Las bibliotecarias de Lisboa 11
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—Te voy a reasignar. —Las palabras directas de Marguerite fueron un golpe inesperado.

—¿Qué? ¿Por qué?

Selene se agarró al borde de la silla, porque le dio la sensación de que las paredes del camerino de Marguerite estaban a punto de derrumbarse sobre ella.

En el silencio incómodo que siguió a la pregunta, oyó el leve murmullo de voces y música que llegaba desde fuera; los sonidos del Casino Estoril que empezaba a cobrar vida y del grupo de jazz que ya se preparaba para la primera actuación de Marguerite.

Después de que Luca rechazara su proposición, Selene le envió un mensaje a Marguerite pidiéndole una reunión.

Pero Gracinha, la dueña de la floristería que servía de tapadera al cuartel general de su misión, le dijo que ella estaba fuera de la ciudad.

Y tuvo que pasar más de una semana para que su contacto le pidiera que fuera al casino aquella noche.

La cantante siguió arreglándose y consiguió ponerse el rímel perfectamente mientras la mente de Selene intentaba digerir lo que acababa de oír.

—Llevas aquí un mes y no has conseguido nada. Ni siquiera has logrado que Elise, o alguna otra de las amantes, te invite a tomar el té, y mucho menos alguna pista de la informadora. Has fracasado.

—Pero…

—Vamos, querida. El gimoteo está pasado de moda.

—Se giró frente al tocador para mirar a Selene—.

Deberías estar contenta de que no te vaya a enviar de vuelta a casa.

—Selene se quedó pálida y la otra mujer continuó—: Oh, lo he pensado, no lo dudes.

Pero el mi5 y la oss tienen otra tarea para ti.

Además, hace mucho tiempo alguien me dio una segunda oportunidad y me parece que ha llegado el momento de devolver el favor.

Esa humillación le dolió. Pero por lo menos no la iban a devolver a los Estados Unidos. Solo pensar en volver a su trabajo en la biblioteca hacía que le costara respirar. Y sus padres y su hermana… Hizo una mueca al recordarlos. Para ella, Bea ya era más familia que sus propios parientes.

Había escrito una carta para sus padres un par de semanas antes, pero seguía en su bolso, donde se había quedado atascada. No lograba reunir las fuerzas para enviarla. Estaba segura de que su madre la iba a quemar sin abrirla.

¿Y su padre? Dudaba que estuviera lo bastante sobrio para acordarse de Selene alguna vez. Al final decidió enviarle otra carta a Evelyn, breve pero clara: «Estoy bien y a salvo».

Ciertamente había decidido irse a Lisboa de forma impulsiva, pero al final había sido esa ciudad y su misión allí lo que le había dado un verdadero propósito a su vida por primera vez.

Aquella guerra estaba poniendo en peligro todo (a la gente inocente, la moral, la libertad), y precisamente ella tenía la posibilidad de ayudar.

—No voy a aceptar que me reasignes —aseguró resuelta—. No pienso abandonar mi misión.

La sorpresa inicial de Marguerite se transformó en frustración. Volvió a mirarse en el espejo y clavó las últimas horquillas para sujetar sus rizos negros muy bien peinados.

—Eres más tonta de lo que creía. Te vas a casa en el siguiente barco.

Selene se levantó.

—Escúchame. Tengo un plan. Y va a funcionar.

—No quiero ni pensar en qué estupidez puedes tener en la cabeza ahora mismo. —Miró su reloj y suspiró—. Tienes dos minutos.

La verdad era que no tenía un plan propiamente dicho, pero lo que había pensado tendría que valer.

Selene inspiró hondo.

—Luca Caldeira.

Marguerite dejó escapar un silbido.

—No estás hablando en serio…

—Podría fingir que soy su amante. Él me presentará a Elise, a Rosalinda y al resto de los asesores.

Tiene vínculos con algunos de los miembros del Gobierno, entre ellos Eduardo Ferrito.

Supongo que conocerá a las amantes también.

Luca puede introducirme en el círculo más íntimo de Salazar.

Y, cuando lo consiga, podré informar de sus actividades e identificar a la informadora.

—Antes estaba muy cerca de ellos, pero ahora está muerto para todos. —Se pintó los labios oscuros con un carmín rojo fuerte—. Después de lo que hizo… Tendría que ponerse de rodillas y suplicar para conseguir el perdón de Salazar. Lo consideran un traidor.

—Lo sé —contestó Selene, aunque no sabía por qué, en realidad.

Mientras estaba en su trabajo en la Comisión de Comercio, había hecho todo lo posible por desenterrar artículos antiguos en busca de información sobre las actividades de Luca cuando fue cónsul general.

Pero no había encontrado nada. Ni una sola mención.

Era como si lo hubieran borrado intencionadamente; un hombre que antes tuvo influencia, reducido a la obsolescencia.

Pero no estaba dispuesta a admitir su ignorancia delante de Marguerite. Entonces sí que parecería tonta.

—¿Por qué quieres tener algo que ver con ese hombre destruido?

Selene dudó un segundo más de lo necesario y vio un cambio en la cara de la cantante.

—Oh, ya veo. No pareces de esas a las que les gusta rescatar pájaros heridos.

—¡No! —Selene se ruborizó a pesar de la indignación que sentía ante esa sugerencia—. Nosotros no…

—No quiero saber los detalles. ¿Qué te hace pensar que accederá a ayudarte?

Selene se preparó.

—Necesita un visado.

La otra mujer soltó una carcajada mordaz.

—¿Y crees que yo le voy a conseguir uno?

—Eso esperaba.

La cara de Marguerite se volvió una máscara impenetrable.

Selene jugó su carta final, aunque no estaba segura de que fuera a servirle de algo.

—La primera agente que se encargaba de esta misión ha muerto. No tienes otra agente para sustituirme aún. Me necesitas, te guste o no. Y yo necesito a Caldeira.

Esperó a ver si lo negaba. Si ya tenía sustituta, Selene se había quedado sin opciones.

Marguerite se empolvó un poco la frente y después se levantó.

—Tráeme su pasaporte y yo te conseguiré el visado. Pero solo si tu absurdo plan funciona.

La presión que notaba Selene en el pecho desapareció.

—No te vas a arrepentir.

—Ya me estoy arrepintiendo, querida. —Fue hasta la puerta y se detuvo—. Un consejo. Utiliza a Luca Caldeira, si quieres, pero no te enamores de él. A veces, los que están heridos nunca se curan.

—Llegas tarde —regañó Selene a Jacques cuando este llegó a la Pastelaria Suíça al día siguiente.

Durante el último mes habían establecido la rutina de tomar café por la mañana allí, antes de que ella tuviera que irse a trabajar a la Comisión de Comercio.

Bea había ido con ellos varias veces durante sus primeras semanas en Lisboa, pero últimamente estaba demasiado consumida por su trabajo para acompañarlos.

—Perdona, querida. He pasado un momento horrible esta mañana. —Después de darle dos besos en las mejillas, sacó una petaca del bolsillo interior de la chaqueta y echó un chorro del líquido en la bica .

—¿Te encuentras bien? —preguntó Selene al fijarse en las ojeras que tenía.

Jacques dio un buen trago antes de responder.

—He estado en el apartamento de Toma con Henri. Él me dio una llave hace unos meses. Estaba preocupado por si le pasaba algo.

No se había hablado de la muerte de Toma en ninguno de los periódicos de Lisboa; ni siquiera mencionaron que había aparecido un cadáver en la playa la semana anterior.

La pvde se aseguraba de que se censurara en los medios de comunicación cualquier cosa que pudiera suponer un riesgo para la neutralidad de Portugal, muertes sospechosas incluidas.

—Quería guardar las pertenencias de Toma que pudiera.

Iba a intentar mandarles su cuaderno de dibujo y sus cuadros a sus padres.

Pero el apartamento está vacío. —Soltó una carcajada amarga—.

Salazar debió de enviar a los suyos para limpiarlo en cuanto se enteró.

Y han hecho bien su trabajo… Es como si Toma no hubiera existido.

—Lo siento —dijo Selene con voz suave.

—Quienes deberían sentirlo son la pvde y el capitán Lourenço.

La conversación en las mesas que tenían al lado se interrumpió, y ella se dio cuenta de que había demasiados curiosos allí cerca. Arrimó su silla a la de Jacques.

—Ten cuidado.

Jacques entornó los ojos y asintió.

—Ya no eres tan inocente en lo que respecta a esta ciudad y sus charlatanes, ¿no? Veo que te he transmitido ya algo de mi sabiduría.

—Y me gustaría aprender más —continuó en voz baja, mirándolo fijamente—. Si quieres ayudarme.

Asintió.

—Claro. Sobre todo, si eso sirve para que deje de pensar en el pobre Toma.

—Luca Caldeira.

Jacques suspiró.

—Ese no es el final de «felices para siempre» que yo esperaba.

—Por favor, es por algo de trabajo. El señor Mitchell está escribiendo un informe sobre el comercio de wolframio y las minas Caldeira son cruciales. Necesito saber qué le pasó a Luca. ¿Qué hizo para convertirse en el marginado que es ahora? —No le gustaba mentirle a Jacques, pero era necesario.

Su amigo dudó. Después dejó unos cuantos escudos en la mesa y se levantó.

—Vamos a algún lugar más discreto —le pidió, y le ofreció el brazo.

Ella se levantó y los dos cruzaron Rossio para sentarse en un banco separado de los demás y protegido por un jacarandá.

—Ocurrió hace tres años —empezó a contar Jacques—.

No hacían más que llegar refugiados a Portugal.

Salazar intentaba no enfadar a Hitler para mantener la neutralidad.

Por eso envió la Circular 14, un documento que prohibía a los diplomáticos portugueses conceder visados, sobre todo a personas apátridas.

—¿Judíos?

Jacques asintió.

—Entre otros. Caldeira no quiso acatarlo y se negó a darle la espalda a toda esa gente.

Estaba trabajando de cónsul general en España cuando los nazis invadieron Francia.

Su trabajo era representar los intereses de Portugal en ese país y ayudar a los ciudadanos portugueses que vivían allí.

Pero España se llenó de gente que llegaba de Francia, personas que necesitaban visados para cruzar las fronteras y ponerse a salvo.

Caldeira no podía soportarlo, así que ignoró las órdenes de Salazar y firmó centenares de visados antes de que se enteraran las autoridades.

Selene abrió los ojos de par en par mientras digería lo que Jacques acababa de decir.

Era un acto de heroísmo tan impresionante por parte de Luca (o de cualquiera), que resultaba incluso difícil de creer.

Ese hombre lo había arriesgado todo para ayudar a unas personas que no conocía a escapar de las garras de Hitler.

—Salvó a cientos de personas…

—A unos cuantos en el Gobierno de Salazar, Eduardo Ferrito entre ellos, les pareció tan mal su acto de valor que quisieron ahorcarlo por traición.

Pero Salazar quería mantener su reputación de líder benevolente y también, claro, proteger la neutralidad.

Así que dejó que Caldeira viviera, pero lo expulsó de su círculo.

Hubo un juicio, pero el presidente se aseguró de que nadie se atreviera a defender a Caldeira.

Se quedó sin trabajo, sin dinero… Un paria. Y su mujer…

—¿Su mujer? —A Selene se le hizo un nudo en el estómago.

—Exmujer —corrigió Jacques—. Lo dejó días antes del veredicto. Volvió a España, a la mansión de su familia.

Esa no era la historia que Selene esperaba. Luca lo había perdido todo por un acto de auténtica valentía.

—¿Y lo declararon culpable?

Jacques asintió.

—Todo el juicio estaba amañado. Antes de que se emitiera el veredicto, Salazar ya le había quitado a Caldeira su puesto diplomático y sus propiedades.

Él podría haber pedido un indulto; su hermano, André, se lo suplicó, pero Luca se negó.

Dijo que no se arrepentía de lo que había hecho y que no se iba a disculpar por ello.

—Dios mío, no tenía ni idea. —Sintió una enorme vergüenza.

«Traidor», eso era lo que le había llamado Marguerite. Pero sus acciones no eran una traición, sino las propias de un hombre decente y valiente. El hombre que antes fue.

—La pvde y Salazar se aseguraron de que no se hablara de la desobediencia de Caldeira.

Hubo rumores, claro, pero la prensa no le dedicó ni una línea.

Y aunque los Aliados supieran la verdad, ¿qué podían hacer?

No se iban a arriesgar a tener un problema con el presidente por la buena acción imprudente de un solo hombre.

E, irónicamente, Salazar también se aseguró de que Caldeira no pudiera obtener un visado emitido por Portugal.

Él y sus problemas se quedaron confinados en este país.

No puede huir, así que tiene que vivir como un fantasma.

—Todo el mundo lo abandonó. —Sus amigos, su mujer, su familia… Ni uno solo luchó ni dio la cara por él. Ya comprendía por qué se había rendido y por qué se había negado a ayudarla a ascender por la escala social de Lisboa. No era cobardía: era resentimiento y desesperación.

—Te lo advertí, ma chérie . Este lugar es peligroso para quienes se involucran demasiado. Si el coste del altruismo es la guerra, Salazar prefiere a los cobardes antes que a los héroes.

¿Cómo podía haber tratado a Luca con ese desdén? Peor, había intentado jugar con él como si no fuera más que otro peón en una estúpida partida. No le sorprendía que él hubiera ignorado sus trucos baratos después de que todas las personas que amaba lo hubieran traicionado.

A su lado, Jacques suspiró.

—Mira lo que he conseguido. Estropear tu bonita cara llenándola de tristeza.

—No, te agradezco que me lo hayas contado. —Se levantó con prisa—. Pero tengo que irme ya. Llego tarde al trabajo.

Jacques chasqueó la lengua.

—Ah, sí, el tedio del trabajo. Algo de lo que no sé nada y estoy encantado por ello.

Ella sonrió y le dio un beso en la mejilla.

Mientras caminaba con prisa por la plaza Dom Pedro, su sonrisa se desvaneció.

Luca Caldeira no era el hombre que ella creía, y lo que ahora sabía solo aumentaba su determinación de ganarse su confianza.

Él quería ese visado más de lo que su orgullo le permitía admitir.

Tenía que convencerlo para que la ayudara y para que ella pudiera hacer algo por él a cambio.