18 #2
Sus movimientos eran voraces, insaciables, libres como Bea nunca había sentido antes.
Él empujaba sus caderas arqueadas con una fuerza que los dejaba a los dos sin aire.
Un deseo latiente la consumió, una urgente necesidad que crecía en su interior e hizo que sus movimientos se volvieran más rápidos hasta que una ola enorme llegó a su punto más alto y rompió sobre ella.
Un millón de puntos de placer estallaron en su interior.
Ella gritó, abrazándose a él. Un momento después, él gimió en el momento de su liberación.
Se dejó caer sobre las almohadas, con las manos de él rodeándole la cabeza mientras se tumbaba a su lado. Ella tenía la piel húmeda y el cuerpo en llamas por las descargas eléctricas que su contacto le producía.
Suspiró y apoyó la cabeza en su pecho. Él le acariciaba con un dedo la espalda, arriba y abajo. Bea se dejó llevar por el silencio que reinaba en la habitación. Gable le besó suavemente los párpados.
—Odiarte nunca ha sido el problema —lo oyó susurrar.
Ella pensó en todo lo que podía responderle, pero al final solo sonrió y acercó los labios a los de Gable.
Esos besos fueron más pausados, exploratorios.
En ese momento se dio cuenta de que hacía mucho que deseaba eso, de que había estado negándose el deseo que sentía por él.
No sabía si había sido por Pete, por el recuerdo de lo que compartieron, o por ella misma, para evitarse más dolor.
Pero de lo que sí estaba segura era de que lo que había pasado estaba bien entonces, en ese preciso momento.
Empezó a sentir una dulce somnolencia con la que intentó luchar, porque quería seguir disfrutando de esos besos. Pero enseguida se quedó dormida, envuelta en el calor de sus brazos.
Bea no tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba durmiendo cuando Gable la despertó, intentando calmarla cariñosamente en la oscuridad. Alguien en la habitación estaba llorando. Necesitó un momento para darse cuenta de que era ella y su voz se oía distorsionada por los sollozos.
—No pasa nada —le estaba diciendo Gable mientras le acariciaba el pelo—. Solo era una pesadilla.
—No —contestó ella sin parar de llorar al recordar el sueño, que apareció en su mente con una fuerza desgarradora: ella llevaba en brazos un bebé para ponerlo a salvo.
Pero le pesaba mucho, le resultaba imposible seguir sujetándolo.
Lo intentaba, aunque le ardían los músculos por la fatiga, pero de repente el bebé se le escurría y desaparecía en una negrura insondable.
Más lágrimas le corrieron por las mejillas. Gable se las limpió. Notó un enorme peso en el pecho a causa del dolor; le costaba respirar por culpa de ese peso tan abrumador.
—¿Qué te pasa? Cuéntamelo —le susurró él.
Bea solo fue capaz de negar con la cabeza. Tenía miedo de que, si le daba voz al fantasma que la perseguía, acabara tragándosela. No estaba preparada para hablar de él en voz alta.
—Quédate conmigo —fue lo único que logró decir.
Él respondió abrazándola. Bea apoyó la cabeza en su pecho y poco a poco la pesadilla se fue desvaneciendo. Por fin cerró los ojos y se fue quedando dormida escuchando el ritmo regular y reconfortante del corazón de Gable.
A la mañana siguiente, cuando Bea se despertó, vio a Gable a los pies de la cama, con la maleta en la mano.
—¿Qué ocurre? —Se sentó bruscamente, alerta al instante al percibir la agitación de Gable. Lo primero que pensó fue que Lacerda había descubierto que lo habían delatado al mi5. ¿Y si había enviado a la Gestapo a matarlos a los dos?—. ¿Estamos en peligro?
—No, pero tienes que guardar tus cosas. —El tono de Gable no revelaba nada, y después se dirigió a la puerta—. Te veo abajo. Nuestro vuelo a Lisboa sale dentro de una hora.
—Gable —lo llamó. Como no respondió, siguió intentándolo—. Para. Espera. Por favor.
Él se detuvo en la puerta. Bea sintió una tensión en él. Llevaba mucho tiempo siendo agente, tenía el instinto de supervivencia de un animal salvaje. Si hacía un movimiento repentino, lo asustaría y huiría.
«Vuélvete. Date la vuelta para mirarme», suplicó mentalmente Bea.
Si lo hacía, ella sabía que cedería y sería suyo. Pero no estaba dispuesta a rogárselo.
Gable no se volvió. Salió y cerró la puerta.
Ella se dejó caer contra el cabecero de la cama llena de furia. A pesar del increíble momento de pasión que habían compartido la noche anterior y de la ternura que había demostrado después, ¿ahora ese era su modus operandi? ¿Mostrarse frío e indiferente?
Apartó las mantas de un tirón, se vistió rápido y metió la ropa en la maleta.
Quince minutos después estaba en un taxi con Gable de camino al aeropuerto de Anfa. Él se sentó delante, junto al conductor, y miraba fijamente por el parabrisas con una expresión estudiada de apatía.
Cada segundo de silencio solo servía para aumentar la ira de Bea.
Se reprendió por su estupidez. Primero con Pete y después con él.
El año anterior se había entregado a Pete en un solo momento de amor que le había cambiado la vida para siempre.
Él sabía lo que significaba para ella haber compartido con él su primera vez.
Pero durante los primeros meses en los que estuvo destinado en el extranjero, antes de que lo declararan como desaparecido, él no respondió ni a una sola de la docena de cartas que le escribió.
Al enfrentarse a la brutal indiferencia de Gable, a Bea no le quedaba más remedio que ser sincera consigo misma y admitir la verdad que temía pero que había ignorado durante tanto tiempo: Pete podría haberle contestado (habría encontrado la manera), pero había preferido no hacerlo.
¿Por qué se había pasado tanto tiempo buscándolo, racionalizando su falta de atención?
¿Intentando calmar su propia soledad? ¿Llenar el enorme vacío que le producía su dolor?
Por mucho que le destrozara el corazón, no podía excusar la negligencia de Pete durante más tiempo. Ni tampoco lo iba a hacer con Gable.
Dejó de mirar el perfil marcado del agente. Nunca más se iba a permitir mostrarse así de vulnerable, de inocente.