Las bibliotecarias de Lisboa 5
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—Bueno, no es un Vionnet, pero no se puede hacer más en un solo día —Marguerite le echó un vistazo crítico a lo que llevaba puesto Selene: un vestido estilo columna de color frambuesa y adornado con cuentas doradas, a conjunto con una chaqueta corta de tela marquisette .

—Los hombres le prestan poca atención a lo que llevamos. Solo les importa lo que nos quitamos. —Selene sonrió, porque le dio la sensación de que sería un gran error dejar que la otra mujer detectara su inseguridad.

Marguerite no mostró el mismo entusiasmo que Selene.

—El prestigio no se gana necesariamente a través de la seducción. Será mejor que aprendas eso enseguida, ma petite debutante.

—Sí, claro. —Selene perdió un poco de su coraje.

Desde su posición privilegiada y oculta en la galería, Marguerite y ella estaban seguras y fuera de la vista, pero tenían una imagen perfecta de la escena que se desarrollaba más abajo. Selene miró desde allí el salón renacentista del hotel.

El Aviz, que en el pasado fue una mansión familiar, mantenía muchos de sus tesoros originales, detalles que lo convertían en uno de los hoteles más lujosos de Lisboa.

Con sus terrazas con azulejos pintados a mano, arcos de entrada ornamentados y coloridas alfombras, la grandiosidad del hotel solo quedaba superada por la de las personas que lo frecuentaban.

Todos los huéspedes iban exquisitamente vestidos con el dernier cri , como si los hubiera bautizado el mismísimo Midas.

Por primera vez en su vida, se sintió una intrusa.

—Mi número empieza dentro de quince minutos. Veremos qué has conseguido para entonces. Impresióname. —Marguerite señaló a una pareja que estaba de pie delante de la majestuosa balaustrada de hierro: una mujer rubia con un vestido bordado con cuentas doradas y un hombre con el pelo canoso y gafas.

Selene los identificó enseguida.

—José Barbedo, el ministro de Finanzas de Salazar, con su amante, la condesa francesa Elise Archambeau. Los vi en mi primera noche en el casino.

—Les encanta dejarse ver —añadió Marguerite—.

Pero no pierdas el tiempo intentando seducir a José.

Elise y él son amantes desde hace años. Y su posición en cuanto a Salazar es la más precaria.

Mientras la economía portuguesa vaya bien, él también prosperará.

Por eso tiene que hacer todo lo posible por asegurarse de que siga así.

La condesa se supone que es amiga de toda la vida del duque y de la duquesa de Windsor, pero también es posible que estuviera involucrada en un plan para secuestrarlos a ambos. No confíes en ella.

—¿Y de qué lado está? —preguntó Selene.

—Eso lo tendrás que descubrir tú. Tiene contactos con la mayoría de las familias reales exiliadas europeas. Gánate su confianza y conseguirás la de las otras mujeres también.

Ella asintió y señaló a otras dos parejas que había frente a Elise, los cuatro murmurando con aire conspirador como si estuvieran compartiendo un delicioso secreto.

—Esa es la baronesa von Hoyningen-Huene, esposa del embajador alemán. Y Rafael Delgado, un exiliado español.

Marguerite asintió.

—Ten cuidado con ese camaleón. El Reich lleva años tentando a Delgado. Al final va a resultar que habla mejor alemán que español. —Miró a Selene de forma elocuente y ella recordó los rumores que había oído sobre las alianzas de ese hombre.

—Y aquel es Eduardo Ferrito, uno de los favoritos de Salazar, y su amante Rosalinda Bianchi. Rosalinda es italiana, pero salió de su país poco antes de que Mussolini se aliara con Hitler. No habla de su pasado, pero lo que sí sabemos es que Ferrito se ocupa de todos sus gastos.

Selene estudió a Rosalinda, con su pelo castaño, intentando adivinar si sería fácil hacerse su amiga.

En un salón lleno de sonrisas muy bien ensayadas, la de Rosalinda, tan libre de cualquier pretensión, resultaba refrescante.

Vio que un tacón se le enganchaba en el borde de una alfombra y ella trastabillaba, pero se recuperó enseguida con una risita humilde que hizo sonreír a Selene.

Elise y Rosalinda. ¿Podría fingir que era una de ellas?

Marguerite siguió señalándole a los invitados más influyentes que había en el hotel mientras ella examinaba el lugar y memorizaba caras y nombres.

Estaba el gran magnate del petróleo, posteriormente desposeído, Calouste Gulbenkian, la bella actriz húngara Zsa Zsa Gabor y Toma Petrea, un importante marchante de arte rumano, famoso por haber adquirido algunas de las mejores obras de Picasso y Matisse.

Parecía que en todos los rincones había escritores, artistas, grandes empresarios y miembros de la realeza.

—Y ahí está tu objetivo de esta noche. —Su contacto señaló con la cabeza a un hombre corpulento, de pelo brillante, que acababa de entrar—.

Nelio Cardosa, el ministro de Asuntos Exteriores.

Le gustan los barcos y la absenta. Cambia de amante a la misma velocidad con que acaba sus copas.

Su gusto por ambas cosas es legendario, como lo es también su carácter.

Pero esta noche está solo y disponible. —Una expresión de enfado apareció brevemente en la cara de Marguerite.

—La agente que se suicidó —dedujo Selene—. ¿Era su amante?

—Louise Vella. Era una de ellas, sí. Otra es Teresa Moretti, la pelirroja del vestido verde que está en la barra. Pero ahora mismo Nelio no le dirige la palabra. La acusa de haber tenido una aventura con Marc Chagall.

—¿El artista? ¿Y es verdad?

La otra mujer se encogió de hombros.

—Posiblemente. Si la tuvo, fue hace años.

Pero ninguno de los dos perdona una ofensa ni una discusión.

Corre el rumor de que Teresa envenenó a una de las anteriores amantes de Nelio, pero nadie se lo cree de verdad.

A mí me parece que es justo al contrario, que a Teresa le gusta la competencia.

Así puede librarse de él una temporada y pasárselo a otra cuando se porta como un cerdo. Tú puedes formar parte de su colección.

—¿Y quieres que se lo proponga delante de ella? —preguntó Selene, que tenía sus dudas.

—A los dos les encanta lanzarse a la yugular del otro para después hacer las paces. Pero no te equivoques, ella te utilizará para jugar con él. Solo te ganarás su respeto si consigues arrebatárselo.

—O me envenenará.

—También existe esa posibilidad. —Marguerite la observó con una mirada de aprobación por primera vez esa noche—.

Vas aprendiendo. Bien. —Sacó del bolso un reloj de bolsillo de diamantes para mirar la hora—.

Tengo que irme. Cuando nos separemos, no me busques.

Si te necesito, ya te encontraré yo a ti.

En cuanto pisemos el salón, no nos conocemos. ¿Entendido?

Selene asintió. Esperó un par de minutos para que Marguerite pudiera poner distancia entre las dos y después se dirigió hacia el glamuroso bullicio.

No le gustaba la idea de enfrentarse a una mujer vengativa como Teresa, ni tampoco la de provocar una explosión del carácter de Nelio.

Pero no podía negarse a realizar esa tarea.

Era su iniciación, su puerta de entrada al círculo más íntimo de Salazar.

Inspiró hondo para reunir fuerzas, tomó una copa de champán que le ofrecía un garçon que pasaba por allí y entró.

Varias cabezas se giraron para mirarla mientras iba cruzando el salón; una de ellas, la de Nelio Cardosa.

Ella le respondió con una sonrisita y, como esperaba, él fue directo a por ella.

Notó el revelador rojo de sus mejillas y su nariz y el tono amarillento de los ojos.

Su padre tenía una apariencia similar tras pasar un par de semanas bebiendo sin parar, normalmente cuando llegaban a sus oídos los últimos rumores sobre las aventuras de su madre.

Era evidente que a aquel hombre le gustaba el alcohol, y mucho.

Le hizo una levísima reverencia, un gesto que a muchos hombres poderosos les resultaba gratificante.

—¿Qué hace un hombre tan guapo aquí solo, senhor… ?

—Cardosa. —La miró con una sonrisa depredadora—. Y ya no tengo que seguir estando solo, ¿no le parece?

Ella extendió la mano.

—Selene Delmont.

—Un nombre muy bonito para una mujer verdaderamente preciosa. ¿Le apetece dar una vuelta conmigo? —Le ofreció el brazo y ella asintió.

Muchos ojos interesados, incluidos los de Teresa, la observaron mientras ambos daban una vuelta por todo el perímetro del salón. En el otro extremo, Marguerite empezó su número junto con un trío de jazz. Selene sintió su mirada penetrante, analizando sus posibilidades de éxito.

—¿A qué le debo el honor de su presencia esta noche? —le preguntó Nelio mientras paseaban—. Creo que no la he visto antes frecuentando este terreno.

Selene dudó. Había llegado el momento de probar su nueva historia.

—Tengo que confesarle algo. Soy una impostora. Acabo de llegar de los Estados Unidos y necesitaba sentirme un poco como en casa, así que he venido aquí. —Dejó esas palabras en el aire, esperando a ver si él mordía el anzuelo. Y lo hizo.

—¿El Aviz le recuerda a su casa? —Nelio la miró escéptico.

Ella se echó a reír.

—Echo de menos la mansión de mi familia en Nueva Inglaterra. —Suspiró—. Mi padre perdió su fortuna en la Depresión. Por eso me he visto obligada a venir aquí a trabajar como secretaria. —Se aseguró de decir la palabra «secretaria» con una evidente repugnancia.

—Pobre ratoncilla. —Nelio chasqueó los dedos en dirección a un garçon que pasaba para que le rellenara la copa de oporto—. Cómo no va a echar todo eso de menos. —Le envolvió ambas manos con las suyas—. Estos dedos… Están hechos para llevar anillos elegantes, no para rebajarse a escribir a máquina.

—Tuve que vender todas mis joyas para pagarme el pasaje. Pero he conservado mis vestidos. Me moriría sin ellos.

Él chasqueó la lengua, consternado.

—Oh, querida. Debería ir todos los días envuelta de pies a cabeza en diamantes.

Ella le acarició el antebrazo con un dedo.

—No, no bromee con esas cosas, senhor .

Las comisuras de sus labios se elevaron un poco y notó que el deseo irradiaba de su cuerpo.