25 #2
Dejó las manos junto a los costados mientras Luca recorría con la mirada cada centímetro de su cuerpo desnudo. A Selene le encantó la forma en la que sus ojos delineaban sus curvas y el deseo tan evidente en su cara. Luca no se movió para tocarla, sino que esperó a que ella fuera hacia él.
Ella apretó su cuerpo contra el de él y lo besó con una lentitud deliberada que contrastaba con la urgencia que notaba en su interior, pero quería prolongar el contacto de sus labios, el dulce sabor de su lengua en su boca.
Podía sentir que su cuerpo poderoso se estaba conteniendo y la manera en la que dejaba que ella dirigiera sus manos, que Selene subió desde su cintura hasta los pechos.
Esa disposición por su parte a dejar que ella lo guiara solo aumentó su deseo.
Lo llevó al dormitorio. Por el camino le quitó la chaqueta del esmoquin y la camisa.
Le acarició el pecho desnudo, disfrutando de todos los músculos que notaba bajo sus dedos.
Le desabrochó los pantalones y metió la mano para envolverle el miembro duro que latía bajo su palma.
Él dio un respingo y cerró los ojos de placer.
Ella lo recorrió con los dedos, arriba y abajo, varias veces, encantada con sus gemidos ahogados.
Su cuerpo estaba tenso por el deseo y notaba un cosquilleo y un latido caliente entre los muslos. Lo empujó despacio para que se tumbara en la cama y se colocó encima de él con un gemido suave. Empezó a moverse sobre él, primero despacio y después con una fuerza creciente y enfebrecida.
Él se incorporó para sentarse y le atrapó los pechos con la boca, la besó por el cuello y jugueteó con sus pezones con la punta de la lengua.
—Dime lo que quieres. —La voz de Luca sonaba ronca por el deseo.
Con la respiración temblorosa, ella le dirigió la mano hacia el lugar que más necesitaba su contacto. Sus dedos la acariciaron mientras sus cuerpos se fundían y ella lo animó a que siguiera en plena agonía de deseo.
Ambos gritaron a la vez en un momento singular de placer y el cuerpo de Selene se estremeció por el éxtasis.
Luca volvió a tumbarse y ella se tumbó a su lado, sin aliento.
—No tenía ni idea de que podía ser así —admitió con una risita sorprendida.
Él le besó los párpados y la punta de la nariz, y después la boca de nuevo de forma prolongada y dulce.
—Siempre debería ser así.
Ella le mordisqueó la oreja.
—Ten cuidado porque te voy a hacer cumplir tu palabra.
Él sonrió despacio.
—No te mereces menos.
Selene apoyó la cabeza en su hombro y le envolvió la cintura con una pierna.
—¿Significa eso que no te vas a casar con la baronesa del wolframio?
Él rio en voz baja.
—André estará desolado. La única forma que tengo de compensarle será asistir a su insoportable baile de Nochevieja.
—Rosalinda y Teresa me lo han comentado esta noche. Se van a hacer unos vestidos a medida para la ocasión. Es un baile de máscaras, ¿no? Es perfecto. Con una máscara puesta, nadie verá tu ceño de condescendencia.
Él la miró.
—No tendré el ceño fruncido si estoy contigo —dijo, y no quedaba ni el más mínimo rastro de sarcasmo en su voz.
—Entonces… ¿no me vas a abandonar? —Sonrió al hacer la pregunta, pero el corazón le dio un vuelco por los nervios mientras esperaba su respuesta.
Hubo un largo silencio y después él contestó en voz baja:
—No me voy a ir a ninguna parte.
Se incorporó apoyándose en un codo y empezó a hacerle lentamente espirales con las yemas de los dedos en el vientre. Ella inhaló con fuerza cuando sus dedos siguieron con su exploración más arriba, siguiéndole la silueta de los pechos. Después dejó que continuaran su camino por debajo del ombligo.
—Gracias —murmuró ella cuando empezó a acelerársele la respiración—. Por no rendirte.
La besó despacio y ella sintió a su lado un cambio y una respuesta física a ese contacto.
—Tengo que hacerte una petición —continuó Luca—.
Acerca del baile. Nada de reglas. Quiero besarte cuando quiera…
—Le acarició el cuello con los labios—. Tocarte cuando quiera…
—Sus dedos se colaron entre sus muslos y ella soltó una exclamación—.
Delante de todos. De cualquiera. Necesito saber que esto, lo que tenemos ahora, es real.
Ella acercó sus labios a los de Luca.
—La única regla es que no te apartes de mi lado en toda la noche.
Él sonrió.
—Soy todo tuyo.
Ella pegó su cuerpo al de él cuando el deseo por el otro se avivó de nuevo entre ambos.
Horas después, casi al amanecer, ella lo dejó durmiendo. Había soñado con que pasara aquello, lo deseaba, pero al dejarse llevar había desoído las advertencias de Marguerite y había ido en contra de su propia determinación. Eso lo iba a complicar todo, lo sabía, pero Luca lo merecía.
Las calles estaban casi vacías. En vez de pedir un taxi para volver a casa, decidió ir paseando. Las primeras luces les daban a los tejados rojos un tono dorado. La ciudad parecía un lugar seguro, sumida en el silencio, y la guerra parecía estar lejos por un momento al menos.