Las bibliotecarias de Lisboa 15 #2
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—¿Qué es lo que quieres entonces? —André miró el traje desgastado de Luca y carraspeó—. ¿Quieres dinero? Porque…

—Quiere recuperar su antigua posición y volver a trabajar para Salazar —dijo Selene con claridad.

André podría ayudarlo a conseguir su antigua posición y la aceptación del círculo íntimo de Salazar.

Si Luca retomaba su amistad con gente como Nelio Cardosa y José Barbedo, Selene podría ganarse la confianza de sus amantes.

Pero todo el plan dependía de la colaboración de André.

Él los conocía bien a todos, como Luca en su momento.

André se quedó mirando fijamente a Luca durante unos minutos y después soltó una carcajada gélida.

—Tienes que ser consciente de que eso es imposible.

—¿Y si pidiera el indulto? —preguntó Selene—. ¿Sería posible?

André se puso serio.

—¿Estarías dispuesto a hacer eso?

Selene contuvo la respiración. Ese era el momento en que la fuerza de las convicciones de Luca y su orgullo herido podían provocar la perdición de ambos. «Dale lo que quiere, por favor», suplicó mentalmente.

Luca la miró con los ojos llenos de dolor y ella vio la batalla interna que estaba librando.

—Sí, lo haré —consiguió decir.

André se acomodó en su silla, evaluando si Luca era sincero. Después de un silencio insoportable, por fin asintió.

—Entonces, claro que sí. Haré lo que pueda.

—Gracias —dijo Selene.

André volvió a asentir.

—Hablaré con Salazar para ver si quiere darte un indulto oficial. Voy a verlo a São Bento hoy. Pero le voy a sugerir un período de prueba.

—Muy amable por tu parte —respondió Selene muy educada, mientras la mente no dejaba de darle vueltas.

Había llegado el momento de plantar la siguiente semilla—.

Me pregunto una cosa… ¿Ayudaría ofrecer a Salazar alguna prueba de la lealtad de Luca?

Tal vez le vendría bien tener la aprobación de otros miembros del Gobierno…

André la miró de arriba abajo.

—Pareces muy versada en estos temas.

—Los salones de baile de Newport no se utilizan solo para bailar —replicó.

André asintió una vez más.

—Podemos dar una fiesta en el jardín, todavía hace buen tiempo. Haré unas llamadas para invitar a gente a venir mañana.

—¿Mañana? —preguntó Luca, y se notó el miedo en su voz.

—Vendrán. Ferrito, Cardosa, Barbedo y, por supuesto, sus acompañantes… Que seguro que están encantadas con la senhora Delmont.

Selene sonrió.

Por fin al día siguiente iba a tener su primera oportunidad de entablar amistad con Elise, Rosalinda y las demás. Marguerite estaría encantada, al menos por el momento.

—Estoy deseando conocerlos a todos.

—Es un regalo que te hago, hermano —dijo André—. Una oportunidad de postrarte a los pies del monte Olimpo.

Luca se limitó a asentir y una sombra apareció en la cara de André.

—No te lo van a poner fácil, sobre todo Ferrito. Ese hombre parece tener algo personal contra ti.

Luca miró a Selene de soslayo.

—No tengo ni idea de por qué.

Selene miró divertida a Luca mientras recordaba lo furioso que se puso Ferrito cuando él los interrumpió en Martinho de Arcada.

—Tendrás que disculparte. Y quiero decir de verdad —insistió André.

—Lo sé. —La expresión del hombre era sombría.

—Te lo agradecemos mucho. —Selene le dio la mano a Luca.

Pero estuvo más agradecida aún cuando André, que seguramente había notado que ya había presionado demasiado a su hermano, se levantó.

—Perdonadme, pero tengo que hacer unas llamadas. E ir a ver a Salazar.

—Gracias, André —dijo Luca, tenso.

Se levantó a la vez que Selene y le rodeó la cintura con un brazo.

Ella se apretó contra su costado, con la esperanza de que su contacto lo tranquilizara.

—Me alegro de que hayas entrado en razón al fin —dijo André—. Esta tarde te enseñaré la casa y los jardines. Y, si el tiempo aguanta, podemos sacar el barco unas horas. Pero supongo que querréis estar solos un rato. Refrescaos.

La insinuación que había en sus palabras no pasó desapercibida para Selene. Ni tampoco la sutil pero inconfundible mirada cómplice que intercambió con Luca. Ella se ruborizó y no pudo mirar a Luca a los ojos.

André acercó la mano al llamador para que viniera el mayordomo.

—Que Dante os lleve a tu habitación.

Como era evidente, André había asumido que iban a compartir habitación y cama. Selene dejó a un lado la vergüenza. Todo aquello había sido idea suya. No le quedaba más remedio que mantener su parte del trato.

—No hace falta llamar a Dante —se apresuró a decir Luca—. Recuerdo el camino.

—Claro. Os veo para comer a las dos.

—Gracias por recibirme tan bien en tu casa —dijo Selene—. Me alegro de conocer a un miembro de la familia de Luca. —Cuando lo dijo, le sorprendió darse cuenta de que era cierto.

—El placer es mío —respondió André, pero, cuando ellos ya se iban, le puso una mano en el brazo a Luca para detenerlo—. El perdón de Salazar puede tener un precio muy alto. No sé lo que te va a pedir que hagas.

—No importa el precio —respondió Luca sin dudar.

Después de ver a su hermano asentir nuevamente, salió con Selene del invernadero. Ella lo miró preocupada mientras subían las escaleras hacia la segunda planta del palácio .

—¿Estás bien?

Él debió de notar su inquietud, porque se rio burlón.

—Solo es la pérdida de un poco de mi amor propio. Seguro que se me pasa con una copa de algo fuerte.

Los dos se quedaron en el pasillo, delante de una puerta, y ella lo miró.

—Te has ganado mi respeto. La verdad es que lo hiciste mucho antes de que llegáramos aquí.

En sus ojos vio una sorpresa auténtica.

—No te emociones. Tengo una larga lista de personas a las que he decepcionado. —Pero algo de amargura desapareció de su cara cuando añadió un repentino—: Gracias.

A ella se le aceleró el corazón cuando él abrió la puerta del dormitorio. Las maletas de los dos los esperaban, una al lado de la otra, sobre la alfombra. Él entró en el cuarto y ella se quedó dudando en la puerta, pero vio que volvía con su maleta en la mano.

—Tú dormirás aquí —dijo en voz baja.

—Oh… —Su alivio se mezcló con una confusa decepción—. ¿Y dónde…?

—En la habitación de al lado.

—Claro. Pero ¿André y el personal no se preguntarán por qué…? —No fue capaz de terminar la frase.

—Esta es mi casa también. O lo fue. En el pasado. Tal vez se hagan preguntas, pero nadie dirá nada. —Entonces, tuvo un gesto inesperado que la conmovió: le besó la mano—. Te veo abajo a la hora de la comida. —Y añadió un suave «cariño» antes de darle la espalda.

Ella apoyó la espalda contra la puerta mientras oía sus pasos alejarse por el pasillo e intentó calmar su respiración.

Por una vez Luca Caldeira estaba respetando sus reglas.

Actuaba como un perfecto caballero (y también impecable amante), como habían acordado.

Pero durante un fugaz momento, ella deseó que todo aquello no fuera mentira.