Las bibliotecarias de Lisboa 9
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Selene esperó a Catia en un rincón oculto por las ramas de un tamarindo, alejado del jaleo de la playa.

Su principal informante llegaba tarde. Si Selene se quedaba mucho tiempo allí, junto a la entrada de personal del chiringuito, alguien se iba a fijar.

¿Y si aparecía Bea en su busca? Había notado las miradas preocupadas que llevaba lanzándole toda la mañana.

La falsedad era parte de su trabajo, pero no quería que interfiriera en su amistad.

Por si fuera poco, había visto a Elise, Teresa y Rosalinda en la playa.

Las tres mujeres estaban en el porche de un bungaló, animando a sus respectivos amantes, Eduardo Ferrito incluido, que jugaban al jogo da laranjinha * .

Estaban a unos pocos pasos de Selene, pero dolorosamente fuera de su alcance.

Cuando Catia apareció por fin, ninguna de las dos perdió el tiempo con comentarios educados.

Los ojos de la mujer examinaron el rincón y le habló en voz bajísima, difícil de oír con el revuelo del bar, y en portugués, pero Selene entendió todo lo que dijo.

En el último mes había mejorado mucho su conocimiento del idioma.

—Los ministros y sus amantes van a salir en barco mañana —dijo Catia—. Por la costa de Sintra. Y estarán fuera varios días.

—Mierda —murmuró Selene.

No podía intentarlo de nuevo ese día, con Bea y Jacques allí.

El riesgo de que ellos se dieran cuenta era demasiado grande.

Además, tampoco tenía la posibilidad de volver a ir a por Eduardo después de la debacle de la noche anterior.

Había visto las miradas de adoración que le dedicaba a Rosalinda ese día y no había forma de seguir engañándose.

Al fin y al cabo, necesitaba que ellas la aceptaran como una más, no que la vieran como una enemiga.

—¿Y qué ha pasado con Toma Petrea? —preguntó Selene—. ¿Has oído algo sobre su desaparición?

Catia frunció los labios y miró hacia el bar, nerviosa. Estaba claro que no le gustaba ese cambio de tema.

—La pvde ha estado en el casino esta mañana, haciendo preguntas. Uno de los croupiers atendió a Toma en una partida de póquer anoche. Herr Stellmacher estaba también entre los jugadores. Y también Rafael Delgado. Los demás no son relevantes.

Rafael Delgado. Selene tomó nota mental de que debía prestarle más atención. Marguerite había advertido a Selene sobre él en su primera noche en el Aviz. ¿Era una coincidencia que se lo viera continuamente rodeado de miembros del Reich? ¿U obedecería a alguna razón siniestra?

—¿Rafael Delgado suele acompañar a alguno de los ministros de Salazar? ¿O a sus amantes?

—En público, no.

¿Era posible que ese hombre fuera el enlace entre la informadora que ella buscaba y el esbirro del Reich?

—Me gustaría saber qué tiene que decir Delgado sobre la desaparición de Toma Petrea.

—Nada. Como todo el resto del mundo en Lisboa, mantiene la boca cerrada y mira hacia otro lado.

—No todo el mundo. —Selene le dio a Catia un fajo de billetes nuevecitos de veinte escudos.

Catia se encogió de hombros.

—El dinero sirve para abrir bocas.

De repente se oyó un grito agudo que atravesó el aire. El corazón le dio un vuelco: Bea.

Selene y Catia se separaron sin decir nada más y ella volvió corriendo adonde estaban los demás, revisando la playa con desesperación en busca de la causa de la conmoción.

Se había reunido un grupo de gente en la arena y ella sintió una oleada de alivio cuando vio a Bea y a las demás bibliotecarias entre los espectadores.

Corrió hacia ellas.

—¿Qué ha pasado? —preguntó. Tenían las caras muy pálidas y expresiones de alarma.

Su amiga tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Es terrible. Hay un cadáver. En el agua.

—Alguien se habrá ahogado —murmuró Nora—. Jacques y Henri han ido a enterarse.

Los dos hombres estaban entre el grupo que había en la orilla. Tras unos minutos angustiosos, volvieron con ellas, aturdidos y con la cara cenicienta.

—Es Toma Petrea. —La voz de Jacques estaba llena de dolor.

Selene soltó una exclamación.

La playa se llenó de murmullos cuando se fue corriendo la voz.

—A Salazar no le va a gustar nada —dijo un hombre.

—Yo apuesto por el Reich —murmuró otro—. Petrea estaba haciendo demasiado ruido para su gusto, no sé si me explico...

Una mujer con un sombrero de paja sacudió la cabeza.

—La pvde lo va a calificar de ahogamiento. Todas las muertes son un accidente en Lisboa… Salazar no va a declarar la guerra por un cadáver.

Enseguida las sirenas anunciaron la llegada de la policía y el grupo se quedó en silencio mientras veían cómo sacaban el cadáver de Toma de entre las olas. A Bea le caían lágrimas por las mejillas y Nora y ella se abrazaban para consolarse.

El cuerpo hinchado del marchante mostraba un color grisáceo antinatural y tenía unas cuencas púrpuras vacías en donde antes estuvieron sus ojos.

Una mujer gritó cuando vio salir un cangrejo de su boca abierta. Otra se desmayó. Muchos de los allí presentes no soportaron la imagen y apartaron la vista.

Pero Selene no se permitió hacerlo. Si se hubiera infiltrado en el círculo de Salazar y hubiera encontrado a la traidora, tal vez aquello no habría pasado. Y Toma seguiría vivo.

Su horror se convirtió en resolución. No habría más fracasos.

Y que Dios ayudara a Luca Caldeira si volvía a interponerse en su camino.

Se le había acabado la paciencia y no iba a aguantar más intervenciones amargadas por su parte.

Si odiaba tanto a Salazar y a sus acólitos, ¿por qué no hacía algo al respecto?

Un plan fue tomando forma poco a poco en su mente.

Luca fue en otro tiempo uno de los magnates del wolframio y también cónsul general.

Jacques se lo había contado. Y la noche anterior le pareció que Eduardo Ferrito y él se conocían bien.

¿A quién más del círculo de Salazar conocería Caldeira?

Hasta entonces lo había visto como una molestia, pero quizá fuera la solución que ella había estado esperando.

Cuando Selene recorrió la poco iluminada calle Nova do Carvalho, percibió claramente en el aire el fuerte olor del agua salada y del pescado. La niebla abrazaba las farolas, contribuyendo al anonimato de los contrabandistas y su mercancía prohibida, de las prostitutas y de los marineros.

A tiro de piedra de los muelles de Lisboa y a orillas del río, Cais do Sodré era el sitio que frecuentaban los descarriados y los desesperados. Selene no pudo evitar una mueca cuando se dio cuenta de que era una de ellos.

Por fin vio el cartel de madera muy gastado de O Morcego, el bar que le había costado varios días (y unos cuantos sobornos) encontrar.

Reunió el valor y cruzó la puerta hacia el interior, que tenía un olor acre y estaba en penumbra.

Era difícil distinguir las siluetas oscuras apalancadas en la barra, pero de repente oyó una voz característica y llena de rencor.

—Por última vez, no necesito ese salvoconducto de salida falso —le dijo Luca a un hombre mayor con el pelo blanco—. No pienso caer en esa trampa. No tengo ganas de morir. Vete con tus chanchullos del mercado negro a otra parte, imbécil.

—Pues quédate aquí a pudrirte —respondió el hombre—. A mí me da igual.

— Vai-te foder . —Luca lo atravesó con la mirada y el hombre se alejó. Con los hombros hundidos, se terminó su copita de poncha * y pidió otra.

—¿No le está yendo bien la noche? —Selene se sentó en la banqueta vacía que había a su lado y dejó que un rizo negro le cayera sobre los hombros, que llevaba al aire.

Esperaba que eso sirviera para llamar su atención, pero en sus ojos solo vio una ira que, al menos, servía para ocultar temporalmente su vacío habitual.

—Nunca. —Le dio un buen trago a su bebida. La diminuta copa quedaba envuelta completamente por su manaza—. ¿Y qué le trae por este elegante establecimiento, pequena tigresa ? Si sigue en busca de alguna presa, no va a encontrar a tipos como Ferrito aquí.

—No he venido a buscar a Eduardo Ferrito. —Sonrió. Era una invitación.

Él rio por lo bajo.

—Veo que ha escondido las garras.

—¿Decepcionado? —Lo miró con una ceja levantada—. ¿Prefiere mi parte depredadora?

Luca fijó toda la intensidad de su mirada en ella. Selene se acercó un poco, esperando su respuesta.

—Puede que sí —respondió Luca con una voz suave como el terciopelo.

Su aliento cálido le rozó el cuello y despertó todos los nervios de su cuerpo.

Se le aceleró la respiración. La mente la traicionó y se puso a pensar en cómo sería sentir su boca sobre la piel.

Eso prendió un fuego en su interior que le hizo hervir la sangre.

Apartó ese pensamiento justo cuando lo oyó susurrar—: Si esto no fuera uno de sus jueguecitos.

Entonces se apartó y la miró con una sonrisa burlona, que provocó que en su cara apareciera un hoyuelo.

Sintió una gran frustración. Él no se había dejado engañar por su actuación. El camarero le sirvió una copita de poncha y ella le dio un trago para intentar que el líquido le calmara el pulso, todavía acelerado.

—Está bien —concedió—. Nada de juegos. Al menos entre nosotros.

—¿Y bien? —preguntó, y esta vez al menos parecía un poco interesado—. ¿Por qué está aquí, Selene?

Lo miró a los ojos con determinación.

—Me interesa su situación. He visto cómo lo tratan los demás. Cómo se está desmoronando por momentos.

Él resopló.

—Tampoco es que tenga otra opción. ¿No se ha enterado? Gracias a Salazar, ahora soy el leproso de Lisboa. Me ha declarado intocable.

—¿Por qué?

Luca negó con la cabeza a modo de advertencia y Selene notó un cambio en el ambiente. Un par de hombres abandonaron sus banquetas para alejarse de ellos.

El camarero se agachó y le dijo a Luca:

—Aquí no.

—No se me ocurriría. —Luca miró a Selene—. Me acaban de hacer callar.

—Dígame al menos por qué no participa en el juego, como usted lo llama.

La mirada de Luca se endureció al instante.

—Ese juego cuesta vidas. —Se quedó mirando su copa en silencio durante un largo momento.

Cuando volvió a hablar, su voz tenía un tono sombrío que la puso nerviosa—.

Antes jugaba. Hasta que me convertí en uno de esos idiotas que creía que sus patéticos intentos de heroicidad podrían marcar la diferencia.

—Suspiró—. Y ahora estoy atrapado aquí, condenado a morir en este infierno.

Selene inspiró hondo. Por eso había ido allí, esa era la oportunidad que estaba esperando.

—¿Es eso lo que quiere? —susurró—. ¿Morir aquí?

—Yo ya no quiero nada.

—No lo creo. He oído lo que le ha dicho ese hombre. Le estaba ofreciendo un visado falso. Una vía de escape.

La expresión indiferente de Luca desapareció el tiempo justo para que Selene comprendiera que había dado en el blanco. No sabía cuáles eran sus razones, pero Luca quería salir de Lisboa. Desesperadamente.

—¿Y si yo pudiera conseguirle un visado? Uno auténtico, de los Estados Unidos.

Él soltó una risita amarga.

—Ni siquiera su belleza puede comprar mi libertad.

—Conozco a alguien que podría conseguirle esos papeles —continuó en voz aún más baja—, pero a cambio voy a necesitar su ayuda.

Él la estudió, evaluando si hablaba en serio.

—La escucho.

Las siguientes palabras se le quedaron atravesadas en la garganta mientras estudiaba a Luca.

Sí, era guapo, con la mandíbula fuerte y esos ojos grandes y profundos.

A su lado ella parecía aún más menuda y frágil de lo que era, y eso le gustaba más de lo que se atrevía a admitir.

Sus mofas le molestaban, pero veía algo más en él, bajo toda esa amargura, que le despertaba la curiosidad, aunque también hacía sonar todas sus alarmas.

La idea tan temeraria que había tenido la tentaba y a la vez la aterraba. Podría significar su perdición, o la de él. Pero ¿qué otra opción tenía? Era la última oportunidad de cumplir su misión.

—Fingiré que soy su amante para que me introduzca en el círculo de Salazar. Necesito conocer a sus asesores y a sus amantes. —Las palabras salieron por su boca como un torrente antes de que le diera tiempo a pensárselo dos veces.

Él entornó los ojos y le agarró la muñeca.

—¿La ha enviado Salazar? ¿Como cebo para poner a prueba mi lealtad?

Ella tragó con dificultad, pero siguió hablando muy bajo.

—Le prometo que no trabajo para la pvde.

Él apretó la mano todavía más, pero sin llegar a hacerle daño.

—¿Por qué entonces? ¿Qué es lo que quiere de los lameculos de Salazar?

Como ella no le contestó, él la sujetó contra la barra, sin permitirle el más mínimo movimiento.

—No me tiente, Selene. No sabe lo que me está pidiendo.

Selene intentó zafarse de su mano, pero él siguió agarrándola.

—No sé lo que ha pasado entre Salazar y usted, pero ¿no puede arreglarlo? Ir a hablar con él y explicarle…

—No. —Por fin la soltó y apartó la vista.

—Si me dice por qué, tal vez yo…

—He dicho que no —repitió con tono de enfado y los dientes apretados. Se aferró a la barra; se le veía la mandíbula tensa. Después su expresión pasó a ser de derrota y la miró con un aire torturado—. No lo haré. Ni siquiera por eso.

—Pero…

—Lo siento.

Dejó un puñado de monedas en la barra y se fue. Selene se lo quedó mirando. Ir detrás de él no tenía sentido. Fueran cuales fueran sus demonios, ella no podía enfrentarse a ellos en su nombre.

Pero tampoco tenía intención de rendirse. Todavía no.