18
Una incitante música de jazz flotaba en el Café de Addi y las conversaciones en una docena de idiomas le daban un ambiente especial al lugar.
En la barra había un grupo muy escandaloso de soldados aliados sorprendentemente jóvenes, más o menos de la edad de su hermano, que no paraban de beber cerveza.
En las mesas de alrededor había una mezcla ecléctica de franco-marroquíes y de exiliados internacionales que bebían champán.
Bea se preguntó cuántos agentes enemigos habría allí, justo delante de sus narices, tal vez incluso planeando matar a otros agentes como Gable y ella.
Pero pensar en eso, en vez de producirle terror, como le habría ocurrido meses atrás, la motivaba.
—Por acorralar a nuestro lobo. —Gable alzó su copa de champán.
—Por haber rescatado a Hemingway de Hitler —respondió ella con una sonrisa.
—Y por ti —añadió él titubeante. Parecía extrañamente arrepentido—. Por tu ayuda.
—Te cuesta bastante dar las gracias, ¿no? —comentó después de que ambos bebieran, y se echó a reír cuando él hizo una mueca.
—No suelo tener razones para darlas —contestó tan tranquilo.
Ella sacudió la cabeza.
—Eso explica por qué trabajas siempre solo.
La sorpresa asomó a sus ojos y después parecía divertido. El grupo de jazz pasó a tocar una melodía lenta y sensual. Él dejó la copa y le tendió la mano.
—¿Qué haces? —preguntó ella mientras la llevaba hacia la pista de baile.
—Ver si se te da tan bien bailar como insultar.
Bea iba a responderle con una réplica inteligente, pero la olvidó completamente cuando Gable, con un movimiento rápido y hábil, la atrajo hacia él. Y se quedó sin aliento cuando le colocó la mano en la parte baja de la espalda.
La verdad era que nunca se había sentido cómoda en las pistas de baile.
Le daba mucha vergüenza y sentía que sus movimientos eran demasiado rígidos.
La única vez que Pete la había llevado a bailar, ella se había retirado después de fracasar al intentar el Lindy Hop.
Se pasó el resto de la noche animándolo a que bailara con otras chicas y sintiéndose fatal después cuando él decidía hacerlo.
Pero bailando con Gable no tuvo oportunidad de agobiarse por su torpeza.
Él la dirigía por la pista con pasos ágiles y llenos de confianza.
La guiaba con cada uno de sus movimientos, su cuerpo le daba instrucciones sin necesidad de palabras y todo era acción-reacción solo con su contacto.
Él hizo que le resultara imposible equivocarse con los pasos y, cuando se dio cuenta, se relajó en sus brazos.
Y, por primera vez en la vida, se sintió grácil y hermosa en una pista de baile.
La música alcanzó un crescendo mientras él la desplazaba por toda la pista, y entonces lo miró con total confianza.
Tenía el muslo pegado al de ella y estiró ambas piernas para inclinarla hacia atrás, arqueando la espalda, con la cabeza de él a la altura de su garganta.
Cuando la música terminó, se sostuvieron la mirada durante un largo momento y ella recordó el beso del día anterior, la fuerza de esos labios sobre los suyos.
Los dos se irguieron despacio, jadeando. El cuerpo de Bea se sentía pletórico, pero enseguida se dio cuenta de que estaban volviendo a su mesa y sintió una gran decepción.
—Supongo que ahora me vas a martirizar quejándote de que tengo dos pies izquierdos —la desafió Gable.
Ella sonrió y volvió a sentarse.
—No. Te voy a dar las gracias por ayudarme con los míos.
Gable se sentó a su lado y acercó la silla.
—Estoy desentrenado. Hace años que no bailo un bolero. Una vida entera, diría yo. —Se quedó mirando la pista de baile, que se había quedado vacía, y en su cara apareció esa mirada perdida que se le queda a todo el mundo cuando revive un antiguo recuerdo.
—Fue en España —dedujo Bea, y Gable asintió y le dio un sorbo al champán.
—Tenía a alguien allí, antes de la guerra. Lena. Era mi prometida. —Habló en voz tan baja que Bea tuvo que inclinarse hacia él para oírlo—. A ella le encantaba bailar.
Bea dudó si hacer la siguiente pregunta, porque no sabía si quería oír la respuesta.
—¿Qué ocurrió?
—Qué ocurrió… —repitió Gable, y su expresión se oscureció—.
Franco y su régimen dictatorial. El derramamiento de la sangre de miles de personas, eso fue lo que pasó.
Mis padres… querían asegurarse de que en España hubiera democracia.
Mi padre lo dio todo por la causa, a pesar de sus recelos por la deriva comunista de los republicanos.
Ofreció nuestras tierras para que acamparan las brigadas republicanas.
Gastó todo el dinero de la familia para apoyar el esfuerzo bélico.
Lena… denunció a mis padres. Los masacraron los soldados del bando nacional mientras yo estaba en Madrid, luchando por una causa perdida.
—Es horrible —susurró ella, y deseó poder borrar todo el dolor que veía en su cara.
—Inútil, eso es lo que fue. Mis padres nunca deberían haber confiado en una causa tan insensata.
Yo acabé odiando a ambos bandos. Los republicanos eran demasiado comunistas y los nacionales, demasiado fascistas…
Al final no había más que fanatismo, la forma de pensar más peligrosa de todas.
La que el Führer quiere extender por todo el mundo.
—Por eso luchas contra él.
—La locura de un hombre no puede apoderarse de la humanidad. —Su voz sonó gélida, resuelta—. Hago lo que puedo para detenerlo.
Bea intentó agarrarle la mano, pero él la apartó.
—Siento mucho lo de tus padres. Y lo de Lena. Yo también he perdido a gente que quería. Sé lo terrible que es tener el corazón roto…
—No me interesa tu vida personal. —Sus palabras fueron como astillas, tan hirientes que Bea se echó atrás en la silla bruscamente.
—¿Qué quieres decir? Yo…
—Esto ha sido un error. —Se levantó y tiró un puñado de francos sobre la mesa—. No debería haberte traído aquí esta noche.
—¿Por qué? Me parecía que… ¿Tú no te lo estabas pasando bien también? —Se quedó mirándolo sin poder creérselo. ¿Qué había pasado? Se acababa de abrir con ella y, un instante después, se había cerrado en banda de nuevo.
—Nos vamos. Ahora mismo.
No esperó a oír su respuesta, sino que se dirigió con grandes zancadas a la puerta del local tan rápido que ella tuvo que correr para alcanzarlo. De vuelta al hotel, le preguntó más de una vez qué había ocurrido, pero él siguió caminando en silencio y se negó a contestar.
Cuando abrió la puerta de la habitación que compartían, Bea estaba a punto de explotar. No podía soportar más sus cambios de humor, sus críticas, todo. En cuanto la puerta se cerró, se giró para plantarle cara.
—¡Nunca en mi vida me han tratado con esa mala educación! —Él intentó volver a salir por la puerta, pero ella le bloqueó el paso—. No, no te voy a dejar salir huyendo esta vez. Primero tendrás que darme la explicación que me merezco.
—No sé a qué te refieres. —Habló con voz monótona y evitando su mirada.
Ella siguió hablando sin tiempo para pensar lo que decía.
—Estoy harta de que dudes de mis habilidades.
Y de estar a tu entera disposición. Me llevas por ahí del brazo cuando te viene bien y después me dejas sola durante horas sin darme una razón.
¡Y anoche me besaste! Y después me enviaste de vuelta al hotel como si fuera una incompetente, algo que los dos sabemos que no tiene nada que ver con la realidad.
—Lo empujó para que entrara en la habitación.
Ella tenía los dientes apretados y él los ojos como platos—.
Ahora mismo me vas a explicar la razón que tienes para odiarme tanto.
Él se la quedó mirando con los brazos junto a los costados y los puños cerrados. Tenía la cara contorsionada, pero Bea no sabía si era de rabia o de vergüenza. Entonces él habló muy tenso.
—Lo has entendido mal. Te envié de vuelta al hotel porque quería protegerte. Y con ese vestido…
—¿Te refieres a este? ¿El que me has pedido que me ponga? —Lo atravesó con la mirada.
—No quiero mirarlo. Ni a ti tampoco. Porque no puedo confiar en mí mismo cuando estás cerca. Por el efecto que tienes en mí, ¿es que no lo ves? —Alzó ambos brazos—. Dios, si supieras todo lo que tengo que esforzarme para no…
Recorrió la distancia que los separaba en dos zancadas y sus cuerpos se estrellaron el uno contra el otro.
Los labios de él encontraron los de Bea con una urgente necesidad.
Se quedó perpleja porque ella sentía una pasión febril igual que la suya, y se apretó contra su cuerpo fibroso mientras él le agarraba la cara.
Sus besos se volvieron exigentes y exquisitamente intensos.
Cada caricia era un alivio, la respuesta a una pregunta ardiente.
La asombró su propia vehemencia, que había surgido de algún lugar secreto de su interior que ella no conocía.
Pero enseguida entendió que siempre había estado ahí, esperando que ella lo sacara a la luz.
Ella deseaba lo que estaba pasando tanto como él.
Le arrancó la ropa, sacándole a tirones la camisa y la chaqueta hasta que pudo recorrer con las manos la piel caliente de su poderoso pecho y del abdomen, disfrutando de cada centímetro bajo sus dedos.
Ella soltó una exclamación cuando su boca pasó de sus labios a su cuello y después al espacio entre sus pechos.
Él se puso de rodillas, le levantó el vestido y la combinación y le bajó las ligas y las medias.
Agarrándole las nalgas con las manos se enterró en su cuerpo, provocándola con la lengua y los dientes, como si sintiera por ella una sed que no se calmaba nunca.
Un fuego líquido surgió entre sus piernas.
Cuando él se levantó, vio la dura evidencia de su deseo. Unos segundos después, el resto de su ropa cayó al suelo y él la levantó en brazos y la llevó a la cama.
Sus labios volvieron a encontrarse con deseo renovado. Ella se tumbó sobre las sábanas y él sobre ella, encendido por el deseo que le costaba controlar. Ella pegó su cuerpo con el de él, lo rodeó con las piernas y lo recibió en su interior con un gemido de placer.