Las bibliotecarias de Lisboa 21
55%

21

—Hace años que no vengo a la ópera —confesó Selene cuando Luca y ella se sentaron al lado de André en el palco privado de los Caldeira—. Y nunca he visto La Bohème . Gracias por invitarnos esta noche, André.

Él sonrió.

—Un placer. Me alegro de que hayáis podido venir. Tengo demasiadas cosas en la cabeza con la compra de las minas de Lacerda. Me viene bien tomarme un respiro.

Luca negó con la cabeza.

—Sigo sin entender por qué las vas a comprar. Ya tienes más que suficiente de lo que ocuparte.

André se tensó al oír ese comentario, pero contestó en voz baja:

—Tras el arresto de Lacerda, su mujer y sus hijos han perdido su buen nombre.

Van a necesitar el dinero de la venta para instalarse en España.

Además, es mejor que yo me ocupe de las minas, a que caigan en malas manos.

—Se puso de pie—. Veo que Guilherme Avilo está en su palco.

Voy a saludarlo. He oído que sus minas han perdido media tonelada a manos de los contrabandistas esta semana.

—Se despidió con un gesto de la cabeza antes de salir del palco.

—Así es mi hermano —dijo Luca con un suspiro, mirándolo—. Todo, incluso los acontecimientos sociales, se convierte en asuntos de negocios cuando estás con él.

—Aun así, ha sido muy amable por su parte invitarnos. —Lo que no dijo fue sutilmente que ella había buscado esa invitación en cuanto se enteró de que André tenía un palco y la condesa Archambeau, también.

Con los prismáticos de ópera, Selene estudió a la condesa, que estaba sentada en un palco justo frente al suyo con Teresa y Rosalinda.

Mientras Rosalinda estudiaba el programa de esa noche, Elise y Teresa hablaban de forma muy reservada.

En las varias semanas que habían pasado desde su noche en el casino, había visto a las mujeres en más de una docena de ocasiones.

Se sentía culpable por haberle prestado tan poca atención a Bea esos días, sobre todo después de su revelación, pero era un sacrificio necesario.

En los momentos en que las dos amigas estaban juntas, Selene hacía todo lo que podía por consolarla, pero su misión tenía prioridad.

Y su compromiso con ella estaba empezando a dar sus frutos.

Luca y ella se habían convertido en una parte más del círculo de la condesa; habían cenado con José y Elise en el Aviz y habían acompañado a todo el grupo a conciertos navideños y al encendido del árbol de Navidad de la plaza do Comércio.

Pero Elise en su presencia solo tenía conversaciones sobre temas de lo más superficial, arrastrando a Teresa y a Rosalinda a que hicieran lo mismo, siempre en un civismo controlado y muy bien estudiado.

Selene sabía, por las bromas que había oído intercambiar a José y a Eduardo, que habían hecho varias salidas de compras y que seguían quedando los domingos para tomarse un cóctel, cada vez en el apartamento de una de ellas.

Pero Selene no había recibido ninguna invitación.

Miró a Elise, que le estaba susurrando algo a Teresa. ¿Estaría hablando de la desaparición de Otto Schafer? ¿O estaría compartiendo algún cotilleo absurdo para entretenerse hasta que empezara la ópera?

Pronto se enteraría.

Selene tenía a un informante en un palco cercano, escuchando la conversación. Catia le había asegurado que tenía a alguien presente en el teatro.

Elise la vio al otro lado de la sala y la saludó con una inclinación de cabeza.

Selene sonrió amablemente en respuesta y se permitió disfrutar de un momento de satisfacción.

Luca, que había visto adónde miraba, dijo:

—Preferirías estar con ellas.

—No. Lo que querría sería conseguir parte del dinero con el que han comprado esas joyas. Con él podría pagar un pasaje seguro a Estados Unidos para cien personas o más.

Luca la miró intrigado.

—¿Salazar ha decidido hacer la vista gorda con los papeles falsos por fin?

Selene negó con la cabeza y susurró:

—Hay otras formas. Tengo contacto en la oficina de la Legación Estadounidense. Y alguno está dispuesto a sellar visados; por un precio, claro.

Esa mentira le dio asco, sobre todo porque sabía que el subsecretario de Estado de los Estados Unidos, Breckinridge Long, era un acérrimo aislacionista que se oponía a que los refugiados se instalaran en el país.

Pero no tenía elección. Luca tenía que seguir creyendo que trabajaba para una organización de ayuda a los refugiados o ella no podría ayudar a quienes escapaban de la única forma que podía: manteniéndolos lejos de las garras de los nazis.

Luca le agarró la mano y se la llevó a los labios.

—Me alegro de que Elise no me haya robado tu atención esta noche. Por una vez estamos juntos lejos de su microscopio y te tengo toda para mí.

Él sonrió y ella sintió calor en todo el cuerpo por su contacto. Entrelazó los dedos con los de él.

—Ahora mismo da igual, porque la representación está a punto de empezar.

Después de la advertencia de Marguerite, se había prometido mantener las distancias con Luca.

Por eso desde entonces había rechazado varias ofertas por su parte de que pasaran tiempo a solas los dos, y solo había aceptado los planes en los que estarían en público.

Si Selene se tomaba en serio su trabajo, tenía que poner unos límites claros por el bien de ambos.

Él la miró con cara de confusión.

—Después de la fiesta en los jardines, creí que podría haber algo más entre nosotros, al margen de esta farsa. Pero desde aquel día has estado tan diferente…

No continuó porque André reapareció en el palco y se sentó en su sitio. Unos minutos después, la oscuridad se tragó la cara de Luca porque empezaba la ópera.

Selene se sintió aliviada por no tener que terminar su conversación.

No podía explicarle su comportamiento, porque eso solo le causaría dolor.

Aunque allí, sentada con él en la oscuridad, con la dulce voz de la soprano Amélie Schöne cantando un aria, le resultaba difícil ignorar el aroma a jabón especiado de su loción para después del afeitado y el calor de su cuerpo junto al de ella.

El encuentro acordado con Catia la salvó de la tortura de seguir tan cerca de él.

—Vuelvo enseguida —susurró justo antes de que empezara el intermedio. Supuso que él asumiría que iba al lavabo. Salió del palco para ir a esperar en un rincón aislado entre bambalinas.

Catia ya la esperaba entre las sombras, oculta tras un montón de atrezo sobrante.

—¿Qué ha oído tu informante? —preguntó Selene—. Cuéntame de qué hablaban Teresa y la condesa.

Catia sacudió la cabeza.

—Hablaban de Navidad. Nada de Otto Schafer. Ni de los refugiados.

—Maldita sea.

—Pero hay algo más. Sobre Amélie Schöne.

—¿La soprano? —preguntó Selene sorprendida.

La diva de la ópera estaba de gira y había llegado a Lisboa solo unos días antes de la actuación de aquella noche.

—Han estado a punto de envenenarla. Anoche, en el casino. Estaba allí con otros artistas del espectáculo. Les vendí cigarrillos. Un hombre se acercó a pedirle un autógrafo y le echó algo en la bebida.

Catia le dio a Selene un gemelo con una esvástica grabada. En un borde tenía una bisagra minúscula y casi invisible. Ella lo abrió y encontró un compartimento secreto en el que quedaba un residuo de una sustancia en polvo. Reconoció la textura.

—Ricino. —Era un veneno inodoro e insípido que no dejaba apenas rastro en las víctimas—. ¿Y la señorita Schöne no bebió?

—Yo le dije que su vaso estaba sucio. Después conseguí el gemelo cuando el hombre estuvo jugando al bacarrá. Se llamaba Emil Achenbach. No lo había visto nunca en el casino. Nadie lo conoce.

—Pero ¿por qué van los nazis a por la señorita Schöne? —preguntó Selene.

—Ese no es su nombre real. En realidad, se llama Anne Cohen. Ha estado escondida en la Francia ocupada hasta ahora. Su mánager le buscó esta actuación y esa identidad falsa para sacarla de allí. Pero alguien ha debido de delatarla a los alemanes.

Selene se estremeció. Elise, Teresa o Rosalinda… Una de esas tres mujeres era responsable de aquello. Y en aquel momento estaban las tres tan tranquilas, viendo actuar a Amélie en el escenario.

Sacó un fajo de escudos de su bolso y se lo puso en la mano a Catia.

—Gracias.

La chica asintió.

—En cuanto a la señorita Schöne… Su primer plan no ha funcionado, pero eso no los va a detener.

—Lo sé. Haré todo lo que pueda para ayudarla.

Salió a toda prisa de su escondite y recorrió el laberinto de atrezo que había entre bastidores sin salir de la oscuridad, para que no la vieran los tramoyistas. Casi había llegado a la puerta lateral del escenario cuando vio a Teresa saliendo a escondidas de un camerino.

¿Qué estaba haciendo ella allí? Selene se ocultó tras un perchero lleno de disfraces y se quedó observando.

Vio a un hombre corpulento, que parecía un oso, en la puerta del camerino.

Estaba besando a Teresa mientras ella intentaba zafarse de sus brazos y escabullirse.

Era el tenor protagonista y le hablaba en alemán y en susurros.

Selene oyó las palabras «Amélie» y «mañana». Teresa asintió, le tiró un beso y se fue por el pasillo.

Examinó sus opciones. Podía dejar que Teresa escapara sin que nadie la viera, pero si la arrinconaba, eso le daría algo con lo que negociar. Necesitaba acceso a las vidas privadas de esas mujeres y Teresa era quien se lo iba a proporcionar.

—¡Teresa! —la llamó como si estuviera feliz de encontrársela.

La cara de Teresa, que ya estaba bastante enrojecida, se puso escarlata.

—¡Qué coincidencia encontrarte aquí! —Selene le mostró su programa—.

No podía esperar ni un minuto más para tener el autógrafo de la señorita Schöne.

Vengo de su camerino. —Selene sonrió impecablemente—.

Y ya veo que no soy la única impresionada con el talento de un artista.

¿Era Federico Rossi con quien estabas hace un momento?

Teresa miró la puerta del camerino, evidentemente agitada a pesar de los esfuerzos por ocultarlo. Se recolocó el vestido, que se le había resbalado por un hombro.

—Sí, también he ido a pedirle un autógrafo.

—Y algo más, por lo que he visto. —Selene le guiñó un ojo—. Me pregunto qué dirá Nelio de esta travesura en el intermedio…

Teresa abrió la boca y después volvió a cerrarla. Ya no quedaba ni rastro de la habitual sonrisa estudiada en su cara.

Selene esperó, rezando para que Teresa hiciera lo que ella esperaba.

La otra mujer entornó los ojos.

—¿Qué es lo que quieres?

—¿Cómo? —Selene parpadeó despacio, haciéndose la inocente mientras preparaba su ultimátum.

—Para no contarlo. —Teresa encendió un cigarrillo y dejó escapar el humo por la nariz—.

Mira, Nelio y yo tenemos un acuerdo. Los dos hacemos la vista gorda cuando el otro se va por ahí a divertirse con alguien.

Pero últimamente ese desgraciado se vuelve loco con cualquier cosa.

Hazme un favor y ahórrame los cardenales.

—Quiero una invitación a la reunión para tomar cócteles de mañana.

Selene contuvo la respiración mientras Teresa se lo pensaba. Un momento después suspiró, derrotada, y asintió.

—En mi apartamento. El diecinueve de la calle Capelo. A las dos. —Miró al pasillo y después la miró a ella otra vez—. Trae bombóns de chocolate. Son los favoritos de Elise. Como invitarte no va a ser idea suya, vas a necesitar algo para contentarla.

Selene, encantada, se quedó mirando a Teresa mientras corría por la puerta del escenario y se mezclaba con la multitud de asistentes. Había conseguido por fin la invitación. Pero no tenía tiempo de disfrutar de esa victoria. Tenía que volver al hotel y enviarle un mensaje a Marguerite.

Ella tenía que saber que Amélie Schöne estaba en peligro.

¿Podrían los Aliados sacar a la soprano de Lisboa antes de que sufriera el mismo destino que Otto y Toma?

Los nazis parecían estar volviéndose más atrevidos en sus intentos de capturar o asesinar a los artistas que querían escapar de los territorios ocupados. Cada segundo contaba.

Las luces del teatro parpadearon para indicar el final del intermedio, pero Selene no volvió a su asiento. Luca la encontró cuando estaba recogiendo su chal en el guardarropa.

—Aquí estás. —Le rodeó la cintura con los brazos.

Se le cayó un rizo sobre la frente y Selene tuvo que contenerse para no apartárselo—.

¿Adónde has ido? André ha tenido que irse a Sintra.

Ha dicho algo sobre una complicación en la venta de las minas de Lacerda que no podía esperar.

Pero me ha dicho que te diera las buenas noches de su parte.

—Él examinó su expresión y parecía preocupado—.

¿Qué ocurre, Selene? Esta noche estás muy rara, no pareces tú. Apenas me has mirado…

Ella se apartó.

—Es que… estoy un poco cansada. La ópera ha sido estupenda, pero tengo que irme. Gracias, Luca.

Su sonrisa desapareció.

—¿Pasa algo malo? Voy contigo…

—¡No! —Vio dolor en los ojos de Luca—. No —repitió en voz más baja. Ojalá pudiera contárselo todo—. Yo… no puedo explicártelo, pero ya te avisaré cuando te necesite.

—¿Cuando me necesites? Selene, ¿qué significa…?

—Lo siento. Buenas noches.

Con un peso en el corazón, lo dejó allí y se fue.