Las bibliotecarias de Lisboa 6
18%

6

Bea se inclinó sobre el lector de microfilm para comprobar la claridad de las palabras en la pantalla.

Le había llevado varios días microfilmar el contenido de un manual militar alemán.

Apoyó la espalda en el respaldo de la silla y se desperezó, satisfecha.

La película del manual militar estaba en perfectas condiciones.

La estaba sacando del aparato cuando el coronel Fitzgerald se acercó a ella.

—El mensajero está esperando fuera —anunció.

—Los archivos ya están listos.

Metió la película en una valija diplomática, con otras dos que ya había comprobado, y se la dio al coronel. Como se trataba de contenido sensible, el mensajero llevaría siempre consigo la valija, hasta que la entregara en mano a los oficiales militares de mayor rango en Washington.

—Buen trabajo, como siempre, señorita Sullivan —la felicitó el coronel, y después miró a las otras mujeres, que estaban agarrando sus bolsos para marcharse—. ¿Podría quedarse hasta tarde esta noche? Quiero comentarle algo… en mi despacho.

A Bea se le cayó el alma a los pies. Quedarse hasta tarde significaba que no podría llegar al puerto antes de las seis para ver la salida del Serpa Pinto, un buque de pasajeros portugués.

No había «desconocidos» en el manifiesto de ese día para el barco, pero aun así quería ir al muelle por si aparecía Pete.

La rutina de sus visitas para hacer la comprobación de rigor le ofrecía cierto consuelo, incluso un poco de esperanza.

Pero esa noche no tenía otra opción que hacer lo que el coronel le pedía.

—Sí, por supuesto, puedo quedarme.

Bea lo siguió. Nora la miró cuando salía, con la cara llena de preocupación. Cuando ella entró, el coronel cerró la puerta y echó la llave.

Después la miró con la cara muy seria.

—Me ha impresionado usted durante estas últimas semanas. Sus habilidades son excepcionales, señorita Sullivan, y las necesitamos desesperadamente. Pero en otra parte.

Bea parpadeó.

—¿Cómo dice, señor?

Él abrió la puerta de su estudio y le hizo un gesto para que entrara con él.

—Lo que estoy a punto de revelarle pone en peligro mi carrera, y la suya. Y también es una amenaza para su vida. Pero teniendo en cuenta lo que ya ha visto y oído, y sus capacidades, no hay otra opción. Es esto o enviarla de vuelta.

Bea entró con cautela y esquivó el diván, rezando por que aquello no fuera un espantoso intento de seducción. Por suerte, el coronel fue directo a la estantería. Acarició con los dedos los lomos de los libros, despacio y de forma deliberada.

—Cuarta balda, el sexto desde la derecha. Guerra y paz . Recuérdelo. —Empujó el libro hacia dentro y la estantería se abrió, revelando el pasaje que Bea había visto su primer día de trabajo.

—Sígame.

Bea miró el pasadizo en penumbra con paredes de frío cemento y sintió que, si cruzaba ese umbral, no habría vuelta atrás.

Se armó de valor y se sumergió en la oscuridad.

El coronel encendió una linterna y ella parpadeó varias veces mientras sus ojos se adaptaban a la escasa luz. Lo siguió por varios recodos, memorizando la ruta; iba a necesitar salir de allí, con ese hombre o sin él. Según iban pasando los segundos, cada vez confiaba menos en su jefe.

La voz del coronel Fitzgerald le llegó desde un poco más adelante.

—Se puede llegar hasta aquí de muchas maneras y desde puntos repartidos por toda la ciudad, pero las demás opciones de entrada están restringidas para el uso exclusivo de nuestros otros agentes. Este es el único pasaje que usted puede usar para entrar en el coe.

—¿El coe? —repitió Bea.

Por fin llegaron al final de un pasadizo especialmente estrecho y encontraron una puerta metálica.

—coe son las siglas de Centro de Operaciones Encubiertas. —Abrió la puerta con una llave—. Bienvenida al cuartel general de las comunicaciones clandestinas entre la oss y el mi5.

Bea tragó saliva. El mi5 era la agencia de inteligencia más secreta y enigmática de Reino Unido. No sabía cómo lo había hecho, pero de repente se había metido en todo aquello hasta el cuello. Estaba aterrada.

Con una gran aprensión en el corazón, Bea entró en un búnker subterráneo que olía a tierra húmeda y a humo de cigarrillo.

Acababa de cruzar el umbral cuando una voz grave con acento español preguntó enfadada:

—¿Qué hace ella aquí?

Un hombre se acercó a ellos con una expresión inflexible.

Reconoció su cara y se ruborizó involuntariamente.

Llevaba una camisa ajustada remangada hasta los codos, que dejaba a la vista unos antebrazos bien formados.

Los pantalones de verano de tela ligera tenían una hechura perfecta, adaptada a su cuerpo musculoso.

El coronel, que estaba al lado de Bea, suspiró.

—Bea, este es su nuevo colaborador, nombre en clave Gable.

Gable cruzó los brazos y se quedó esperando.

—¿Y bien? —No miró al coronel, sino que fijó sus ojos de color azul ártico en Bea. Ella contuvo como pudo un estremecimiento.

En la Granja había hombres que controlaban salas enteras llenas de gente con sus gritos, pero lo de Gable era algo diferente. Tenía la autoridad palpable de un hombre con una determinación singular y letal.

—Estoy aquí para ayudar. —Bea pasó al lado de Gable con la intención de reclamar su sitio en la habitación. Y para mantener la compostura tuvo que recurrir a algo dentro de ella que no sabía que existía.

—Ya se lo he dicho. Ella no puede estar aquí.

—Ha visto y oído demasiado —replicó Fitzgerald—.

No tengo elección. Y tú necesitas ayuda.

No lo niegues. —Miró a Bea—. La oss está colaborando con el mi5 en varias misiones y esta es una de las oficinas de referencia para esa colaboración.

Me informará directamente a mí, señorita Sullivan.

En cuanto a Gable, él tiene varios contactos. Yo soy solo uno de ellos.

Bea estudió la habitación. Era sepulcral: oscura, pequeña y llena de equipos de vigilancia. Había varias mesas y sillas y un catre en una esquina, lo que le hizo preguntarse cuántas veces se habría quedado Gable allí, trabajando toda la noche.

Reconoció varios objetos que había visto durante su entrenamiento: dispositivos de cifrado, radios de onda corta y varias microcámaras.

Ver ese conjunto de cosas la tranquilizó un poco; era posible que su entrenamiento en la Granja fuera suficiente para enfrentarse a esa misión inesperada.

Sus ojos se posaron en un teletipo que había sobre la mesa más cercana y enseguida lo descodificó mentalmente.

Estaba en alemán y contenía información sobre los movimientos de tropas estadounidenses en África.

Se giró para mirar al coronel y a Gable, para que confirmaran su teoría.

—Están pasándoles información falsa a los nazis.

—Eso es parte de lo que hacemos aquí, sí. —El coronel asintió, impresionado. Miró al otro hombre y comentó, como si ella no estuviera allí—: Ya te he dicho que tiene un cerebro privilegiado.

—Yo trabajo solo.

Bea vio en sus ojos un brillo peligroso.

—Tu red de agentes ficticios es inestable —contraatacó el coronel—. Ella puede ser un segundo par de ojos, alguien que mantenga tu red organizada.

Gable resopló.

—No está preparada. Comprometerá toda la misión.

El coronel abrió la boca para hablar, pero Bea se adelantó.

—¿Por qué no me explica la misión para que yo pueda decidir por mí misma si estoy preparada o no?

Algo oscuro apareció en la cara de Gable, pero Fitzgerald carraspeó y se sentó.

Tal vez se lo estaba imaginando, pero le dio la impresión de que el coronel se había sentido aliviado por su intervención.

Ella se acomodó en una silla también y esperó hasta que por fin Gable hizo lo mismo, claramente a regañadientes.

—Operación Caperucita —empezó el coronel—.

Esa es la misión. Tenemos varios agentes de la oss trabajando en ella en territorio ocupado, pero Gable es el principal agente del mi5 aquí.

—Se inclinó hacia delante en su asiento, apoyó los codos en las rodillas y miró fijamente a Bea—.

También es agente de la Abwehr, la inteligencia alemana. Su nombre en clave alemán es Arno.

—Trabaja para los nazis —dijo ella en un susurro, sin molestarse en intentar ocultar su desprecio.

Gable unió las manos y apoyó la barbilla en ellas, con la mirada impenetrable.

—Siempre es mejor tener al enemigo cerca, señorita Sullivan.

—Es un agente doble, sí —continuó el coronel—. Pero la lealtad de Gable está con los Aliados. Ha creado una red de agentes falsos, con vidas y ubicaciones ficticias. Los alemanes llaman a esa red Spinnennetz.

—La telaraña. Y esos agentes imaginarios les pasan información a los alemanes. —Miró a Gable—. Información que él se inventa.

El agente se limitó a asentir, impasible.

Bea sintió que crecía su irritación.

—¿Y esa información tiene que ver con…?

—Wolframio. —El tono del hombre encerraba un desafío. Estaba intentando desconcertarla.

—También conocido como «tungsteno metálico» —respondió, visualizando los artículos que había leído sobre la «fiebre del wolframio» en The Boston Globe —.

Lo utilizan los Aliados y las potencias del Eje para fabricar municiones que pueden penetrar el blindaje más grueso.

Portugal tiene en la actualidad en sus minas los mayores depósitos de wolframio del mundo.

Los wolframistas, que son especuladores, se lo venden a cualquiera: Alemania, Gran Bretaña y Estados Unidos.