Las bibliotecarias de Lisboa 12
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Bea había quedado con Gable en el aeropuerto de Portela unas horas después, pero su maleta seguía preocupantemente vacía.

Revisó el contenido de su armario una vez más y suspiró.

Aparte del uniforme militar reglamentario, no había más que blusas y pantalones.

Un atuendo práctico y cómodo, pero sin duda nada à la mode para un viaje romántico, ni siquiera uno falso.

Sí, estaba preocupada, pero a la vez entusiasmada al pensar que iba a ir tras un objetivo sospechoso. Tenía la sensación de que, tras Casablanca, no iba a haber vuelta atrás y no podría volver a ser la persona que una vez fue. Pero primero necesitaba ayuda.

Cuando Selene le abrió la puerta de su habitación de hotel, Bea solo fue capaz de decir de forma atropellada:

—Necesito un vestido. —Entonces recordó las crípticas palabras del coronel sobre tener que asistir a un espectáculo y añadió—: Y uno de noche también.

Selene abrió mucho los ojos y después se echó a reír.

—No hace falta que pongas esa cara de horror. Hablamos de un vestido, no de una cápsula de veneno.

Antes de que a Bea le diera tiempo a entrar en la habitación, Selene ya estaba sacando vestidos de su armario.

—No tienes ni idea de cuánto tiempo llevo esperando esto. ¿Cuál es la ocasión? ¿Ha entrado un hombre nuevo en escena? Ahora entiendo por qué no te veo casi nada últimamente. ¿Cómo puedes ser tan mala de haberlo guardado en secreto?

Bea vaciló. La andanada de preguntas de su amiga la pilló desprevenida. No lo había pensado bien antes de ir a pedirle ayuda. ¿Cómo se lo podía explicar? Su cerebro repasó la lista de opciones. Era evidente que se alegraba de que ella hubiera encontrado el amor con alguien que no fuera Pete.

—Sí que hay alguien —confesó con cautela—. Me ha invitado a pasar un fin de semana con él.

—¡El fin de semana! Eso es aún mejor. Pero entonces no te puedes llevar solo un vestido. Necesitas varios.

Colocó un vestido de cóctel verde salvia bajo la barbilla de Bea.

—Este color hace resaltar tus ojos. Yo soy más alta que tú, pero este a ti te llegará a media pantorrilla. Pruébatelo. —Mientras Selene buscaba más vestidos, siguió preguntando—: Y… ¿cómo se llama?

Se puso el vestido por la cabeza y contestó con un «Rafael Delgado» un poco ahogado mientras todavía se lo estaba bajando, con la esperanza de que Selene no quisiera profundizar más.

En los últimos tiempos su amiga y ella llevaban vidas separadas llenas de secretos.

Las mentiras eran como esporas que engendraban resentimientos, o peor, traiciones. Y eso era algo que no podía soportar.

Ella se giró con brusquedad para mirarla, con la frente arrugada.

—¿El exiliado español?

Bea tragó con dificultad y asintió. ¿Selene conocía a Gable?

¿Se lo habría encontrado en alguna misión secreta?

Debía tener cuidado. No podía decirle que trabajaba con él.

Y no se iba a creer que lo había conocido durante su trabajo como bibliotecaria; la imagen de playboy de Gable en su faceta de Rafael Delgado hacía que resultara inverosímil.

Era más seguro, aunque la pusiera muy nerviosa, dejarle creer que estaban saliendo.

—Sí. Hemos estado viéndonos durante estas últimas semanas.

—Evitó la mirada de Selene girándose hacia el espejo.

La falda del vestido le envolvía con gracia las piernas y tenía movimiento, y la parte superior, con forma de corazón, enseñaba un poco de escote.

Era recatado pero elegante—. ¿Qué te parece?

Miró a Selene, pero se la encontró con una cara demasiado seria.

—¿Estas últimas semanas? ¿Rafael Delgado? Bea, no estarás hablando en serio…

Se quedó mirando la expresión dura de Selene y sintió que los nervios se le acumulaban en el estómago.

Que conociera la identidad de Rafael no suponía un problema, pero si seguía haciéndole preguntas, podría estropear su tapadera.

No quería poner en peligro la misión antes siquiera de haber terminado de hacer la maleta.

—¿Lo conoces? —preguntó con un tono a propósito despreocupado.

—No nos han presentado formalmente, pero lo he visto mucho. Es uno de los habituales del casino y del Aviz. Si acaba en la cama con todas las mujeres con las que flirtea… Su número de amantes debe de ser mayor que el de estrellas en el cielo.

Bea hizo una mueca. Lo que acababa de decir la alteraba en lo más profundo, pero aun así lo defendió.

—Seguro que no es para tanto.

—Y eso no es lo peor. —Selene se dejó caer en la cama entre varios montones de prendas—. Lo he visto muy cómplice con herr Stellmacher. Parece disfrutar de la compañía de las ss aún más que de la de las mujeres de Lisboa.

—Igual que todo el mundo en esta ciudad. —El tono de Bea era airado—. Hay muchos que juegan a dos bandas. Ya lo sabes.

—¿Y a ti eso te parece bien? —Su amiga levantó ambas manos—. ¿Y adónde te va a llevar? Espera, que lo adivino… ¡A Berlín!

El comentario sarcástico de Selene la irritó.

—Es una sorpresa —mintió.

—No, no te voy a permitir que vayas. No puedes confiar en ese hombre.

Bea se rio burlona. Una ira inesperada estaba creciendo en su interior. ¿Cómo podía ella, precisamente, que siempre había sido tan imprudente con sus flirteos, darle lecciones sobre cautela con un hombre?

—¿Que no me lo vas a permitir? Ah, muy bien. ¿Cuántas veces te he advertido yo sobre los hombres con los que salías en Boston?

—Pero eso era diferente —replicó Selene—. Y, además, casi siempre los plantaba poco después.

Bea parpadeó, sorprendida.

—Que tú ¿qué? ¿Por qué?

—Porque me importaban un comino. Solo quería tener un poco de la libertad de la que ellos disfrutaban.

Quería saber lo que hacían, dónde trabajaban, ver si yo tenía alguna oportunidad de hacer otra cosa.

Ser algo más que una bibliotecaria. O la esposa de alguien.

No había motivo para preocuparse. Yo siempre me salía con la mía.

Pero esto es diferente. Sé que Delgado es peligroso.

Abrió la boca para protestar, pero se tragó sus palabras. Las cosas no estaban saliendo bien. Le cogió la mano a su amiga.

—No te preocupes por mí por lo de Rafael. No me va a pasar nada.

Selene resopló.

—Esto no es nada propio de ti. Pete ya me parecía bastante malo, pero esto…

Ese comentario le atravesó el corazón.

—¿Qué quieres decir?

A Bea se le llenaron los ojos de lágrimas.

Durante el tiempo en que Pete y ella estuvieron saliendo, Selene nunca dijo nada en su contra, aunque ella tampoco le contó gran cosa.

Estaba tan cautivada por el hecho de tener un admirador, que no pensó mucho en el extraño silencio que mantenía Selene. Hasta aquel momento.

Su amiga suspiró.

—No te lo dije porque no podía. Estabas tan feliz con él…

Pero nunca me gustó la forma en la que Pete se burlaba de tus libros y de lo callada que eras.

Era divertido y romántico, sí, pero no te veía como realmente eres, esa persona increíble con una mente brillante. Y tú te mereces eso, Bea. Siempre.

—Te equivocas.

Notaba un nudo en la garganta. Tenía que decirlo.

Estaba demasiado avergonzada y enfadada para callárselo.

Durante todo ese tiempo Selene no se lo había comentado.

Y lo peor era que sus palabras eran el eco de sus miedos más profundos.

Había veces en que sentía que Pete no la conocía, incluso cuando estaba en sus brazos.

Pero se convenció de que tener alguien que la abrazara y la quisiera era suficiente.

Su amor no tenía que ser revelador, podía ser seguro.

Así que estaba dispuesta a hacer esas concesiones, sobre todo después de que a él lo destinaran.

Pero si Pete estuviera allí en aquel momento, pidiéndole que compartiera su vida con él, ¿qué le diría?

En el fondo sabía la respuesta, pero no podía expresarla con palabras.

No estaba preparada. Especialmente después de lo que le acababa de decir Selene.

Había algo que tenía que dejarle muy claro a su amiga, y cuanto antes mejor.

—No necesito que me protejas. —Su voz sonó firme—. Sé lo que hago.

Las dos se quedaron sentadas, la una al lado de la otra, en un silencio incómodo, hasta que Selene se levantó.

—Tengo que ir a un sitio —anunció de forma críptica, y después le señaló los vestidos—. Llévate lo que necesites. —Agarró el bolso de mano que tenía en el escritorio y se dirigió a la puerta, pero entonces vaciló—. ¿Sabes cuándo volverás?

—No… Dentro de unos días.

En la cara de Selene vio preocupación, pero su amiga procuró ocultarla tras una sonrisa.

—Puede que me equivoque con Rafael. No sería la primera vez que juzgo mal a alguien.

Y se fue.