Las bibliotecarias de Lisboa 25
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— F ELIZ N ATAL ! —José y Elise alzaron sus copas para brindar con todos los que llenaban la estancia.

Allí de pie, con sus trajes de noche, delante del impresionante árbol de seis metros de Elise, la pareja era la viva imagen de la elegancia festiva.

Selene le dio un sorbo al champán, pensando en el Detectifone que había escondido en un baúl al fondo del armario de Elise.

Dentro había un abrigo de pieles que olía a cerrado, porque algo así no tenía ninguna utilidad en el clima benévolo de Lisboa; seguramente hacía años que nadie había abierto ese baúl.

A Elise no se le ocurriría sospechar que allí dentro había algo más.

Marguerite estaba en el apartamento de al lado, cuyos ocupantes se habían ido fuera de la ciudad a pasar unos días. Ella había asumido el primer turno de vigilancia y Selene haría el siguiente, que empezaba el día después por la tarde.

Cuando hubo escondido el dispositivo, Selene revisó todo el boudoir de Elise, pero no encontró nada.

Si ella ocultaba algo, lo estaba haciendo muy bien.

Amélie Schöne había logrado huir a un lugar seguro, al menos.

Había recibido la información, a través de Marguerite, de que el Serpa Pinto había llegado sano y salvo a Nueva York esa misma mañana.

Pero más personas seguían en peligro y esos jueguecitos de salón estaban poniendo a prueba la paciencia de Selene.

Miró alrededor buscando a Luca, deseando que estuviera a su lado.

Era la única persona que compartía su opinión sobre toda esa farsa.

El resto de los invitados se llenaban las barrigas de comida y cantaban canciones junto al grandioso piano de Elise, como si no tuvieran en sus vidas ni la más mínima preocupación.

Nelio y Teresa parecían haberse arreglado de nuevo, y charlaban agarrados del brazo, pero Rosalinda estaba un poco apartada con Eduardo, mirando el árbol de Navidad con una sonrisa muy leve, casi triste.

—¿Pensando en Italia? —preguntó Selene en voz baja cuando se le acercó.

—¡Oh! —Rosalinda se sobresaltó, pero cuando vio a Selene enseguida se relajó—. Sí, supongo que sí.

—¿Dejaste allí a algún ser querido cuando te viniste a Lisboa? —Selene tenía la esperanza de establecer cierto vínculo con ella que tal vez llevara a más confidencias. Podía ser que Rosalinda supiera algo de Elise que le resultara útil.

La mujer palideció y se le humedecieron los ojos.

—Oh, perdona, no quería…

—No —la tranquilizó Rosalinda, secándose las lágrimas con rapidez—. Es esta época del año. Me pone melancólica.

—Pero ¿qué ven mis ojos? ¿Una belleza abandonada? —Nelio se acercó a Selene, con Teresa a su lado—. ¿Ese idiota de Luca te ha dejado sola? Eso no se puede permitir.

—Será mejor que vayas a animar a tu acompañante, querida, antes de que nos estropee la diversión a todos —aconsejó Teresa—. Acabo de verlo con una cara muy larga en el balcón.

—Nada que un poco de muérdago no pueda arreglar —aseguró Selene, pícara, lo que hizo reír a Teresa.

Pero en cuanto dejó al grupo para salir al frío aire que corría en el balcón, abandonó todo fingimiento de alegría exagerada.

Desde la noche de la ópera, cada vez que salían juntos Luca había estado extrañamente callado.

Y los últimos días, cuando le agarraba la mano o el brazo delante de los demás, se tensaba incluso con ese leve contacto.

Al principio de la noche se había mostrado claramente taciturno; saltó ante una broma inofensiva de Eduardo cuando perdió al póquer y rechazó el intento de Selene de darle un trocito de bolo rei .

Los demás se habían fijado, lo que resultaba no solo vergonzoso, sino también preocupante.

El cielo despejado hacía que el balcón estuviera sumido en una penumbra de color índigo, y se veía en su cara iluminada por la luna que estaba agitado.

Ella se acercó a su lado.

—Te has perdido el brindis.

—Qué pena. —Su tono era duro—. Oye, ya he tenido suficiente de esta farsa por hoy. Si no te importa, prefiero irme ya.

—Yo también estoy harta —murmuró en voz baja Selene—. Pero no puedes irte sin mí. Llamaría la atención…

—Perdone, Su Majestad, pero creo que no necesito su permiso para nada. —Entró en el salón y ella se apresuró a seguirlo, volviendo a plantar la sonrisa fingida en su cara en cuanto entró detrás de él.

—André me espera en Sintra esta noche —le estaba explicando ya Luca a Elise y José cuando ella llegó a su lado—. Debería irme ya.

—Claro. —Elise le hizo un gesto al mayordomo para que les trajera los abrigos, pero por su expresión parecía un poco desconcertada—. Felicitadle la Navidad a André de nuestra parte.

—Por supuesto —aseguró Selene, y después del intercambio de besos en la mejilla y adieus con la condesa, Luca y ella se fueron.

Unos minutos después, cuando estaban en la parte de atrás de un taxi, Luca se puso a mirar por la ventanilla, pero Selene estaba furiosa.

—Si crees que voy a ir a Sintra contigo esta noche…

—No tengo intención de ir a ninguna parte, solo a la cama —la interrumpió Luca, y le indicó al taxista la dirección de su casa—. Cuando me dejes en mi casa, puedes subirte a tu carruaje real e ir con él a donde te plazca.

Ella lo atravesó con la mirada.

—Pero ¿cómo te atreves? Has ofendido a Elise y casi no has hablado con nadie en toda la noche…

—Y me gustaría seguir igual.

La ira hizo que le hirviera la sangre, pero se mordió la lengua mientras recorrían las calles en dirección a su apartamento. No era seguro decir nada más delante del taxista. Luca había recibido el perdón oficial, pero podría estar vigilado. Tal vez lo estuvieran los dos.

Cuando por fin llegaron a su edificio, él no la invitó a acompañarlo, pero ella salió del taxi en silencio.

Cruzó las puertas del edificio con él y solo redujo el paso cuando se dio cuenta de que lo había acompañado hasta su apartamento.

Para su sorpresa, vio que las espaciosas habitaciones estaban casi vacías, no tenían muebles.

No había árbol de Navidad ni ninguna señal festiva.

En una mesita situada al lado de una butaca solitaria había una botella medio vacía de bourbon .

—No recibo a mucha gente aquí, como verás —murmuró Luca—. Vendí casi todos los muebles hace tres años, cuando me mudé. Antes de que Salazar pudiera exigir la propiedad.

—¿Por qué? —preguntó ella.

—Vendí lo que podía para ayudar a toda la gente que pude. —Abrió el bourbon y dio un trago directamente de la botella—. Yo no necesito cosas lujosas.

Selene sintió una presión en el corazón.

—No te entiendo. Lo diste todo para ayudar a unos desconocidos, pero pareces estar decidido a interferir en mi trabajo. ¿Cómo se supone que voy a pedirles ayuda a Elise y las demás si tú…?

—Juré que no iba a volver a ese mundo jamás, pero me convenciste para hacerlo. Tú y tus normas… Hay que hacerlo todo como tú quieras. De una forma u otra, a mí me utiliza alguien siempre.

Selene levantó ambas manos.

—Pero accediste. Ese era el trato.

—Es posible que ya no quiera seguir con el trato. No merece la pena vender mi alma por conseguir un visado. Habría sido mejor aceptar la oferta de André antes que seguir viviendo para complacer tus deseos.

Selene se lo quedó mirando.

—¿De qué estás hablando?

Luca se pasó una mano por los rizos enmarañados.

—André sí que me ha pedido que fuera a Sintra esta noche, pero le dije que no podía por la fiesta de Navidad a la que tú insististe en que fuéramos.

—Él la miró muy fijamente—. Quería presentarme a una baronesa del wolframio española.

Ha heredado las minas de su padre y André quería hacer de casamentero.

Un matrimonio por interés. Él siempre ha tenido la fantasía de llegar a tener una de las mayores explotaciones de wolframio de Europa.

A Selene se le cayó el alma a los pies.

—No estás hablando en serio. Tú nunca aceptarías algo así.

Luca entornó los ojos.

—Me lo estoy pensando.

—Es mentira. —«Que esté mintiendo, por favor».

—¿Y qué importa si me caso con ella? No por amor, claro.

—Soltó una breve carcajada—. No hay ni la más mínima esperanza.

Pero por André y por el legado de nuestro padre.

Oh, conozco bien a mi hermano. El aprecio que me tiene es algo pragmático.

Le soy convenientemente útil. ¿Por qué debería decirle que no?

—No serías capaz de aceptar. —Ella intentó ocultar el miedo en su voz, pero él logró detectarlo y se acercó a ella.

—¿Te importaría si lo hiciera? —susurró.

Ella sabía que él quería la verdad. Pero, si se la decía, rompería todas las reglas.

Marguerite la había advertido y tenía razón.

Si se metía en ese terreno prohibido, estarían jugando con fuego desde esa noche en adelante. Pero ya no podía seguir mintiendo. ¿En quién se había convertido si negaba lo que sentía?

Ella le cogió las manos.

—Ya sabes la respuesta.

Los ojos de Luca se iluminaron, primero con perplejidad y después con asombro.

Le puso una mano en la cara y con la otra le quitó el alfiler del pelo.

La melena rizada le cayó sobre los hombros y él hundió la cara en ella.

Selene notó su aliento caliente en el cuello.

Fuera, las campanas de las basílicas empezaron con el coro que señalaba la medianoche.

—Feliz Navidad —susurró ella.

Se estremeció por los nervios y, durante un momento fugaz, Giles apareció en su mente. Pero apartó el recuerdo de esa noche tan lejana en el tiempo. Ya no era tan inocente. Sabía lo que quería de Luca.

Él observó, hipnotizado, cómo ella se bajaba despacio la cremallera del vestido.

Se dio cuenta de que esa noche se había dejado sin querer la daga que llevaba siempre.

Era la única vez que no la tenía en todos esos meses.

Tal vez su cuerpo sabía lo que iba a pasar esa noche, aunque su mente no.

Se bajó los tirantes de la combinación por los hombros y la prenda cayó al suelo con un susurro de seda.