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Bea le puso la tapa a la última caja y después se quedó a ver cómo la tripulación de marines se llevaba las que faltaban. Desde las oficinas del idc transportarían esa preciosa carga a un avión Clipper, que la llevaría a los Estados Unidos para que la conservaran en la Biblioteca del Congreso.
—Deberíamos encontrarles algún otro trabajo a esos chicos antes de que se vayan —comentó Nora mientras los miraba alejarse—. No me importaría llevarme al rubio a dar una vuelta en mi barco un día de estos.
Helen chasqueó la lengua, pero sonrió.
Dorothy puso los ojos en blanco.
—Mucho hablar, pero luego…
Bea miró la sala, que el día anterior estaba a rebosar de pilas de libros, revistas y periódicos.
Cuando no estaban clasificando los materiales impresos que llegaban en oleadas a las oficinas cada día, de manos de las otras bibliotecarias que se ocupaban del «trabajo de campo», esas mujeres también tenían que rebuscar en las librerías y los quioscos de la ciudad para encontrar más material.
Compraban los libros y publicaciones periódicas que podían, hacían trueques para hacerse con otras cosas, y unas cuantas las conseguían de contrabando a través de los canales del idc que trabajaban tras las líneas enemigas.
En la última expedición de caza y recolección habían adquirido muchísimo material indispensable: mapas, manuales de maquinaria y ejemplares sin censurar de los periódicos alemanes.
—Ojalá pudiéramos quedarnos con Rubaiyat de Omar Jayyam —comentó Bea.
Ni se había fijado en los marines. Estaba concentrada en sostener ese magnífico libro en las manos hasta el último segundo. Era una edición de Sangorski & Sutcliffe que no había visto nunca, con un impresionante pavo real adornado con piedras preciosas en la portada.
—Tendrías que haber estado aquí cuando llegó la edición de 1909 de los cuentos de los hermanos Grimm.
Firmada por Arthur Rackham en persona. —Helen suspiró—.
Cuesta tanto separarse de todos… Pero al menos podemos tenerlos en las manos durante un tiempo.
Es una oportunidad que no está al alcance de todo el mundo.
Nora asintió.
—Y dentro de nada van a llegar más pilas que clasificar.
Era su segunda mañana en el trabajo, pero Bea ya había mejorado el sistema de catalogación y embalaje de aquella oficina.
Concentrarse en los libros la ayudaba a no pensar en Pete, ni en los manifiestos que había en el despacho del coronel.
No había encontrado la forma de echarles un vistazo, pero la distracción que suponía la catalogación le servía para mantener a raya su frustración y que no la volviera loca.
Le parecía que encajaba bien en su nuevo y extraño papel de bibliotecaria en tiempos de guerra.
—Mirad este sitio. Está totalmente vacío. Nunca hemos enviado tantas cajas en un solo viaje —comentó Dorothy.
—¿Hemos? —respondió Nora—. Querrás decir que ha enviado Bea. Ella ha hecho la mayor parte.
Helen la miró con cara de comprensión.
—Es satisfactorio, ¿verdad? Y así mantienes la mente ocupada y no le das vueltas a cosas que es mejor no pensar.
Le dio un apretón en el hombro y no dijo nada más, pero Bea comprendió que Helen veía en ella una necesidad que conocía, porque la sentía también: la de centrarse en algo tangible, solucionable. Su compañera se volcaba en el trabajo para no ahogarse en su duelo. Igual que ella.
—Me lo he pasado bien haciéndolo.
De hecho, se sintió muy aliviada cuando vio que su sistema de clasificación y organización era más rápido.
Mientras Bea y Helen trabajaban, Nora y Dorothy cotilleaban sobre el guapo toureiro que habían conocido en Bairro Alto.
La temporada de corridas de toros en la plaza de Campo Pequeno ya había terminado, pero Nora había conseguido que él le prometiera asientos de primera fila para la primera corrida de la primavera siguiente.
—¿Que te lo has pasado bien? —Nora la miró escéptica—.
Cariño, que Dios te ayude si esto es para ti pasártelo bien.
Yo trabajo aquí porque es mejor que estar en casa con un delantal y un montón de niños.
Y para contribuir al esfuerzo bélico. Pero mi forma de pasármelo bien no tiene nada que ver con esto.
Bea señaló con la cabeza discretamente a Helen, y Nora se puso pálida.
—Oh, Dios, Helen, perdona. No quería…
—Lo sé. —Helen sonrió, aunque esa sonrisa no se reflejó en sus ojos—. No pasa nada. —Después miró a Bea—. Nos has hecho un favor a todas. Gracias.
—De nada —respondió, intentando aceptar el halago.
Entablar amistad con otras mujeres nunca le había resultado fácil, excepto en el caso de Selene.
En la universidad, sus compañeras no entendían cómo funcionaba su mente, y mucho menos su capacidad para recitar páginas enteras con una precisión total.
Y no ayudó que su madre se pusiera enferma y ella tuviera que hacer dos cursos a la vez en Mount Holyoke para poder graduarse en la mitad de tiempo.
A ninguna de sus compañeras adineradas les gustaba que los profesores elogiaran el intelecto de Bea, ni que estuviera allí gracias a una beca, aunque era la primera de la clase.
Y ella solo se sentía a gusto en la biblioteca de la universidad, entre las estanterías llenas de libros bien cuidados.
Dorothy asintió.
—El único problema es que, si seguimos a este ritmo, el coronel Fitzgerald nos va a cuadruplicar la carga de trabajo.
—Pero es mejor que podamos hacerlo más rápido —argumentó Bea—. Algunos de los libros que he procesado yo eran manuales de maquinaria y artillería alemana. Es información importante para las fuerzas aliadas…
—Tienes razón —intervino Nora—. Deberíamos recopilar cuanto más material mejor para ayudar a la causa todo lo que podamos.
Y a partir de ahora seremos capaces de hacerlo mejor.
Pero mientras, como hemos acabado antes de tiempo…
—Le guiñó un ojo a Bea y agarró el bolso que tenía en la mesa—.
A la primera ronda invito yo, señoritas.
Las mujeres fueron a por sus pertenencias, y Nora y Dorothy no tardaron en ponerse a sopesar los pros y los contras de sus cafeterías favoritas para decidir en cuál iban a encontrar la proporción más alta de hombres guapos y sin compromiso vestidos de uniforme.
Bea no se movió. Nora no se dio cuenta de que seguía junto a su mesa hasta que llegó a la puerta y apagó las luces.
—¿Vienes? —preguntó.
—Gracias, pero esta noche no. —Le mostró un boli y un papel que un momento antes estaban en su mesa—. Tengo que escribir a mi hermano Robert para decirle que he llegado bien a Lisboa. Está en el Pacífico Sur.
Era cierto, pero no era lo único que tenía en mente. Había escrito a Robert cuando acabó el entrenamiento, pero no sabía si la carta le había llegado o no.
Creyó que Nora iba a hacerle más preguntas, pero ella solo asintió y su expresión se suavizó, comprensiva.
—Yo tengo dos hermanos. Uno de ellos desapareció en combate en el norte de África.
El otro perdió una pierna en Pearl Harbor.
Es horrible decirlo, pero me alegro de lo de la pierna de Danny.
Fue una suerte, porque tuvieron que enviarlo a casa.
Pero Jack… —Se le llenaron los ojos de lágrimas—.
Si aparece en un campo de prisioneros, al menos sabremos que está vivo.
—¿No tenéis ninguna información? —preguntó Bea.
—No sabemos nada. —Nora se quedó con la vista fija en el suelo un momento, pero después cuadró los hombros y volvió a sonreír—. Pero unos cuantos gin fizz y un poco de baile me ayudarán a no pensar. Al menos hoy. —Y se dio la vuelta para salir.
Bea asintió y se despidió con la mano. Cuando el repiqueteo de sus tacones por el pasillo dejó de oírse, se entretuvo escribiendo la carta mientras esperaba a que el coronel Fitzgerald acabara su trabajo y se fuera a casa.
Las manecillas del reloj avanzaban muy despacio.
Justo cuando dejó la larga carta en la bandeja de correo aéreo para enviar, el coronel Fitzgerald salió, le dio las buenas noches y se fue.
Ella esperó diez minutos más, para asegurarse de que no aparecía de nuevo. Y entonces se coló en su despacho.
Comprobó el picaporte del estudio oculto del coronel. Estaba cerrado con llave. El enigmático hombre de los ojos azules que había visto allí, fuera quien fuese, no la iba a sorprender de nuevo.
Revisó la mesa de su jefe y vio las listas de pasajeros de la boac y del USS Liberation. La hora de salida eran las siete de esa misma tarde, con la pleamar. El corazón le dio un vuelco cuando vio una nota manuscrita al pie del manifiesto. Había cuatro «desconocidos» recién añadidos a la lista.
Sabía que esos hombres no estaban allí el día anterior por la mañana. ¿Y si le acababan de llegar al coronel noticias de Pete a través del teletipo? Él podría estar allí, de camino al puerto en ese mismo momento.
Agarró el bolso y salió corriendo de la oficina. El transatlántico salía solo una hora después. Si se daba prisa, podría llegar al puerto justo a tiempo.
Bea revisó las caras de los pasajeros, esforzándose por ver mejor.
Había cientos de personas en el muelle de Alcântara, desesperados por subir al barco.
Por cada persona a la que le permitían acceso al USS Liberation, rechazaban a una docena.
Sus seres queridos no paraban de llorar al despedirse.
Los que tenían la suerte de contar con visados, salvoconductos de salida y billetes solo podían mirar atrás, impotentes, a los familiares y amigos que tenían que dejar allí.
Se quedó sin aliento cuando la multitud se abrió para dejar paso a las enfermeras de la Cruz Roja, que acompañaban a sus pacientes para ayudarlos a subir al barco.
Eran prisioneros de guerra liberados. Cuatro hombres de uniforme, dos con muchas vendas y en sillas de ruedas y otros dos esqueléticos por la inanición y llenos de cardenales por las palizas de los campos de trabajo.
Intentó avanzar entre la multitud para verlos bien.
A pesar de las heridas y la extrema delgadez, enseguida se percató de que Pete no estaba entre ellos y se le cayó el alma a los pies.
Se alejó de la escena, decepcionada, y también enfadada consigo misma por no alegrarse por los soldados, que por fin, después de tanto tiempo, podían volver a casa. Había sido una estupidez por su parte pensar que Pete estaría entre ellos, que iba a ser tan fácil encontrarlo.
En vez de pedir un taxi, Bea decidió volver a casa paseando, con la esperanza de que le sirviera para calmar un poco el dolor que sentía en el pecho.
Los edificios resplandecían con la luz rosa y dorada del sol al atardecer.
Las cafeterías bullían de actividad y el ruido de las conversaciones de los clientes llenaba el aire.
Perdió la noción del tiempo mientras callejeaba por Bairro Alto.
Todo lo que la rodeaba se volvió difuso, porque en su mente estaba otra vez en los brazos de Pete la última noche que pasaron juntos.
Habían hecho un pícnic a la luz de las velas en un rincón oculto de Franklin Park, los dos envueltos en una manta bajo un cielo cuajado de estrellas.
—Volveré antes de que te des cuenta —aseguró, acariciándole el pelo mientras ella apoyaba la cabeza en su hombro—. Voy a hacer que esos cabezas cuadradas lamenten el día en el que nacieron.
—No digas esas cosas —murmuró.
La valentía de Pete era uno de los rasgos que le había atraído de él, pero aquella noche le parecía que sus fanfarronadas eran una forma de tentar al destino. El mundo estaba en guerra y una atmósfera de provisionalidad y de peligro se cernía sobre su amor como una nube de tormenta.
En vez de hacerle caso, Pete se echó a reír.
—¡Siempre tan seria! —bromeó, y le dio un beso en la mejilla—. Vamos a tener que buscar una cura para eso. —Tomó la petaca llena de whisky y se la tendió. Bea tomó varios sorbos del líquido abrasador a regañadientes.
No le gustaba que él hablara de su sinceridad como si fuera algo malo. ¿No debería parecerle un rasgo encantador? Pero la respuesta, si es que encontró alguna, quedó olvidada al instante cuando él empezó a besarle el cuello y las clavículas.
—No te preocupes —susurró—. Cuando vuelva a casa, yo cuidaré de ti. Siempre.
Bea sintió un dulce alivio al oír esas palabras. La idea de que alguien quisiera cuidarla le resultaba maravillosa en aquel momento, y también la de tener a una persona que la apoyara y la consolara cuando lo necesitase.
Cuando Pete la tumbó sobre la manta y le cubrió el cuerpo con el suyo, ella miró al cielo y pidió un deseo.
Sus padres ya no estaban. Ni tampoco Robert.
Selene, con todos los pretendientes que tenía, seguro que desaparecería pronto también.
«Déjame conservar a Pete. No quiero estar sola», suplicó en medio de la oscuridad, mirando a las constelaciones.
A la mañana siguiente, Pete se despidió de ella con la mano desde la proa del USS Allegiance. Y esa fue la última vez que lo vio.
—¡Beatrice!
Oír su nombre la sacó de su ensoñación. Parpadeó y vio a Nora, Dorothy y Helen, que la saludaban desde el otro lado de la calle da Rosa.
Bea pensó en girar la siguiente esquina y escabullirse. El lunes por la mañana podría fingir sorpresa y actuar como si no las hubiera oído. Lo único que quería en aquel momento era llegar al Hotel Amizade para darse un baño caliente y llorar un rato. Pero ya era demasiado tarde para ignorarlas.
Cruzó la calle.
—¡Qué bien que nos hayamos encontrado contigo! —Nora entrelazó el brazo con el de Bea y la llevó por la acera—. ¿Has terminado la carta?
Bea asintió.
Nora sonrió.
—Pues ahora tienes que venirte con nosotras. Y nada de excusas.
Las caras de Nora y Dorothy tenían la expresión abierta y llena de entusiasmo. Incluso Helen la animó un poco.
—No hace falta que te quedes hasta tarde. Yo solo voy a estar un rato más. Nos podemos ir juntas.
Se las veía a todas tan contentas de haberla encontrado por casualidad, que no pudo negarse.
E incluso consiguió sonreír.
—Os sigo.
Mientras caminaban y charlaban, Bea dejó que las risas de las otras mujeres enmascararan su melancolía. Pete estaba en alguna parte, atrapado por la guerra. Encontrar agujas en pajares era su especialidad, y se prometió que también lo iba a lograr con Pete Dawson.