Las bibliotecarias de Lisboa 22
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—He repasado los números una y otra vez. —Bea le mostró las columnas de sumas al coronel Fitzgerald para que pudiera revisarlas.

Después de que el coronel le encargara que monitorizara toda la información que tuviera que ver con el wolframio, Bea se obsesionó con ello.

Con Gable ausente, el trabajo se había convertido en una distracción necesaria y su memoria fotográfica le servía como forma de amnesia.

Había estado llenando su mente con cientos de imágenes, registros de las exportaciones de wolframio documentadas y mensajes encriptados sobre trenes fantasma llenos de metal de contrabando.

Tenía el cerebro a rebosar de información, que era exactamente lo que ella pretendía.

Hacerle aquella confesión a Selene sobre Pete y su pérdida había sido un alivio, pero no una cura para el dolor que le había producido Gable.

Esos últimos días su amiga había sido un paño de lágrimas bienvenido y muy necesario, pero no suficiente para proporcionarle paz.

Gable… Él no abandonaba nunca su cabeza. ¿Dónde estaba? ¿Estaba a salvo? ¿Pensaba en ella?

Cuanto menos sitio tuviera para él en sus pensamientos, más probable era que pudiera olvidarlo.

Por eso había ido al coe en su día libre, para seguir alimentando su obsesión.

Pero aquella mañana, durante su revisión de los datos, había encontrado algo perturbador.

Se puso a calcular los totales de las exportaciones de wolframio de la semana anterior y las cuentas no daban.

Algo no estaba bien y eso era preocupante.

No le gustaba nada tener que llamar al coronel un domingo, pero tenía que decírselo enseguida.

Él fue directo a su despacho en cuanto se enteró de lo que Bea había descubierto.

—Incluso contando con el wolframio que los nazis sacaron de contrabando del almacén Marinheiro, la cantidad que le corresponde al Eje supera en una tonelada la de la otra parte.

El coronel estudió sus cálculos.

—Sospecha que están haciéndose con más de lo que les corresponde, incluso después del arresto de Lacerda.

—Así es.

Fitzgerald frunció el ceño.

—Sé que a las minas de Guilherme Avilo los contrabandistas les robaron media tonelada hace unos días. Pero nuestra inteligencia nos ha informado de que Lacerda organizó ese robo antes de su arresto. Y además no explica la otra media tonelada extra.

De repente, la máquina de teletipos pitó y entró una comunicación. Bea y el coronel se quedaron mirando mientras las teclas automáticas escribían el mensaje codificado.

—Es un SOS. —Bea frunció el ceño mientras desencriptaba los caracteres—.

Del Serpa Pinto. Submarinos alemanes han interceptado el barco a cincuenta millas de la costa de Sintra.

Todos los pasajeros han sido obligados a subir a los botes salvavidas.

Los nazis mantienen el control del barco a punta de pistola mientras revisan las bodegas en busca de prisioneros de guerra alemanes.

—Miró al coronel—. Señor, en ese barco hay cinco toneladas de wolframio que han adquirido los estadounidenses y que iban de camino a Filadelfia.

—¡Maldita sea! —gruñó el coronel, y se aflojó la corbata—. No están buscando prisioneros. Están sustrayendo nuestro wolframio. ¿Cómo han podido saber lo de ese barco?

A Bea se le hizo un nudo en el estómago cuando comprendió lo que estaba pasando.

—Los tratos que hacían con Lacerda eran insignificantes en comparación con estos. Alguien ha planeado un sabotaje a gran escala.

—¿Cómo se nos puede haber escapado? —Fitzgerald estaba muy pálido.

—Descubriré quién ha sido, señor. —Continuaría con la operación Caperucita sola, si era necesario. No aceptaría ninguna otra cosa.

—Demonios, ¡creía que lo teníamos!

—¿A quién?

A Bea se le aceleró el corazón al oír esa voz condescendiente y suave como la seda. La voz de él. Le dio la espalda a la máquina de teletipos y vio a Gable en un extremo de la habitación.

Se había colado sin hacer ruido y se dirigió a su mesa para acomodarse en su silla con una complacencia despreocupada, como si no se hubiera ido en ningún momento.

Esos ojos azules gélidos se posaron en Bea y después miraron hacia otra parte.

No hizo falta más que eso. Menos de un minuto en su presencia y Bea sintió que su fuerza de voluntad flaqueaba. Pero, en cambio, su enfado creció.

—Lacerda no es el Lobo —aseguró el coronel con los dientes apretados—. Tal vez era un señuelo. O simplemente un hijo de puta esbirro de Hitler. Pero hemos estado perdiendo el tiempo con el hombre equivocado.

Gable palideció. Era la primera vez que Bea lo veía con la guardia baja.

—Lacerda está muerto. Me he enterado esta mañana. —Su voz sonó glacial—. Le ha llegado la información a mi agente ficticio, Friedrich Wagner, de su contacto. La pvde se lo entregó a la Gestapo. Y como para ellos no tenía ninguna utilidad…

—Me importa un bledo lo que le haya pasado a Lacerda.

—El coronel se dirigió a la puerta con grandes zancadas—.

Ahora tengo un problema enorme entre manos.

Si los alemanes hunden el Serpa Pinto, será como una declaración de guerra contra Portugal, y además perderemos a muchísimos civiles inocentes.

Tengo que hacer unas llamadas. —Señaló a Gable con un dedo—.

Encuentra a ese cabrón del wolframio antes de que perdamos esta guerra.

Cerró con un portazo, y Bea y Gable se quedaron solos. Él estudió el mensaje de la máquina de teletipos y su expresión se ensombreció.

—Mierda. —Gable casi escupió esa palabra y después tiró de un empujón una pila de papeles que había en su mesa. Luego apoyó la cabeza en las manos—. Odio esta maldita guerra.

«Ignóralo», se dijo Bea. Fue a buscar la carpeta sobre los empresarios del wolframio a su mesa y la abrió.

Pasaron varios minutos y sintió la mirada de Gable fija en ella mientras seguía estudiando los papeles de la carpeta. Si tenía intención de utilizar el silencio como una batalla de voluntades, ella estaba decidida a ganar.

—¿Qué haces? —preguntó él por fin, y se levantó para recuperar los papeles que había tirados por el suelo.

—Releer los perfiles. Tiene que haber algo que se nos ha escapado…

—Deja esa carpeta. Tú y yo no tenemos que releer nada. Ya lo tienes memorizado. —El tono de Gable era brusco y no apartó la vista de los papeles que estaba recogiendo—. Me sorprende que sigas aquí.

—¿Y eso por qué? —Bea lo atravesó con la mirada—. No necesito tu ayuda para hacer mi trabajo.

—Nunca he dicho lo contrario.

—¿Y esa desaparición repentina? ¿Largarte sin decir nada? Has estado por ahí un mes. Supongo que pensarías que se trataba de uno de esos juegos del gato y el ratón que tanto te gustan.

—No te podía decir adónde iba. Lo sabes bien.

—Has hecho como si no hubiera pasado nada entre nosotros. Como si no significara nada —continuó con un hilo de voz.

Esperó que él protestara, que le dijera que se equivocaba.

Quería que él peleara por lo que habían compartido en Casablanca.

Pero el silencio de la habitación se alargó para dar paso a la dura y dolorosa verdad.

Para él no había significado nada. Cuando se dio cuenta, fue como si le atravesaran el corazón con una lanza.

Él arrugó la frente y dio un paso para acercarse a ella.

—Bea, yo…

—Yo no soy un juego. Ni uno de tus agentes ficticios tampoco. Y no estoy aquí para hacer lo que a ti te venga en gana.

Él se apartó dos pasos.

—No. No estás para eso.

La sangre le atronaba en los oídos. Odiaba las palabras que estaban a punto de salir de su boca, pero tenía que librarse del poder que él tenía sobre ella.

—Vamos a dejar las cosas claras. Voy a trabajar contigo para encontrar al Lobo, pero ahí se acaba todo.

Él hizo una mueca, como si estuviera librando una batalla en su interior, pero enseguida se recuperó y adoptó una expresión de serenidad sombría. En sus ojos vio una falta de vida que la asustó.

—Es mejor así —dijo con voz monótona—. Vamos a trabajar.

Ella asintió y volvió a su mesa antes de que él viera que tenía lágrimas en los ojos. Iba a llegar al final de esa misión, aunque su corazón tuviera que pagar un alto precio.