Qué equivocada estaba…
—A la señorita Sullivan no la conoce nadie y además tiene memoria fotográfica.
Puede entrar y salir sin que nadie sospeche.
—El coronel se volvió para ir hacia la puerta, pero entonces añadió, un poco incómodo—: Señorita Sullivan, como sé cuánto detesta los vestidos, dudo que tenga uno formal para un baile.
—Le escribió una dirección en un papel y se la dio—.
Vaya a ver a esta modista para que le tome medidas hoy mismo.
Le hizo a mi mujer un vestido que le regalé por Navidad. Dígale que la envío yo.
—Gracias, señor —dijo Bea, y el coronel se fue.
—¡Mierda! —Gable soltó la exclamación en cuanto se cerró la puerta—. ¿No podías haberte quedado al margen de esto?
—No me ha dado la gana —respondió con mucha calma, sin inmutarse ante su enfado. Ya no tenía en ella el mismo efecto que antes.
Fue a darle la espalda, pero él le puso las manos en los hombros, así que no le quedó más remedio que mirarlo.
—Por favor…, no lo hagas. —Por primera vez en toda la noche, el tono de Gable era más de súplica que de orden.
Su mirada también se suavizó—. Ya sé lo que es esto.
Tú y yo somos parecidos. Has probado cómo son las cosas en las operaciones de campo y ahora estás deseando tener más.
Tal vez incluso creas que puedes marcar alguna diferencia…
—Así es —reconoció ella.
Por un momento, dio la sensación de que quería abrazarla, pero entonces dejó caer las manos y se apartó, angustiado.
—Conozco esa sensación. La emoción de la caza. Es adictiva. Pero mírame. Yo estoy haciendo mi papel de Delgado o me veo relegado a trabajar en la sombra. Nunca puedo ser quien soy en realidad.
—Puedes serlo conmigo —dijo ella en voz muy baja.
Él negó con la cabeza.
—Ni siquiera contigo. Y ya sabes por qué.
Ella se ruborizó porque, efectivamente, lo sabía.
—Tú no quieres esta vida, Bea. Y yo… no la quiero para ti.
En su cara había una preocupación auténtica, pero ella resistió el impulso de agarrarle la mano.
—Esa decisión la tengo que tomar yo. Y voy a aceptar esta misión. —Lo miró con una ligera sonrisa—. Me pediste que renunciara a ti, y lo hice. Pero no fue por ti. Lo hice por nuestra misión. Y tengo intención de conseguir que tenga éxito.
Y volvió a su registro, pero antes vio la expresión de derrota en su cara. En las horas posteriores, la tristeza de Gable se cernió sobre ambos en aquella sala como una nube de tormenta. Ella hizo todo lo posible por ignorarla. Gable había tomado su decisión. Y ella también.