15
Selene estaba de pie al lado de Luca en el camino de gravilla, mirando el palácio bajo la clara luz matutina.
Estaba en lo más alto del Monte da Lua de Sintra, con vistas a los irregulares acantilados y al mar azul más allá.
Con unas torretas amarillas, pórticos blancos y un jardín lleno de flores, la mansión de los Caldeira era impresionante.
—¿Te has criado aquí? —preguntó Selene, intentando reconciliar esa casa espectacular con el hombre derrotado que tenía delante.
—Hace mucho, mucho tiempo —contestó con amargura.
Miró al palácio inseguro mientras sacaba su equipaje del maletero del coche.
Segundos después se abrió la puerta y un mordomo * de pelo blanco bajó las escaleras de mármol para recibirlos.
— Dom Luca! —El hombre hizo una reverencia—. Ha pasado muchísimo tiempo.
—No lo suficiente —murmuró Luca entre dientes, pero contestó en voz alta—: Me alegro de verte, Dante.
Luca le presentó al mayordomo a Selene mientras él los acompañaba al vestíbulo, coronado por una lámpara de araña.
Ella echó un vistazo a las habitaciones cercanas: una biblioteca con estanterías que iban del suelo al techo y que podría eclipsar a la Biblioteca de Boston, y un comedor con las paredes adornadas con lujosos tapices.
—Pueden esperar a su hermano en el invernadero. Está al teléfono. —Dante les señaló más allá de la grandiosa escalera central, hacia las profundidades del palácio .
Selene miró a Luca mientras caminaban y lo vio pálido e incómodo.
Se le hizo un nudo en el estómago. Suponía que volver a casa no era algo que él quisiera hacer.
¿Estaría cometiendo un error al arrastrarlo de vuelta a un mundo que despreciaba?
Lo había convencido con la promesa de ayudar a los refugiados.
Era cierto que, si descubría a la informadora de los nazis, se salvarían vidas de personas inocentes.
Ya le había dado a Luca un propósito renovado en la vida; a partir de ahí, ¿qué más estaría dispuesto a sacrificar él para salvar todas las vidas que pudiera?
Entraron en una habitación forrada de paneles de cristal e iluminada por el sol, llena de plantas y centros de fresias y rosas.
Tenían un olor demasiado dulce, como una maduración excesiva que rozaba la putrefacción.
Había una fuente en el centro de la que salía un relajante chorro de agua y una mesa puesta con un juego completo de té a su lado.
—Vendrá dentro de un momento —aseguró Dante, y se fue.
—Un lugar tan bueno como cualquier otro para presenciar mi humillación, supongo —dijo Luca cuando se sentaron a la mesa.
La mordacidad que él había recuperado ponía nerviosa a Selene. Y también la formalidad de Dante. Era casi como si Luca fuera una visita profesional y no alguien de la familia.
Fueron pasando los minutos, primero quince, luego veinte, y Luca empezó a estar cada vez más inquieto. Selene se preocupó. ¿Dónde estaba el hermano de Luca? ¿Eran esos negocios tan importantes como para tenerlo esperando tanto rato?
—Espero que consigas que esto me merezca la pena —le dijo Luca con malos modos.
Ella se molestó, pero vio arrepentimiento en su cara y entendió que su enfado no iba dirigido a ella.
—No olvides por quién lo estás haciendo.
—Por mí, por supuesto. —Se obligó a sonreír.
—No te olvides de las reglas.
—Ya te ocuparás tú de que así sea. —Cuando se oyeron unos pasos que se acercaban, él le tendió la mano—. ¿Lista?
Ella miró su palma extendida. Era un punto de no retorno, el momento en el que su pareja inventada se hacía realidad. Asintió y entrelazó los dedos con los de él.
—Hola, hermano. —Una voz profunda y seria resonó detrás de ella, donde estaba la puerta.
Luca se levantó, con la mirada cautelosa.
—Hola, André.
Selene se giró y se quedó mirando, perpleja.
En el invernadero estaba entrando un hombre que era el vivo retrato de Luca.
Tenía los hombros anchos y el pelo igual que él, aunque llevaba los rizos negros peinados hacia atrás, y vestía un traje hecho a medida exquisito.
Eran más o menos de la misma altura también; tal vez Luca era un poco más alto.
¿Eran gemelos? Y casi imposibles de distinguir.
Por sorprendente que le resultara, ese descubrimiento no iba a complicar sus planes con Luca.
—Por fin has vuelto. —André le tendió la mano y Luca dudó antes de estrechársela. Los dos se miraron con los ojos llenos de dudas, como si estuvieran intentando adivinar las intenciones del otro. Y, de repente, André tiró de su hermano para darle un fuerte abrazo—. Te he echado de menos.
—Me alegro de estar aquí —respondió Luca. Pero su voz sonó apagada. Si André se dio cuenta, su expresión estudiada no mostró ninguna señal de ello. Entonces se giró hacia Selene. Ella sintió que Luca se ponía tenso a su lado—. ¿Y qué imagen de Venus tenemos aquí?
—Selene Delmont, te presento a mi hermano, André Caldeira.
Selene le tendió la mano y André se la besó.
—Luca, no me habías dicho que erais gemelos. Ni tampoco lo guapo que es tu hermano.
—Yo soy el mayor. Y el más encantador —contestó André.
—En ese caso, es una suerte que ya esté comprometida.
Selene sonrió a Luca y entrelazó su brazo con el de él. Tenía todo el cuerpo rígido. Le apretó un poco el brazo para tranquilizarlo y notó cómo poco a poco la tensión abandonaba su cuerpo.
André les hizo un gesto para que se sentaran otra vez y él se situó frente a su hermano. Les sirvió el té y le dijo a Luca:
—Nuestra madre estaría muy enfadada por haber pasado tanto tiempo sin vernos. —La voz de André parecía hierro envuelto en terciopelo—. ¿Cuándo nos vimos por última vez?
—Hace más de un año —contestó Luca—. Has estado fuera.
—Sí, de viaje. Visitando las minas. Nos cuesta producir lo suficiente para responder a la demanda de wolframio.
Tanto los Aliados como el Eje quieren su parte y eso hace que lo de llevar la contabilidad sea una pesadilla.
He tenido que despedir a dos supervisores por lo mal que llevaban los libros y me ha hecho falta invertir varios días para aclararme con lo que anotaban en ellos.
—Seguro que tus cuentas son impecables, como siempre —comentó Luca—. Nunca has aceptado ninguna otra cosa.
André no agradeció el cumplido, pero Selene sabía que Luca no exageraba.
Había revisado el pasado de André en sus horas de trabajo en la Comisión de Comercio, porque quería prepararse para esa reunión, y él no solo era el propietario de las minas de wolframio que guardaban la mayor reserva de Portugal, sino que supervisaba las operaciones con gran meticulosidad y no confiaba en nadie para hacer las cuentas, las llevaba él mismo.
No se había casado ni tenía familia y Selene se preguntó si sería por haber estado tan centrado en su imperio minero.
También se había enterado por Marguerite de que André era uno de los asesores personales en los que más confiaba Salazar, incluso un amigo, si se podía llamar así a alguien que pasaba mucho tiempo con el solitario presidente.
Era una de las pocas personas a las que Salazar les pedía consejo, por eso Luca había querido tener esa reunión.
Si André respaldaba a Luca, Salazar tal vez podría perdonarlo.
—Tengo problemas mucho mayores que la contabilidad —dijo André con el ceño fruncido—. Me he pasado el verano en Fundão, identificando wolframistas que nos estaban robando.
—¿Y alguno ha vivido para contarlo? —preguntó Luca con tono cortante.
—Solo los pocos que estuvieron dispuestos a darnos los nombres de sus contactos. Están todos en la cárcel de Aljube.
Su tono despreocupado hizo que Selene se estremeciera. Aparentemente, André era un hombre con el que había que tener cuidado.
Entonces miró a Selene.
—Pero dejemos de hablar de negocios… ¿Os puedo preguntar cómo os conocisteis?
Selene se dio cuenta de que la pregunta, aunque la hizo en tono casual, no era inocente. La estaba interrogando.
—En Estoril, en el casino —respondió con tranquilidad—. Lo vi desde el otro lado de la sala y…, bueno, solo puedo decir que el impacto que me causó fue imposible de olvidar.
Luca rio entre dientes y Selene lo miró, contenta de que esa broma privada sobre su primer encuentro le hubiera mejorado el humor aunque solo fuera un momento.
—Trabajo aquí como secretaria. Es terriblemente aburrido, pero tengo libertad para viajar. Y me encanta Lisboa.
—La familia de Selene tiene una gran propiedad en Newport —le dijo Luca a André—. La podrías llevar a navegar mientras estamos aquí.
Al principio del viaje hasta allí, Selene le había contado a Luca todos los detalles de su pasado que se había atrevido a darle. No quería saber nada de su linaje, pero entendió que podría servirle en esa situación.
André asintió con aprobación.
—Estupendo. Y además veo que has sido una buena influencia para mi hermano.
—Y ¿por qué dices eso? —preguntó Selene.
—Está aquí y yo me siento agradecido por ello.
—Bueno, eso no ha sido del todo cosa mía —dijo ella tímida, y después sonrió a Luca para que él le siguiera la corriente.
En respuesta, Luca le cogió la mano y ella notó que se ruborizaba de forma inesperada.
—Me alegro por los dos. De verdad. Y tengo ganas de conocerla mejor, senhora Delmont. Pero, Luca, me pediste que tuviéramos esta reunión porque querías hablarme de algo… —Le dio un sorbo al té y miró a su hermano con verdadera curiosidad—. Asumo que podemos hablar abiertamente.
Antes de que Luca pudiera responder, intervino Selene.
—Si te refieres al pasado… Sí, Luca me lo ha contado todo.
André asintió.
—Nunca he querido que lo pasaras mal, Luca.
Hice todo lo que pude para ayudarte. Tienes que creerme cuando te lo digo.
—Como Luca no dijo nada, él continuó—: Siempre fue el sueño de nuestro padre que los dos volviéramos a estar juntos.
Incluso después de tu… transgression , él esperaba que volvieras a llevar el negocio conmigo otra vez. Fue su último deseo.
—Sabes que siempre quise que nuestro padre estuviera orgulloso —replicó Luca—. Pero él sabía que yo no tenía el más mínimo interés en ocuparme de las minas. Y… eso sigue siendo así.