Las bibliotecarias de Lisboa 10 #2
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—¿Y por qué no se iba a alegrar? —le preguntó Nora—. Tendría que estar loco por ti. Eres una persona increíble.

Bea se revolvió, incómoda. Nora no sabía toda la historia y ella tampoco se la iba a contar. Las noticias que le había contado a Pete en sus cartas lo habían cambiado todo para ella. Pero ¿él las habría recibido? Y si lo había hecho, ¿por qué no le había contestado todavía?

Decidió no darle más vueltas a esas preguntas. No había recibido sus cartas, por supuesto. Esa era la única explicación a tantos meses de silencio.

—Vamos a hablar de otra cosa, ¿te parece? —contestó, y fijó la vista en el suelo—. Nadie sabe de su existencia y quiero que las cosas sigan así.

Nora asintió justo cuando apareció ante ellas el edificio de la Legación Estadounidense.

Pero la preocupación no dejaba tranquila a Bea.

¿Cómo reaccionaría Pete al verla, si al final se producía ese reencuentro con el que tanto había soñado?

Y, lo más importante, ¿cuál sería la respuesta de ella después de tanto tiempo?

Horas después, esas preguntas seguían dando vueltas en su cabeza sin parar, en una búsqueda incesante de respuestas.

—¿Ha oído algo de lo que le acabo de decir? —La dureza del tono de Gable la sacó de su ensoñación, pero logró recuperarse enseguida. No le hacía ninguna gracia la idea de que él la pillara con la guardia baja.

Asintió en respuesta a su pregunta.

—Me ha dicho que seguir investigando el encuentro entre Vincente Lacerda y Möller es una pérdida de tiempo.

Ese pronto que tenía él le resultó alarmante al principio, pero con el paso de las semanas se había ido acostumbrando.

Trabajar todas las noches muchas horas codo con codo le había hecho comprender mejor lo que le agotaba la paciencia.

Gable tenía una mente que funcionaba mejor cuanto más trabajaba, como ella.

Se concentraba completamente cuando inventaba las cartas de la Spinnennetz, pero odiaba revisar documentación menos relevante del mi5.

La codificación no era su fuerte, y ahí era donde entraban en juego las habilidades de ella, que contaba con el don perfecto para complementar la creación de su mundo ficticio.

La correspondencia que él mantenía con la Abwehr había mejorado gracias al meticuloso cifrado que utilizaba ella para codificarlas.

Gable maldijo y se inclinó sobre la mesa.

—No tenemos pistas nuevas y usted está distraída.

—No. —Inspiró hondo porque quería que su voz sonara firme—. De hecho, no estoy de acuerdo con usted. Mi instinto me dice que el encuentro de Lacerda con Möller no es irrelevante. Hay algo ahí.

—Los he seguido durante una hora y no han hablado de nada que nos pueda interesar, ni del wolframio ni de nuestra misión. —Le dio la espalda y levantó ambas manos.

—Hacerles un seguimiento era lo que había que hacer —añadió con mucha calma—. Tal vez Lacerda se lo ha pensado mejor, o se dieron cuenta de que los estaban vigilando…

—O quizá se enteró de que alguien le había robado el mensaje en clave… —Sus ojos, que eran como dos fusibles encendidos, la atravesaron.

—¿Me está diciendo que no tuve cuidado?

—Lo ha dicho usted, no yo —replicó él.

Bea tragó saliva para controlar su creciente indignación.

Hacía días que no se levantaba de su mesa y no se había inmiscuido en ninguna de las idas y venidas de Gable, pero él seguía insistiendo con el tema de su temeraria interceptación del mensaje.

Aunque ninguno de los dos había mencionado el día en el que coincidieron en la playa la semana anterior, ese encuentro fortuito había provocado más chispas entre ellos, que saltaban en todas sus interacciones.

Bea veía dos versiones de él: Rafael, el embaucador inteligente y con mucha labia, y Gable, el agente enigmático y voluble.

¿Qué versión era la real? ¿Y si no era ninguna de las dos?

Fuera cual fuera, ese juego de echarse la culpa mutuamente se estaba volviendo agotador.

—Comprendido.

Gable la miró con el ceño fruncido y después estrelló las palmas de las manos en la superficie de la mesa.

—Necesitamos respuestas.

—Lo resolveremos. —Bea se esforzó por mantener la voz tranquila—. Mientras, podría ser usted un poco más educado.

—¿Educado? —Enarcó ambas cejas y elevó una comisura de la boca para formar una sonrisa torcida—. Ya veo: ahora quiere enseñarme etiqueta, además de técnicas de espionaje.

—Alguien tiene que hacerlo —respondió ella, intentando controlar los nervios. Contuvo la respiración mientras esperaba la explosión que sabía que llegaría.

Pero él maldijo por lo bajo y volvió a su tarea. Bea se acomodó en su silla, sorprendida, pero también satisfecha consigo misma. Si tenían que seguir trabajando juntos, él tenía que entender que no podía tratarla como a un trapo.

La puerta de la oficina se abrió bruscamente y el coronel Fitzgerald entró como una tromba.

—Lacerda está planeando algo —anunció sin más—. La inteligencia británica ha pinchado el teléfono de Möller. Ha organizado un encuentro entre Lacerda y Heinrich Kraus en Casablanca.

—¿Kraus? Es el líder de la red de contrabando del Reich. —Gable frunció el ceño.

El coronel tiró una foto en la mesa de Bea, que se encontró cara a cara con Heinrich Kraus. Ella examinó el rostro del nazi y memorizó los ojos claros y calculadores y la barbilla cuadrada del alemán.

—Kraus es el encargado de transportar en avión todo el wolframio del mercado negro hasta depositarlo en manos de Hitler —informó Gable—. Es la arteria principal. Está claro que Lacerda ha impresionado a Möller hasta el punto de darle acceso a Kraus.

—Entonces era del wolframio de lo que hablaban Lacerda y Stellmacher en Martinho de Arcada.

Eso era «la medicina». —Bea se sintió triunfante, aunque mantuvo la expresión neutra, pero la de Gable se agrió.

Ella tenía razón sobre Lacerda. Y él lo sabía—.

¿Cree que Lacerda está intentando pasarle cantidades de wolframio de contrabando a los alemanes?

—Eso es. Pero necesitamos pruebas —prosiguió el coronel—.

Espiar su reunión con Kraus es la clave.

Sabemos que tanto el uno como el otro estarán en Casablanca mañana por la noche.

Hay que descubrir qué cantidad le está suministrando ilegalmente Lacerda a los nazis y a través de qué canales.

—El coronel miró fijamente a Gable—. Viajas a Casablanca mañana por la noche.

El agente asintió.

—Estaré preparado.

—Bien. Una cosa más. Irás con la tapadera de pasar un fin de semana romántico. Te acompañará otra agente que fingirá ser tu novia. Su nombre en clave es Circe.

Gable palideció.

—Ya sabe que viajo solo.

El coronel negó con la cabeza.

—Esta vez no. El mi5 y la oss están de acuerdo. Resultarías sospechoso si vas solo, y Circe necesita una nueva misión. Ha fracasado en la que tiene actualmente.

—¿Y le parece que voy a aceptar trabajar con ella después de decirme eso? —comentó riendo entre dientes.

Miró a Bea y algo parecido al placer iluminó sus ojos, pero ella no fue capaz de adivinar si era irónico o auténtico.

—Está bien, iré con una agente, pero me llevo a Lector. Ella ya conoce la misión y al objetivo. Esas son mis condiciones.

Bea se quedó petrificada y perpleja. ¿Había oído bien? ¿Quería que fuera con él? ¿Significaba eso que por fin estaba dispuesto a aceptar que sus intuiciones eran correctas?

El coronel gruñó y dudó.

—No me gusta. Las otras mujeres de la oficina notarán su ausencia.

—Tengo que ir —intervino Bea antes de que él pudiera poner más pegas.

Su instinto seguía diciéndole que Vincente Lacerda tenía que ver con la operación Caperucita y quería ayudar a encontrar la prueba definitiva—.

Yo decodifico más rápido que Gable y he memorizado todas las transacciones de wolframio recientes, y también la correspondencia de Lacerda.

El coronel miró a Gable en busca de confirmación.

—Es cierto.

Fitzgerald frunció el ceño.

—Está bien. Les diré a las demás que está enferma.

Lleve un vestido. Y otro de noche. Lacerda siempre va a ver espectáculos al Rialto cuando está en Casablanca.

Puede que pretenda encontrarse con Kraus allí, así que tendrá que asistir también.

Y no se le ocurra ponerse pantalones para ir al teatro, por todos los santos, porque va a llamar la atención.

—Comprendido, señor. Gracias.

Su mente iba a mil por hora mientras el coronel le daba las últimas instrucciones a su compañero. La duda le atenazó la garganta. La puerta se cerró tras la salida del coronel y Gable y ella se quedaron a solas.

Él puso las manos detrás de la cabeza y la miró con aire divertido.

—Creía que se iba a negar.

—Estuve a punto. —Lo miró e inspiró hondo, preparándose para lo que tenía que decir a continuación—. Pero vamos a dejar algo claro: voy como agente, nada romántico.

—No esperaba otra cosa. —Él rio bajito y después miró los papeles que tenía en la mesa—. Supongo que tendrá que hacer la maleta. Para todos esos momentos románticos que no vamos a compartir.

—Sí, yo… —De repente le costaba concentrarse. Agarró su bolso de mano, sin dejar de evitar su mirada—. Lo veré en el aeropuerto mañana.

Se dirigió con prisa a la puerta, nerviosa.

¿Había perdido la cabeza? Después de respirar hondo varias veces, se irguió y se reprendió mentalmente por permitir que ese hombre la alterara.

Gable no tenía ninguna importancia para ella.

Solo iba a Casablanca para seguir la corazonada que tenía sobre Lacerda. No había ninguna otra razón.