17 #3
Pasaron varios segundos tensos antes de que llegara la respuesta de Luca.
—Me ha concedido el indulto. Me ha dicho que no puede culpar a un hombre por tener conciencia, aunque eso llegue a crear problemas. Problemas… —repitió esa palabra con los dientes apretados—. El hijo pródigo ha regresado, por fin. ¡Que se regocije Lisboa!
Selene se revolvió incómoda, preocupada por la amargura de su tono. Sentía un gran alivio, pero también remordimiento. Para Luca, haber conseguido el perdón de Salazar no era algo que mereciera una celebración.
—¿Y te va a devolver tu puesto de cónsul general?
—Eso no va a pasar nunca. Ha mencionado otros puestos, pero no me ha dado detalles. Tengo que demostrar mi lealtad en un período de prueba de seis meses, y después es posible que me conceda algún puesto. Si me porto bien. Pero eso no importa. No tengo intención de seguir aquí dentro de seis meses.
Miró a Selene en busca de confirmación y ella asintió. Solo tenía unas semanas, o más bien días, para descubrir a la informadora.
—Si todo va según lo planeado, tendrás tu visado mucho antes. ¿Y mientras?
—Por ahora van a limpiar mi nombre y a recuperar mi reputación milagrosamente. Me ha pedido que vuelva al apartamento de la familia Caldeira en Lisboa.
—¿Y eso por qué?
—Para mantener las apariencias. Pero también me ha dado la impresión de que quiere que vigile a André, aunque él jamás pone un pie en ese apartamento.
Siempre está en Sintra o en las minas de Fundão.
Parece que hay algún problema con las exportaciones de wolframio, algo que tiene que ver con el acuerdo luso-alemán.
Está a la caza de propietarios de minas que tengan demasiada amistad con el Reich.
Pero André siempre ha mantenido sus negocios impecables.
Conozco a mi hermano. No les tiene ninguna simpatía a los alemanes y así se lo he dicho a Salazar.
Un rizo oscuro le cayó sobre los ojos y ella sintió la necesidad de apartárselo de la frente, de acariciarle ese pelo con los dedos. Pero unió las manos y las puso en el regazo para evitar la tentación.
—Gracias por acceder a hacer esto. Si hubiera sabido…
—Las palabras no lograron salir de su garganta.
Era una disculpa que no podía pronunciar.
Por difícil que fuera todo eso para él, ¿no era mejor que quedarse atrapado allí para siempre?
Ese plan le concedería su libertad, a la vez que salvaba vidas.
—Sabido ¿qué?
—Que bastante gente te ha hecho daño. Y mucho, creo —dijo en voz baja—. Rosalinda me ha contado lo de tu esposa.
Luca suspiró.
—Ah, sí, Sofía. Ella tampoco tuvo mucha paciencia con mi conciencia, al final. Ni con mi caída en desgracia. Pero yo fui un idiota al enamorarme de ella. Era una persona completamente superficial. Debería haberme dado cuenta mucho antes.
Estaba bajando la guardia y esa vulnerabilidad lo volvía más tierno y atractivo. Se sentía atraída por él de una forma que no tenía nada que ver con lo que sentía cuando empezaron con el plan. La línea entre lo que era real y fingido se estaba difuminando. Era peligroso, pero también tentador.
—Lo siento —murmuró Selene.
Él se encogió de hombros y sonrió.
—Ya he hecho las paces con todo eso.
Hicieron el resto del trayecto en un silencio amistoso hasta que el coche se detuvo delante del Hotel Amizade. Ella sintió una inesperada decepción. Justo cuando Luca empezaba a abrirse, se les acababa el tiempo que iban a pasar juntos.
Él la ayudó a salir del coche y los dos se quedaron parados bajo la marquesina del hotel. Entrelazó los dedos con los de él y Luca la miró con los ojos muy abiertos.
—¿A qué viene esto ahora? ¿Es que la tigresa está cerca de acabar domada?
Selene sonrió.
—Yo no diría tanto, pero he disfrutado de estar contigo este fin de semana. Eres encantador cuando no te estás quejando todo el rato.
Él rio bajito.
—Ten cuidado. Esos cumplidos pueden alimentar las esperanzas de cualquier hombre.
Luca le rodeó la cintura con los brazos despacio, con cautela, para ver si ella protestaba.
Pero no. Sintió un escalofrío y dio un paso para acercarse a él. Luca le sacaba una cabeza y le gustaba la sensación de seguridad que sentía en sus brazos.
—Dime una cosa —dijo él en voz muy baja—. ¿Qué dicen las reglas de un beso de buenas noches?
Ella levantó la cabeza para mirarlo.
—Solo uno. Tiene que ser convincente. Para guardar las apariencias.
—Claro.
Acercó los labios a los de ella, vacilante, como preguntándole. Ella respondió, primero con coquetería, pero después con pasión. Se le aceleró la respiración y lo abrazó mientras se dejaba llevar por el beso.
No supo si habían pasado minutos o segundos hasta que se separaron. Perdió la noción del tiempo. Pero para ella sus manos se apartaron de su cuerpo demasiado pronto.
—Me gusta esta regla —bromeó él mientras volvía al coche.
Ella se quedó allí, mirándolo alejarse y con los labios hormigueándole tras su contacto. Después se volvió hacia el vestíbulo del hotel con un suspiro. ¿Estaba saltándose sus propias reglas? ¿O incluso rompiéndolas?