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Las mesas del café-restaurante Martinho da Arcada estaban a rebosar de clientes, pero el objetivo de Selene todavía no había llegado.
Más allá estaba Terreiro do Paço, una gran plaza bordeada de edificios con soportales pintados de amarillo y blanco, y el río Tajo.
Los peatones y los ciclistas recorrían las calles iluminadas por la luna, y ella se preguntó si Eduardo Ferrito, ese hombre tan importante que era la mano derecha de Salazar, estaría entre ellos.
Su informante, Catia, una cigarrera del Casino Estoril, le había asegurado que él iría allí aquella noche.
«Hay un cargamento de whisky escocés Macallan que llega el viernes —le contó Catia a Selene durante una visita que había hecho al casino unos días antes—.
El whisky es difícil de conseguir por la guerra, pero es el preferido del senhor Ferrito.
Si el Martinho da Arcada lo tiene, él irá a tomárselo allí».
Esperaba que le hubiera dicho la verdad.
Había invertido unos cuantos días en establecer una cadena de informantes, con Catia a la cabeza, y para ello había tenido que invertir una buena parte del dinero de su cuenta de gastos.
La cigarrera tenía contacto con muchas modistas, camareros y acomodadores en salas de conciertos, gente que atendía discretamente a la élite de Lisboa, y podía vigilar sus movimientos y enterarse de sus secretos al mismo tiempo.
Selene necesitaba desesperadamente que lo de aquella noche saliera bien.
Marguerite le enviaba mensajes con regularidad, esperando que hiciera progresos.
Pero las mujeres del círculo de Salazar (Elise, Teresa y Rosalinda) eran todavía estrellas inalcanzables que quedaban fuera de la órbita de Selene.
Desde su desastroso encuentro con Nelio en el Hotel Aviz, algunas semanas antes, había visto a las amantes varias veces en el Casino Estoril, pero sus esfuerzos por entablar conversación con ellas habían sido rechazados con cajas destempladas.
Entonces se le ocurrió que tal vez la única manera de formar parte del círculo fuera quitarle el sitio a alguna de ellas.
Eduardo Ferrito era un objetivo que Selene no podía permitirse dejar escapar.
Pronto sabría si la información de Catia realmente era fiable o si se estaba metiendo en una trampa.
Había llevado a Bea con ella, por si necesitaba una tapadera.
Convencerla no había sido fácil. Tenía la sensación de que hacía muchísimo tiempo que no pasaban un rato juntas.
Noche tras noche, al volver a casa desde el casino o el Aviz, Selene llamaba a la puerta de la habitación de hotel de su amiga, pero la única respuesta que obtenía era el silencio.
Sus saludos por las mañanas eran muy breves. A Selene le preocupaba la factura que les estaba pasando trabajar tantas horas. Solo echaba de menos Boston cuando recordaba la vida y las cosas que compartían ellas allí.
Durante años, cada vez que Selene no se plegaba a su voluntad, su madre la amenazaba con cortarle el grifo del dinero. Y cuando rompió el compromiso con Giles e hizo las maletas para mudarse a Boston, cumplió su amenaza.
«Ahora tienes que arreglártelas sola. No vas a aguantar ni una semana», le advirtió.
Pero Selene lo consiguió, sobre todo gracias a Bea.
Ella no tenía ningún sitio donde alojarse, ni tampoco dinero, cuando cruzó las puertas de la Biblioteca Pública de Boston el día de Nochebuena, empapada y helada por culpa de una fuerte nevada, buscando refugio.
Bea la encontró tiritando delante de la chimenea de la sala de entrega de ejemplares unos minutos antes de la hora del cierre.
Cuando el último de los usuarios de la biblioteca se fue corriendo a casa, cargado de regalos y a pesar de las ráfagas de viento con nieve, Selene se quedó dudando junto a la puerta, sin ganas de volver a enfrentarse a la ventisca (y a su futuro incierto).
—Voy a cerrar las puertas, pero puede quedarse aquí conmigo. —Había un cierto tono de súplica en la voz de Bea, como si ella necesitara la compañía tanto como Selene—. Yo no me voy a casa todavía.
Estuvieron hablando durante horas. Selene le contó que la habían desheredado y Bea confesó que tenía que pasar las primeras Navidades sin su madre y con la preocupación por su hermano, que ya estaba haciendo el entrenamiento militar básico.
De su única maleta, Selene sacó la botella de Piper-Heidsieck que había robado de la bodega de sus padres.
Y ambas se pasaron el resto de la noche en un ambiente de camaradería achispada, mientras bebían a morro de la botella y deambulaban por las docenas de salas y pasillos de la biblioteca.
Acabaron leyendo juntas Cuento de Navidad delante de un fuego casi apagado.
Cuando amaneció el día de Navidad, Bea insistió en que Selene la acompañara a su apartamento para tomar un desayuno sencillo de café y tostadas. Su amistad ya se había forjado y, desde entonces, se convirtieron también en compañeras de piso.
El tiempo que compartieron en Boston le parecía extrañamente surrealista entonces. Allí, en Lisboa, en sus vidas diarias casi nunca coincidían, por eso Selene se sentía todavía más agradecida por que la hubiera acompañado aquella noche.
Brindó con Bea.
— Saúde! —exclamó, y le dio un trago generoso a su ginjinha , disfrutando del sabor ácido del licor de cereza.
Por el contrario, Bea se lo terminó de un trago y pidió otro.
—Te lo has tomado como un marinero —comentó Selene cuando la vio estremecerse por los efectos del licor.
—El trabajo me ha sacado de mis casillas hoy —refunfuñó—. Me han puesto a trabajar con un hombre nuevo en el idc. Es brillante.
—Cuéntame. —Selene se inclinó hacia su amiga.
Tal vez no estaba tan mal que Bea trabajara tantas horas. Esa noche tenía una vitalidad en la cara que no le había visto nunca y se preguntó si ese nuevo hombre tendría algo que ver con ello. Un hombre que, por suerte, no era Pete Dawson.
—Es la persona más narcisista que he conocido —contó Bea, y las esperanzas de Selene se desvanecieron—. Me ha tenido despierta casi toda la noche, arreglando el desastre que tenía en su mesa, y, mientras, él se ha ido por ahí a quemar la ciudad.
Selene arrugó la nariz.
—Parece una buena pieza. ¿Y qué piensas hacer con él?
Selene había sido testigo demasiadas veces de las broncas intimidatorias que su amiga había tenido que soportar, primero por parte del señor Filmore en la biblioteca y después del coronel Briggs en la Granja.
—Le voy a ganar en su propio terreno —aseguró Bea con una fría convicción.
Era la segunda vez que sorprendía a Selene en la misma noche. Trajeron la nueva copa de ginjinha y ella le dio un buen trago.
Selene la miró con la boca abierta.
—¡Hablas en serio!
—Lo sé. No me lo creo ni yo. Puede que sea Lisboa. Me siento diferente aquí, no sé por qué. —Sonrió tímida—. Tal vez no me dure…
—O quizá sí. Brindo por eso.
Cuando Selene alzó su copa, la puerta de la cafetería se abrió y entró Eduardo Ferrito. Fue directo a la barra, donde le estrechó la mano amigablemente al camarero, que enseguida le sirvió un vaso de whisky. Había llegado la hora de que Selene diera el paso.
—No mires —susurró Selene—, pero acaba de acodarse en la barra alguien que me interesa.
—No… —La expresión de Bea se entristeció—. ¿Esta noche?
Asintió. No le gustaba nada tener que dejarla abandonada, pero no podía perder más tiempo. Necesitaba una invitación a cenar en el Aviz o a una fiesta…, algo que la acercara a las amantes de esos hombres.
—Lo siento —se disculpó—, pero nos vemos mañana en la playa.
Las otras bibliotecarias del trabajo de Bea las habían invitado a ir a playa do Tamariz, en Estoril. Jacques, que enseguida y sin saber muy bien cómo había pasado de ser un conocido a un amigo de confianza (uno muy divertido, además), también se había apuntado al viaje.
—Volveré tarde al hotel —dijo Selene, le tiró un beso y se dirigió a la barra.
—¿Me pone un whisky sour ? —le pidió al camarero cuando llegó y se colocó justo al lado de Eduardo.
—Tiene usted un gusto impecable. —Eduardo asintió para indicar su aprobación.
Selene alzó el vaso en su dirección.
—Por eso estoy hablando con usted. —Selene le sostuvo la mirada mientras sus palabras calaban. Eduardo sonrió—. Soy Selene Delmont —se presentó.
—Un placer, senhora Delmont. Yo me llamo Eduardo Ferrito.
El líquido color ámbar hizo que a Selene le ardiera la garganta. Se puso a darle vueltas al vaso con el resto de la bebida.
—No tenemos whisky como este en Estados Unidos. Es un placer poco común.
—No puedo estar de acuerdo. Lo que sí que es un placer poco común es verla a usted bebiéndolo. —Ella tragó despacio mientras él le miraba la garganta.
Selene se inclinó hacia él, reduciendo la distancia entre ambos.
—Me gusta la sensación que me produce en la lengua.
Detrás de ellos se oyó una carcajada.
—Nada de sutilezas, ¿eh?
Se giró y se encontró cara a cara con Luca Caldeira.
Él la miró con una sonrisa burlona.
—¿No es raro que nos sigamos encontrando así? —preguntó con sorna.
—Yo diría irritante, más que raro —contestó Selene.
—Me ofrezco a marcharme, pero eso no va a arreglar su problema.
—¿Qué problema?
Luca se encogió de hombros.
—Que soy un hombre difícil de olvidar. —Entonces miró a Eduardo—. ¿No es verdad, viejo amigo?
La sonrisa de Eduardo se convirtió en un ceño fruncido.
—¿Qué haces aquí, Caldeira?
Luca le dio un sorbo a su martini.
—Todavía tengo derecho a emborracharme en esta ciudad. ¿O es que Salazar también me ha prohibido eso?
—Fuiste tú el que se ganó por méritos propios el descenso al infierno —contestó Eduardo con voz dura.
—Caballeros, por favor, no sigan. —Selene rio, intentando reconducir la situación—. Van a estropear la diversión.
Luca resopló.
—Si la idea de diversión de ese hombre es romperle el corazón a una dulce mujercita, por mí adelante. ¿Cuánto tiempo estuvo Rosalinda encerrada en su apartamento la última vez que la traicionaste, Eduardo? Un mes, ¿no? Sin parar de llorar día y noche, pobrecilla.