8
Bea cruzó la puerta del coe y se encontró la habitación en total oscuridad. Estaba palpando la pared en busca del interruptor, cuando unos brazos la agarraron desde detrás y sintió la punta de un cuchillo contra la garganta.
—No te muevas —dijo una voz ronca.
Ella la reconoció.
—Gable, soy yo, la señorita Sull… Lector.
Los brazos la soltaron de inmediato y un segundo después se encendieron las luces.
Sus miradas se encontraron y ella vio la expresión de sorpresa en la cara de Gable antes de que le diera tiempo a ocultarla.
Estaban muy cerca el uno de la otra. Por primera vez, vio que en lo más profundo de sus ojos claros, del color del acero, había unas motas de un tono cobalto.
La dureza de su cara se suavizó un poco y le acercó el dedo índice a la base de la garganta.
Ella no se movió. Su contacto fue cálido y suave como una pluma e hizo que el aire se le quedara atravesado en la garganta.
—Le he hecho una herida. Perdón. El cuchillo…
—¡Oh! —Se llevó la mano a la garganta y notó que tenía una pequeña herida abierta—. No es nada. —Contuvo un estremecimiento.
En los segundos en los que él la había envuelto con sus brazos musculosos, había sentido la ferocidad que se escondía bajo esa fuerza. Pero, por extraño que pudiera parecer, no le dio tanto miedo como debería.
Él se apartó y volvió a guardar el cuchillo en la funda que llevaba en el tobillo.
—No vuelva a hacer eso nunca más. Creí que me habían seguido… Podría haberla matado.
—He entrado con la llave.
—Las llaves no significan nada. Los enemigos siempre encuentran una forma de entrar —respondió muy seco.
—Le dije que volvería después de medianoche. Pero… —Se quedó callada y lo estudió—. Usted creyó que no iba a volver.
—Muy poca gente tiene lo que hace falta para este tipo de trabajo. —Había un desafío tácito en su mirada.
Bea se estremeció involuntariamente. Todavía estaba un poco alterada por su encuentro con Lacerda.
—Pues yo estoy aquí. —Esperó haber sonado más segura de lo que se sentía—. Y tengo algo que tal vez le resulte útil.
Gable enarcó una ceja.
—Ah, ¿sí? —Se sentó—. Ya veremos.
Ella se acomodó en la silla que él tenía enfrente, para que los dos quedaran cara a cara.
—Esta noche estaba en el Martinho da Arcada y vi entrar a Vincente Lacerda. Lo reconocí inmediatamente. Se vio con un hombre, un tal herr Stellmacher. Hablaron sobre la recepción de una medicina en Berlín. Stellmacher le dio esto a Lacerda… —Sacó la nota del zapato y se la dio—. La he descifrado.
Tradujo la nota y vio cómo el escepticismo desaparecía de su cara.
—Möller… Interesante. Es un lacayo de los nazis, pero hace tiempo que no aparece por Lisboa. Lacerda no ha tenido contacto con él antes, pero ahora me pregunto… —Carraspeó—. Es una buena pista. Gracias.
—De nada. —Bea se ruborizó por la satisfacción.
Él se levantó y se puso la chaqueta del traje y el sombrero.
—Voy a ver qué más puedo averiguar.
Bea agarró su bolso de mano. Aunque su encuentro con Lacerda le había puesto los nervios de punta, el trabajo con el código le había dejado la mente deseosa de un nuevo desafío. Quería más.
—Lacerda mencionó que iban a ir al Casino Estoril esta noche, más tarde. Es posible que necesite que descodifique…
Gable resopló.
—Solo me estorbaría.
Sintió que se llenaba de furia. Este hombre era absolutamente impredecible.
—Puedo ayudarlo, si me deja. ¿No se lo acabo de demostrar?
Él la atravesó con la mirada.
—Ha tenido suerte con Lacerda esta noche. Pero ha sido una estupidez correr ese riesgo. Todavía no puedo confiar en usted y hasta que pueda… Usted. Se. Queda. Aquí. —Clavó un dedo en el escritorio varias veces para enfatizar sus palabras—. En su mesa. No va a ir a ninguna otra parte.
Bea asintió y se mordió la lengua para no protestar y decirle lo que pensaba.
Era mejor guardárselo. Lo había aprendido cuando trabajó con el señor Filmore en Boston.
Aceptar las circunstancias era la única forma de mantener ese trabajo y ella lo necesitaba.
Fue hasta su mesa para estudiar una nueva pila de correspondencia.
Gable se dirigió a la puerta, se detuvo y soltó una maldición entre dientes.
—Ya le he dado las gracias —dijo en voz baja—. Por la pista de Lacerda.
Ella no lo miró.
—Es cierto.
Él esperó que dijera algo más, pero cuando el silencio se alargó, se limitó a darle las buenas noches, un poco tenso, y se fue.
Hasta que no oyó el ruido de la puerta al cerrarse, Bea no se dejó caer en su silla.
Su fachada de valentía se había evaporado.
Sintió añoranza de su hogar al pensar en su cómodo apartamento de Boston y en sus libros favoritos apilados en su mesita.
Lo que daría por estar allí, escuchando la radio con Selene o esperando que Pete fuera a buscarla para salir.
Pero esa vida ya no existía. La guerra había acabado con ella. Había renunciado a su apartamento para irse a Lisboa. Su hermano estaba a miles de kilómetros. Y Pete… Sintió un peso en el corazón. ¿Dónde estaría? ¿Seguiría vivo?
Dios, cómo la hacía reír con sus ridículas imitaciones de Humphrey Bogart y Cary Grant y su reserva infinita de chistes (aunque algunos la hicieran sonrojarse).
Él la había hecho sonreír mucho durante los primeros meses tras la muerte de su madre, algo que llevaba años sin hacer; al menos, no tanto.
Y también tenía esos gestos románticos tan exagerados: un ramo de flores que le entregaban en la biblioteca, una serenata a medianoche bajo la ventana de su apartamento con unos amigos del ejército…
Todo eso la hacía sentir que la adoraba.
Y ella lo quería por la alegría que le aportaba a su vida.
Dentro de pocas horas volvería a los muelles a revisar las caras e intentar enterarse de alguna noticia.
Pete y Selene eran sus salvavidas, sus razones para estar en Lisboa.
Cuadró los hombros y se centró en su trabajo con un entusiasmo renovado.
Iba a hacerlo todo perfecto, tanto que ni siquiera ese agente doble malhumorado y mezquino podría encontrarle ningún fallo.
Así tendría el trabajo asegurado. Soportar a alguien como Gable era solo el pequeño precio que tenía que pagar para conseguir ese objetivo.
—Estás a miles de kilómetros de aquí, Bea. —Nora la miró sonriendo por encima del borde de Jane Eyre .
Después sacó una naranja de la cesta de pícnic y se puso boca abajo para pelarla.
La cesta estaba llena de fruta fresca que habían comprado en el mercado de Ribeira antes de subir al tren a Estoril.
El sol de ese sábado de octubre, que calentaba demasiado para la estación, había hecho que muchos bañistas se acercaran a playa do Tamariz para aprovechar los últimos y fugaces coletazos del verano.
—¿Con qué estás soñando despierta? —continuó su compañera.
—Solo disfrutaba de las vistas —respondió Bea sin darle importancia, pero se caló más el sombrero con el que se protegía del sol para ocultar el rubor que le habían producido los recuerdos de Pete.
La última vez que estuvo junto al mar fue en Revere Beach, con él, solo unos días antes de que lo destinaran.
Se pasaron la mañana nadando y tomando el sol.
Ella tenía ganas de que leyeran juntos su colección favorita de poemas de Robert Frost, pero Pete le dijo: «No me van mucho los libros.
¿Y si escuchamos un poco la radio mejor? ».
No protestó, aunque se sintió decepcionada. Deseaba con todas sus fuerzas compartir su pasión por la literatura con él.
—Vamos, Bea —la animó Nora, arrancándola otra vez de sus recuerdos—. Cuéntanoslo. ¿Quién es el hombre misterioso?
Se le hizo un nudo en el estómago, pero mantuvo el tipo mirando fijamente la costa, iluminada por el sol, en la que Dorothy y Helen vadeaban unas olas de agua cristalina.
Jacques, que estaba tumbado en una manta al lado de su amigo Henri, se acercó a ella y le susurró:
—Haces bien en guardártelo. Yo estoy contigo, ma chérie : los romances secretos son los mejores.
— Absolument —apoyó Henri.
Bea se puso pálida y miró a Selene, que siempre estaba dispuesta a defenderla de las bromitas que acompañaban a esas conversaciones.
Pero su amiga permaneció en silencio. De hecho, llevaba extrañamente callada toda la mañana.
Desde que salió airada del Martinho da Arcada la noche anterior, no había sido la misma de siempre.
Había pronunciado menos de una docena de palabras durante el viaje en tren y no había metido ni un dedo en el mar, aunque Bea sabía que le encantaba bañarse.
Tenía la vista fija en un punto más alejado de la playa, cerca del Forte da Cruz, coronado con sus torretas.
Le tocó el brazo.
—¿Selene?
—Estoy bien —respondió ella atropelladamente.
Bea siguió su mirada y vio un grupo de gente, arremolinado a la sombra del fuerte, junto con sus maletas y sus míseras posesiones, lavando ropa en el mar.
—Al menos, siguen aquí —comentó Henri con voz suave—. A salvo un día más. Algo es algo.
—¿A qué te refieres? —preguntó Bea.
Jacques y Henri se miraron y el primero suspiró.
—Veo que no te has enterado. Corre el rumor de que Toma Petrea ha desaparecido.
—¿El marchante de arte? —Selene se había quedado muy pálida.
Jacques asintió.
—Fue al casino anoche, pero no volvió a su apartamento. Henri y yo cenamos con él la semana pasada. Conocía a un coleccionista que estaba interesado en algunas de mis obras.
—Toma era un imbécil que no sabía mantener la boca cerrada —intervino su amigo.
—Henri…
—No. —Él miró a Jacques con el ceño fruncido—. Corrió demasiados riesgos. Intentó intercambiar obras de arte por vidas. Negociar con el Reich solo acaba de una manera.
Se produjo un silencio tras las palabras crispadas y funestas de Henri. Pero el momento sombrío quedó interrumpido por el regreso de Helen y Dorothy, jadeando y empapadas tras el baño.
Jacques volvió a sonreír.
—Pues no sé cómo estaréis vosotros, pero yo me muero de sed. ¿Quién más necesita el néctar de Baco?
Se levantó para ir al chiringuito de la playa, pero Selene se incorporó de un salto y lo detuvo.
—Ya voy yo. —Su cara se iluminó y señaló varios hombres que había en la barra—. Quiero echarle un vistazo al «menú» de hoy.
—Eres una seductora incurable —bromeó Jacques.
—Es un don. —Ella volvió a sonreír, pero no consiguió engañar a Bea. Seguía habiendo una cierta reticencia en sus ojos.
Vio a Selene acercarse a la barra y… entonces se quedó sin aliento.
Era Gable. Estaba apoyado en la barandilla de la galería del bar, tomando champán, rodeando con el brazo la cintura de una rubia despampanante.
Vestido con una camisa de tejido de gabardina azul marino, un pañuelo blanco al cuello y pantalones largos, encajaba perfectamente con el grupo de gente muy bien vestida que lo rodeaba.
Se le veían los ojos brillantes mientras hablaba, y tenía a toda su audiencia cautivada.
Se quedó mirándolo y lo vio susurrarle algo al oído a su acompañante. La rubia le acarició la mejilla con un dedo y él sonrió. Estaba siendo testigo de un comportamiento dulce y encantador que ella no le había visto nunca.
No se lo podía creer. ¿Estaba viendo a Gable en su trabajo encubierto? ¿Su intención era hacer el papel de Casanova ante la élite de Lisboa?
Como si acabara de oír lo que ella estaba pensando, él se giró y sus miradas se encontraron.
Vio en su cara que la había reconocido y su sonrisa desapareció un instante. En su mirada ella vio una pregunta y… ¿era un destello de arrepentimiento? Pasó demasiado rápido para que pudiera verlo con claridad.
—¿No es guapísimo? —comentó Nora.
Bea se sobresaltó. ¿Cómo podía haberse quedado mirando tanto tiempo como para que las demás se hubieran dado cuenta? Si alguien se enteraba de que Gable y ella trabajaban juntos, pondría en peligro toda la misión.
—Oh… No sé a quién te refieres.
Nora levantó una ceja incrédula.
—¿Rafael Delgado? He visto cómo lo mirabas: como si tú fueras la leña y él el fuego.
Bea notó que le ardían las mejillas. ¿De verdad lo estaba mirando así?
—Es un embaucador —continuó Nora—. No se puede confiar en un hombre que no sabe de qué lado está. No es bueno para ti.
—Yo… Yo no…
Nora levantó una mano para evitar que continuara.
—Solo lo digo por tu bien. No te acerques a esa gente. He oído que algunos de ellos… —Nora miró a Rafael—. Son simpatizantes de los nazis.
Sentía los nervios alojados en el estómago, pero se obligó a sonreír.
—No te preocupes por mí. Solo miraba para asegurarme de que Selene no acababa con esa gente. Siempre le han llamado la atención las personas más problemáticas.
Nora estudió la cara de Bea un momento y después se encogió de hombros.
—Me voy a bañar. ¿Vienes?
No estaba segura de que Nora se hubiera tragado la mentira, pero se sintió aliviada al ver que dejaba el tema.
Fue a meterse entre las olas con ella para que el agua le enfriara la sangre.
Que Gable, Rafael, o quien quiera que fuera, siguiera con sus jueguecitos.
Si la gente pensaba que era un simpatizante nazi, su misión, la verdadera, no quedaría expuesta, y eso era lo más seguro para él.
No le quedaba más remedio que confiar en él. Pero ¿en quién estaba confiando? En el fondo no lo sabía.