16
Bea esperó mientras Hassan, un experimentado comerciante, le envolvía dos libros en piel de cabra.
No se creía la suerte que había tenido. Los libros eran un hallazgo de valor incalculable.
Después de pagar al tendero, callejeó por los estrechos pasillos del bazar en busca de Gable.
Lo encontró regateando en un árabe rápido con un hombre bereber por el precio de unos dátiles frescos.
Bea vio cómo Gable perdía la batalla y le entregaba el dinero a regañadientes.
—Le podías haber pagado eso mismo desde el principio —comentó Bea con un tono más mordaz del que pretendía—. Te estaba pidiendo un precio justo.
—¿Y qué gracia tendría eso? —refunfuñó, y le ofreció un dátil.
Ella mordió la fruta dulce e inhaló los deliciosos olores del Quartier Habous: una fragante combinación de especias, kebabs y cuero.
Se habían pasado una hora deambulando por el laberinto del llamativo souk * , lleno de puestos con pañuelos de seda, juegos de té para tomar el sinia y artículos de cuero.
A Bea le sirvió como distracción de la incómoda tensión que se había instalado entre Gable y ella después del beso de la noche anterior.
Ninguno había hablado de ello, pero habitaba un silencio entre los dos y hacía que ella evitara su mirada mientras paseaban.
Tras una noche en vela, por fin consiguió dormirse justo antes del amanecer, cuando el adhan , la primera llamada a la oración islámica, resonaba en las calles que había al otro lado de los muros del hotel.
Se despertó más tarde y encontró la habitación vacía y una nota de Gable en la que decía que tenía una cita, pero que volvería pronto.
Estrelló la mano sobre la nota, frustrada.
¿Existiría realmente esa cita o era que él estaba deseando escapar de esa habitación después de lo de la noche anterior?
A Bea normalmente le gustaba estar sola, pero el silencio no la ayudó a mantener a raya sus pensamientos sobre Gable.
Él no volvió hasta la tarde, después de la siesta, y desde entonces parecía un león enjaulado.
—Me estoy asfixiando aquí —exclamó—. Vamos a dar un paseo.
Bea debió de parecer perpleja, porque él murmuró algo sobre la necesidad de mantener las apariencias y reforzar la tapadera de «escapada romántica».
—Está bien —fue lo único que consiguió responder ella, algo asombrada.
Él pareció visiblemente aliviado.
—Hay un hombre que quiero que conozcas. Es el único vendedor de libros que hay aquí. Puede que tenga algo que te parezca útil.
Resultó que los libros que había descubierto en el puesto del tajir ** * eran algunos de los más raros con los que se había topado desde que trabajaba en el idc. Llevaba el paquete abrazado con amor.
—¿Qué tal con Hassan? —preguntó Gable mientras seguían recorriendo el mercado.
Ella sonrió un poquito.
—He comprado la traducción de Mardrus de Las mil y una noches y una edición alemana de Adiós a las armas . Pero no me lo ha puesto fácil para encontrarlos. Estaban enterrados debajo de pilas de alfombras y lámparas de aceite.
Gable asintió para dar su aprobación.
—Has pasado su prueba. Hassan solo le vende a la gente que él considera digna.
—Me sorprende que sepas algo sobre mi trabajo.
Él la miró fijamente.
—Siempre investigo a los agentes con los que trabajo.
Dijo «investigar» con un tono clínico que a Bea le molestó.
—No pensaba que te importara lo suficiente como para molestarte tanto.
Gable apretó los labios.
—Que me importe o no es algo irrelevante. He visto a agentes en los que confiaba cambiarse de bando en un abrir y cerrar de ojos. Se trata de protección, de mi vida y de mi trabajo.
Su absoluta sinceridad hizo que algo se retorciera en el interior de Bea.
¿Llevaba tanto tiempo siendo agente que su mente estaba programada para desconfiar siempre de todo el mundo?
¿Ese sería el destino de Bea también si continuaba haciendo ese trabajo?
Abrazó más fuerte los libros contra su pecho.
—Sean cuales sean tus motivos, has ayudado a proteger algo precioso. Este ejemplar alemán de Adiós a las armas podría ser el único que Hitler no ha quemado.
Gable rio burlón.
—Supongo que Hitler no tiene muy buena opinión de Hemingway. Lo conocí durante el asedio de Madrid. Estaba informando sobre los bombardeos aéreos de Franco. Entrevistó a unos cuantos de nuestra brigada. Ese hombre escribe muy bien, pero sus descripciones de las corridas de toros son una bazofia.
—Menudo crítico estás hecho. —Bea enarcó una ceja. Después continuó con voz suave—: No sabía que habías luchado en España.
—Hay muchas cosas que no sabes sobre mí. —Algo oscuro cruzó la cara de Gable, como una nube de tormenta—. Fue hace mucho tiempo.
—La guerra terminó hace solo cuatro años —replicó Bea—. Y ahora estás en otra guerra, así que poco después…
—Basta —la interrumpió con brusquedad. Fuera lo que fuese lo que pasó durante la guerra, el mensaje de Gable estaba claro: ese tema estaba prohibido—. Son casi las seis. Es hora de que vuelvas al hotel.
—¿Qué?
Bea se lo quedó mirando y vio lo que pretendía en su expresión críptica: quedaba solo una hora para la reunión entre Kraus y Lacerda y él tenía intención de ir sin ella. El corazón le martilleó contra las costillas, pero no podía (ni quería tampoco) dejar que él la siguiera apartando.
Había hecho todo lo que él había querido durante las últimas semanas y durante esos días, esforzándose por hacer su trabajo, y muy bien, por cierto.
Le había proporcionado información valiosa y su instinto había acertado.
Esa era su misión tanto como la de él, pero Gable seguía sin verla como a una igual.
De hecho, ya se estaba dirigiendo hacia la salida del bazar.
Ella se paró en seco.
—Esta vez voy a ir contigo.
Él la miró con el ceño fruncido.
—No.
—En lo que respecta a nuestro «objetivo», mi instinto es mejor que el tuyo. Es posible que vea algo que se te pase a ti. Si me obligas a ir al hotel, te seguiré.
—¿Por qué haces esto? —preguntó con los dientes apretados.
—Porque me necesitas. E, igual que tú, yo quiero experimentar la satisfacción de atrapar a nuestro lobo. —Las palabras se quedaron en el aire entre los dos y Bea reconoció que eran totalmente ciertas. Estaba deseando encajar la última pieza del puzle.
Gable fijó la vista en el suelo unos minutos y después dijo con cara de pocos amigos:
—Está bien. —Su tono sonaba irritado y a la vez resignado cuando continuó—: Pero no te separes de mí y haz exactamente lo que yo te diga.
Los dos juntos recorrieron con prisa las calles de edificios encalados llenas de compradores, mulas y cabras. Gable andaba con paso rápido y Bea se preguntó si sería una de sus maniobras evasivas o si sus pies estarían impulsados por la furia a causa de su presencia.
En pocos minutos entraron en una confusión de callejuelas y edificios bajos de color claro que conformaban la medina, la parte más antigua de la ciudad.
Allí no se veían soldados aliados, sino ciudadanos árabes de Casablanca enfrascados en sus tareas nocturnas.
Las madres lavaban los platos y a sus hijos en pequeñas fuentes.
Los hombres tenían ramilletes de hierbabuena de cosecha propia que vendían para hacer atay * .
Pero unos cuantos ya estaban recogiendo su mercancía porque se acercaba la noche.
Varias personas los miraron de arriba abajo y Gable le cogió la mano y la acercó a él.
—El toque de queda no es hasta medianoche, pero los turistas no suelen adentrarse en la ciudad antigua después del atardecer.
—Esquivaron a un burro que había en medio de la calle—.
Estas familias quieren vivir tranquilas, pero esta guerra lo ha hecho imposible.
Y sospechan que nosotros somos parte de todo eso.
Apareció un hombre bajito que llevaba una djellaba roja y que los miró con recelo.
Gable le habló en árabe tan bajo y rápido que ni el buen oído para los idiomas que tenía Bea fue capaz de descifrarlo. Entonces su compañero le puso en la mano al hombre un grueso fajo de francos y él abrió la puerta lo justo para que pudieran pasar.
La habitación en la que entraron era oscura, olía a humedad y estaba llena de cajas de vino y de licor. ¿El almacén de un bar, tal vez? Se oía el tintineo de los vasos y el rumor de las conversaciones desde el otro lado de las paredes.
Siguieron al hombre por un tramo de escaleras desvencijadas hasta una sala en la segunda planta desde la que se veía el patio interior en penumbra. Había un enorme armario, muy ornamentado, en un rincón de la habitación.
El hombre lo abrió. En el fondo había un panel de madera casi imperceptible que tenía los mismos adornos tallados.
Gable apartó el panel hacia un lado y desveló una mirilla que daba al patio de abajo.
El hombrecillo les hizo un gesto para que se metieran en el armario y cerró las puertas, sumiéndolos en la total oscuridad.
Sus cuerpos estaban apretados en ese espacio tan reducido, y el aire allí dentro subió de temperatura enseguida. A Bea empezó a latirle el corazón con fuerza cuando el cuerpo delgado de Gable se rozó con el suyo. ¿Podría él sentir el latido de su corazón como ella notaba el suyo?
Gable le rozó la frente con la barbilla y se puso tenso, pero ella no sabía si era por deseo o por repulsión.
Entonces llegaron unos pasos desde abajo y el hechizo se rompió.
Vincente Lacerda entró en el patio, miró alrededor, nervioso, como si le preocupara que alguien lo estuviera vigilando. Caminó arriba y abajo entre las sombras hasta que, solo un par de minutos después, apareció otro hombre con el pelo peinado hacia atrás y un traje oscuro. Llevaba un maletín.
A Bea el corazón le latió aún más fuerte al verlo.
Era Heinrich Kraus, la «arteria» del wolframio de Hitler. Ese era el hombre que transportaba el preciado material hasta meterlo y sacarlo de los territorios del Eje. Lo reconoció por la foto que le había enseñado el coronel.
Los dos hombres se saludaron con un breve movimiento de cabeza y ahí acabó el protocolo.