Las bibliotecarias de Lisboa 3
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Selene maldijo entre dientes. Eran casi las seis y todavía no había encontrado Jardim Encantado.

Cuando terminó su primera jornada en las oficinas de la Comisión de Comercio, se subió al tranvía veintiocho que iba al centro de Alfama, uno de los barrios más antiguos de Lisboa.

Con su arquitectura medieval, las plazas con fuentes y las casas de colores pastel con la pintura descascarillada, Alfama era un laberinto de calles serpenteantes, estrechas y empinadas.

Llevaba un mapa de la ciudad en el bolso, pero se negó a mirarlo de nuevo.

En la Granja les ordenaron a las dos que memorizaran cuanto antes el plano de Lisboa.

A Bea, con esa mente tan meticulosa, le resultó fácil, pero a Selene se le estaba haciendo cuesta arriba, aunque estaba decidida a conseguirlo.

La verdad era que no tenía paciencia para el trabajo tedioso y odiaba con todas sus fuerzas estar encadenada a una mesa.

Aquel día, el descubrimiento más desalentador que hizo fue que su trabajo diurno era aburridísimo.

Su supervisor, el señor Mitchell, hablaba con una voz grave y monótona que parecía el tañido fúnebre de una campana.

Tras unas horas tomando notas taquigráficas de lo que dictaba, Selene se quería morir.

Solo esperaba que a Bea le hubiera ido mejor.

Como ya había perdido la cuenta de los callejones que había pasado, buscó carteles y miró los edificios que la rodeaban, intentando orientarse.

La ropa tendida a secar ondeaba con la brisa cálida.

Las flores adornaban las barandillas de los balcones, los canarios trinaban en sus jaulas y había naranjos pequeñitos en macetas.

Era una preciosidad.

De repente se le quedó atascado el tacón entre dos adoquines desnivelados. Se tambaleó, pero un par de brazos la sujetaron antes de que cayera al suelo.

—Oh, disculpe. Estaba distraída y… —Levantó la vista y descubrió una cara que conocía. Era Luca Caldeira.

—Es usted —dijo.

Tenía peor pinta que en el Casino Estoril. Unos rizos desaliñados le caían sobre la frente y una sombra de barba le cubría la mandíbula.

Él levantó ambas cejas.

—Dígame, ¿tiene la costumbre de lanzarse a los brazos de los hombres?

Bajó las manos hasta su cintura para ayudarla a recuperar el equilibrio. Cuando la soltó, Selene se quedó sin aliento un segundo.

—¿Lanzarme a los brazos? Pero si anoche fue usted quien me empujó. Y además casi me destroza el vestido.

Él frunció el ceño.

—No recuerdo los detalles. Pero sí recuerdo su vestido y su mirada de desdén. Ambas cosas le sentaban muy bien.

Ella lo atravesó con la mirada. ¿Cómo era posible que la hubiera insultado y halagado en la misma frase?

Él cruzó los brazos y se apoyó en la pared encalada. Sus hombros anchos casi bloqueaban por completo el callejón.

—¿Se ha perdido cuando volvía a su palácio ? Alfama es un poco humilde para la gente como usted, ¿no?

—No tiene ni idea de lo que habla —respondió.

No sabía lo equivocado que estaba. Sus padres la habían desheredado años antes y su escaso salario del Ejército no le permitía ningún lujo.

La noche anterior había fingido riqueza y estatus delante de la alta sociedad de Lisboa, pero en Boston llevaba una vida muy humilde con Bea, y tendría que hacer lo mismo allí.

Él la miró de arriba abajo.

—Yo reconozco el privilegio en cuanto lo veo. Estoy seguro de que no ha soportado una dura jornada de trabajo en su vida.

Ella frunció el ceño. ¿Tan obvio era que había tenido una infancia acomodada, incluso allí? Le molestaba que él pudiera adivinar tantas cosas sobre ella con esa facilidad.

—Eso no es asunto suyo. Si me disculpa…

Pasó a su lado y él hizo una reverencia con aire teatral.

—Por supuesto.

—Que tenga un buen día, senhor Caldeira.

Ella se apresuró a girar la siguiente esquina, ocultando una irritación que la quemaba por dentro. Miró atrás para asegurarse de que no la seguía.

Pero él estaba una manzana más allá, hablando con una familia que llevaba maletas y la ropa raída. Sacó una moneda del bolsillo y la puso en la mano de un hombre mayor.

Jacques había dicho que Luca vivía prácticamente en la miseria, pero ahí estaba, dándole el poco dinero que tenía a los demás. Ese pequeño acto de generosidad parecía del todo impropio de un hombre que acababa de insultarla gratuitamente.

Le dio la espalda, muy confusa, y aceleró el paso.

Por fin, solo un minuto antes de la hora, Selene encontró Beco da Hera.

Jardim Encantado, una floristería, estaba entre una cafetería y una antigua pensão * .

La fachada era tan pequeña que no se habría fijado en ella si no fuera por los recipientes a rebosar de flores que tenía en la puerta, protegidos bajo el toldo.

Entró y encontró a una mujer mayor colocando rosas en un jarrón. No había ninguna orquídea a la vista.

—Perdone, senhora —saludó en portugués—. ¿Es usted Gracinha?

La mujer la examinó con unos ojos blanquecinos por el efecto de las cataratas, pero no dijo nada.

Selene insistió.

—Quiero comprar una orquídea, por favor.

La mujer resopló y dijo:

—No tenemos orquídeas.

Selene lo repasó todo mentalmente. ¿Habría entendido mal las instrucciones? No… Seguro que no. Hizo un último intento.

—«Yo canto el cuerpo eléctrico». —Pronunció las palabras despacio; era su «firma» personal, el verso del poema de Walt Whitman que servía para identificarse ante otros agentes Aliados como alguien de su bando.

Las manos retorcidas de la mujer se detuvieron. Le hizo un gesto a Selene.

—Venga conmigo.

Llevó a Selene por un corredor estrecho y poco iluminado que desembocaba en un jardín amurallado. Desde allí cruzaron una puerta desvencijada y bajaron un tramo de escaleras, casi desmoronadas, hasta una entrada subterránea.

Gracinha llamó a la puerta de forma rítmica, con un claro patrón.

Tras unos segundos, se oyó abrirse la cerradura.

La madera crujió y dio paso a una caverna excavada bajo la ciudad, lo bastante grande para que cupiera una mesita, dos sillas y una estantería baja.

En la estantería había una selección de pistolas y dagas, una radio de onda corta y varios dispositivos Detectifone para espiar conversaciones.

En el centro del espacio estaba Marguerite, impecablemente ataviada con un elegante vestido de día amarillo limón y con un cigarro en una boquilla junto a los labios.

La puerta se cerró tras Selene. Marguerite y ella se habían quedado solas.

—Llegas tarde. —Marguerite miró a Selene con una ceja levantada.

—Perdón —balbuceó, desconcertada—. Es que…

—Tarde puede significar que estás comprometida. O que estás muerta.

A Selene le empezaron a sudar las manos. Esa Marguerite, corrosiva y muy seria, no tenía nada que ver con la versión coqueta de la noche anterior.

—No me han seguido.

—No des eso por sentado nunca. —El humo escapó de sus labios escarlata—.

Hay ojos vigilando por todas partes. Lo mejor que puedes esperar es que sean de los nuestros y no del enemigo.

—Le hizo un gesto para que se sentara y ella hizo lo mismo.

Después revisó el contenido de la carpeta que tenía delante.

—¿Has sido debutante? —Marguerite frunció el ceño—. ¿Tu fideicomiso no podía proporcionarte suficientes entretenimientos?

Selene se puso a la defensiva. Después de su encuentro con Luca, ya había soportado demasiadas ideas preconcebidas sobre ella por un día.

—Fui debutante en otra época. Y no tengo ningún fideicomiso. —«Ya no».

Marguerite ojeó el contenido de la carpeta una vez más y después miró de arriba abajo a Selene.

—Veo por qué la Granja te ha enviado para trabajar conmigo. No se puede desperdiciar un cuerpo como ese con las microfichas. Anoche ninguno de los hombres del casino te quitaba los ojos de encima.

Selene sintió una punzada de decepción.

—Mis habilidades superan a mi apariencia.

—Eso ya lo veremos.

—¿Cuál es mi misión? —preguntó—. ¿Por qué me pidieron anoche que me ganara la confianza de los hombres en el casino? Sería capaz de cruzar las líneas enemigas o…

—¿Crees que enviaríamos a una belleza como tú al campo de batalla?

—Marguerite cerró de forma brusca la carpeta—.

Los asesores de Salazar son muy selectivos con sus amantes.

No importa tanto con quién se acuesten, sino a quién lleven del brazo por toda la ciudad.

Tienen que mantener las apariencias de cara a los lisboetas.

Si esos hombres se pueden permitir pasarse el día tranquilos con sus amantes, es que la guerra no puede ser para tanto, ¿lo comprendes?

—¿Mi misión es convertirme en una de sus amantes? —La cara de Giles apareció en su mente. Flirtear era una forma de controlar a los hombres que pretendían dominarla, pero la verdadera seducción era algo completamente diferente—. No sé cómo puede contribuir eso al esfuerzo bélico.

—Hay una informadora nazi en el círculo íntimo de Salazar.

—Marguerite le dio una calada al cigarrillo—.

Sabemos por una fuente fiable que es la amante de uno de los miembros del Gobierno.

Está filtrándoles información a los nazis sobre los refugiados más influyentes y subversivos de Lisboa, que después van desapareciendo misteriosamente, uno por uno.

—¿Desapareciendo? —repitió Selene.

—A algunos los secuestran y después aparecen en campos de concentración, mientras que otros…

—Marguerite suspiró—. A veces encontramos algún cadáver.

La mayoría se desvanece para siempre sin dejar rastro.

—Apagó el cigarrillo—. Todos son férreos enemigos del Reich.

Miembros de los grupos de resistencia. Científicos, escritores y artistas famosos de todo el mundo. Actores y actrices…

—Leslie Howard —interrumpió Selene—. Iba en un avión de British Airways que cayó en el Atlántico en junio.

—Como otros muchos estadounidenses, había lamentado la pérdida del atractivo Howard, que había interpretado uno de los papeles protagonistas de Lo que el viento se llevó.

El avión de la boac sufrió un ataque de una aeronave enemiga cuando estaba volando de Lisboa a Inglaterra.

Recordó las especulaciones que publicaron los periódicos, la teoría de que los alemanes lo hicieron porque pretendían acabar con el actor, por sus discursos y su clara actitud antinazi.

—Hay una lección que, cuanto antes aprendas, mejor. Si quieres seguir con vida, es preferible no hablar de ciertos incidentes. —La mirada de Marguerite era puro hielo—. La última agente que se encargó de esta misión… cometió demasiados errores. Ya viste lo que le pasó anoche.

La sangre le atronó en los oídos cuando comprendió lo que implicaban esas palabras.

—La mujer del casino era tu agente… y se suicidó.

El estómago le dio un vuelco. Iba a ocupar el lugar de esa mujer muerta.

—Tu misión es encontrar a la informadora —continuó Marguerite—.

Infiltrarte en el círculo de Salazar. ¿Mi consejo?

Escoge a uno de los miembros de su Gobierno como amante, da igual cuál.

Gánate la confianza de las otras mujeres.

Hazte amiga de ellas. Coloca dispositivos de escucha en sus apartamentos.

—Se inclinó hacia Selene. Sus ojos eran dos pozos sin fondo—.

Les robarás sus secretos cuando se sientan a salvo, encerradas en sus torres de marfil.

El desprecio que notó en el tono de Marguerite la sorprendió.

—Las odias.

—Odio su hipocresía. —En su expresión no se veían remordimientos y sus ojos no dejaban de analizar a Selene—. Si estás haciendo esto por aburrimiento…

—Ni hablar. —Selene se ruborizó.

Su propia madre y su hermana, Evelyn, vivían tranquilamente en sus torres de marfil, sin preocuparse de nada más que de su propia seguridad.

Selene siempre había odiado su indiferencia.

A ella, su falta de acción la hacía sentir cómplice hasta cierto punto.

Marguerite le estaba dando la oportunidad de cambiar eso. Si tenía éxito, podría salvar vidas.

Si para eso necesitaba acostarse con hombres extraños, ¿sería capaz de hacer ese trabajo?

Se tragó la inseguridad que sentía.

—Puedo hacerlo. No te vas a arrepentir.

Durante un segundo, la expresión de Marguerite casi se suavizó, pero enseguida volvió a ponerse seria.

—Unas cuantas reglas. Nunca vengas a Jardim Encantado, a no ser que yo te lo diga a través de Gracinha.

Nos comunicaremos por transmisiones de radio o mensajes codificados que te entreguen los eslabones.

Págales con el dinero en efectivo que tienes en tu cuenta de gastos.

—Se quedó callada un momento—. ¿Sabes lo que es un eslabón?

Selene asintió. Una de las primeras tareas de un espía era establecer una cadena de informantes con diferentes eslabones.

En Lisboa necesitaría personas de confianza que fueran sus ojos y sus oídos por toda la ciudad y que la informaran de lo que descubrían.

Ella solo se comunicaría con el primer eslabón de la cadena, para mantener el anonimato del resto.

Cada uno de ellos informaría exclusivamente al siguiente, de forma que, si alguno se veía comprometido, las identidades de los otros seguirían estando protegidas.

Le habían enseñado en la Granja los detalles más importantes sobre cómo hacer ese tipo de contactos y confiaba en que sus habilidades sociales le servirían para completar esa parte de la misión.

—Utiliza los nombres en clave para todas las comunicaciones —continuó Marguerite—.

Mi nombre en clave es Orquídea, como ya sabes.

El tuyo es Circe. —Se levantó—. Te voy a encargar que vayas a la hora del cóctel al Hotel Aviz mañana por la noche.

La mayoría del séquito de Salazar cena allí los viernes.

Yo tengo que cantar después, pero tú tienes que aparecer antes de que empiece mi número.

—Abrió su bolso, se retocó el pintalabios y se miró el peinado en un espejito—. ¿Qué tienes para ponerte?

—El vestido que llevaba anoche. —Ante la cara de consternación de Marguerite, Selene se apresuró a añadir—: En la Granja me dijeron que solo tenía que traer uno.

Marguerite suspiró.

—Los de la Granja y sus ideas absurdas sobre lo que necesitan mis agentes de campo.

El coronel Briggs cree que el uniforme militar es el último grito en cuanto a moda.

—Marguerite le escribió una dirección en un trozo de papel—.

Sal por donde has entrado y ve a este sitio.

Está a cuatro manzanas de aquí. Yo me encontraré contigo allí.

Selene miró el papel.

—¿Una modista?

Su contacto asintió.

—Vas a necesitar por lo menos media docena de vestidos de noche y también otros de día, ropa para ir en barco y al polo…

—Fue extendiendo los diferentes dedos mientras enumeraba—.

Querida, no olvides todavía esos modales de mujer de buena cuna que tienes.

Si vas a mezclarte con lo mejorcito de Lisboa, deberás parecer una de ellos.