23
Selene, que tenía su baza final en la mano, puso las cartas sobre la mesa para que las vieran las otras mujeres.
Rosalinda sumó los puntos mientras Teresa lo comprobaba todo, muy atenta, mirando por encima de su hombro.
Selene examinó el elegante salón con un nerviosismo creciente mientras la lluvia azotaba las ventanas.
Con la ayuda reticente de Teresa, había conseguido por fin tener acceso al sanctasanctórum de aquellas mujeres.
Por fin había entrado en uno de sus apartamentos.
El dispositivo Detectifone estaba dentro de una sombrerera que había dejado en el vestíbulo.
Solo tenía que encontrar una oportunidad para colocarlo.
—He descubierto una sombrerería increíble de camino aquí —comentó cuando llegó a casa de Teresa—. Y no me he podido resistir a comprarme uno de sus sombreros campana.
Llevaba dos horas esperando el momento de colocar el dispositivo en alguna parte de la casa de Teresa, donde nadie lo viera.
El apartamento, con sus muebles recargados, ofrecía muchos sitios ideales para esconderlo.
Cuando lo colocara y lo encendiera, Selene y Marguerite podrían oír las conversaciones de Teresa.
Solo necesitaba unos minutos a solas para hacerlo.
—Está clarísimo —Rosalinda levantó la cabeza de la tabla de puntuaciones—. Han ganado Elise y Selene. Nunca he visto a nadie conseguir tantas bazas.
—Mi madre era una profesora de bridge estupenda —reconoció Selene. Recordó en ese momento la enfermedad de su madre, pero apartó ese pensamiento enseguida.
— Bien joué —la felicitó Elise—. He tenido suerte de tenerte como compañera.
Selene la miró con una sonrisa conciliadora. Aunque Elise no la había aceptado todavía como a una igual, toleraba su presencia, pero solo con el mínimo imprescindible de educación.
Elise miró por la ventana la lluvia que caía con fuerza, le dio un mordisco a un bombón y suspiró.
—Odio este tiempo tan horrible.
A Selene tampoco le gustaba nada, pero era por una razón que no podía confesar en voz alta.
El barco de pasajeros portugués Serpa Pinto iba de camino a mar abierto y Amélie Schöne iba a bordo, bien escondida.
Había dejado plantado a Luca en la ópera para convencer a Marguerite de que le buscara un sitio a la cantante en el barco que estaba a punto de salir.
Había zarpado para Estados Unidos esa misma mañana y a Selene le preocupaba la seguridad de la nave en medio de esa tormenta.
Cuando salió del Hotel Amizade aquella mañana, se encontró tres mensajes de Luca esperándola en la recepción.
Los ignoró, pero se sintió mal por ello.
Ya contactaría con él cuando necesitara que los vieran juntos.
Era solo cuestión de tiempo que una de esas mujeres les entregara a otro inocente a los nazis y ella necesitaba descubrir cuanto antes de cuál se trataba.
—Las únicas distracciones en esta época del año son las cartas y el teatro —continuó Elise—. Lo que daría por poder ir a la playa…
Teresa arrugó la nariz.
—¿La playa? No, gracias. Al menos, no si aparecen cadáveres en la orilla.
Elise dejó su bombón.
—Acabas de quitarme el apetito, gracias.
Teresa ignoró el sarcasmo de Elise.
—No tenemos aquí a los hombres para mandarnos callar, así que, ¿por qué no ser sinceras? No he conseguido librarme de las pesadillas todavía.
Selene aguzó los oídos. Tenía delante una oportunidad que no podía permitirse dejar pasar. Se inclinó y preguntó en voz baja:
—¿Estáis hablando del marchante de arte? ¿Toma Petrea?
—Fue una tragedia —exclamó Rosalinda, con la vista fija en el suelo.
—He oído historias de otros que han desaparecido. Igual que él. —Mantuvo la voz muy firme, con cuidado de dónde pisaba. Miró las caras de las otras mujeres: Teresa parecía asqueada; Elise, molesta, y Rosalinda, triste—. Se comenta discretamente que los nazis…
—Rumores —interrumpió Elise—. Infundados, por supuesto. —Miró brevemente a Teresa y después a Rosalinda.
«Es una advertencia», pensó Selene.
—Evidentemente todo el mundo está alterado por las desapariciones —prosiguió Elise—, sobre todo nuestro presidente. Pero no se ha señalado a nadie. Mantener todas las amistades internacionales es importante para Portugal. Y para su neutralidad.
Selene se arriesgó un poco más.
—Pero se trata de gente inocente que solo busca refugio…
Teresa suspiró, irritada.
—Los estadounidenses sois demasiado inocentes.
Algunos de ellos son inofensivos y solo buscan una nueva vida, pero, otros vienen a crear problemas.
Esos son los que los alemanes vigilan especialmente.
Y si el Reich quiere que Salazar impida que ciertas personas influyentes salgan de Portugal, ¿qué va a hacer el presidente?
—Le dio un sorbo a su copa de champán—. Yo no digo que esté bien, por supuesto.
Pero hablamos del destino de unos pocos; es trágico, pero una guerra en suelo portugués costaría muchas más vidas.
Es el precio que tenemos que pagar por mantener la paz.
El precio. «¿Hasta dónde estará dispuesta a llegar Teresa para ayudar a asegurar esa paz?», se preguntó Selene. ¿Y tendría algo que ver el hombre con el que hablaba en alemán en la ópera la noche anterior?
Elise se volvió hacia Selene.
—¿Te parece que Estados Unidos es muy diferente? ¿Es que Roosevelt quiere tener el país lleno de refugiados, como nos pasa aquí? Piénsalo bien.
Sus palabras le produjeron un escalofrío. Oyó el eco de su madre en ellas; recordó que, durante su infancia, ella menospreciaba constantemente a los inmigrantes por «invadir» Boston y Nueva York.
—Tienes razón. Estados Unidos tampoco está haciendo todo lo que debería. —«Y ha llegado el momento de que eso cambie», quiso añadir Selene, pero no se atrevió.
—Oh, vamos a hablar de otras cosas. —El tono jovial de Rosalinda estaba en contradicción con su expresión angustiada. Miró a Selene—. ¿Por qué no te pruebas el sombrero que te has comprado? Eso nos servirá de distracción a todas.
Ella asintió, contenta de poder alejarse de las otras por fin. No estaba avanzando nada con la conversación y todavía no había escondido el dispositivo de escucha.
—Encantada. Pero antes… ¿El tocador?
—Al final del pasillo, a la derecha —indicó Teresa.
La conversación de las mujeres pasó a centrarse en los regalos de Navidad. Su cháchara se convirtió en un rumor lejano mientras ella escapaba por el pasillo, con la sombrerera bajo el brazo.
Enfrente del baño, junto al dormitorio de Teresa, había un boudoir . Vio un teléfono en la mesita de noche. «Perfecto», pensó.
Cerró la puerta del dormitorio y se puso manos a la obra rápido y sin hacer ruido.
Sacó el puñal que llevaba en la liga, se metió bajo la cama con dosel e hizo un agujero rectangular en la parte de abajo del somier de muelles.
La sobresaltó el repentino sonido estridente del teléfono.
Esperó mientras escuchaba los pasos de Teresa por el pasillo.
Pero no apareció nadie por allí, así que dejó escapar el aire bruscamente; había estado conteniendo la respiración.
Teresa debía de haberlo cogido en el salón.
Selene encendió el dispositivo Detectifone y lo metió entre los muelles y los listones de madera. Con él encendido, ella podría, con la ayuda de unos auriculares, espiar las conversaciones que tuviera Teresa desde cualquier parte de ese edificio.
Volvió a poner la tela que cubría los muelles en su sitio y la aseguró con cinta aislante. Cuando terminó, el dispositivo de escucha estaba seguro y fuera de la vista, y no quedaba ni rastro de su intervención.
Después se puso a rebuscar en la mesita y en la cómoda de Teresa, a ver si encontraba algún documento que indicara su implicación o alguna interacción con los nazis, pero no halló nada.
A continuación, pasó al boudoir , donde había un pequeño escritorio bajo una ventana alta.
El pulso se le aceleró cuando vio encima una carta firmada por la propia Amélie Schöne:
Mi querida Teresa:
Las flores que me has enviado al camerino son preciosas. Me halagan todos los maravillosos elogios sobre mi interpretación que me transmites. Siempre recordaré nuestra cena en el Hotel Palácio y la suerte que tuviste en la ruleta.
Espero que nuestros caminos vuelvan a cruzarse algún día.
Amélie
Selene releyó la carta varias veces. Teresa era una admiradora de la voz de Amélie Schöne.
Si unía lo que había leído en la nota y los detalles que le había dado Catia, no le quedaba más remedio que asumir que Teresa estuvo en el Casino Estoril con Amélie la misma noche en la que Emil Achenbach intentó envenenar a la cantante.
¿Y si Teresa estaba utilizando su «admiración» como forma de ocultar un plan más oscuro?
Y el hombre que hablaba alemán y que Teresa había besado en la ópera la noche anterior… ¿Había alguna posibilidad de que ese tenor fuera también Emil? ¿Teresa estaría trabajando con él para intentar asesinar a Amélie?
Salió corriendo del tocador, con el cerebro a mil por hora, pero se detuvo al oír las voces nerviosas de las mujeres que llegaban desde el salón.
—¿Rehenes? ¿Hay algo más aterrador que eso? —estaba diciendo Teresa mientras caminaba arriba y abajo por la habitación.
—¿Qué ocurre? —preguntó Selene cuando volvió junto a las demás.
Rosalinda tenía la cara cenicienta y Elise no paraba de juguetear con sus pulseras.
Teresa empezó a andar más deprisa.
—Me acaba de llamar Nelio. Los submarinos alemanes han interceptado el Serpa Pinto. Están registrando el barco en busca de Dios sabe qué. Han obligado a los 385 pasajeros a subir a los botes salvavidas, pero han cogido tres rehenes. Una es Amélie Schöne.
—Oh, Dios mío. —Notaba un hormigueo en la piel por los nervios y se dejó caer en un diván.
No podía ser una coincidencia. Si Teresa había estado en contacto con Amélie antes de que escapara, ¿podría haber informado a los nazis de que iba a estar en ese barco?
¿Sería Teresa la informadora nazi que Selene estaba buscando?