Las bibliotecarias de Lisboa 25 #3
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Cuando giró la última esquina para llegar al Amizade, vio a Jacques y a Henri saliendo del hotel.

Iban caminando despacio por la acera cantando «Noël Nouvelet» y pasándose entre ellos una botella de champán.

La canción era muy bonita y se notaba un tono de tristeza y melancolía en sus voces.

Echarían de menos sus hogares en Francia, a los que no podían regresar, supuso Selene.

— Joyeux Noël ! —exclamó.

La expresión de Jacques mejoró al verla y sonrió.

—Selene, ma chérie ! Pero ¿dónde estabas? Acabamos de salir de la habitación de Bea. Hemos estado toda la noche despiertos. Te has perdido la diversión… —Se interrumpió de repente y examinó su vestido—. C’est quoi ? No es verdad que te hayas perdido la diversión, ¿eh? ¡Cuéntanos!

—Nunca —respondió riendo.

—Oh…, bueno. —Jacques le besó la mano—. De todas formas, me alegro de que hayas tenido una feliz Navidad, querida. Hoy todos necesitamos encontrar un poquito de felicidad, aunque la guerra vuelva mañana.

—Sí. —Los tres se quedaron allí, de pie, en silencio, un momento.

—¿Y qué me dices de Bea? —le preguntó a Jacques—. ¿Cómo está? —Seguro que estaría pensando en Robert y preguntándose dónde estaría pasando la Navidad y si se encontraría a salvo.

—Estará mejor cuando te vea. —Le dio la botella de champán medio llena a Selene—. Termínatela con ella, ¿te parece?

Selene asintió y se despidió. Después, fue corriendo a la habitación de Bea.

—¡Feliz Navidad! —gritó cuando ella abrió la puerta.

Su amiga abrió los ojos de par en par.

—Yo… creía que no te vería hoy. Me dijiste que no podías…

—Te dije que creía que no podría porque quería darte una sorpresa. —Selene sonrió, encantada de ver que Bea ya estaba vestida—. Hay un sitio que quiero que veas.

Media hora después, Bea y ella estaban paradas en medio de la Salão Nobre de la Biblioteca de São Lázaro, la más antigua de Lisboa. La sala pentagonal estaba adornada con una lámpara de araña que iluminaba las estanterías con unas constelaciones de luces de todos los colores del arcoíris.

—No deberíamos estar aquí —susurró Bea, pero mientras lo decía se puso a acariciar con los dedos las hileras infinitas de libros.

—Pues entonces no debería ser tan fácil abrir las cerraduras —respondió Selene.

Las calles seguían desiertas, salvo por los lisboetas devotos que iban a la misa matinal de Navidad. Ni un alma las vio colarse en el edificio. Ella volvió a guardar su juego de ganzúas en el bolso, le dio un trago al champán y le pasó la botella a Bea.

—No podíamos romper la tradición.

Bea hizo girar la botella entre las manos.

—Creía que se te había olvidado.

Selene le dio un apretón en la mano.

—Nunca.

Bea dejó el champán, sacó un libro de la estantería, se lo acercó a la nariz e inhaló su aroma.

—Dios, cómo echaba de menos esto. Es como estar en casa. —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Me parece que ha quedado tan lejos… nuestra vida de antes. Ahora me parece… mucho más pequeña, no sé por qué.

—Es la guerra —contestó Selene—. Ya no somos las que éramos.

Bea asintió.

—Eso sería imposible ahora mismo. Es que… todo era más sencillo entonces.

—En muchos sentidos —estuvo de acuerdo Selene, y soltó una breve carcajada.

Bea se quedó un momento callada y después volvió a hablar.

—Vi a Rafael ayer. Y hablamos. —Inspiró hondo—. He entendido por qué se comportó así. Tiene sentimientos por mí. Demasiados para hacerme daño. Y a mí me pasa lo mismo con él. Por eso no puede pasar nada entre nosotros.

Miró a Selene y su amiga vio señales de preocupación en su cara. Pero si Bea esperaba que ella la juzgara por algo, estaba muy equivocada.

—Lo siento. Sé que tiene que haber sido muy duro.

Y sí que lo sabía, porque ella había intentado hacer lo mismo con Luca. Aunque al final se había dejado llevar por sus sentimientos por él. Pero no lograba arrepentirse por ello. Ni por un instante.

Le tendió a Bea la botella de nuevo.

Ella le dio un largo trago.

—Ha sido decisión tan mía como suya. Y me encuentro bien. Quería que lo supieras.

Estaba mintiendo. Tenía sus sentimientos por Rafael escritos en la cara. Pero Selene estaba aliviada de que hubiera decidido dejarlos a un lado.

—Me alegro —fue su respuesta—. Porque no acabo de confiar en él.

Bea se quedó mirándola fijamente un segundo y después las dos se echaron a reír.

Siguieron charlando durante unas horas y el mundo más allá de esas paredes dejó de existir.

Cuando Selene se sentó al lado de Bea, fue como si los libros les hubieran lanzado un breve hechizo que las hubiera hecho volver a Boston.

A las versiones de ellas anteriores a la guerra, las que todavía no conocían esos destinos ocultos y solitarios que las esperaban en Lisboa.

Con la llegada de la tarde, la misión de Selene volvería a asomar su fea cabeza y ella tendría que ir al edificio de Elise, para espiar de forma clandestina su vida con la esperanza de que desvelara algún secreto que mereciera la pena.

Pero, por el momento, con el recuerdo del tacto de Luca y el placer de la compañía de Bea, podía disfrutar de un momento de consuelo rodeada de amor y amistad, a pesar de que la guerra esperara al otro lado de los muros de esa biblioteca.