23 #2
—No lo entiendo —dijo Elise—. A mademoiselle Schöne le quedaban aún otras tres funciones en el teatro São Carlos. ¿Por qué iba a bordo del Serpa Pinto?
Rosalinda negó con la cabeza con expresión angustiada.
—Toda esa gente en medio del mar, muerta de miedo. Es posible que alguno esté herido. ¿Qué quieren los nazis de ellos?
Teresa se rellenó la copa de champán.
—Nelio no me lo ha dicho. Salazar está intentando negociar la liberación de los rehenes sin tener que declararle la guerra a Alemania. Nelio y José están con él ahora mismo en el palacio de São Bento. Lo único que podemos hacer es esperar noticias.
La conversación se apagó después de eso, debido a la preocupación que todas sentían. Si la de Teresa era fingida, era una actriz increíble. Pero Selene se dijo que todas las mujeres lo eran, de una forma u otra.
Como no quería levantar sospechas si se iba de repente, esperó media hora antes de levantarse.
—Lo siento mucho, pero estas noticias tan terribles me han provocado dolor de cabeza. Creo que necesito tumbarme un rato.
Rechazó sus ofertas de llamar a un taxi y la insistencia de Rosalinda de acompañarla a casa.
—Luca y tú tenéis que venir a mi soirée de Nochebuena —le dijo Elise cuando estaba recogiendo el bolso, el abrigo y la sombrerera—. Es el próximo viernes a las seis.
—¿El acontecimiento social de la temporada? No me lo perdería por nada del mundo —aseguró, sintiendo que por fin había conseguido una cierta victoria, porque Elise había tenido un gesto de amistad con ella.
En cuanto se cerró la puerta, Selene salió corriendo hacia el ascensor. Cuando llegó a la primera planta, bajó por las escaleras de servicio hasta el sótano para buscar el transmisor de radio que había escondido en el cuarto de calderas.
Después de escribirle un mensaje en morse a Marguerite, Selene se sentó en un rincón de ese pequeño cuarto y se puso los auriculares del Detectifone. Tras un momento en el que solo oía ruido estático, le llegaron las voces del apartamento de Teresa.
Ahora solo tenía que esperar y rezar para que la informadora nazi revelara su identidad.
—¿Algo interesante? —susurró Marguerite, señalando los auriculares de Selene.
Estaban sentadas una junto a la otra en la sala de calderas.
Marguerite se había reunido con ella después de recibir su mensaje.
Tenía también un auricular pequeño, que estaba conectado a una radio de galena en miniatura que llevaba oculta en una caja de cerillas metálica.
Mientras Marguerite esperaba noticias sobre el Serpa Pinto, Selene escuchaba los detalles de la vida privada de Teresa.
—La condesa y Rosalinda se han ido del apartamento hace unos minutos —informó Selene—. Teresa le ha dicho al mayordomo que le pida un coche para llevarla al casino a las siete. Eso es todo.
En la sala de calderas hacía un calor sofocante y Selene se llevó una mano sudorosa a la frente.
Marguerite y ella llevaban varias horas de vigilancia continua, pero sin resultado.
Desde que Rosalinda y Elise se fueron, lo único que se oía en el apartamento de Teresa eran los ruidos normales de la vida cotidiana: el agua corriendo para llenar la bañera, pasos o el tintineo del hielo en un vaso.
Pero un momento después, el tono agudo y estridente del teléfono sobresaltó a Selene. Sujetó los auriculares con las manos para oír mejor.
—Oh, Nelio, dime que hay noticias. —La voz de Teresa sonaba tensa.
Se produjo una pausa y después Teresa continuó—: ¿Nada?
¿Cómo es posible? Han pasado muchas horas.
—Suspiró de manera exagerada—. Haz lo que puedas para ayudar a esa pobre mujer, por favor.
Convence a Salazar de que intervenga. No me puedo ni imaginar por lo que estará pasando.
Y Amélie tiene un don tan extraordinario…
Sería una tragedia que nadie volviera a tener la oportunidad de oírla cantar.
Después de esa súplica, se produjo un largo silencio, pero cuando ella volvió a hablar, su voz era gélida.
—No soy una niña, Nelio. Entiendo la situación en la que está Salazar, pero dejar que esos nazis… ¡No te atrevas a decirme que me calle! ¿Oye? ¿Hola?
Desde el otro extremo de la línea llegó un golpe ensordecedor. Selene supuso que Teresa había colgado el teléfono de nuevo con mucha brusquedad.
—No creo que nuestro objetivo sea Teresa. —Selene se quitó los auriculares, hundida. Le resumió lo que había oído de la llamada a Marguerite, que suspiró, frustrada.
—¿Dónde demonios hemos cometido el error? —preguntó Marguerite con los dientes apretados—. Esta informadora lleva activa varios meses. Debería haber cometido un error a estas alturas. Haber hecho algo que la expusiera. Bon sang !
—Creía que la teníamos.
Selene se apoyó en la pared. Cuanto más tiempo pasara antes de encontrar a la informadora, más posibilidades habría de que desapareciera o muriera alguien más. Y las cosas ya habían llegado al extremo de abordar un barco de pasajeros.
Miró a Marguerite, que estaba escuchando su auricular con atención, apretando tanto la caja de cerillas que tenía los nudillos blancos. Estaba recibiendo algún mensaje sobre el Serpa Pinto. En el tenso silencio que siguió, el ruido de su respiración resonaba en el aire estancado.
«Que los pasajeros estén a salvo», rezó Selene.
Por fin, Marguerite suspiró y apartó el auricular.
— Dieu merci , han liberado a los rehenes. Los pasajeros han vuelto al Serpa Pinto. El barco ha recuperado el rumbo. Los submarinos de Hitler han abandonado las aguas sin hacer ninguna amenaza más.
—Gracias a Dios. —Entonces Selene se dio cuenta de la tristeza en los ojos de Marguerite—. ¿Qué ocurre?
—Ha cundido el pánico… La gente se atropellaba para llegar a los botes salvavidas. Tres pasajeros han muerto en la estampida: el médico del barco, un cocinero y un niño.
Un silencio respetuoso reinó entre ellas, y a Selene se le llenaron los ojos de lágrimas al pensar en esas vidas perdidas de forma tan trágica.
Marguerite sacó una petaca del bolsillo de su abrigo, le dio un largo trago y se la ofreció a Selene.
—No soy la salope de corazón duro que tú creías, ¿eh? Solo voy a poder superar esta guerra de dos formas: estando borracha o muerta. Hoy puedo elegir la que más me apetece. ¿Mañana? Quién sabe.
Selene agradeció el consuelo del whisky. Durante un segundo le redujo un poco el dolor que sentía en el pecho. Una reparación temporal, pero la aceptaba de buen grado mientras durara.
—La fiesta de Nochebuena de la condesa es el viernes. Aprovecharé para poner otro Detectifone en su habitación. Encontraremos a la informadora…
—Nos estamos quedando sin tiempo. —Marguerite estudió la casa de Selene—. ¿Y qué pasa con tu Luca? ¿Sigue siendo una distracción?
Ella recordó el dolor y el asombro que vio en sus ojos cuando lo dejó plantado la noche anterior en la ópera.
—No es «mi Luca». Y nunca lo será.
Marguerite se levantó y se dirigió a la puerta.
—Si es cierto, eres más inteligente y cruel de lo que creía.
Selene se levantó para posar todo su peso sobre sus pies adormecidos. La adrenalina de las últimas horas estaba dejando paso a una fatiga terrible. Había habido más muertes ese día. Si Selene hubiera descubierto a la informadora meses antes, cuando empezó con la misión, ¿se podrían haber evitado?
Esa idea no dejaba de darle vueltas en la cabeza mientras caminaba por las calles, que se estaban volviendo oscuras por momentos.
También se repetía las palabras de Marguerite.
Cuando llegó al hotel, se bañó con agua casi hirviendo y se frotó bien la piel hasta dejársela muy roja.
Pero le dio igual. Seguía teniendo la sensación de que la tenía cubierta de sangre de personas inocentes.