26
Bea metió la mano en el bolsillo del abrigo mientras esperaba el tranvía que la llevaría al trabajo. La carta de Robert seguía ahí. Había llegado a las oficinas del idc el día anterior, solo dos días después de Navidad. El coronel se la había entregado en persona.
—Su hermano sigue vivo —anunció con buena intención.
El mensaje de Robert tenía una gran parte censurada, pero le decía que estaban a salvo y recuperándose de unas heridas de guerra en un hospital de campaña de las islas Gilbert.
Según la información de inteligencia que había recibido el coronel Fitzgerald sobre la guerra en el Pacífico Sur, Bea supuso que había luchado en la batalla de Tarawa.
Robert también le contaba que se había enamorado de una enfermera hawaiana que se llamaba Leinani. Y que, si todo iba bien, esperaba proponerle matrimonio en primavera y que la boda fuera en verano.
Era el mejor regalo de Navidad que Bea podía recibir, sobre todo desde que Gable se había ido de nuevo.
La mañana siguiente a la histórica nevada, salió para Fundão y, esta vez sí, de forma excepcional, le contó su plan: hacerse pasar por wolframista para reunir información sobre las actividades mineras de André Caldeira.
De una forma extraña, los dos habían llegado a establecer una amistad algo tímida.
Bea se sentía agradecida por ello y por los intentos de ser sincero por parte de Gable, aunque en el fondo deseara mucho más.
Pero tenerlo en su vida de alguna forma era mejor que no tenerlo.
Estaba a punto de subir al tranvía cuando de repente oyó su nombre, que llegaba desde el otro lado de la plaza.
—¡Kathleen! ¡Kathleen O’Neill!
Era su nombre «real». No su alias. Y lo había pronunciado una voz que hizo que el corazón se le parara en el pecho. Examinó a la gente que estaba en la cafetería del otro lado de la calle, buscando su cara. No podía ser él. No era posible.
Pero sí, allí estaba. Pete Dawson le hizo un gesto para que se acercara a una de las mesas con expresión de asombro.
Sin darse verdadera cuenta de que sus pies se estaban moviendo, fue hacia él en una especie de trance.
Al principio solo fue capaz de quedarse mirándolo fijamente sin decir nada.
Estaba alarmantemente delgado y el uniforme le colgaba de los hombros y le sobraban varias tallas.
Tenía unas profundas ojeras que llamaban la atención en su cara demacrada, igual que la reciente cicatriz irregular que tenía encima de la oreja izquierda.
Sus ojos verdes habían perdido ese brillo de energía irrefrenable que ella había conocido y había quedado sustituido por algo inquietante y perturbador que hizo que se estremeciera.
—Dios mío, Kathleen. ¿Qué haces aquí en Portugal? Y vestida de uniforme… —Dejó la frase a medias y la miró de arriba abajo, tan perplejo como ella.
—Pete —balbuceó, y se dejó caer en una silla que había frente a él—. Estás vivo.
Él hizo una mueca al oír la palabra «vivo», como si le doliera que se lo recordaran, y después se pasó una mano temblorosa por el pelo.
—Supongo que he tenido más suerte que muchos.
—Pero… ¿qué te pasó? ¿Cómo…? —Se le quebró la voz y tenía la cabeza llena de preguntas que le surgían ante su presencia.
Él sacó una petaca del bolsillo y dio un largo trago. Eran aún las ocho de la mañana, pero la petaca ya sonaba casi vacía.
—Luché en Argel y después me capturaron y me llevaron a un campo de Túnez.
Pasé allí varios meses, hasta que logré escapar junto con un grupo de compañeros.
Después nos recogió un grupo de soldados de la Resistencia francesa en Marruecos.
Estuve un par de meses en un hospital de allí.
Pero no lo recuerdo todo… —Dejó la frase sin terminar y parpadeó varias veces seguidas, como si intentara aclarar sus ideas—. Y al final nos trajeron aquí.
Apartó los ojos de ella y miró al vacío, como si lo hubiera asaltado un recuerdo lejano. Bea esperó a que continuara, pero no lo hizo. O no podía. Lo que hizo fue carraspear, incómodo, y después volvió a mirarla.
—Kathleen, yo… Es que no lo entiendo. ¿Qué estás haciendo tú aquí? —Y le cubrió la mano con la suya.
Ella se sobresaltó al notar lo fría que tenía la piel y al fin logró salir de su estupor.
—Me alisté después de que te fueras —dijo con voz temblorosa—. Ahora trabajo aquí.
Él abrió mucho los ojos.
—Pero… ¿por qué?
Ella dudó y se le llenaron los ojos de lágrimas.
En la infinidad de veces que se había imaginado ese encuentro, nunca era así.
Se había visto abrazándolo, y los dos llorando y riendo al mismo tiempo.
Pero eso era una fantasía que tenía meses atrás, algo que había descartado cuando entendió cómo había sido su relación en realidad.
Lo que tenía delante en aquel momento era la incomodidad de dos personas que no sabían cómo mirarse ni cómo tocarse.
Pensó en confesarle que había ido a Lisboa con la esperanza de encontrarlo, pero no quería que él supiera lo desesperada que había estado, sobre todo teniendo en cuenta que su reacción al verla era de clara confusión. Parecía más preocupado que aliviado.
Una furia lenta empezó a desarrollarse en su interior y apartó la mano. Después habló con voz tranquila:
—Te escribí. Docenas de cartas. Durante meses. —Le sostuvo la mirada, negándose a permitirle apartarla—. No me contestaste.
Él le dio un tirón al cuello del uniforme, como si de repente sintiera que lo ahogaba.
Ella se inclinó hacia él.
—Las recibiste, ¿verdad?
La culpa que vio en sus ojos fue respuesta suficiente. Ella volvió a acomodarse en su silla.
—¿Por qué? ¿Por qué me ignoraste? Incluso cuando te hablé de… —Se le quebró la voz y los ojos volvieron a llenarse de lágrimas, que esta vez cayeron—. Cuando te conté lo del bebé.
Él bajó la vista y su expresión reveló toda su vergüenza.
—Yo… fui muy cobarde —dijo en voz baja y atormentada—.
No sabía qué decirte. Lo que vi e hice allí…
No puedo sacármelo de la cabeza. —Sus ojos estaban llenos de dolor—.
¿Por qué iba a hacerte cargar con eso? Dios, Kathleen, ni siquiera sabía si saldría de esta con vida.
Ninguno de los que estábamos allí lo sabía.
Pero ¿cómo te iba a escribir eso? Sobre todo, después de que me dijeras que estabas embarazada.
Y después lo perdiste… —Se frotó los ojos con la mano.
—Pasé por todo eso sola —respondió ella, con sus palabras cargadas de dolor.
—Lo siento —dijo con tono suplicante, aunque no era capaz de mirarla—.
Debería haberte escrito. Haberlo hecho mejor.
Pero cuando estábamos en Boston éramos dos críos.
Esta guerra no era algo real para mí todavía.
No tenía ni idea… —Negó con la cabeza—. No sabíamos lo que estábamos haciendo, tú y yo. ¿Es que no lo ves?
Sí que lo veía, pero se había dado cuenta mucho antes de aquel momento.
Su enfado se redujo mientras estudiaba su cara y examinaba sus ojos llenos de desesperanza.
Pete había visto cosas horribles y probablemente habría tenido que hacerlas también.
No quería que sufriera más de lo que ya había sufrido.
Bea lo había querido, en el pasado, aunque ya no sentía ese amor de la misma forma que en aquel momento.
Tenía que perdonarlo porque él tenía razón.
Eran jóvenes y no tenían ni idea de lo que iba a traer aquella guerra, ni de lo que les iba a enseñar. Y por eso él había sufrido tanto.
—Siento lo que has tenido que pasar —respondió conciliadora.
Le acarició la cicatriz de la cara. Y en vez de sentir cariño o la antigua atracción, sintió una certeza tranquilizadora de que su partida, meses atrás, había sido una de las mejores cosas que podrían haberle pasado.
Al dejarla, la había salvado de algo que podía haberse convertido en un matrimonio infeliz con un hombre que no la comprendía de verdad.
—No tengo ninguna expectativa en cuanto a nosotros. Los dos hemos cambiado y… seguramente es lo mejor.
Él asintió despacio.
—¿Y qué vas a hacer tú?
Ella estuvo a punto de sonreír por la pregunta al ver lo desconcertado que parecía estar al pensar qué le depararía el futuro sin él.
—Pues me gusta la vida que tengo aquí. —Cuando dijo esas palabras, entendió por primera vez que eran ciertas. El trabajo que hacía allí era vital. Ella era crucial para que tuviera éxito—. Por ahora pienso quedarme. Después… ya veremos.
La cara de Gable apareció en su mente y el corazón le dio un vuelco antes de que se diera ni cuenta.
Pete debió de notar un cambio en su expresión, porque sonrió con tristeza.
—Estás diferente. ¿Qué ha pasado con mi tímida bibliotecaria?
«Que nunca fue quien tú creías que era». Bea se levantó.
—Tengo que irme. Voy a llegar tarde al trabajo. —Le tendió la mano—. Me alegro de que estés sano y salvo, Pete. De verdad que sí. Y espero que tengas una vida muy feliz.
Al decir eso, todo el peso de la responsabilidad y la preocupación que había estado cargando desde que empezó a buscarlo desapareció de sus hombros.
Y también los últimos resentimientos que le quedaban.
El perdón era uno de los regalos más extraños que le había hecho esa guerra.
La amenaza constante de la muerte hacía que resultara mucho más fácil concederlo.
Él le envolvió ambas manos con las suyas. Esta vez ella no las apartó.
—Pensé en ti, Kathleen. Mucho. Quiero que lo sepas.
—Gracias. Yo también pensaba en ti. —Se volvió para irse, pero se detuvo—. Pete, no le hables de mí a nadie cuando vuelvas a casa. No les digas dónde estoy. ¿Podrías hacer eso por mí?
En su cara apareció una gran confusión, pero asintió.
—Claro. —Le dio un beso en la mejilla—. No te olvidaré nunca —aseguró, y sonrió. Y ella lo creyó.
Salió corriendo para subirse al tranvía que se acercaba. Sintió que los ojos de él no se apartaban de ella ni siquiera cuando subió al vagón. No miró atrás, sino que se obligó a hacerlo hacia delante, a las calles de Lisboa que iban apareciendo ante ella.
Solo después, cuando cruzaba las puertas de las oficinas del idc, repasó su encuentro y contó las veces que Pete había dicho su nombre.
Había estado tan impactada al verlo que no se había disparado ninguna alarma en su mente.
En una cafetería tan llena de gente como aquella en la que estaba, nadie se habría dado cuenta de que él la llamaba Kathleen.
Había sido algo muy breve.
Aun así, durante el resto del día siguió notando en el estómago un desasosiego del que no logró librarse.