5 #2
—Yo nunca bromeo —afirmó, y se la llevó a un rincón tranquilo, detrás de una cortina de terciopelo.
Ella se aseguró de parecer receptiva cuando él primero se puso a juguetear con un rizo de su pelo oscuro y después le acarició la clavícula. Selene estiró el cuello en un gesto exagerado de placer. Entonces los dedos de él le envolvieron la garganta y apretaron un poco.
El miedo se deslizó por su columna como una anguila.
—Pórtate bien, ¿quieres? —susurró él, rozándole el cuello con la nariz.
«Pórtate bien». Esas palabras, que ya había oído antes, provocaron que todas las alarmas saltaran en su mente.
Hizo una mueca cuando la atrajo hacia él y le llegó el olor agrio de su aliento.
En su mente se colaron los recuerdos de otra noche: la misma forma de agarrarla, las mismas palabras. Se obligó a enterrar esos recuerdos, pero volvieron en tromba en cuanto notó el contacto de Nelio, y estuvieron a punto de hacerla perder la compostura.
Se le hizo un nudo en la garganta por el pánico. Tuvo que zafarse de sus manos e hizo lo que pudo por soltar una risita al mismo tiempo.
— Senhor , esos modales. No se olvide de que está hablando con una dama, no con un animal al que quiere ponerle una correa.
El asombro le duró a Nelio solo un segundo y después rio entre dientes.
—Me gustan los desafíos, senhora .
—Me temo que ha confundido usted mis intenciones. Mis más sinceras disculpas. —Levantó su copa de champán y la vació de un trago.
Nelio frunció el ceño.
—Me parece que era usted la que iba provocando, no yo. Pero veo que tal vez deberíamos dejarlo para otra ocasión.
—Tal vez —repitió Selene, y lo miró con una sonrisa leve cuando él se apartó para abandonar su escondite.
Estaba corriendo un riesgo al rechazarlo, pero dudaba que él fuera cotilleando por ahí sobre el tema. A un hombre como ese le resultaría demasiado embarazoso.
Pero la misión…
Se dirigió con parsimonia a la salida. Solo cuando cruzó las puertas del Aviz y salió a la noche neblinosa, permitió que su fachada se desmoronara un poco.
Casi no le había dado tiempo a recuperar el aliento cuando apareció Marguerite.
—¿Qué haces aquí fuera cuando tu objetivo sigue dentro? ¡Solo! —Sus ojos echaban chispas—. No te puedes permitir insultar a un hombre como Cardosa. Nadie puede.
Las piernas se le habían vuelto de gelatina.
—Lo siento, yo…
—Te has bloqueado —respondió Marguerite por ella.
Selene no podía explicarlo. Y poner excusas solo la haría parecer inadecuada para su misión. Se irguió y le ordenó a su cuerpo que se pusiera firme.
—No volverá a pasar.
—En eso tienes razón. —Marguerite miró hacia el vestíbulo del hotel y después susurró—: Cardosa no da segundas oportunidades.
Tendrás que probar una táctica diferente.
—Sacudió la cabeza—. En esta misión no nos podemos permitir caprichos de prima donna .
No hay tiempo para que yo vaya contigo paso a paso, llevándote de la manita, ¿me comprendes?
Selene asintió y Marguerite se fue.
Unos instantes después, el portero del hotel le paró un taxi. Cuando se cerró la puerta, ella apoyó la cabeza contra el vidrio frío de la ventanilla. Mientras el coche giraba en la rotonda de la plaza do Marquês de Pombal, las palabras de Nelio se repetían en la mente de Selene.
«Pórtate bien». Lo mismo que Giles le dijo la noche en la que ella se entregó a él.
Selene entonces no tenía experiencia y creía que ese placer sin complicaciones que su madre parecía obtener al llamar la atención de los hombres era un premio fácil de ganar.
De hecho, fue precisamente su madre quien orquestó que Selene y Giles se fueran a la playa, los dos solos, aquella noche.
Tras las copas de después de la cena, los echó diciendo: «Divertíos y haced travesuras».
Giles y ella se tumbaron entre las dunas juntos.
Selene estaba un poco achispada por el champán y su cuerpo estaba acalorado y lleno de deseo después de una sesión de besos con Giles.
Acababa de graduarse en Wellesley y se veía como una mujer de mundo que ya estaba preparada para eso.
No había nada especialmente encantador en Giles, excepto la considerable fortuna de su familia, que él iba a heredar algún día, como su madre no dejaba de recordarle.
Cuando le comentó que estaba frustrada porque no había podido estudiar lo que ella quería en Wellesley, él no le dio la más mínima importancia.
—¿Por qué demonios te molestas en estudiar una carrera? Nunca vas a ejercer —fue su respuesta.
Pero Selene estaba fascinada por su atractivo y él había despertado su pasión con la urgencia de su boca y de sus manos al recorrerle el cuerpo.
Se rio y provocó a Giles, quitándole la ropa con una prisa juguetona y curiosidad por descubrir cada centímetro de esa piel misteriosa que se escondía debajo.
Pero cuando llegó el momento de la verdad, las manos de Giles se volvieron impacientes.
—Ahora pórtate bien y quédate quieta. —Ese fue su único aviso.
La ardiente necesidad que había provocado con sus besos se transformó en un dolor lacerante. La posibilidad de cambiar de opinión, si es que en algún momento la tuvo, ya había quedado anulada.
Cuando él terminó, se levantó y se sacudió la arena de los pantalones.
—La carrera de Botánica —murmuró para sí, y después se echó a reír—. Te voy a decir una cosa. Si vas a estar conmigo, ya te compraré yo todas las flores que puedas querer.
Sonó como si para él comprar su afecto perpetuo fuera solo un juego. Y, por primera vez, Selene sintió una profunda repulsión por él.
Después, en el silencio de su habitación, se le ocurrió que podría haberle dicho que no. Ella también quería, sí, pero no de esa forma brusca y mecánica.
En el taxi, al notar la humedad del aire caliente de Lisboa en las mejillas, Selene se estremeció.
Cuando llegaron, el taxista tuvo que llamar su atención varias veces, hasta que ella se dio cuenta de que el coche estaba parado delante del Hotel Amizade.
Se disculpó, se apresuró a pagar al hombre y entró corriendo en el hotel, deseando solamente meterse en la cama y dormir para poder olvidarlo todo.