16 #2
—No me gusta que nos veamos aquí —dijo Lacerda en alemán. Habló en voz baja, pero sus palabras llegaron hasta el armario en el que estaban. Recorrió el patio con la mirada—. Esta ciudad está llena de ingleses y yanquis.
Kraus frunció el ceño.
—Pero sí te gusta el oro… Dame los detalles del cargamento y es todo tuyo.
—Abrió el maletín. A pesar de la penumbra, Bea vio los lingotes de oro relucientes en su interior.
Cada uno tenía el emblema del Reich, con el águila y la esvástica—.
Nuestra fuente en Glasgow me ha dicho que hay un importante cargamento de wolframio que saldrá de Lisboa en el HMS Dover hacia Gran Bretaña. ¿Es cierto?
La mente de Bea empezó a funcionar a toda velocidad. Esa fuente tenía que ser Gable a través de su agente ficticio Friedrich Wagner, que estaba «destinado en Glasgow». Y esa estratagema podría servirles para cazar al topo.
—Sí —confirmó Lacerda—. El HMS Dover sale dentro de cuatro días. El miércoles diecisiete. El cargamento ya está en el almacén Marinheiro del puerto. Dos toneladas de wolframio de las minas de André Caldeira.
—¿Y la seguridad del almacén? —preguntó Kraus.
—Los guardias seguro que son muy amigables. Les gustan las mujeres y el oro. Y esperan ambas cosas.
—Se les enviarán.
—Sacar más de un cuarto de tonelada haría saltar las alarmas —advirtió Lacerda—.
Caldeira es meticuloso. No le va a gustar que se juegue con sus cargamentos.
Pero si los guardias le dicen que la pvde ha confiscado parte del wolframio durante una inspección del almacén, seguramente lo dejará pasar. Es muy leal a Salazar.
—Un cuarto de tonelada es suficiente. Por ahora. —Kraus le dio el maletín a Lacerda—. Y me informará de otros envíos.
Lacerda asintió.
—Por un precio a convenir.
Kraus volvió a fruncir el ceño.
— Auf Wiedersehen .
Cuando Kraus se fue, Lacerda esperó unos minutos y salió apresuradamente a las calles.
Bea y Gable abrieron el armario. Sin hacer ruido, los dos se acercaron a una ventana y salieron al balcón. Allí encontraron una escalera de madera esperándolos. Su vía de escape.
Ella sentía la adrenalina corriéndole por las venas. Si Lacerda era el traidor del wolframio, la operación Caperucita había llegado a su fin y Gable y ella habían conseguido su objetivo.
Debería sentirse aliviada, pero Gable revisaba todos los callejones con una expresión tensa. No estaban fuera de peligro aún.
El latido de su corazón se negó a bajar el ritmo hasta que hubo una distancia de una docena de calles entre ellos y Vincente Lacerda. Solo entonces se atrevió a hablar, después de que la realidad de la información que acababan de obtener tomara forma en su mente.
—Gable, podemos detenerlos. Tenemos que alertar a alguien para que evite que Kraus robe las reservas de Caldeira.
Gable negó con la cabeza.
—Ya sabes que no podemos. El Reich podría seguir el rastro hasta Friedrich Wagner y ponerse a investigar. Si descubren que Wagner no es real, toda la Spinnennetz quedará destruida.
—¡Pero estamos dejando que los alemanes se salgan con la suya! Cuanta más artillería fabriquen con ese wolframio, más soldados aliados matarán.
Él estudió su expresión con una emoción imposible de identificar en la cara.
—No podemos evitar todas las muertes. Y los alemanes dejarán de tener ventaja cuando Lacerda esté en nuestras manos. —Su tono sonaba preocupado pero firme—. Nuestro trabajo no es nada heroico.
A Bea no le gustó que lo que decía tuviera tanto sentido.
En Boston odiaba la sensación de indefensión que le producía esa guerra.
Primero destinaron lejos a su hermano y después a Pete.
Los días de dolor por sus ausencias le parecían perdidos en contraposición con la realidad de la lucha activa en todos los frentes.
Eso era lo que le había enseñado el triunfo de aquel día.
Ese era su campo de batalla, la misión que había aceptado. Era buena en las tareas de espionaje y podía mejorar. Estaba en su mano marcar la diferencia, pero habría un coste por cada movimiento que hiciera. ¿Y si el coste eran vidas humanas? ¿Podría vivir en paz con eso?
—Le mandaremos un telegrama al mi5 cuando volvamos al hotel para decirles que Lacerda está de camino a Lisboa y que es nuestro lobo. Solo sale un vuelo de Anfa hoy, a medianoche, y se subirá a él. El mi5 los estará esperando, a él y a su oro nazi, en cuanto aterrice.
—¿Y qué le va a pasar? —quiso saber Bea.
—Puede que tenga información que nos resulte útil, si quiere cooperar.
—¿Y si no?
El aire de la noche se volvió denso cuando lo vio dudar.
—Él… desaparecerá.
Bea se estremeció y Gable le cogió el brazo y lo entrelazó con el suyo. En la oscuridad, sintió sus ojos fijos en ella.
—Estoy bien —dijo, anticipando su pregunta.
—Esta vida no es fácil —explicó mientras ralentizaba un poco el paso—. No es para todo el mundo.
Ella asintió.
—No es eso lo que me afecta.
—Pues, ¿qué es?
—Que me gusta. —Había un peligro implícito en ese reconocimiento, pero también una liberación.
Lo miró, esperando encontrar horror o duda, pero lo que Gable transmitía era comprensión. El peso desapareció de su expresión y ella vio un destello del hombre que había bajo las mentiras. Uno que tal vez en algún momento fue… un idealista.
Por fin apareció el hotel ante sus ojos cuando giraron la última esquina. Él le abrió la puerta, sin separar el brazo del de ella.
—Ven, te invito a una copa. —Señaló con la cabeza el bar del hotel—. ¿Dónde tienes el vestido verde? Lo vas a necesitar.
El brillo de sus ojos le resultó tan poco propio de él que estuvo a punto de echarse a reír, pero se contuvo. Si hacía ostentación de su buen humor, seguro que acababa desapareciendo.
—¿Por qué?
—Porque tengo que enviar un telegrama, pero después nos vamos a bailar.