Las bibliotecarias de Lisboa 13
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Selene seguía preocupada por su discusión con Bea mientras recorría las calles de Cais do Sodré.

No se le ocurría cómo su amiga podía haber empezado una relación con Rafael Delgado, ni siquiera cómo se habían podido cruzar sus caminos en un primer momento.

Toda la situación le resultaba un poco desconcertante.

¿Qué era lo que Bea no le estaba contando?

Y el dolor que había visto en sus ojos cuando por fin le confesó lo que pensaba de verdad sobre Pete…

La culpa era como un peso en su estómago.

«No necesito que me protejas». Pero ¿era cierto eso? Bea había ido a Lisboa por Selene, y con todo lo que había tenido que pasar ya…

Un poco más adelante las luces de O Morcego iluminaban tímidamente la calle adoquinada. Selene se esforzó por olvidar la discusión. Tenía que asegurarse de que su misión no acababa fracasando. Y, en aquel momento, eso dependía por completo de Luca Caldeira.

El bar seguía igual de deprimente que la última vez que estuvo allí. Al entrar notó el hedor de alcohol rancio y melancolía.

Nada más pisar el interior, oyó una voz ronca que ordenó:

—Fuera. Ahora mismo.

Selene se sobresaltó, pero enseguida se dio cuenta de que no le hablaban a ella. El camarero estaba esforzándose para levantar del taburete a un hombre medio desmayado.

—No es broma, Caldeira —continuó, sosteniendo al hombre tambaleante por las axilas—. Ya no tienes crédito y ya te he dado demasiado margen.

Selene notó un peso en el pecho al ver al hombre levantarse con los ojos turbios. Obviamente era Luca. Su mirada se encontró con la de ella y vio que la reconocía. Después, a pesar de su ebriedad, optó por responder con humor.

—Me vas a echar de menos, Diego. ¡Mira qué clientas más guapas te traigo!

El camarero miró a Selene con el ceño fruncido.

—¿Lo conoce?

Ella asintió y el camarero empujó a Luca hacia ella. Él avanzó tambaleándose y cayó sobre ella antes de que le diera tiempo a recuperar el equilibrio. A Selene le llamó la atención lo pequeña que se sentía mientras intentaba no caerse a la vez que sostenía ese pecho enorme.

—Pues asegúrese de que no vuelva.

Los dos salieron como pudieron mientras Selene le rodeaba la cintura con el brazo.

El fresco aire del mar lo espabiló poco a poco hasta que por fin sus ojos empañados la enfocaron y se fijaron en los de ella.

Selene se ruborizó cuando fue consciente de que él todavía tenía las manos rodeándole la cintura.

Y entonces la apretó un poco más.

—La invitaría a una copa, pero me estoy quedando sin buenos samaritanos que me sirvan últimamente.

Ella se apartó de él y se irguió.

—He venido para ver si había reconsiderado mi oferta.

Luca frunció el ceño.

—No me malinterprete. Me encantaría que usted llegara a llamarme namorado * .

Ese comentario la puso nerviosa y tuvo que obligarse a apartar la mirada. Desde que sabía la verdad sobre él, tenía la tentación de descubrir lo que había bajo ese hosco exterior. Pero no podía distraerse.

—Quiero ayudarlo. Me han dado garantías de que tendrá un visado.

La miró muy fijamente.

—¿Y por qué debería confiar en usted?

Notó algo de miedo en su voz. Era lógico que se mostrara precavido después de lo que había pasado. Ella se mostró comprensiva.

—Sé lo de los visados, por qué los firmó y cómo lo han castigado por ello.

Él logró ocultar su sorpresa con rapidez.

—Entonces sabe también que la gente que me traicionó es la misma a la que quiere acercarse. Y aun así, está aquí, diciéndome que suplique perdón por unos pecados que no cometí.

Se alejó de ella y Selene tuvo que apresurarse para alcanzarlo.

—No es lo que piensa. Mi interés en el círculo de Salazar no tiene nada que ver con conseguir un cierto estatus.

Se detuvo.

—Entonces, ¿qué quiere?

Había inventado una mentira que se acercaba lo máximo posible a la verdad.

—Trabajo para una organización de ayuda estadounidense. Queremos ayudar a personas que están atrapadas aquí, esperando conseguir papeles. Quiero pedirles ayuda a los ministros y a sus amantes.

Él rio con sorna y volvió la mirada atormentada.

—¿Y por qué molestarse? Salazar no deja a los miembros de su Gobierno intervenir en la crisis de los refugiados. Yo lo hice, ¿recuerda? Y mire adónde me ha llevado.

—Tengo que intentarlo. Incluso aunque los ministros no cedan, tal vez las mujeres que los acompañan se compadezcan.

Luca negó con la cabeza.

—No puedo pedir un indulto. A ese hombre no. Le pedí su consentimiento para firmar los visados. ¿Eso lo sabía? Y se negó. Toda aquella gente… Habría firmado mil más si hubiera podido. ¿Cómo puedo pedirle el perdón a ese desgraciado?

—¿Qué elección tiene? No podrá salir de Portugal sin mí.

—Lo miró a los ojos llenos de dolor. El mundo ya lo había decepcionado.

¿Estaba demasiado sumido en la amargura para aceptar una salida?

—. Usted sabe lo que es correcto —insistió—.

Hay mucha gente que necesita nuestra ayuda.

Le estoy dando una vía para luchar por una causa en la que todavía cree. No puede negarse.

Él miró hacia la noche cubierta de niebla durante largo rato.

—Maldita sea.

A Selene le dio un vuelco el corazón.

—¿Eso es un sí?

Sacó el pasaporte del bolsillo interior de la chaqueta y se lo dio.

—Lléveselo. A mí no me sirve de nada sin el sello de un visado.

—Le conseguiré ese sello.

—Ya me estoy arrepintiendo de esta decisión. —La oscuridad de su cara desapareció y surgió una cierta luz que Selene no le había visto antes—. Pero me gusta la idea de enfrentarnos a esos hijos de puta juntos.

—A mí también.

Luca se acercó un poco y sus miradas se encontraron, y Selene entreabrió la boca, aunque no sabía si para besarlo o para regañarlo.

En los ojos de Luca había una pregunta y ella tuvo que echarse a reír a pesar de todo.

Se apartó un poco y se recordó que tenía que llevar aquello como una transacción empresarial.

—Si vamos a jugar a esto, yo pongo las reglas.

Él la miró con una sonrisa compungida.

—¿Y cuáles son esas reglas?

—Nada de besos ni… —Vaciló.

—¿Ni?

Ella se ruborizó, pero logró continuar.

—Tomarnos de la mano en actos sociales es aceptable. Y bailar cuando sea apropiado.

—¿Se me permite rodearle la cintura con un brazo?

Ella lo atravesó con la mirada por su tono de burla, pero la alegró ver su interés. No se había equivocado al identificar la corriente de atracción que había entre los dos. Eso serviría para que su actuación resultara creíble, pero no podía dejar que la distrajera.

—Si hay una buena razón. ¿Trato hecho? —Le tendió la mano.

Él se la estrechó y, antes de que Selene pudiera evitarlo, se la llevó a los labios. No había ninguna exigencia ni expectativa en ese contacto. Le rozó los dedos con los labios, suaves como una pluma. Ella apartó la mano enseguida.

—Es usted un animal.

Él sonrió.

—Un tigre para una tigresa. La pareja perfecta.

Antes de que a ella le diera tiempo a decir nada más, él cruzó la calle das Flores y entró en una cabina que había en una esquina.

Ella lo siguió.

—¿Qué hace?

Luca cogió el auricular.

—Sé que está impaciente por comenzar nuestra tórrida aventura, pero lo primero es lo primero. Tiene que conocer a mi hermano.