14
Desde la parte de atrás del coche, Bea observó las fuertes luces del Cine Rialto e intentó controlar los nervios.
No había tenido ni un momento para respirar, mucho menos para digerir el hecho de que se encontraba en Marruecos acompañando a un impredecible maestro del engaño.
Después de aterrizar en el aeropuerto Anfa de Casablanca, Gable y ella solo contaron con unos minutos para dejar el equipaje en el Hotel Transatlantique antes de tener que salir para el teatro.
El coronel les había dicho que tal vez Lacerda y Heinrich Kraus se reunieran allí, así que Gable y ella tendrían que estar en ese lugar también.
Los edificios blancos de Casablanca pasaban con rapidez ante la ventanilla, una fusión de art decó y arquitectura árabe.
En las calles se veía una curiosa simbiosis; hombres y mujeres con djellabas * ondulantes con capuchas caminaban entre refugiados y soldados uniformados estadounidenses y británicos.
Había pasado un año desde que las fuerzas aliadas terminaron con la ocupación de Marruecos por parte del Eje, pero una gran cantidad de tropas aliadas había permanecido en la ciudad.
Ninguna persona sabía que ella estaba allí, aparte del coronel Fitzgerald.
Bea solo podía confiar en sí misma. Y en Gable, lo cual no era un gran consuelo.
Él apenas había cruzado dos palabras con ella durante el vuelo desde Lisboa y en ese momento estaba sentado guardando silencio, como un cazador, examinando la calle con la mirada atenta.
Se notaba en él una energía frenética, como si tuviera un enjambre de abejas bajo la piel.
Bea se dio cuenta de que lo miraba furtivamente y se obligó a dejar de hacerlo.
¿Sería tan consciente como ella de que estaban los dos solos?
¿Y de la sensación de sus cuerpos pegados, uno junto al otro, en el espacio tan reducido del coche?
—Hemos llegado —anunció con brusquedad cuando el coche paró.
Le dio unos cuantos francos marroquíes al chófer y después le tendió la mano a Bea, que se la cogió.
Él se puso tenso un segundo, como si tocarla le resultase desagradable, algo que solo sirvió para ponerla más nerviosa.
¿Cómo iba a ser convincente su romance si él no podía soportar estar cerca de ella?
Pero se sintió aliviada cuando, un segundo después, ella lo miró sonriendo y él le respondió igual.
Acababa de aparecer ese encanto deslumbrante que le iluminaba la cara, igual que cuando estaba con la mujer de la playa en Estoril.
Había conseguido sacarlo a la luz en un segundo y se había transformado por completo ante sus ojos.
Mientras la ayudaba a salir del coche, ella miró el cartel del teatro y vio un nombre que conocía rodeado de luces blancas.
—¿Va a cantar Josephine Baker? —No pudo evitar que su entusiasmo se notara en su voz.
La señorita Baker era una artista espectacular con una voz extraordinaria. Había intentado hacerse un nombre en Estados Unidos, pero se había tenido que enfrentar a muchos prejuicios por ser negra. Tuvo que mudarse a Europa y allí logró la fama que merecía.
—¿Eres admiradora suya? —preguntó Gable.
—A mi madre le encantaba —confesó Bea, y recordó a su madre escuchando su disco favorito de Josephine Baker una y otra vez durante los últimos días de su enfermedad—. Ella siempre quiso verla cantar en directo, pero… —Se le quebró la voz por el arrepentimiento.
Si Gable lo notó, no lo demostró. Tampoco es que esperara una respuesta por su parte. Ya había demostrado que no le interesaba nada su vida privada. ¿Por qué iba a ser distinto allí?
Él entrelazó el brazo de ella con el suyo y, con un caballeroso «vamos, cariño», ambos subieron por la escalera y entraron en el teatro.
Bea intentó no ruborizarse ante ese apelativo cariñoso, porque ese no era el Gable real.
Ella intentó imitar a Selene mientras ambos se dirigían al guardarropa.
Caminaba con la cabeza alta y dando pasos largos y elegantes.
A una mujer como Selene no le afectaría el encanto de Rafael Delgado, lo aceptaría sin inmutarse.
Se desabrochó su abrigo de noche y Gable le quitó el visón de los hombros. Cuando ella se volvió hacia él, la estaba mirando con una expresión indescifrable.
Esa noche se había puesto el vestido de cóctel verde salvia, pero hasta ese momento había tenido el abrigo abrochado hasta arriba, una armadura para protegerse de su propia inseguridad.
Dudaba que alguna vez se fuera a sentir cómoda con un vestido, y la mirada de Gable la estaba haciendo arrepentirse de no haber metido en su maleta ni un solo pantalón.
¿Estaría ridícula o es que el vestido le parecía de mal gusto?
—Es prestado —dijo a modo de excusa.
—Te sienta bien —dijo en voz baja.
Como si recordara de repente para qué estaban allí, la llevó hacia el vestíbulo. Ella vio a Vincente Lacerda a una distancia prudencial de ellos, en un extremo de la estancia. Por suerte, él estaba centrado en otra cosa.
Tenían que evitar el contacto directo con él. Aunque Lacerda conocía lejanamente a Rafael Delgado por el círculo social que frecuentaban en Lisboa, socializar con su objetivo solo complicaría las cosas.
Mientras se mezclaban entre la gente a la espera del comienzo del espectáculo, Gable saludó con la cabeza a otros asistentes y le presentó a Bea a varias parejas que se acercaron, totalmente poseído por su personaje de Rafael Delgado.
Bea sonreía cuando era apropiado mientras Gable charlaba de forma animada sobre las cercanas vacaciones de Navidad.
Pero evitaba la mirada de Bea, incluso cuando le rodeó la cintura con el brazo en su papel de atento pretendiente.
Ella pudo descansar un poco de la farsa cuando subió el telón y apareció Josephine Baker, que parecía una diosa griega con un vestido largo plisado. Su voz era como el satén, y cuando cantó «Always», Bea se emocionó por la belleza de la canción.
Gable se pasó todo el rato sentado en el borde del asiento, vigilando al público. No apartó los ojos de Lacerda, que estaba junto al foso de la orquesta, embelesado por la actuación.
Cuando hicieron el descanso a mitad de la función, Gable se levantó con brusquedad.
—Quédate aquí —murmuró, y ella notó el calor de su aliento junto a su oído—. No tardaré en volver.
Y se fue antes de que Bea pudiera preguntarle nada.
Ella lo esperó, sintiéndose visiblemente sola en su asiento mientras veía ir y venir a otras parejas. También Lacerda había abandonado su asiento. ¿Adónde habría ido? ¿Lo estaría siguiendo Gable?
Pasaron varios minutos sin que él reapareciera y Bea empezó a preocuparse. ¿Habría encontrado Gable a Lacerda con Kraus y lo habrían pillado? Si se veía comprometido, las instrucciones del coronel eran abortar la misión y volver a Lisboa en el siguiente vuelo. Seguro que eso no había ocurrido…
No podía seguir sentada allí, así que se levantó.
Tenía que encontrarlo. No estaba en el bar, ni en la sala masculina.
Se alejó de la multitud y acabó en un pasillo largo y tranquilo que desembocaba en una puerta con un cartel que decía «Prohibido el paso».
Probó la puerta, que se abrió, y vio el oscuro espacio entre bastidores.
Gable estaba en un extremo, con Josephine Baker a su lado.
Estaban hablando en susurros. Josephine cogió un trozo de papel que él le tendía y Gable se fue hacia la puerta.
Bea se apartó y volvió corriendo a su asiento.
Él apareció unos minutos después, justo cuando terminaba el descanso.
Las luces se apagaron y la música de la señorita Baker llenó el ambiente de sonidos dulces mientras a Bea no dejaban de rondarle en la cabeza un montón de preguntas imposibles.
Vio a Lacerda sentado en su sitio de nuevo.
¿Se habría visto con Kraus en el intermedio?
Bea se pasó el resto de la actuación perdida en sus pensamientos.
El espectáculo acabó y Gable la sacó con prisa a la acera, donde esperaba el chófer.
—Tú te vuelves al hotel —anunció él mientras los dos iban hacia el coche.
Justo cuando Bea estaba a punto de protestar, Vincente Lacerda salió del teatro y fue directo hacia ellos.
Solo tuvo tiempo de reconocer la cara de Lacerda cuando se giró en su dirección antes de que Gable la besara. Le cogió la cara entre las manos para que no pudiera separarse. Se quedó sin aliento por la sorpresa, pero cuando el beso se hizo más profundo, no intentó apartarse.
Las alarmas saltaron en su mente para advertirle que eso también formaba parte del papel que estaban representando y que habían acordado previamente.
Pero su cuerpo desobedeció a su cerebro.
Lo rodeó con los brazos y su cuerpo se curvó para acomodarse al de él.
Sus bocas al principio se encontraron con una pasión fingida que después se volvió demasiado real.
Las manos de él bajaron a su cintura para acercarla más y ella sintió la fuerza de su poderoso cuerpo y la urgencia de su abrazo.
Todas sus células ardieron, pero ese fuego se extinguió cuando Gable se apartó de ella tan rápido que la dejó aturdida.
—Perdona. Eso ha sido… —Sacudió la cabeza.
—Necesario —murmuró ella, apoyándose en el coche—. Para que no nos viera.
La voz de Gable sonaba tensa.
—Ha sido inexcusable, señorita Sullivan. No volverá a pasar.
Bea se recompuso lo bastante para mirar detrás de él y ver que Lacerda desaparecía por la calle Bouchaib.
—Lo vamos a perder.
—Vuelve al hotel —pidió en voz baja—. Por favor. No es una orden. Te lo estoy pidiendo.
Ella quería quejarse, pero cambió de idea al ver la súplica en sus ojos atormentados. La confusión y ese beso ardiente le estaban nublando la mente.
—Está bien.
Pero Gable ya se había alejado de ella, con la mirada fija en la figura de Lacerda, que se iba haciendo cada vez más pequeña.
Bea miró el reloj por enésima vez y después le dio un largo trago a su cóctel, una traicionera mezcla de ron, brandi y ginebra que un soldado del bar del hotel había llamado «Minuto de locura».