Las bibliotecarias de Lisboa 20
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—¡Bea! —Nora miró a Bea preocupada—. Apenas has tocado la comida…

Miró su plato lleno de pavo relleno y salsa de arándanos.

—Está todo delicioso —dijo, y se obligó a comer un poco.

Las otras bibliotecarias habían hecho todo lo posible para conseguir que las espartanas oficinas del idc parecieran un poco más acogedoras para Acción de Gracias.

Nora y Helen se habían esforzado mucho para preparar la cena, y Dorothy había colgado guirnaldas de papel caseras por toda la zona de trabajo.

Incluso habían juntado todas las mesas para crear una larga en la que cupiera su modesto festín, en el que no podía faltar un pavo asado auténtico que había llegado por barco desde los Estados Unidos, junto con otros cientos, por orden del mismísimo presidente Roosevelt.

A pesar de que todo el mundo intentaba parecer alegre, había una gran tristeza cerniéndose sobre esa mesa.

Solo unas horas antes, el coronel Fitzgerald había recibido por teletipo la noticia de que habían hundido el portaviones de escolta USS Liscome Bay junto a la costa de las islas Gilbert.

Todavía no se habían dado cifras, pero se esperaba que el número de bajas estadounidenses fuera elevado.

—No tengo mucho apetito, la verdad. —Bea intentó sonreír, pero no lo consiguió.

—Seguro que tu hermano está a salvo —respondió Nora, y la rodeó con un brazo.

—Al menos sé que no estaba en ese barco —replicó Bea.

Pero también sabía, por los informes que recibía el coronel, que la guerra en el Pacífico Sur se estaba recrudeciendo y que Robert estaba en peligro real.

Aunque ahora lo sentía más lejos que nunca, igual que la vida que habían compartido en Boston.

Era como si todo aquello fuera parte de otra Bea, alguien mucho más joven y tímida.

La que no había arriesgado su vida en una misión en Casablanca ni se había acostado con un hombre como Gable.

«Gable». Pensar en él solo aumentaba su humor sombrío.

Hacía casi dos semanas que no lo veía, desde la mañana en la que regresaron de la misión.

La metió en un taxi a la salida del aeropuerto de Portela y solo le dijo: «Espero que llegues bien a casa», y desapareció, antes de que ella pudiera protestar, de camino a la misión que hubiera organizado a continuación.

Cuando ella volvió a la oficina, el coronel Fitzgerald la informó de que Lacerda estaba en manos de la pvde.

La misión se había completado. Ya solo había que terminar el papeleo, y el coronel le dejó claro que él podía ocuparse de eso solo.

Después le dijo que Gable iba a estar en otra parte durante un tiempo.

Maldito fuera por no haberse despedido siquiera.

Como quería evitar a Selene y las preguntas que seguro que querría hacerle sobre el viaje, se pasó muchas noches sola en el coe vacío.

Pero Gable estaba por todas partes en esa sala (y también en su piel): era como una mezcla de hielo y fuego.

El resentimiento y el deseo chocaban en su interior y le daban ganas de gritar.

—Dios mío, no se irán a poner todas sentimentales ahora, ¿no?

—La voz del coronel Fitzgerald arrancó a Bea de sus pensamientos.

El hombre estaba en el umbral de la puerta de su despacho, mirando con cara de pocos amigos la reunión—.

Se acabó la fiesta, señoras. Salgan de aquí antes de que encuentre más trabajo que darles.

Mientras las demás mujeres se ponían a limpiar, el coronel se sirvió discretamente un trozo de tarta de manzana y le hizo un gesto a Bea.

—Quiero hablar con usted, señorita Sullivan. En mi despacho.

Bea fue con él y cerró la puerta.

—Quería agradecerle su trabajo impecable en la operación Caperucita. Y darle un mensaje de las altas esferas: están muy impresionados con usted.

—Qué buena noticia, señor. ¿Cuál va a ser nuestra siguiente misión?

—¿Nuestra? —El coronel la miró con una ceja enarcada.

—De Gable y mía. Sigo preparando borradores de la correspondencia de los agentes ficticios de Gable, por supuesto, pero seguro que habrá una nueva misión…

—No es necesario que continúe. Gable ya está trabajando en algo nuevo. Su red puede esperar.

—Ya veo. —Bea se agarró a la silla que tenía delante, destrozada, pero intentando que no se le notara en la cara.

—Tiene trabajo de sobra aquí, señorita Sullivan —continuó el coronel—.

Seguimos monitorizando las exportaciones de wolframio.

Tenemos que estar absolutamente seguros de que las cantidades de los envíos a los Aliados y al Eje están igualadas.

El arresto de Lacerda seguro que ha puesto coto al contrabando de Alemania, pero tenemos que asegurarnos.

Necesito que siga descifrando los mensajes que tengan que ver con el wolframio.

Ella asintió mecánicamente.

—Claro. Me alegra poder ayudar.

Tras darle las buenas noches, agarró su abrigo y su bolso en medio del aturdimiento.

El resto del grupo hacía rato que se había ido y el vacío total de la oficina solo aumentaba la sensación de abandono que tenía.

Obedeciendo un impulso, sacó la petaca que sabía que guardaba Dorothy en el cajón de arriba. Estaba medio llena.

Le dio varios tragos largos, disfrutando del calor del whisky. Se metió la petaca en el bolsillo y se fue a los muelles.

A Bea le parecía que el suelo que pisaba se movía y la cabeza le daba vueltas mientras contemplaba a los soldados estadounidenses subir al barco que volvía a casa. ¿Cuánto tiempo había pasado esos últimos meses allí, deseando ver la cara de Pete entre la gente? Demasiado.

Pues eso ya se había terminado.

Aquella iba a ser la última vez que fuera allí, aunque esta vez no era para buscar a alguien que no iba a encontrar, sino para despedirse de la chica que se había estado engañando, primero con Pete y después con Gable.

Les dio la espalda a los soldados y entonces vio dos caras conocidas al lado de la multitud.

Era Jacques, casi escondido en la oscuridad de un callejón, con la cabeza agachada mirando a una Josephine Baker que asentía.

La señorita Baker llevaba un abrigo con capucha que ocultaba parcialmente su cara, pero sus rasgos delicados eran inconfundibles.

Bea se quedó mirando, intentando entender lo que estaba viendo. ¿Qué estaba haciendo la señorita Baker allí, en Lisboa? ¿Tendría algo que ver con el encuentro que Gable tuvo con ella en Casablanca? Y si era así, ¿podría estar allí con una misión propia? ¿Y Jacques tenía algo que ver?

Mientras los observaba, Jacques le pasó varios papeles a ella, que, con la ayuda del abrigo para ocultarse, se los guardó con discreción en el escote. Después se fue con prisa del callejón, hacia un extremo de los muelles que estaba desierto, cerrándose la capucha hasta que resultó irreconocible.

Entonces Bea llamó a Jacques y fue hacia él. En su cara vio sorpresa al reconocerla.

—¿Bea? —Su expresión se volvió preocupada cuando vio la petaca que tenía en la mano—. ¿Estás bien?

Quería preguntarle por la señorita Baker, pero se contuvo. Fuera lo que fuera lo que tramaban, era mejor que no agobiara a Jacques para obtener respuestas. Ella tenía sus secretos y acababa de comprobar que él también tenía los suyos, y Bea no podía saber de qué se trataban.

—Estoy bien —aseguró, pero no era cierto.

Todo el dolor y la pérdida le pesaban demasiado en el corazón. La preocupación por Robert, la rabia contra Gable. Todo ese peso que había traído a ese lugar y esa guerra, con la esperanza de olvidar pero incapaz de conseguirlo.

Empezaron a caerle las lágrimas. Las había estado conteniendo durante demasiado tiempo, pero fue un gran alivio sentir que esas gotas calientes caían por sus mejillas.

Jacques la rodeó con un brazo para consolarla.

—Vamos, chérie , te acompaño a casa.

El corto trayecto en el taxi sirvió para que Bea se calmara un poco, pero, cuando Jacques la dejó en la habitación de Selene, quince minutos después, empezaron a caerle las lágrimas otra vez.

—¿Qué te ha pasado? —Selene se sentó a su lado en la cama con cara de preocupación.

Las dos apenas habían hablado desde el viaje a Casablanca y lo poco que se habían dicho eran frases educadas de forma un poco incómoda.

—Rafael Delgado. —Bea dijo su nombre como si fuera una maldición que quería romper—. No es el hombre que yo creía.

Bea se preparó para la respuesta de Selene.

Ella había visto lo que era Pete en realidad antes de que Bea quisiera reconocerlo y le había advertido sobre Gable.

Pero lo último que necesitaba oír aquella noche era un «te lo dije».

Sorprendentemente, Selene se quedó callada y solo le sostuvo la mano y esperó a que le contara.

—Cuando nos fuimos de viaje juntos, nos…

—Bea sacudió la cabeza e inspiró hondo. No quería darle los detalles.

Aunque recordarlo le dolía, la noche que había pasado con Gable había sido diferente a todo lo que había conocido antes.

Y eso le pertenecía a ella y solo a ella—.

Creí que le importaba. Pero ahora se ha ido, no sé adónde.

—Cerdo —exclamó Selene.

—Y hay más. —Bea continuó, sabiendo que necesitaba contárselo todo.

Había mantenido su secreto bajo llave durante más de un año, pero estaba harta de sufrir en silencio—.

No fui sincera sobre por qué vine a Lisboa contigo.

Pete y yo nos prometimos antes de que se fuera.

Él no quería contárselo a nadie. Vine aquí esperando encontrarlo…

—Se le quebró la voz—. Estaba embarazada cuando lo destinaron.

Le escribí para contárselo, pero nunca me contestó…

—Oh, Dios mío, Bea…

Se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas.

—Después perdí el bebé y yo… —El resto quedó ahogado por los sollozos.

Selene la abrazó.

Todo el cuerpo de Bea se convirtió en una herida abierta y sangrante. Se había sentido muy sola con su dolor durante todos aquellos meses de duelo. Pero Selene ahora lo compartía con ella y lloraba a su lado.

—Ni siquiera estaba segura de si quería ser madre. Sigo sin estarlo. Pero… no importaba. No puedo explicar lo que sentí, de dónde salió ese amor, pero quería al bebé. De verdad.

—Lo siento —no dejaba de susurrar su amiga—. Lo siento mucho.

No supo cuánto tiempo estuvo Selene abrazándola. Bea lloró hasta que los ojos le ardieron y se le hincharon, hasta que se le acabaron las lágrimas. Por fin, agotada pero liberada, levantó la cabeza.

—Durante todos estos meses pensaba que lo estabas pasando mal por Pete… —confesó Selene.

—No lo sabías. No quería que lo supieras. —Bea se irguió con la respiración temblorosa—. También sufría por él, pero no por las razones correctas. He desperdiciado mucho tiempo dándole el beneficio de la duda. Y he cometido el mismo error con Rafael.

Selene le cubrió la mejilla con la mano.

—Vas a superar todo esto y estarás bien.

Bea inhaló a trompicones.

—Lo sé. Ahora lo creo, por primera vez desde que pasó.

Bea miró a su amiga, agradecida por que estuviera allí en aquel momento.

Gable le había mentido. Su cuerpo le había hecho dulces promesas en la oscuridad que no tenía intención de cumplir.

Pete también le había mentido con sus palabras de amor y las descripciones de la vida que tendrían juntos.

Y de repente, Selene y ella estaban enredadas en sus propias redes de mentiras, llevando una doble vida que no podían compartir.

Las mentiras resquebrajaban y destruían la confianza.

Bea no sabía qué haría si acababan también con su amistad.

—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó Selene—. Dímelo.

—Estás aquí —murmuró Bea—. Eso es suficiente.