Las bibliotecarias de Lisboa 7 #2
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Eduardo se terminó el whisky y dejó el vaso en la barra con un golpe seco.

— Boa noite, senhora . —Miró a Selene e inclinó bruscamente la cabeza. Cuando pasó a su lado, agarró a Luca del brazo—. Será mejor que tengas cuidado.

—Y tú procura que los hilos de la marioneta no acaben ahorcándote, Ferrito —respondió Luca.

Selene contempló con horror cómo Eduardo salía a grandes zancadas del local. Otra oportunidad perdida. Se dio la vuelta para mirar a Luca.

—Pero ¿cómo se atreve?

—Debería darme las gracias. Está desperdiciando sus dotes de seducción con él. —Se terminó el martini y pidió otro. Después se acercó a ella y le susurró—: A ese le gustan las corderas, no las tigresas.

La cara de Luca estaba a pocos centímetros de la suya y sus ojos marrón oscuro la miraban burlones.

—No sé de qué está hablando. —Le ardían las mejillas.

—Y yo no sé a qué juega —respondió él—. Esos flirteos van a acabar metiéndola en problemas.

Aquí el estatus no solo es cuestión de dinero.

Y la regla principal es que no hay reglas.

El mundo de Eduardo es un lugar despiadado en el que vivir, y me da la sensación de que usted no sería capaz de soportarlo.

—Eso lo tendré que decidir yo.

—Como quiera. —Se encogió de hombros. La rozó con el brazo y ella se esforzó por ignorar el calor que ese contacto le hizo sentir en todo el cuerpo.

—Es usted despreciable. —Tomó su bolso de la barra y salió como una tromba del local.

Justo antes de que cruzara las puertas, oyó que él decía:

—Nos veremos por ahí, pequena tigresa .

Bea iba por la mitad de su tercera copa de ginjinha cuando Selene salió malhumorada del Martinho da Arcada. Aunque por la penumbra del bar no veía las caras de los hombres con los que estaba, se dio cuenta de que su amiga se había marchado enfadada.

Se preguntó si el encuentro en la barra tenía algo que ver con la misión de Selene, pero no podía preguntárselo. La había visto extrañamente nerviosa esa noche. Ojalá no fuera tan imprudente. Ninguna de las dos se podía permitir llamar demasiado la atención.

Justo cuando se levantó para seguirla, entró en la cafetería un hombre que reconoció porque estaba en los archivos de Gable: Vincente Lacerda. La característica cicatriz de varios centímetros que le cruzaba la mejilla caída hacía que fuera fácil de distinguir.

Lacerda tenía la segunda mina independiente de wolframio más grande de Portugal.

Las notas del agente decían que le vendía el mineral tanto a los británicos como a los alemanes, pero había hecho varios viajes a Berlín durante los últimos dos años para visitar fábricas de municiones.

Ese detalle hacía que fuera uno de los principales sospechosos del mi5 en la operación Caperucita.

Bea pensó en qué hacer. Gable le había dejado más que claro que el trabajo de campo no estaba dentro de sus funciones. Pero él no estaba allí y, si se iba sin ver lo que pasaba con Lacerda, podría estar perdiendo una oportunidad.

Además, a una parte de ella le encantaba la idea de poder aparecer ante aquel hombre con información que él no conocía. Algo que sirviera para probar su utilidad.

Selene tendría que esperar. Volvió a acomodarse en su asiento y se dedicó a analizar la escena.

Lacerda, que tenía a su lado a una mujer estupenda, eligió una mesa apartada en un extremo de la sala. Le encendió un cigarrillo a la mujer y luego hizo lo mismo con uno para él. Bea se recolocó un poco para seguir teniéndolo en la línea de visión.

—Sigo sin entender por qué hemos venido aquí —estaba diciendo la mujer en portugués—. Pensaba que me ibas a llevar a Estoril.

—Luego, te lo prometo. —Lacerda miró el reloj y Bea se fijó en que él llevaba una alianza en la mano, pero la mujer no. Era su amante, entonces—. Ten paciencia, mi Ana. —Le levantó la barbilla para darle un beso.

Siguieron charlando y fueron pasando los minutos. Bea empezó a preguntarse si se habría quedado allí para nada.

Pero de repente, a las once y cuarto, un oficial uniformado de las ss se plantó delante de la mesa de la pareja.

—Ah, herr Stellmacher. Buenas noches —saludó Lacerda en alemán. Los dos se estrecharon la mano y el oficial sacó una silla para sentarse.

—Un placer como siempre, Ana.

El oficial le besó la mano a la mujer y ella lo saludó con un gesto de la cabeza, muy educada.

Después, con un suspiro, centró su atención en el resto de clientes mientras encendía un cigarrillo, sin demostrar ni el más mínimo interés por la conversación de los dos hombres.

La mirada de Ana se cruzó con la de Bea durante un instante.

Ella apartó la vista rápido y sintió que se le empapaba la frente de sudor.

¿Y si había llamado la atención de Ana, o peor, de Lacerda?

No debería estar poniendo en peligro de esa forma su seguridad, ni tampoco su misión.

Sobre todo, teniendo en cuenta que mantener su trabajo era la única esperanza que tenía de permanecer en Lisboa y encontrar a Pete.

Pero si se levantaba y se iba en aquel momento, llamaría más la atención. Tendría que quedarse al menos unos minutos más. Bea siguió dándole vueltas a lo que quedaba de su bebida y aguzó el oído para escuchar su conversación, ignorando el resto de las del local.

—Supongo que su familia en Berlín se encuentra bien… —le dijo Lacerda al oficial—. ¿Su mujer recibió la medicina?

—Sí. Y resultó ser muy efectiva. Gracias por preguntar —fue la respuesta de herr Stellmacher.

Bea reflexionó sobre esas palabras mientras Stellmacher seguía dándole detalles vagos sobre la salud de su esposa… ¿Sería «medicina» un código para referirse a otra cosa?

Levantó la vista cuando el alemán se puso en pie de nuevo.

—Perdón, pero me tengo que ir. —Le hizo una leve reverencia a Ana y le tendió la mano a Lacerda. Cuando se la estrechó, a Bea le pareció que se estaban pasando algo—. Auf Wiedersehen . —Stellmacher le dio una palmada en la espalda y salió del local.

Lacerda miró discretamente su palma medio cerrada y ella supuso que estaba leyendo algo. Después, justo cuando el garçon llegó con sus bebidas, se lo guardó en el bolsillo delantero del traje.

Bea se mantuvo sentada en el borde de su silla, considerando si debería acercarse a su mesa.

Estaba segura de que podía robarle la nota del bolsillo a Lacerda.

En la Granja les habían enseñado muy bien el oficio de carteristas.

Un plan empezó a formarse en su mente, pero no sabía si se atrevería a ejecutarlo.

—¿Nos vamos cuando nos tomemos estas copas, mi amor? —le preguntó Ana a Vincente.

Lacerda se arrellanó en su silla y rio entre dientes.

—¿Por qué no te acercas un poco y me convences?

Se besaron y Bea vio su oportunidad.

Se levantó, con el vaso en la mano y el pulso acelerado, y se dirigió hacia ellos. Al llegar a su altura, fingió que tropezaba con el borde de su mesa y le tiró lo que le quedaba de la bebida a la pareja.

—¡¡Tenga cuidado!! —exclamó Lacerda, pero ya era demasiado tarde, porque la ginjinha acababa de caerle en la camisa.

Ana dio un chillido, y los dos se levantaron de un salto y se quedaron mirando su ropa manchada.

Sin parar de disculparse y conteniendo como podía sus ganas de huir, Bea se puso a limpiarles la ropa con una servilleta.

Mientras frotaba con una mano la corbata de Lacerda, metió y sacó la otra del bolsillo en menos de un segundo.

—Lo siento mucho. —Dejó un billete de veinte escudos en su mesa—. Por favor, permítanme que los invite. Es lo menos que puedo hacer.

Salió a toda prisa de la cafetería hacia Terreiro do Paço, desesperada por poner la mayor distancia posible entre ella y aquel hombre.

El cerebro no paraba de darle vueltas y no sabía cómo se había atrevido a cometer una imprudencia como aquella.

Acababa de poner en peligro su trabajo (y seguramente también su vida) para robar un trozo de papel que podía no tener ni la más mínima importancia.

¿Y si su ridícula estratagema la llevaba a un callejón sin salida?

Seguro que Gable hacía que el coronel Fitzgerald la enviara de vuelta a casa.

Después de callejear durante casi una hora, siguiendo un recorrido laberíntico por calles empinadas para asegurarse de que nadie la seguía, Bea llegó a la calle Augusto Rosa.

La luz dorada de una farola bañaba el magnífico edificio de la Sé de Lisboa.

La catedral estaba casi vacía; solo había un único devoto arrodillado delante del altar.

Bea se limpió las palmas húmedas en los pantalones antes de sacar el trozo de papel del bolso.

Tardó un momento en reconocer el patrón de las letras manuscritas codificadas.

Era un cifrado César, un código de sustitución alfabética que para ella era uno de los más simples y fáciles de decodificar.

Cerró los ojos un segundo mientras las letras se recolocaban en su mente.

«La entrega de la prescripción se hará el jueves a medianoche en el Hotel Avenida Palace. Pregunte por Möller».

¡Sí! «Prescripción» parecía ser la clave que hacía referencia a algún tipo de cargamento ilícito. Tal vez su intervención había merecido la pena al final.

Se guardó la nota en el tacón de los zapatos tipo Oxford y salió de la catedral mientras unía mentalmente las piezas.

Todo el mundo sabía que el Hotel Avenida Palace era proalemán, y en la oficina de Bea corrían los rumores de que estaba lleno de espías del Eje.

Si Lacerda se tenía que reunir con un tal Möller allí, ¿significaba eso que era un simpatizante nazi?

Giró en dirección al edificio de la Legación Estadounidense. Por mucho que le molestara hacerlo, necesitaba darle esa nota a Gable lo antes posible. ¿Lo que había hecho lo impresionaría o lo pondría furioso?