Las bibliotecarias de Lisboa 14 #2
37%

14 #2

Cuando llegó al hotel, rechazó enseguida la idea de irse a dormir y prefirió ir a tomarse algo fuerte al bar.

El beso de Gable no hacía más que reproducirse en su mente en un bucle infinito que la torturaba y la provocaba al mismo tiempo.

Aunque hubiera sido para mantener la tapadera de su romance, ¿cómo se había dejado ella llevar así?

Con todo lo que sabía sobre él… Habría sido mejor darle una bofetada.

En los extremos oscuros del salón lleno de humos había unos cuantos clientes sentados en mesitas y hablando en voz baja.

Esa sala podía estar llena de enemigos ocultos tras esas sonrisas.

Había un pianista tocando en una esquina, y ella se acomodó en uno de los sofás bajos de color carmesí, esperando que la música sirviera para calmarle los nervios.

Le había gustado el beso. Y quería más. Le dio un vuelco el estómago al pensar en la boca de Gable contra la suya; ella nunca había dado ni había recibido un beso así.

Tan pasional, con tanta intensidad. El beso de Gable era un incendio mientras que los de Pete apenas llegaban a chispa.

No había pensado en él ni una vez. Y la culpa no era tan desgarradora como esperaba.

En realidad, una parte de ella se sentía extrañamente liberada.

En un principio se dijo que buscaba a Pete por amor y porque estaba preocupada por él, pero a esas alturas se preguntaba, incómoda, si seguía haciéndolo más bien por obligación. O por cierto sentido equivocado del deber.

El pianista tocó los primeros acordes de «As Time Goes By» que tan bien conocía y ella apuró su copa, dejando que las últimas gotas del líquido ámbar se deslizaran por su garganta. Cuando apartó el vaso, se encontró a Gable de pie delante de ella, mirándola.

—Sigues despierta —dijo con tono de contrariedad, como si fuera lo último que necesitaba.

—Y tú eres la persona más maleducada que he conocido en mi vida —respondió con la ayuda del alcohol, que le soltó la lengua.

—¿Cómo dices?

—Se supone que somos compañeros. Pero has desaparecido durante el intermedio sin darme ninguna explicación. Y después de la actuación… —Se quedó muda. «Me has besado». Las palabras no dejaban de darle vueltas en la cabeza—. Me has enviado de vuelta aquí mientras tú…

Con un solo paso quedó a muy pocos centímetros de su cara. Miró alrededor, a los pocos huéspedes que había en el salón, incómodo.

—Que no se te olvide dónde estamos —susurró—. Las paredes tienen oídos.

Ella se molestó.

—No soy idiota. No necesito que me lo recuerdes.

Entonces él la agarró del codo, la sacó del salón y la llevó a un pasillo flanqueado de habitaciones.

—¿Adónde me llevas?

—A la cama.

De repente se le quedó la boca seca. No se atrevería a intentar nada, ¿verdad? Sintió una repentina e intensa necesidad, pero consiguió zafarse de su mano de un tirón, furiosa por la rebeldía de su cuerpo.

—No hace falta que tengas estas muestras de cariño tan evidentes —replicó—. No hay nadie que pueda vernos.

Él abrió la puerta de la habitación y le hizo un gesto para que entrara. Cuando la puerta se cerró, se volvió para mirarla.

—La «arteria» no ha aparecido en el teatro esta noche —dijo Gable, utilizando el nombre en clave de Kraus—. Por eso he tenido que seguir a nuestro objetivo, para intentar encontrar alguna pista sobre el lugar y la hora de su reunión.

—¿Y la has encontrado?

Por la forma de apartar la mirada, ella se dio cuenta de que sí. Pero respondió con su típico:

—Eso no es asunto tuyo. —Después continuó con una voz cargada de frustración—. ¿Y es que no se te ha ocurrido que tal vez yo tenga otras reuniones aquí? ¿Que no haya venido solo para nuestra misión?

Ella vaciló.

—No… No se me había ocurrido.

Pensó en la conversación entre Gable y Josephine.

¿Podría ser, por improbable que pareciera, que la señorita Baker fuera una agente de los Aliados?

¿Y si Bea se hubiera enfrentado a Gable y a la señorita Baker en el teatro para exigirles respuestas?

¿Podría haber saboteado una misión de la que no sabía nada sin darse cuenta?

Sintió mucha vergüenza. Solo se había preocupado e irritado tanto porque pensaba que él no le contaba nada por creer que no estaba capacitada.

Él la atravesó con la mirada.

—Va a hacer falta una avalancha para cambiar el rumbo de esta guerra. Van a pasar cosas importantes.

La expresión de Gable la advirtió de que no preguntara. Ella no había sido consciente del precio de los muchos secretos que él guardaba hasta aquella noche.

Un botones había dejado sus maletas junto a la puerta y Gable las metió en la habitación. Después vaciló, incómodo, al ver la cama.

La única cama. Ella tragó saliva mientras seguía petrificada en la entrada.

Él puso la maleta de ella sobre una otomana y la suya al lado de una tumbona de mimbre.

—La reunión es a las diecinueve cero cero de mañana, en la medina. Envíale un mensaje al coronel para decirle que tendremos que quedarnos aquí un día más.

Ella asintió.

—Ahora mismo.

Gable recorrió la distancia que los separaba para plantarse delante de ella, con los brazos junto a los costados y los puños cerrados. Ella contuvo la respiración, deseando y temiendo a la vez lo que estaba por venir.

—Voy a salir —dijo, y desapareció, dejando solo una corriente de aire del desierto en su estela.

Bea se quedó mirando la puerta largo rato, antes de ir al salón para enviar el telegrama.

Cuando terminó, se preparó para acostarse.

Se metió entre las sábanas, pero no dejó de dar vueltas sin parar.

Pasaron horas hasta que oyó a Gable regresar.

Todos sus sentidos estaban alerta mientras lo oía moverse por la habitación.

¿Qué haría si se acercaba a ella en ese momento?

Fue una pregunta que no tuvo que responder.

La tumbona emitió un crujido de protesta cuando él se acomodó.

Los minutos pasaron y ella se lo imaginó allí, muy quieto y tenso, incapaz de dormir.

Parecía que faltaban miles de años para que llegara el amanecer.

Se preguntó si él sentiría la misma atracción magnética que ella, una fuerza que los unía a los dos en la oscuridad.