10
Bea revisó una caja polvorienta de libros sin saber muy bien qué estaba buscando. Lo sabría cuando lo encontrara. El senhor Machado, el encorvado propietario de la librería Fábula Perdida, que le recordaba a una tortuga, la había dirigido a una caja de cartón concreta.
«Creo que encontrará algo de su gusto ahí dentro», había dicho, y sus discretos consejos siempre iban bien encaminados.
Los libros, con sus tapas desvaídas y los lomos rotos, mostraban claras señales de falta de cuidado. Algunos tenían incluso quemaduras, supuso que de los indiscriminados bombardeos aéreos.
Esa caja había llegado de la Bélgica ocupada, de una librería que había sufrido la caída de una bomba, y se la había entregado al senhor Machado «un amigo».
Ella sabía que esos amigos muchas veces eran otros libreros que cruzaban regularmente las líneas enemigas para rescatar libros y evitar su destrucción.
A veces era demasiado peligroso que esos libreros entregaran su preciosa mercancía en las oficinas del idc personalmente, por eso les confiaban sus tesoros a alguien como el senhor Machado, sabiendo que él se los haría llegar después a las manos adecuadas, que muchas veces eran las de Bea, Nora o Dorothy.
Ellas los iban sacando poco a poco, para que no lo notara la policía secreta, y después los enviaban a Estados Unidos para mantenerlos a salvo.
Sacó los volúmenes de Los miserables de Víctor Hugo del fondo de la caja y sonrió de oreja a oreja. Le hizo un gesto a Nora, que estaba un poco más allá, en el pasillo, revisando un cubo lleno de mapas hechos jirones.
—Es una primera edición de 1862 —le susurró con reverencia.
A su compañera se le iluminaron los ojos. Llevaba muy distraída y extrañamente callada todo el día y Bea se sintió aliviada al ver un poco de alegría en su cara.
—¡Fantástico! Tú siempre haces los mejores descubrimientos. ¿Cómo lo consigues?
—Hay que agradecérselo al senhor Machado —aseguró Bea con una sonrisa.
Ella siempre había sido capaz de encontrar el volumen más escurridizo que estaba mal colocado en una estantería, y desde que llegó a Lisboa aplicaba esa habilidad a la hora de revisar todos los títulos de una librería, una estantería del suelo al techo tras otra, hasta desenterrar la piedra preciosa más especial.
Se había pasado la vida haciéndose cada vez más pequeña, más silenciosa, para evitar la incomodidad de que los demás se fijaran en ella.
Lo había hecho básicamente para sobrevivir, pero de repente se había transformado en un envidiable talento.
Los libreros como el senhor Machado la aceptaban solo porque no era torpe ni desordenaba su espacio sagrado lleno de libros.
Y además, gracias a sus lecturas, también confiaban en ella y la apreciaban, como hacían la mayoría de los amantes de los libros.
—Un hallazgo magnífico —la felicitó el senhor Machado cuando ella fue a pagarle el precio que habían establecido de antemano, la forma que tenía el idc de darle las gracias por su lealtad y su discreción.
Él envolvió con sumo cuidado los volúmenes con un papel marrón antes de dárselos a Bea—.
¿Los cuidará bien? —preguntó el librero.
—Lo mejor que pueda —le aseguró Bea.
Después se despidió y Nora y ella salieron de la librería a las calles envueltas en la neblina.
Había empezado a caer una leve lluvia. El calor casi veraniego del que habían disfrutado en la playa, hacía poco más de una semana, había dado paso sin transición al aire frío de noviembre acompañado de algún que otro chaparrón.
Bea se metió su preciada adquisición dentro del chubasquero durante el trayecto de unas manzanas hasta el edificio de la Legación Estadounidense. Anochecía y ya habían encendido las farolas, cuyo fulgor dorado se reflejaba en la acera mojada.
A su lado, Nora se estremeció y se subió el cuello del abrigo para protegerse del frío mientras fruncía el ceño.
—El tiempo está cambiando. Prepárate… El coronel se pone totalmente insoportable en invierno.
—Hoy no estaba nada alegre, ahora que lo dices.
Le había gritado a Helen cuando se le atascó la película en la Recordak. Por eso, cuando les pidió a Bea y a Nora que fueran a Fábula Perdida para revisar los últimos libros que había recibido el senhor Machado, ellas aceptaron encantadas.
Nora asintió muy seria.
—Sabe lo que significa el frío para los chicos que están en el frente. Se congelan, enferman y tienen escasez de suministros. Y además están los refugiados. Algunas de las rutas de escape que atraviesan los Pirineos se vuelven impracticables. Si la gente no puede salir…
—Acaban en los campos de exterminio de Hitler —susurró Bea, y sintió náuseas.
En el último mes se habían difundido por Lisboa más detalles horribles de la impensable «solución final» del dictador alemán, y eso había afectado a todos los que trabajaban en la oficina.
Nora siguió hablando mientras caminaban.
—Esta mañana he oído al coronel Fitzgerald hablando por teléfono con Henry Stimson y…
Bea dio un respingo.
—¿El secretario de Guerra? Nora, te podrían despedir por eso.
—No me importa. ¿Cómo me voy a enterar si no de lo que está pasando de verdad en esta guerra? Mi hermano Jack lleva meses desaparecido. A veces me parece que me voy a volver loca esperando noticias… —Se le quebró la voz.
—Lo sé, perdona —contestó Bea con voz suave. A pesar de todo, no pudo evitar preguntarle—: ¿Y de qué te has enterado?
—Las fuerzas aliadas están planeando redoblar sus esfuerzos para poder liberar a los prisioneros de guerra para Acción de Gracias. Pero como gran parte de Europa está bajo la ocupación alemana, todo se está complicando.
A Bea empezó a latirle el corazón con más fuerza.
Había seguido con su revisión diaria de los manifiestos de los transatlánticos y de los vuelos de la boac del coronel.
Durante la última semana no había habido vuelos, ni habían aparecido nombres nuevos en los manifiestos de los barcos.
Parecía que a Pete, igual que a los demás prisioneros de guerra, se lo había tragado la tierra. Y ya entendía por qué.
Oír lo que acababa de decirle su compañera también le alivió la culpa por no haber podido ir a los muelles con la frecuencia que le gustaría.
Había pasado más de una semana desde la última vez.
La falta de cambios en los manifiestos de los barcos hacía que su búsqueda pareciera inútil y, además, cada semana que pasaba estaba más enfrascada en su trabajo en el idc y en la operación Caperucita.
Nora se mordió el labio y se le humedecieron los ojos.
—Lo que pasa con mi hermano Jack es que siempre ha estado delgadísimo. Si acaba en uno de esos campos…
—Eso no va a pasar. Seguro que Jack está bien. —Le cogió la mano, pero su mente también se llenó de preocupación—. No te lo he contado, pero… yo también estoy buscando a alguien. Una persona importante para mí.
Fue un alivio confesarlo en voz alta, aunque sintió una punzada de culpa por contarle la verdad a Nora y no a Selene. Pero su amiga últimamente había estado muy distraída, y además ya desaprobaba el empeño de Bea por seguir esperándolo. Era mejor no decirle nada.
Nora abrió mucho los ojos.
—Oh, Bea, lo siento.
—No lo sabías. Y la verdad es que tampoco estoy segura de si él se alegraría de verme, aunque lograra encontrarlo. —Se quedó callada, perpleja por la sinceridad que había demostrado. Nunca había dicho esas palabras en voz alta, aunque era algo que no dejaba de rondar su mente.
Durante los últimos días, cuando salía después de muchas horas de trabajo, se daba cuenta de que no había pensado en Pete ni una vez durante toda la mañana o la tarde.
Y, de forma inexplicable, algunos de los recuerdos de él que sí se le habían pasado por la cabeza en los últimos tiempos no eran los mejores, sino que había recordado comentarios que él hacía sobre la vida que tendrían juntos en el futuro con los que Bea no estaba de acuerdo.
«Claro que tendrás que dejar de trabajar cuando nos casemos —le había dicho—. No tendrás tiempo para mantener un trabajo cuando tengamos una casa. Sobre todo, cuando lleguen los niños».
En su momento, todavía arrastrada por la euforia del primer amor, esos comentarios de Pete le parecieron tiernos y con buena intención.
Eran una muestra de que estaba pensando en serio en compartir un futuro con ella, e incluso en tener hijos.
Pero no quería admitir que esa imagen de su vida juntos la agobiaba.
Su sueldo de bibliotecaria era bajo y a una parte de ella le gustaba la idea de no tener que preocuparse por cómo iba a pagar el alquiler del mes siguiente o las enormes facturas médicas de su madre.
Sería un alivio tener a alguien con quien compartir esa responsabilidad.
Pero dejar ese trabajo que tanto le gustaba era algo que no se le había pasado por la cabeza.
Pero no quiso discutir con él. Había tenido que soportar tanto dolor que quería que su relación con Pete fuera perfecta, sin el más mínimo problema.
Ya hablaría con él más adelante, lo argumentaría, pero cuando tuviera más fuerza para mantener su postura, cuando no estuviera tan sensible por la reciente muerte de su madre.
El caso fue que no hubo ocasión: lo destinaron antes de que le diera tiempo a tratarlo con él.
¿Qué habría pasado si no se hubiera ido a la guerra?
¿Habría aceptado ella una vida en la que sus pasiones y sus objetivos habrían quedado eclipsados por la vida de un ama de casa, todo para poder tener amor y una familia?
Sinceramente, no había pensado en la respuesta a esa pregunta hasta que llegó a Lisboa.
Allí se había tenido que enfrentar a desafíos completamente nuevos.
Su trabajo encubierto alimentaba su infinita necesidad de conocimiento y la hacía pensar con más claridad.
Por eso, las preguntas que antes evitaba, sobre quién era y lo que quería, de repente estaban en primer plano en su mente y se habían convertido en un tema acuciante e inevitable.