6 #3
Bea se dejó caer en una silla e inspiró hondo por primera vez desde que había entrado allí. Temblaba por la adrenalina y la rabia contenida. Si ese hombre pensaba que la iba a encontrar derrotada cuando volviera, se estaba equivocando por completo.
Sacó el primer perfil de la carpeta y su mente empezó a vibrar, como le pasaba siempre que estaba a punto de llenarla de información. Esa sensación familiar la tranquilizó lo suficiente para poder centrarse.
Los minutos se convirtieron en horas mientras ella se sumergía en esa vorágine de informes y comunicaciones.
Sin quererlo, se vio arrastrada al fascinante mundo que había salido de la mente de Gable.
Pasó una página tras otra, en las que fue conociendo a docenas de agentes ficticios.
Cada uno tenía su personalidad, un trasfondo elaborado y una voz característica.
Se comunicaban con la Abwehr desde lugares repartidos por todo Portugal y Gran Bretaña, cuya información relacionada sacaba de una gran cantidad de mapas y guías de viaje que encontró en su mesa.
Los agentes enviaban largos informes sobre cualquier cosa, desde movimientos de wolframio en trenes fantasma hasta datos de las minas o de la exportación del metal a las fuerzas aliadas.
Al comparar las comunicaciones con los registros de la Comissão do Comércio, descubrió que la mayor parte de la información que proporcionaba Gable era cierta.
Supuso que tenía que ser así para ganarse la confianza de la Abwehr.
El secreto del sabotaje era el momento. Los agentes ficticios de Gable retrasaban la comunicación de información vital con la excusa de que sufrían una enfermedad o una lesión, pero solo lo suficiente para que la información, que era muy detallada, llegara tarde.
O los británicos retrasaban intencionadamente los envíos de wolframio para que los alemanes no pudieran interceptarlos.
De esa forma, Gable y el mi5 minimizaban el contrabando alemán, a la vez que lograban que los nazis confiaran en él, porque también necesitaba que sus contactos alemanes le dieran información para poder pasársela a los Aliados.
La magnitud de las creaciones de Gable era asombrosa e impresionante, no le quedó más remedio que admitirlo.
Como él no había regresado aún, decidió probar las técnicas que había visto que él utilizaba. Acababa de terminar un borrador de carta en la que fingía ser uno de los agentes secundarios de la Spinnennetz, cuando él apareció con un esmoquin impecable.
Tenía las mejillas enrojecidas y la pajarita suelta, que le colgaba alrededor del cuello bronceado. Se le veía la actitud disipada de alguien que ha estado de fiesta toda la noche. Bea miró el reloj. Eran las cuatro y media de la madrugada.
Él dejó caer su largo cuerpo en una silla y apoyó los pies en la mesa.
—Suponía que la encontraría aquí. —Gable entrelazó los dedos, se los puso detrás de la cabeza y sonrió. Era la primera vez que lo veía sonreír de verdad, y esa sonrisa le habría parecido deslumbrante si no hubiera proyectado un enorme aire de superioridad—. ¿Dispuesta a admitir su derrota?
—Terminé de revisar todo el material hace horas.
—Se le aceleró el pulso cuando le pasó la carta que acababa de escribir—.
Me he tomado la libertad de hacer un borrador para corregir una carta dirigida a uno de sus contactos alemanes.
Es de su agente en Glasgow, Friedrich Wagner. En su carta original había un error.
Normalmente no se habría mostrado así de atrevida, pero le encantó ver la chispa de curiosidad que apareció en los ojos del agente.
Puso la carta original al lado de la revisada.
—En Escocia, el alcohol se mide en pintas, no en litros. El Reino Unido no utiliza el sistema métrico. Y en los pubs normalmente beben cerveza, no vino.
La sonrisa complaciente de Gable desapareció al instante.
—Lo miraré hoy, pero no será hasta después de medianoche. Es viernes y tengo planes —anunció ella.
Él la atravesó con la mirada y abrió la boca, pero, en un inesperado arrebato de valor, ella no lo dejó decir nada.
—Hacerme preguntas sobre mi vida personal no es parte de su trabajo —sentenció.
Una vez fuera, vio que la niebla cubría los bulevares iluminados por las farolas, que le daban a la ciudad un color anaranjado difuso. Pasaron a su lado varias varinas * con las cestas vacías, de camino al puerto para hacerse con las primeras capturas del día.
Se llenó los pulmones del aroma refrescante del salitre y del azahar de los naranjos, una fragancia que ya identificaba como algo propio de Lisboa. Alzó la cara para aprovechar el aire húmedo de primera hora de la mañana, disfrutando de la sensación fresca sobre sus mejillas acaloradas.
El reconocimiento de sus habilidades por parte del coronel había sido un shock .
Su inteligencia no era algo que todo el mundo valorara.
Ni siquiera lo hacía Pete. Cuando vivía en Boston, a él no le gustaba perder contra ella cuando escuchaban el concurso Professor Quiz en la radio de su apartamento.
Pero ahora necesitaban su mente allí. Y eso le hizo sentir un poder inesperado. Tal vez por eso la había hecho sentir tan bien (demasiado, tal vez) poner a Gable en su sitio.