Las bibliotecarias de Lisboa 6 #2
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—Exacto —corroboró el coronel—. Los términos del acuerdo luso-alemán establecen que Portugal debería limitar la cantidad del mineral que se le entrega a Alemania.

Pero los alemanes han tomado las riendas de la situación y compran con precios al alza, o de forma clandestina, más wolframio del que les corresponde.

Interceptan barcos que lo trasportan a los países Aliados y lo sacan de contrabando por la frontera portuguesa para llevarlo a territorio ocupado en trenes fantasma alemanes.

Cada gramo que llega a sus manos de contrabando deja a los Aliados en desventaja en cuanto a la fabricación de municiones.

—Miró atentamente a Bea—. Ahí es donde entra usted.

Le hizo una señal a Gable que, con una gran desgana, le pasó a ella una carpeta que tenía en un cajón de la mesa. Pesaba. Dentro había un montón de perfiles y fotografías de hombres.

—¿Quiénes son? —preguntó.

—Los barones portugueses del wolframio. Algunos están de nuestro lado.

Otros son simpatizantes de los nazis. Sabemos que uno de estos hombres le está vendiendo información a Alemania sobre los cargamentos de wolframio, pero no sabemos cuál.

Les ha estado dando a los nazis las ubicaciones de los barcos británicos y estadounidenses que transportan el mineral para ayudarlos a hacerse con él de forma fraudulenta y transportarlo a escondidas a territorio ocupado.

El objetivo de la operación Caperucita es identificarlo antes de que pueda hacer más daño.

—Pero ¿de cuánto wolframio estamos hablando? Seguro que ambos bandos hacen los suficientes tratos en el mercado negro como para mantener el equilibrio.

Bea necesitaba creer, aunque solo fuera durante un minuto más, que podía librarse de todo aquello, de la terrible responsabilidad que implicaba.

Fitzgerald negó con la cabeza.

—Ese hombre, al que llamamos el Lobo, ha inclinado la balanza. Alemania se ha vuelto avariciosa y los Aliados están furiosos. Si acaban culpando a Salazar, eso podría obligar a Portugal a entrar en la guerra. La neutralidad del país pende de un hilo.

—Se supone que tenemos que descubrir quién es, ¿y después qué?

—Matarlo —sentenció Gable—. Si hace falta. —Observó la cara de Bea, esperando su reacción—. Librarse de cadáveres no tiene nada que ver con clasificar libros, ¿verdad? ¿Sigue queriendo participar en esto?

El miedo se instaló en su garganta, pero prácticamente lo superaba la ira que le provocaba la arrogancia de Gable. Si lo que quería era asustarla, no le iba a dar esa satisfacción.

—La muerte es un precio que hay que pagar en la guerra.

—En cuanto las palabras salieron de su boca, se sintió acosada por la culpa.

¿Qué la había poseído para decir algo tan frío?

Sí, era cierto, pero decir algo como eso en voz alta era equivalente a condenar a su hermano, o a Pete, a una sentencia de muerte.

Aun así, se negó a dejar que Gable ganara esa batalla. Nunca se había imaginado participando en una misión clandestina y tan peligrosa como aquella. Y aunque estaba aterrada, negarse no era una opción. El coronel ya se lo había dejado claro.

Miró fijamente a su superior, pero no pudo evitar que le temblara la voz cuando dijo:

—Es un honor poder contribuir.

—Gracias. —El coronel se levantó y le dio un juego de llaves.

Ella las guardó rápido, para que no viera que también le temblaban las manos—.

Son del estudio de mi despacho y de esta puerta.

Cierre ambas con llave siempre. —Debió de adivinar lo que estaba pensando, porque añadió—: No se preocupe por mis supuestas «amantes».

Es parte de mi tapadera. Mi esposa me mataría si se me ocurriera hacerle algo así.

—Rio en voz baja y ella vio un destello del hombre felizmente casado que debía de ser cuando volvía a su casa.

Asintió.

—¿Y qué pasa con mi trabajo en las oficinas del idc?

—Seguirá con sus compañeras normalmente durante la jornada laboral. Su trabajo con Gable empezará después de que ellas acaben y se vayan.

«Después de que se vayan». Sintió una enorme angustia. Quedarse a trabajar allí hasta tarde significaba no poder ir a los muelles.

—Pero, señor, ¿no hay alguna forma de que pueda venir aquí durante el día? Podría hacer el trabajo del idc en la mitad de tiempo y…

—No lo dudo. Pero cualquier cambio en su rutina diaria llamaría demasiado la atención. Las otras bibliotecarias no pueden saber nada de esta misión. Ni ellas ni nadie.

—Comprendido, señor. —Se tragó su decepción.

Si no podía ir al puerto por las noches, pasaría por allí de camino al trabajo.

Tal vez podría hacer amistad con algunos de los estibadores que ayudaban a cargar los barcos de pasajeros.

Es posible que ellos supieran algo sobre los «desconocidos» que iban en los barcos.

Encontraría la forma de seguir buscando a Pete. No tenía más remedio.

Fitzgerald se dirigió a la puerta, pero se detuvo.

—Oh, su nombre en clave. A partir de ahora será «Lector».

En otras circunstancias le habría gustado ese nombre, pero en aquel momento le parecía que era como una piedra de molino atada a su cuello. Era cierto que la habían entrenado para el espionaje, pero ella no era agente. Nunca quiso serlo. Era bibliotecaria.

Seguía dándole vueltas a todo aquello, completamente en shock , cuando Gable le señaló la carpeta de perfiles que tenía en el regazo.

—Memorice los archivos que hay ahí dentro.

Necesita conocer al dedillo a todos esos empresarios del wolframio: dónde comen, con quién se acuestan, con quién beben.

Y también está esto. —Señaló con la cabeza un montón de papeles de unos treinta centímetros de alto que había en su mesa—.

Registros de todas las compras y exportaciones de wolframio que se han hecho en los últimos seis meses, según lo declarado a la Comissão do Comércio de Salazar.

Tiene que buscar incoherencias. Cualquier transacción que le parezca inusual.

—Después indicó un segundo montón, todavía más alto que el anterior—.

Y esto. Las comunicaciones con la Abwehr a través de la Spinnennetz, desencriptadas.

Mis agentes ficticios se comunican con ellos mediante cartas.

A veces también transmisiones de radio. He inventado para ellos vidas y misiones, en Gran Bretaña y aquí. Familiarícese con todos.

Gable agarró una blazer de lino y se la colgó del hombro.

—Voy a salir.

—¿No debería ir con usted? —preguntó ella, insegura. Si la salida de Gable tenía que ver con la misión, no quería ir. Ese trabajo de oficina era seguro, pero dudaba que se pudiera decir lo mismo del sitio al que iba el agente.

—Ni lo sueñe. Si el coronel la quiere aquí, se ocupará del trabajo administrativo. Nada más. —Volvió a señalar con la cabeza las carpetas—. Para cuando yo vuelva, espero que se haya aprendido y comprenda toda esa información.

—¿Y cuándo regresará? —Tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantener la calma.

Él sonrió burlón.

—Hacerme preguntas sobre mi vida personal no es parte de su trabajo.

Y dicho eso, desapareció por una puerta que estaba en el otro extremo de la habitación sin hacer el menor ruido, como una sombra.