24
Bea parpadeó para aliviar el cansancio de sus ojos y volver a centrarse en el mensaje. Era un código digráfico-tetragráfico que utilizaba un cifrado Gronsfeld con sustituciones alfabéticas, el más difícil que había visto en su vida.
Se masajeó el cuello y miró el reloj. Eran casi las cinco de la mañana del día de Nochebuena.
La noche anterior, mientras ella trabajaba con ese código, las calles de Lisboa, que quedaban por encima de ese búnker húmedo y sin ventanas, estaban a rebosar por las fiestas navideñas.
Durante los últimos días, mientras los lisboetas compraban en el mercadillo navideño de Rossio o disfrutaban de la iluminación festiva en la plaza do Comércio, ella se había sumergido por completo en el trabajo.
Se sentía desconectada de su alegría y esas fiestas hacían que fuera más consciente de la distancia que la separaba de su hermano Robert, lo que le producía un dolor constante.
¿Cómo serían las Navidades para él en el Pacífico Sur?
Sus compañeras bibliotecarias la habían invitado a ir con ellas a la Ceia de Natal, una tradición de Nochebuena portuguesa en la que la gente se reunía para comer bacalao, repollo, patatas y dulces navideños.
—Quiero celebrarlo como la gente de aquí —dijo Nora.
—Yo voy por la bebida, no por la comida —añadió Dorothy con algo menos de entusiasmo.
—Vamos a ir todas —insistió Helen.
Y Bea pensó que debía de ser una celebración importante para que Helen hubiera aceptado ir, sabiendo que debía de estar echando muchísimo de menos a su hijo, que estaba en Iowa.
Por su parte, Jacques también estaba utilizando todo su encanto para convencerla de que fuera con Henri y con él a una fiesta de Nochebuena en una galería de arte en Calçado da Gloria.
Por mucho que adorara a sus colegas y a Jacques, no era la compañía que quería para esas Navidades. Solo había dos personas en Lisboa con las que le gustaría pasar esas fiestas, pero tanto Selene como Gable no estaban disponibles para ella.
Durante los últimos tres años, Selene y ella habían celebrado las Navidades juntas. Pero era posible que ese año fuera el primero en el que rompieran la tradición. Selene, que tenía llenísimo su calendario de eventos sociales, ya le había dicho que no estaba segura de que pudieran verse en Navidad.
La noticia fue un duro golpe para ella. Selene la conocía mejor que nadie y, además, las dos se habían acercado desde que Bea le contó la verdad sobre Pete y el bebé. Pasar ese día con ella sería un gran consuelo, y además serviría para que Bea dejara de pensar en Gable.
«Gable».
Suspiró. Allí estaba ella, como Perséfone atrapada en el inframundo, esperando el regreso de Hades, el hombre al que odiaba y, a la vez y a pesar de lo que le decía su mente racional, al que echaba muchísimo de menos.
Como si sus pensamientos lo hubieran invocado, él cruzó la puerta, impresionante con un esmoquin. Se soltó la corbata con dedos hábiles y ella se sonrojó al verlo y recordar lo que esas manos habían provocado en su cuerpo. Cómo lo habían recorrido con ansia. Maldito fuera.
—Lo siento, creía que ya no estarías aquí, si no… —Su disculpa se quedó a medias y acabó en un silencio incómodo.
Así habían sido últimamente las cosas entre los dos: se evitaban de forma educada una y otra vez. Pero en aquel momento estaba demasiado cansada para ignorarlo.
—Llevo horas intentando desencriptar esto. —Su voz sonaba tensa—. Es un mensaje que interceptó un agente del mi5 en Berlín. El coronel Fitzgerald cree que está dirigido a Heinrich Kraus. Algo sobre el wolframio…
—Ven conmigo —pidió él en voz baja. Se dirigió hacia una de las puertas que a Bea no le habían permitido usar; estaba reservada solo para los principales agentes del mi5, como Gable.
—¿Qué? ¿Adónde? No. —Ella negó con la cabeza.
Gable se volvió para mirarla. Bea no pudo apartar la vista a tiempo y sus ojos se encontraron.
—Bea, hace días que no duermes. —Una sonrisita triste asomó a sus labios—. Afuera está nevando. ¿Lo sabías?
Soltó una carcajada ronca.
—No es posible. Aquí no nieva.
Él se encogió de hombros y mantuvo la puerta abierta.
—Pues hoy sí. Por primera vez desde hacía cincuenta años, me han dicho. Ven conmigo. Por favor.
—Está bien. —Se puso el abrigo. Estaba demasiado agotada para seguir resistiéndose.
El pasadizo era más largo y estrecho que el que llevaba a las oficinas del idc.
Cruzaron una puerta baja, subieron un tramo de escaleras angostas y entraron en un pequeño hueco.
La luz del inicio del amanecer apareció ante ellos y Bea se dio cuenta de que estaba en el campanario de la Basílica da Estrela.
—¿Cómo…? —Sacudió la cabeza, asombrada, contemplando las vistas de todo Lisboa.
—El mi5 cuenta con lugares como este por toda Lisboa. A veces hace falta tener una imagen a vista de pájaro. —Gable señaló al cielo. Unos copos que parecían de encaje caían en espiral y sus fractales helados resplandecían como diamantes—. ¿Ves? Nieve.
El viento los azotaba y a Bea se le salió el pelo del moño. Antes de que le diera tiempo a ella de apartarse los mechones, Gable acercó la mano y se los quitó de la frente. A ella se le aceleró la respiración al sentir su contacto, pero consiguió controlarse y se apartó.
Gable dejó caer la mano.
—Bea, hay muchas cosas que no sabes sobre mí. —Su voz sonaba llena de arrepentimiento—. Pecados que he cometido por esta causa. Mentiras por las que me odiarías. Lo que hago… hace que tener cualquier tipo de relación sea imposible.
—Imposible para ti —contraatacó ella.
—Para los dos. No podría pedirte eso. No lo haría.
La sinceridad que veía en su cara no sirvió para aliviar su decepción.
No lo había admitido ni ante sí misma, pero eso era lo que esperaba. Ella se había preguntado cómo serían los dos juntos, qué podrían llegar a significar la una para el otro, y él también.
Pero de repente allí estaba, poniéndole barreras que ella nunca había aceptado.
—No puedes tomar esa decisión por mí, ni decirme qué debo o no querer. Yo sé lo que tengo que hacer.
—No espero que me perdones por haberte dejado después de lo de Casablanca —dijo vacilante—. Pero necesitaba que estuvieras alejada de mí, por el bien de los dos.
Bea se quedó mirando el cielo. La nieve caía de forma continua y cubría los tejados rojos. Sentía un profundo dolor en el corazón. Quería rebelarse contra todo eso, pero sabía que no podía.
—Lo entiendo. Y yo… —Las palabras que dijo a continuación la desgarraron—. Estoy de acuerdo. No podemos permitirnos poner en peligro la misión.
Si sus palabras le produjeron a él algún alivio, no se notó en su expresión atormentada. Gable se limitó a asentir.
Ella examinó la ciudad, sintiendo que se había quitado un peso de encima que había llevado durante semanas.
Su frustración con él había quedado sustituida por tristeza, por lo que nunca podría haber entre ellos.
Pero él la deseaba. Lo había reconocido.
Y eso le proporcionaba cierta felicidad, por agridulce que fuera.
En aquel momento, como si su mente hubiera estado esperando a que su corazón se quitara ese peso, tuvo un momento de iluminación. El mensaje codificado con el que llevaba peleando toda la noche se reveló ante ella.
—Lo tengo —anunció—. He descifrado el código.
Gable se apoyó en uno de los arcos y sonrió a pesar de que sus ojos estaban llenos de tristeza.
—Cómo no ibas a hacerlo.
—Efectivamente, el mensaje es para Heinrich Kraus. Hay un cargamento de wolframio en las minas Caldeira de Fundão. Se supone que está destinado a los Aliados, pero los alemanes están planeando llevárselo en un tren fantasma. Esta noche.
Gable recibió la información con una expresión muy seria.
—André Caldeira. Llevo años vigilándolo, incluso he estado en su propiedad de Sintra.
Ese hombre guarda los registros de minas más inmaculados que he visto nunca.
Y ha tenido un cuidado especial desde que perdió un cuarto de tonelada del último cargamento por culpa de los contrabandistas de Kraus.
Uno de mis informantes me dijo que André Caldeira fue a los muelles poco después del robo de los nazis.
Hizo que volvieran a pesar todo el cargamento e informó del robo al ministro de Comercio de Salazar.
—Tampoco yo he visto nada inusual en los registros que he estudiado. Pero… ¿y si los que vemos nosotros están falsificados? ¿Y si Caldeira ha estado ayudando a los nazis a robar wolframio de sus propias minas y después lo ha hecho pasar por actos de contrabando?
—No se me había ocurrido. —Gable asintió—. Es una pista que merece la pena seguir.
Bea se volvió para irse, con las energías renovadas y deseando volver al coe. Quería revisar con más detenimiento la contabilidad de Caldeira.
Gable le agarró la mano.
—Espera un momento. —Y entrelazó los dedos con los suyos. La mano de él le calentó la suya, que estaba helada.
—Está amaneciendo —susurró Bea.
Un brillo rosado envolvía los tejados de los edificios cubiertos de nieve.
—Todavía tenemos unos minutos…
«Para fingir», pensó Bea. Lo entendió. Cuando volvieran al coe, se sumergirían de nuevo en sus trabajos y en la realidad que traían aparejados. Allí, durante unos minutos, podían tomarse de la mano y fingir que la guerra no existía.