19
Selene se aseguró de que estaba sola en aquel estrecho pasillo entre bambalinas antes de llamar a la puerta del camerino de Marguerite. Solo tenía unos minutos.
Había dejado a Luca y a los demás terminando sus postres en el salón de baile del Casino Estoril con la excusa de ir a buscar su estola al guardarropa.
José y Nelio los habían invitado, junto con el resto de su séquito, a un partido de polo esa tarde, y después a una velada en el casino.
Luca había recibido su indulto una semana antes y desde entonces se le habían abierto las puertas del círculo de Salazar.
Ella escuchó con atención todas las conversaciones durante el partido de polo y tenía información nueva que transmitirle a Marguerite.
La cantante le abrió la puerta y la hizo pasar.
—Empiezo mi número en cinco minutos —dijo en voz baja mientras volvía al tocador—. ¿Qué tienes para mí?
—Ninguno de ellos ha sacado el tema de la muerte de Toma Petrea. Sea cual sea la informadora, se le da bien ocultarlo. Al menos en público. Pero la pvde hizo una redada en el Café Nicola ayer y arrestó a muchos refugiados con papeles falsos. La condesa estaba allí cuando ocurrió.
—Sí, me he enterado de lo de la redada. Despreciable.
—A la condesa no se lo ha parecido. —Selene sintió una ira renovada hirviendo en su interior al recordar el relato de Elise—. Los llamó «marginados» y dijo que ojalá la policía los arrestara a todos. No creo que mostrara ese odio tan abiertamente si fuera la informadora, pero…
—Hay que vigilarla de cerca —sentenció Marguerite mientras se metía detrás del biombo y se quitaba la bata.
—Sí. Y he visto a Teresa Moretti meterle en el bolsillo al garçon un billete de cincuenta escudos más de una vez durante la cena de hoy. Le está pagando por algo.
—No te molestes con eso. Le paga para que organice una cita.
Nelio tiene sus entretenimientos y ella los suyos.
—Marguerite se puso por la cabeza un vestido verde jade con lentejuelas y salió de detrás del biombo con una imagen tan glamurosa como siempre—.
¿Qué más? ¿Has podido pasar tiempo a solas con las mujeres?
—Todavía no, pero espero conseguirlo.
Lo que no mencionó fueron los momentos durante el partido de polo de esa tarde en los que Elise se había llevado aparte a las otras mujeres para tener con ellas conversaciones íntimas de las que no quería que supiera nada Selene.
Aparte de eso, eran muy educadas con ella, pero no estaban dispuestas a compartir sus confidencias más secretas.
Todavía era nueva en ese círculo, y necesitaría tiempo para fomentar ese nivel de confianza.
—Pues hazlo. Pronto. —Marguerite se puso perfume detrás de las orejas y en el escote—. ¿Y qué tal con Luca Caldeira? —Le dio la espalda al espejo para mirar a Selene con una mirada penetrante—. ¿Ha demostrado ser una ventaja o un inconveniente?
Al oír mencionar el nombre de Luca, le dio un pequeño vuelco el corazón.
—Está haciendo su parte sin rechistar. —Intentó que su tono sonara despreocupado, pero Marguerite no parecía convencida.
—Os he estado observando a los dos esta noche. Casi no podías apartar los ojos de él.
A Selene le ardieron las mejillas y no pudo sostenerle la mirada.
—No tiene nada que ver con eso. Ha sido mi puerta de entrada.
—¿Y ahora qué es?
Selene dudó durante demasiado tiempo; la confusión le desordenaba los pensamientos.
En el tiempo que había pasado con Luca durante los últimos días nada le había parecido forzado ni ensayado.
Ella le sugirió que hicieran cosas juntos, para que los vieran por Lisboa y que su relación resultara creíble.
El día anterior habían estado paseando por el jardín botánico más antiguo de la ciudad.
Aunque estaban a mediados de noviembre, todavía había unas cuantas flores que resistían y los jardines eran impresionantes.
Luca la escuchó atentamente mientras le hablaba del asfixiante control de su madre y del triste declive de su padre.
Era cautivador sentir que alguien te entendía así.
—Luca es una táctica —respondió al fin.
Marguerite la miró escéptica.
—Mentirte a ti misma es el peor error que puedes cometer. —Después suspiró y cerró los ojos mientras decía con una voz llena de cansancio—: Hemos perdido a alguien más. A otro inocente.
—¿Qué? ¿Quién?
—Otto Schafer, un banquero alemán. Escondió a más de una docena de niños judíos en una cámara acorazada subterránea de su banco de Berlín.
Al final consiguió sitio para ellos en uno de los kindertransport que los llevó a Gran Bretaña.
Llevaba en Lisboa más de un año esperando un visado.
—Marguerite apagó bruscamente el cigarrillo en un cenicero—.
Su mujer denunció su desaparición hace tres días.
Me he enterado esta mañana, por uno de nuestros agentes en París, que ha visto a Otto en un tren que iba de camino a Alemania.
Lo custodiaba la Gestapo. Lo van a mandar a uno de los campos. Si es que llega vivo hasta allí.
—No. —Sintió como si un puño helado le apretara el corazón e intentó contener las náuseas—. No, no, no.
Marguerite se masajeó las sienes con los dedos.
—Toma, Otto… ¿Quién será después? Esto no puede seguir así.
—No seguirá —prometió Selene con voz serena y firme.
—Para eso tienes que estar muy centrada —aconsejó Marguerite—. La intimidad es peligrosa, pero ¿el amor? Eso es un suicidio, para ti y para tu misión.
—Lo comprendo —contestó en voz baja.
—No eres la primera agente que confunde el juego con la realidad. Algunas no logran diferenciarlos nunca. Y eso es el fin para ellas. —Examinó a Selene—. Si Caldeira te distrae demasiado…
—No lo hace. —Esta vez sí que le sostuvo la mirada—. Luca no significa nada para mí. Te lo juro.
La cantante entornó los ojos, dubitativa.
—Pues asegúrate de que eso no cambia. Ten cuidado y consigue que te inviten a esas veladas con cócteles y que te dejen entrar en sus apartamentos. Necesitamos saber de qué hablan cuando están a puerta cerrada.
—Lo haré.
—Bien. —Asintió, satisfecha, y se volvió para irse, pero entonces se paró en seco—.
Tengo una carta para ti. Es de tu familia.
—Marguerite sacó un sobre de su bolso y se lo dio a Selene.
Ya estaba abierto—. Interceptamos toda la correspondencia personal de nuestras agentes, supongo que lo comprendes.
Para proteger tu alias y nuestros intereses.
—Miró fijamente a Selene—. Ya no queda nada privado en tu vida. Será mejor que no se te olvide.
Marguerite salió y Selene se guardó la carta en el bolso para leerla después. Ya llevaba demasiado tiempo fuera de la mesa. La noticia de la desaparición de Otto no dejaba de darle vueltas en la cabeza, igual que la advertencia de Marguerite sobre Luca.
Le costó más de lo habitual sonreír cuando volvió con los demás.
—Pero ¡qué triste! —exclamó con un tono compungido juguetón mientras miraba a los hombres de la mesa—. Estamos todos en este salón de baile maravilloso y ninguno está bailando con su hermosa acompañante.
—Me has leído la mente —intervino Elise—. Estos hombres no han hablado más que del arresto de Vincente Lacerda durante toda la cena, y a estas alturas yo estoy aburrida como una ostra.
Aunque los periódicos no lo habían mencionado, en los últimos días la noticia del arresto se había extendido por toda Lisboa como un incendio sin control.
En el trabajo de Selene en la Comisión de Comercio no se hablaba de otra cosa.
También esa era la razón por la que André no había acudido al casino aquella noche.
Lo habían llamado para una reunión urgente con varios propietarios de minas de wolframio para hacer hincapié en la importancia de cumplir con las leyes de exportación de Salazar.
—Cariño —el tono de José era conciliador—, ya veo que he puesto a prueba tu paciencia durante demasiado tiempo y quiero que tengas la oportunidad de lucir ese vestido tan bonito. —Se levantó y le tendió una mano a Elise. Ella lo recompensó con un beso y los dos se dirigieron a la pista de baile.
Nelio y Eduardo los imitaron acompañados de Teresa y Rosalinda. Selene los vio irse, aliviada de poder tener un momento a solas con Luca.
Él la miraba a la cara muy serio, como si hubiera detectado la angustia que ella intentaba ocultar.
—¿Todo bien? —preguntó.
Ella se obligó a ampliar su sonrisa.
—Sí, pero solo si bailas conmigo. —Vio preocupación en su expresión, pero se apresuró a llevarlo a la pista de baile antes de que pudiera hacerle más preguntas.
Recién afeitado y con uno de los esmóquines hechos a medida de André, Luca llamaba la atención por su altura entre los demás hombres y era una imagen digna de ver mientras bailaban.
Ella agradeció el calor reconfortante de su mano en la cintura.
El salón de baile estaba lleno de la beau monde habitual, y unos cuantos los miraron con curiosidad.
Tras su retorno al círculo de Salazar, Luca había puesto patas arriba la jerarquía social, y ella también.
Sin duda todo el mundo se estaba preguntando cómo lo había conseguido y qué papel había representado ella en su exoneración.
Luca notó sus miradas y su expresión se oscureció.
—Somos pasto del cotilleo esta noche —dijo con voz baja y tensa—. Tengo la impresión de que no todo el mundo se alegra de mi resurrección.
—Es importante para nosotros que la gente nos vea —apuntó ella.
—No lo he olvidado. —Sonrió burlón—. Y hacer que se les atragante el champán me produce cierta satisfacción. Pero se dan unos aires…
—Yo también lo odio —murmuró ella. Todos esos vestidos brillantes y la música alegre la ponían enferma después de haberse enterado de lo de Otto.
Como un cadáver envuelto en diamantes, aquel lugar transmitía únicamente una sensación de putrefacción disfrazada—.
Nunca he tenido tantas ganas de que acabe la guerra como esta noche.
Luca asintió.
—Solo hay una cosa que me está haciendo esta velada tolerable.
—¿Cuál?
—Tú.
—Gracias —respondió, pero en su interior solo había tristeza.
Quería que él la envolviera por completo entre sus brazos y la protegiera de las verdades a las que no se quería enfrentar. Pero no podía. El baile terminó y los dos tuvieron que volver a la mesa.
—Se te da tan bien bailar como el cróquet. —Rosalinda miró a Selene con un asentimiento de aprobación mientras los ojos de Elise no dejaban de evaluarla.
Selene sonrió a Luca.
—Tenía la pareja de baile perfecta.
Luca le hizo una reverencia.
—Tengo muchos talentos ocultos —contestó con picardía, y ella se ruborizó.
—Yo ya he tenido suficiente baile por hoy —dijo Eduardo en ese momento, y Selene se preguntó si su tono brusco quería decir que también estaba harto de Luca—. ¿A quién le apetece una mano de póquer?
Todos se levantaron, pero Elise respondió a la invitación de Eduardo con otra.
—A mí me apetece tomar un poco el aire primero. Señoritas, ¿me acompañan al balcón? —Miró a Teresa y a Rosalinda, que se unieron a ella enseguida.
Selene dio un paso hacia el grupo, pero Elise la detuvo.
—Os veremos en la mesa de juego dentro de nada.
—Oh, claro. —Selene la miró con una sonrisa imperturbable que ocultó su frustración.
Luca le ofreció el brazo y salieron del salón de baile con los demás.
—La condesa no te lo va a poner fácil. Aceptarte como mi amante es una cosa, pero hacerlo como confidente es otra muy distinta.
—No puedo sacar el tema de los refugiados si no puedo hablar con ellas tres a solas. Pero me he encontrado con mujeres así antes. Solo tengo que demostrar que no supongo una amenaza para ella.
—¿Y cómo piensas hacer eso?
—Haciéndole creer que es más importante para mí de lo que en realidad es.
—Ese es el truco, ya veo. —Luca asintió, pero notó un cambio en su mirada—. ¿Y así es como me has hechizado a mí también? —El tono de su voz era juguetón, pero ella oyó claramente la pregunta que había detrás.
Le dio un beso suave.
—No puedo revelarte mi secreto o se romperá el encantamiento. —Ojalá pudiera decirle que nunca lo manipularía de esa forma y que la admiración que sentía por él era auténtica y crecía cada día. Pero lo que hizo fue dejarlo mientras decía—: Te veo en la sala de juego dentro de un momento.
Tenía una cosa que necesitaba leer.
Cuando estuvo fuera de la vista de todo el mundo, en uno de los cubículos del baño de señoras, sacó la carta del bolso y leyó:
Hola, querida:
Gracias por contarme que estás bien. Pero tener que escribirte por correo microfilmado no reduce la preocupación que siento.
Es muy propio de ti haber hecho algo tan temerario como alistarte.
No se lo he dicho a nuestros padres. Solo le producirá una decepción aún mayor, y nuestra madre necesita tranquilidad. Lleva un tiempo enferma.
Tiene problemas de corazón. El doctor Hicks dice que es una angina. Le ha recetado una medicación, pero ella se niega a tomarla. Yo hago lo que puedo, pero ya sabes cómo es. Y nuestro padre se limita a fingir que no pasa nada.
Sé que no vas a venir a casa, pero tengo que decírtelo de todas formas. No voy a fingir que entiendo por qué has decidido depositar tu lealtad en otra parte. Tú tienes tus obligaciones y yo las mías.
Tu hermana, Evelyn
Selene se quedó mirando la hoja de papel un rato. ¿Cómo podía haberle enviado su hermana una carta así, como queriendo insinuar que su aislamiento había sido la causa de la enfermedad de su madre?
Sentía que estuviera enferma, pero eso no cambiaba la desaprobación que siempre había mostrado su familia.
Aunque quisiera volver a casa, eso no iba a curarla.
Los únicos destinos que podía cambiar Selene eran los de esas pobres almas que estaban allí en Lisboa, desesperadas por escapar.
Pero tenía que seguir concentrada, con las prioridades claras, y para eso tenía que endurecer su corazón. Marguerite tenía razón.
Iba a representar el papel de amante de Luca delante de Elise y las demás y se aseguraría de que los vieran bastante en público para reforzar su consideración como pareja, pero eso era todo lo que ellos dos podían ser el uno para el otro: un medio para conseguir un fin.
Encendió una cerilla y la acercó a una esquina de la carta. Después contempló cómo las llamas borraban todo rastro de las palabras en la página. Si era capaz de blindar su corazón para que no le afectara su familia, también podría hacerlo con Luca.