17 #2
Selene sentía que le hormigueaba toda la piel y tenía un nudo de ira en la garganta por la situación.
Pero consiguió exhalar y volvió a centrarse.
No estaba allí para defender a Luca, por mucho que quisiera.
Había ido a esa fiesta para ganarse la confianza de esas mujeres y conseguir que les contaran sus secretos.
—No, no los he visto, pero me encantaría. —Y sonrió a Rosalinda.
—Teresa y yo vamos con vosotras —se ofreció Elise amablemente, aunque Selene entendió a la perfección cuáles eran sus intenciones. Era su oportunidad de analizar a Selene y defender su territorio.
Dejaron allí a los hombres y se pusieron a recorrer los senderos del jardín. Todavía el lugar estaba cuajado de rosas y azucenas, supervivientes que seguían aguantando a pesar de la llegada del otoño.
—Primero reaparece Luca y ahora viene el mismísimo Salazar —comentó Elise mientras paseaban—. Qué día más movidito. Tengo que reconocer que creía que no volvería a ver a Luca. Y pidiendo perdón de rodillas, nada menos.
—¿Cómo has conseguido convencerlo para que vuelva al redil? —le preguntó Teresa a Selene. Lo había dicho con un cierto tono travieso, pero la miraba fijamente.
—Luca siempre toma sus propias decisiones —contestó ella evasiva.
Los setos con forma de animales aparecieron delante de ellas. El pelo cobrizo de Teresa brillaba con el sol del atardecer. Tenía una cara impresionante y una mirada astuta.
—Lo sabemos bien. Yo intenté seducirlo un par de veces, pero sin éxito. Después de que lo dejara su mujer estaba desolado, inconsolable. Yo no soy de esas que intenta aprovecharse de la desesperación de un hombre, pero…
—Sí que lo eres —replicó Rosalinda, lo que provocó una carcajada cómplice por parte de Elise.
—Luca… —Teresa suspiró—. Es el más guapo de todos. Habría sido mi mayor conquista.
—Al final eres la que ha tenido más suerte. —Elise entrelazó el brazo con el de Selene—. ¡Y eres secretaria! Pero qué sorpresa.
—Digamos… que el dictado no es mi única habilidad —contestó Selene con una sonrisa pícara.
Durante un momento las mujeres la miraron con la boca abierta, y después todas se echaron a reír. Las poses habían caído. Las había desarmado hasta el punto de conseguir que la respetaran.
Elise y Teresa se pararon a cortar unas ramitas de lavanda y Rosalinda se llevó a Selene algo más lejos para contemplar las vistas de los acantilados. Los últimos rayos del sol ya estaban dando paso al anochecer.
—Me alegro de que Luca te haya encontrado —dijo mientras las dos miraban a lo lejos, hacia el mar—.
Eres muy diferente de Sofía. A ella le encantaba la influencia que él tenía.
Y también su dinero, claro. Yo nunca he visto a un hombre que adorara tanto a su esposa.
Si ella se hubiera quedado a su lado, tal vez Luca habría pedido este indulto mucho antes.
Pero el escándalo la afectó demasiado. Quería mantener su reputación.
Y después de que ella se fuera… él se rindió.
—Tuvo que ser terrible para él. —Selene entendió que el abandono de su mujer fue la traición definitiva para Luca.
—Es un buen hombre. —Entonces miró a Elise y a Teresa para asegurarse de que no podían oírla y a continuación susurró—: ¿Sabías que le dio cobijo a tres familias que habían huido del gueto de Varsovia, en Polonia?
—No, yo… No lo sabía. —Selene se estremeció involuntariamente.
Rosalinda se dio cuenta.
—Fue después del juicio. Las familias se instalaron en el apartamento de Lisboa de Caldeira.
André no sabía nada. Luca les prestó todas las habitaciones, menos la suya.
Seguramente seguirían allí si la pvde no se hubiera enterado.
Salazar impidió que continuaran ahí en cuanto los vecinos lo denunciaron.
—¿Y qué pasó con esas familias?
—Las reubicaron en hoteles para los refugiados.
Luca dejó el apartamento también después de eso.
Dijo que le parecía un pecado que una persona sola viviera en un espacio como ese.
—Rosalinda suspiró—. Admiro lo que hizo, pero la compañía que frecuentamos no está de acuerdo, me temo.
O, si lo está, no lo va a admitir abiertamente.
Así que mejor que esto quede entre nosotras.
Selene examinó la cara de Rosalinda despacio, preguntándose si esa inesperada franqueza sería una táctica para crear un motivo de separación entre Selene y las otras mujeres.
O una forma que tenía ella de tomarle la medida antes de que Elise o Teresa le contaran sus secretos.
Pero lo único que vio en los ojos color avellana de Rosalinda fue sinceridad.
—De mi boca no saldrá ni una palabra —prometió Selene.
«Un buen hombre». Seguramente eran las primeras palabras auténticas que había oído en todo el día, pero casi deseaba no haberlas oído. Solo sirvieron para aumentar su preocupación por él y para que le resultara más atractivo.
Y eso lo complicaba todo.
—Aquí estás.
Selene se giró y vio que Luca se acercaba con su chal de piel en la mano.
—Tenemos que irnos, cariño. —Le puso la tela sobre los hombros—. El coche de André nos está esperando.
Estudió su cara en busca de alguna pista sobre cómo había ido su conversación con Salazar, pero mantenía una compostura impecable que no revelaba nada. Se despidió de Rosalinda y de las demás mujeres.
—Espero verte pronto —dijo Rosalinda.
—Me encantaría —respondió Selene, y se quedó esperando, por si ella le hacía una invitación a un té por la tarde o a esa cita semanal para tomar cócteles que Teresa había mencionado de pasada mientras jugaban al cróquet.
Esas mujeres se veían sin la compañía de los hombres, momentos en los que hablarían de cosas que no mencionarían delante de los ministros. Selene tenía que conseguir que ellas llegaran a apreciarla lo bastante para incluirla en sus reuniones privadas.
Vio una cierta ilusión en la expresión de Rosalinda, que miró a Elise, como si esperara una señal de aprobación por su parte. Pero ella se despidió sin hacer ninguna oferta con un educado pero insatisfactorio:
—Buenas noches.
Las luces de la mansión de los Caldeira desaparecieron tras los acantilados cuando el chófer de André recorrió la carretera empinada de la ladera de la montaña.
Selene estaba sentada al lado de Luca en el coche, repasando mentalmente todos los acontecimientos de la tarde.
Había hecho progresos con esas mujeres, pero no se las había ganado del todo.
Elise era la reina de ese grupo y era a ella a quien tenía que atraer.
Luca no había dicho ni una palabra desde que dejaron la fiesta.
Ella se había tomado la despedida cariñosa, aunque un poco reservada, de André como una señal prometedora, pero la mirada atribulada y distante de Luca indicaba lo contrario.
Subió el vidrio que separaba la parte de delante del coche y la de atrás.
—¿Me vas a contar qué tal te ha ido? —preguntó.
Él no apartó la mirada de las calles que pasaban ante la ventanilla. Estaban cruzando Estoril y el casino iluminado llamaba la atención a lo lejos.
—Nos han invitado a un partido de polo y después a cenar en el Casino Estoril la semana que viene —dijo sin inflexión en la voz.
—Eso es una victoria —contestó Selene, encantada con ese nuevo detalle que confirmaba que la fiesta en el jardín había sido un éxito—. ¿Ha sido Elise quien nos ha invitado? —siguió preguntando, llena de esperanza.
Luca negó con la cabeza.
—Barbedo y Cardosa. Les he dicho que no sabía si teníamos algún otro plan.
—Tenemos que ir. Es un gesto de buena voluntad por su parte.
Luca suspiró y Selene dudó antes de hacer la pregunta que no dejaba de rondarle en la cabeza.
—¿Y Salazar?