Las bibliotecarias de Lisboa 17
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—¡Estaca final! —La bola de cróquet amarilla de Selene pasó por el último arco y tocó la estaca final.

—¡Muy bien! —La felicitó André desde donde estaba sentado, debajo de un roble.

El sol estaba empezando a caer despacio y la mansión de los Caldeira estaba bañada por una luz rosada.

André se había escabullido del partido con la excusa de que tenía que ocuparse de cosas de trabajo.

Se había pasado la última hora revisando papeleo mientras ella y los demás jugaban al cróquet.

Pero Selene sospechaba que, en realidad, lo que pretendía era darle un poco de espacio a Luca para que volviera a recuperar el contacto con sus antiguos «amigos» sin que él estuviera interfiriendo.

André le había advertido a Luca que lo más seguro era que lo recibieran con frialdad, pero, aparte de Eduardo, el resto de los que formaban el círculo íntimo de Salazar habían aceptado su presencia sin hacer ninguna pregunta.

Nelio y José le habían estrechado la mano y parecían realmente encantados de verlo.

Para ella fue fácil ganarse la admiración de los hombres: no hicieron falta más que unos cumplidos en el momento oportuno y alguna que otra mirada coqueta.

Pero las mujeres, sobre todo Elise, eran más reservadas y se susurraban cosas entre ellas sin abandonar las sonrisas estudiadas.

Aunque no era nada sorprendente. Esas mujeres nunca habrían ascendido socialmente si no supieran a la perfección todo lo que hacía falta para llegar a lo más alto y mantenerse ahí.

Elise, Teresa y Rosalinda solo reforzaron la convicción de Selene de que ella, en el fondo, no pertenecía a ese mundo tan sofisticado.

El peso opresivo que sentía en Newport era el mismo que se acababa de encontrar allí, en Sintra.

Echó de menos la compañía auténtica de Bea en vez de la de ese trío de mujeres que la rodeaban en aquel momento.

Pero esa era su misión y, si las habilidades sociales que tanto le había costado desarrollar eran útiles para ganar esa guerra, tenía intención de utilizarlas lo mejor que supiera.

Hasta que descubriera quién era la informadora, tendría que congraciarse con esas mujeres a la vez que las observaba con suspicacia.

—Nos rendimos —anunció Elise, y dejó el mazo.

José le hizo un gesto con la cabeza a Selene.

—Muy bien, senhora Delmont. —Miró a Luca—. Pero tú, Caldeira, sigues jugando fatal. Sin tu pareja, estarías perdido.

—No estés tan seguro de eso. Ella me necesita más de lo que está dispuesta a admitir. —Luca le guiñó un ojo a Selene y ella le sonrió.

Luca había asumido su papel con un esfuerzo bien dosificado y había logrado ocultar la amargura que le hacían sentir esas personas tras la fachada de un arrepentimiento educado.

También había sido tan atento con Selene que ella se dio cuenta de que se acercaba a él incluso cuando no era necesario.

El día anterior se pasó varias horas paseando con ella por la propiedad mientras André estaba en São Bento.

Cuando ella demostró interés por el jardín, él respondió con paciencia a todas sus preguntas sobre las flores y las hierbas que cultivaban.

Su deseo de agradarla la sorprendió, y también su total atención.

Cuando estaba a solas con ella parecía más relajado, más libre, pero ese día, en cuanto llegaron los invitados, todo eso cambió.

Se lo ocultaba bien a los asistentes a la fiesta, pero ella seguía viendo su profunda tristeza bajo ese encanto y la profusión de sonrisas.

Entrelazó su brazo con el de Luca cuando el grupo abandonó la partida de cróquet para ir a refugiarse a la sombra de la galería. Mientras todos los demás se rellenaban las bebidas, Selene vio su oportunidad de tantear el terreno.

—Menudo banquete. —Señaló la comida que había sobre una mesa en el jardín ante ellos—. Qué maravilla contar con un presidente que se esfuerza tanto por mantener la neutralidad. Sin ella, habría racionamiento, como nos pasa a nosotros en los Estados Unidos.

—Sí —comentó José—. Hemos tenido suerte en ese sentido.

Selene continuó con cautela.

—Y además, Portugal le ha abierto las puertas a un montón de gente que necesita refugio. Es inspirador.

—Sí, pero la verdad es que no todo el mundo está contento con eso —intervino Teresa.

Tras su comentario se hizo un silencio incómodo. Elise y José se miraron y Rosalinda estudió su copa con gesto incómodo. Nelio le dedicó a Teresa un leve gesto de negativa con la cabeza.

—Oh, Teresa —dijo Elise sin darle importancia—, cuando pierdes siempre te pones muy irascible.

Se volvió a sujetar un mechón de pelo rubio en el moño. Con su elegancia y su ingenio aristocráticos, la condesa francesa era la reina entre las amantes. Su comentario fue una táctica magistral e intencionada para cambiar de tema.

Teresa, que parecía tenerle unos celos a Elise que apenas se molestaba en ocultar, simplemente se encogió de hombros y se centró en la comida.

Selene tomó nota mental de que tenía que esperar un tiempo prudencial antes de volver a sacar el tema de los refugiados. Tanto Teresa como Elise parecían tener opiniones encontradas sobre el tema. Pero, obedeciendo a Elise, cambió de tema.

Mientras los demás se iban llenando los platos, se volvió hacia Rosalinda con una sonrisa.

—¿Te lo has pasado bien en la partida?

—Es la primera vez que he quedado mejor que Teresa —respondió Rosalinda en voz baja y con aire conspirador—. Gracias a ti.

Sus modales eran menos refinados que los de las otras dos y llevaba el pelo castaño suelto y cayéndole sobre los hombros, a diferencia de ellas, que llevaban unos peinados perfectos.

Con su sinceridad y su costumbre de soltar una maldición en italiano cada vez que fallaba un tiro, Rosalinda había sido la jugadora de cróquet más divertida de todas.

En aquel momento, sonrió a Selene y agarró a Eduardo del brazo para decirle:

—Ya te dije que iba a ser una compañera de equipo estupenda.

Eduardo evitó la mirada de Selene y le dio un largo trago a la copa de champán que tenía en la mano.

Solo se produjo un momento de tensión cuando Selene se presentó y en su cara vio que la reconocía y que recordaba su intento fallido de seducción en Martinho da Arcada.

Pero ella obvió la confusión de Eduardo tratándolo como si fuera un total desconocido y respondiendo: «Encantada de conocerlo, senhor Ferrito».

Si quería tener alguna posibilidad de ganarse la confianza de Rosalinda, lo que pasó aquella noche entre Eduardo, Luca y ella tendría que quedar en secreto para siempre.

En aquel momento, Eduardo se llevó la mano de Rosalinda a los labios y contestó:

—Tu perspicacia en estos asuntos es muy superior a la mía, cariño. Como siempre.

—¿Estás admitiendo tus defectos, Ferrito? —preguntó Luca.

Si alguien más se fijó en la fugaz mirada de desprecio que intercambiaron ambos hombres, decidió ignorarla.

Eduardo se encogió de hombros.

—Mucho mejor que tener que aceptar la derrota, como bien sabes tú por experiencia.

Luca agarró su copa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y la conversación del resto del grupo cesó. Pero Selene le pellizcó suavemente la mejilla, lo que hizo que una expresión de sorpresa sustituyera el ceño fruncido que tenía antes.

—Estoy muerta de hambre después de la partida. Dame algo de comer antes de que me muera aquí mismo, anda.

—Sus deseos son órdenes, Caldeira —comentó Nelio.

A diferencia de Eduardo, su orgullo herido parecía haberse recuperado completamente después de la noche en la que Selene rechazó su intento de seducción en el Aviz.

Sus ojos descarados recorrieron su cuerpo de arriba abajo a pesar de que Teresa, su amante, estaba justo a su lado.

Pero ella era indiferente a que flirteara con otras mujeres.

Incluso se sentía aliviada de que no estuviera centrado en ella, o eso supuso Selene.

Ignoró la mirada de Nelio, y Luca y ella se sentaron a comer. André iba a sentarse con ellos a la mesa, pero Dante lo interrumpió con un golpecito en el hombro. Tras una conversación en susurros, André dejó su plato.

—Me temo que la comida tendrá que esperar. El presidente acaba de llegar.

Todo el grupo intercambió murmullos de sorpresa, pero André levantó ambas manos.

—No se va a quedar. Ya sabéis todos que no le gustan nada las fiestas. —Miró a Luca—. Quiere hablar contigo. En el invernadero.

Luca miró furtivamente a Selene; en sus ojos había devastación.

André no estaba seguro de si Salazar aparecería por allí.

Su reunión con el presidente en São Bento el día anterior había acabado sin que se comprometiera a nada.

La presencia de Salazar allí era una victoria para Luca, y también para ella.

Pero también se trataba del momento que más había temido él.

Tendría que pedirle perdón y el indulto a Salazar, aunque no debería necesitarlo.

Selene sintió un peso en el corazón al ver el torbellino de sentimientos que asomaba en la cara de Luca.

Él asintió mirando a André y después alzó su copa.

—Por las reuniones fructíferas —brindó.

Vació su copa y se dirigió a la casa con el paso lento y doloroso de alguien que se enfrenta a un pelotón de fusilamiento.

Selene sintió una presión en el pecho. Quería ir corriendo detrás de él y detenerlo. Le vino a la cabeza la imagen del cadáver de Toma Petrea. La furia crecía en su interior, por Toma y por todos los demás que seguían en peligro. Esa era la única manera.

Rosalinda apareció a su lado.

—Selene, ¿has visto los arbustos con forma de animales que hay en el otro extremo del jardín? No te los puedes perder. Y tienes que ir antes de que se haga de noche. Son una preciosidad.