27
Cuando Selene llegó a Travessa do Noronha, vio a todos los hombres y mujeres que se arremolinaban junto a la entrada de la Cozinha Económica.
Era el martes después de Navidad y muchas tiendas locales todavía estaban cerradas tras el fin de semana de fiesta.
Pero la cozinha estaba a reventar. Familias enteras que cargaban con su equipaje estaban sentadas en las escaleras esperando su turno en la cola para la sopa que servían o para solicitar una de las habitaciones libres de la pensión.
Ella había ido allí para intentar una nueva táctica porque hasta el momento las escuchas a Elise y Teresa solo la habían llevado a callejones sin salida.
Quería ver si alguien que estuviera buscando refugio en Lisboa sabía algo sobre la informadora nazi que ella no conociera.
Cuando Selene entró en la cozinha , notó que aparecía de nuevo esa sensación de urgencia.
El problema iba a ser encontrar a alguien que estuviera dispuesto a confiar en ella.
Hablar con ella significaría, probablemente, arriesgar su vida, sobre todo si la informadora de los nazis se enteraba de que esa persona se había ido de la lengua.
Era posible que se encontrara con muros impenetrables.
Examinó las dos salas del comedor social y decidió acercarse a una pareja joven y a un grupo de hombres más mayores que hablaban en francés.
Como esperaba, vio que varias personas la miraban con suspicacia.
Se sentó en el banco al lado de esa gente, se presentó y les explicó que formaba parte de una organización de ayuda estadounidense.
Era una mentirijilla imposible de evitar.
—Me gustaría conocer su historia, si es que les apetece contármela —les pidió Selene en francés—. Cuanto más entendamos las circunstancias que viven ustedes aquí, de mejor forma podremos ayudar.
Uno de los hombres mayores entornó los ojos.
—¿Cómo podemos saber que no trabaja para la pvde?
—Cállate, Pierre —le regañó una mujer más joven—. No te ha pedido los papeles, ¿no?
Selene les dio un detalle más que creyó que serviría para conseguir su respeto.
—Soy amiga de Luca Caldeira.
Todos abrieron mucho los ojos al oír ese nombre, incluso el escéptico Pierre.
—¿Caldeira? —susurró la mujer—. Nos hemos enterado de lo que hizo, que ayudó a muchas personas.
—Ese sí que es un buen hombre —reconoció Pierre—. Antes comía aquí. Con nosotros.
Entonces fue Selene la sorprendida, aunque no debería.
No era extraño que Luca hubiera ido allí a ofrecer su amistad y su compañía y a ver cómo podía ayudar.
Bajo su dura fachada, era un hombre que haría todo lo que estuviera en su mano para ayudar a los demás.
Cada momento que pasaba con él veía confirmaciones de esa amabilidad, y eso solo servía para que sus sentimientos por él se hicieran más profundos cada vez.
—Sí que ayudó a mucha gente y a mí me gustaría hacer lo mismo. Si me lo permiten.
Pierre se puso a mirar fijamente la sopa que tenía delante.
—Hablad vosotros —le dijo a la pareja—. Yo no lo voy a hacer.
Era cirujano en Francia, pero ¿aquí? Estas manos que antes salvaban vidas, ¿para qué sirven ahora?
Están desperdiciadas, no puedo decir otra cosa.
No me dejan practicar la medicina en este país.
—Frunció el ceño y sacudió la cabeza—. Ya me he pasado diez meses en la cárcel de Aljube por falsificar mis papeles.
Y prefiero ahogarme en el Tajo antes que volver allí.
—Yo soy Viviane. Y este es mi marido, René.
—La mujer señaló con la cabeza al hombre que estaba sentado a su lado.
Ella le tendió la mano a Selene y después sonrió a modo de disculpa—.
Perdone usted el mal humor de Pierre. Lleva tres años en Lisboa.
Es difícil que te prohíban trabajar cuando ya no te queda más dinero, ¿entiende?
René era farmacéutico en Francia. Yo era profesora. Trabajaríamos aquí, si pudiéramos.
—Pero no nos lo permiten —intervino René—. Y tampoco nos dan papeles para poder irnos.
—Y no todo el mundo tiene a La Pastora para ayudarlos —refunfuñó Pierre.
Selene prestó especial atención.
—¿La Pastora? ¿Quién es?
En respuesta Pierre solo se encogió de hombros, hosco. Después hubo una conversación acalorada en susurros entre Viviane y René. Selene hizo todo lo posible por oír lo que hablaban en medio del ajetreo del comedor, pero algo le quedó claro: se había topado con un secreto que no querían compartir.
Selene sacó un fajo de escudos enrollado del bolso y lo sostuvo discretamente delante de su abrigo para que solo ellos pudieran verlo. Se produjo un silencio.
Bajó la voz.
—Quizá esto les serviría para conseguir papeles o al menos una habitación y algo de comer en la pensión de ahí al lado.
Viviane y René se miraron y después asintieron.
Selene le pasó los billetes a la mujer por debajo de la mesa sin que nadie lo viera y él enseguida distribuyó los escudos de forma equitativa entre todos los de la mesa.
—La Pastora es nuestra defensora —explicó Viviane—, pero se trata de una mujer muy misteriosa.
Ayuda a la gente a salir de Lisboa: sabe a quién hay que sobornar en los muelles, quién hace viajes a medianoche para llevar gente a los barcos más grandes.
Si alguien se puede esconder en la bodega de carga, puede salir sin papeles. Pero…
—Es una avariciosa —dijo Pierre con desdén—. Rechaza a todos menos a los más ricos e importantes. ¿Quién se cree que es, con esos gustos tan sofisticados?
René atravesó con la mirada a Pierre.
—Al menos nos ayuda, mientras que los demás nos dan la espalda.
Selene agarró con fuerza su bolso. El corazón le martilleaba en el pecho. Esa era la pista que estaba buscando. Tal vez La Pastora tenía algún vínculo con la informadora nazi.
—Me gustaría conocer a esa mujer. Tal vez podría servirle de ayuda a mi organización. ¿Cómo puedo encontrarla?
René negó con la cabeza.
—La Pastora solo aparece en plena noche. Espera en los muelles, cerca de Cais do Sodré, y solo los más desesperados y los que tienen mucho dinero van a pedirle ayuda.
—Siempre lleva un velo negro, como de luto, y lleva un ejemplar de El conde de Montecristo . Así es como indica que es seguro ir a hablar con ella.
Pierre frunció el ceño.
—Pero no es seguro siempre. Algunos de sus clientes han acabado muertos. Como Toma. Los nazis están siempre al acecho, incluso aquí.
Selene notó que un escalofrío le recorría la columna al oír el nombre de Toma Petrea, pero esa mención sirvió para reforzar sus sospechas acerca de la relación con la informadora.
Si La Pastora había ido a por Toma con el engaño de intentar ayudarlo, ¿serían La Pastora y la informadora nazi la misma persona?
Era una posibilidad que Selene tenía que considerar.
—Gracias por compartir esa información conmigo —les dijo a todos—. Guardaré el secreto. Pero ¿les importa que les haga unas preguntas más?
Durante la siguiente media hora estuvo escuchando la dura historia de Viviane y René sobre su huida de la persecución en Francia, y la soledad y el aislamiento que habían sentido desde que llegaron a Lisboa.
Para ellos, los días y las noches se pasaban, uno tras otro, entre la espera y el deseo, y no podían dejar de lamentarse cuando pasaba otra semana sin que pudieran escapar.
Cuanto más los escuchaba, más resuelta estaba a hacer lo que hiciera falta para ayudar.
Se le acababa la pausa para comer y al señor Mitchell no le iba a gustar que volviera tarde a la Comisión de Comercio. A regañadientes, Selene tuvo que dejar a la joven pareja. Por mucho que quisiera prometerles a Viviane y René que volvería pronto, no se vio capaz de decirles otra mentira.
Pero cuando salió de la cozinha , se quedó muy sorprendida de encontrar a Rosalinda acercándose a la entrada cargada con una cesta llena hasta arriba de pan y bacalhau fresco .
—Rosalinda… Creía que tenías una cita con la modista esta tarde —saludó.
Rosalinda se quedó parada al ver a Selene.
—Sí, así era. Pero… la he cambiado a mañana.
Selene señaló con la cabeza la cesta que llevaba.
—¿Vienes mucho por aquí?
—Oh, de vez en cuando. Me he topado con unas varinas y el bacalao parecía muy fresco. Me pareció que aquí le darían buen uso. —Miró alrededor, incómoda—. No esperaba encontrarte aquí.
—Pues me alegro de verte. Si me hubieras dicho que ibas a venir hoy, te habría acompañado.
Rosalinda se mordió el labio.
—Elise y Teresa no saben que vengo. No lo aprobarían. Dirían que me estoy metiendo en problemas.
—¿Y a Eduardo tampoco le gustaría?
Rosalinda asintió.
—Algunos… no se lo tomarían bien.
«Se refiere a Salazar», pensó Selene.
—No les digas que me has visto, por favor —suplicó.
—No te preocupes. No diré nada.
—Gracias. —Rosalinda seguía pareciendo nerviosa y miró de nuevo la cesta—. Debería llevar esto a la cocina ya. ¿Te veré el viernes en el baile de máscaras?
—Claro que sí —afirmó Selene.
André los había invitado, junto a la crème de la crème de Lisboa, a su fiesta de Nochevieja tradicional.
Según Luca, era la fiesta principal de la temporada navideña de Lisboa y también la que él preferiría evitar a toda costa.
Solo había accedido a asistir porque había rechazado la propuesta de casamentero de su hermano.
Selene esperaba que ese baile la acercara un paso más a encontrar el vínculo, si es que lo había, entre La Pastora y la informadora nazi.
Se apartó y vio cómo Rosalinda saludaba a unas cuantas personas llamándolas por sus nombres y se preguntó si iría a ese comedor social más a menudo de lo que le había dicho. La bondad se le notaba en la cara. Era una pena que tuviera que ocultar esos gestos ante los demás.
Selene se apresuró a subirse al tranvía que la llevaría de nuevo al trabajo. Ese encuentro casual la había retrasado y llegaba tarde. Solo podía desear que el resto de la tarde pasara rápido. Y después, cuando la oscuridad cubriera las calles, se escabulliría a los muelles en busca de La Pastora.