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Desde entonces no había pasado ni un día en el que Bea no se hubiera preguntado dónde estaba y si seguiría vivo. Si había escapado de sus captores, ¿era posible que hubiera llegado a Lisboa? Y si lo había conseguido, ¿estaría su nombre en una de las listas de Fitzgerald?
Por eso había querido ir a Europa, con la esperanza de encontrarlo.
No podía negar que era algo descabellado.
Se dio cuenta en el mismo momento en el que bajó del barco en aquel muelle atestado de gente.
Había miles de personas utilizando Lisboa como ruta de escape.
Aunque Pete pasara por allí, parecía una tarea imposible encontrarlo entre tantos otros. Pero no podía dejar de intentarlo.
Se levantó para ver mejor esas listas de pasajeros, pero el sonido de unas voces cercanas la distrajo. Se fijó en que una puerta que había detrás de la mesa del coronel estaba entreabierta.
Bea cruzó despacio el umbral, en busca del origen de las voces. Al otro lado había un estudio lleno de estanterías que iban del suelo al techo y, en el centro, un diván de terciopelo. Esperaba que no fuera ahí donde el coronel se encontraba con su amante.
Justo cuando iba a salir de allí, identificó las voces indeterminadas como las de dos hombres que gritaban en pleno enfado. Parecían llegar desde el otro lado de la pared. Se quedó petrificada.
—Los nazis sacan de contrabando más wolframio cada día —gritó una voz ronca con acento estadounidense—, en franca violación del acuerdo luso-alemán.
Si fuera por los Aliados, ya habrían volado todas las minas de wolframio propiedad de los nazis que hay en este país.
En cuanto a la relación de Salazar con los Aliados, el presidente está caminando por una cuerda floja que está a punto de romperse.
Y tú acabas de dejar que el mayor cargamento de wolframio de este año caiga directamente en manos de Hitler.
—Se oyó un ruido de cristales rotos y Bea supuso que alguien había estrellado algo—.
¡Por todos los demonios, no podemos permitirnos esos errores!
—Yo no cometo errores —fue la respuesta que se oyó, en inglés pero con acento español. Y el tono era cortante.
—¡Entonces haz tu maldito trabajo!
Y dicho eso, una de las estanterías se abrió y un hombre uniformado, que Bea asumió que era el coronel Fitzgerald, entró como una tromba en el estudio.
Pisándole los talones iba otro con actitud resuelta, el pelo castaño y un traje de tres piezas.
Su cara era angulosa y masculina, y tenía la nariz aquilina y unos penetrantes ojos azules.
Su expresión permanecía distante, como si la discusión que ella acababa de oír no tuviera ni la más mínima importancia.
Su mirada se encontró con la de Bea durante un instante, indiferente y perpleja.
—¿Quién demonios es usted? ¿Y cómo ha entrado aquí? —El coronel Fitzgerald se plantó a su lado, con las mejillas colgantes como las de un bulldog rojas de rabia.
—Beatrice Sullivan, señor, la nueva bibliotecaria.
—Tenía el pulso acelerado, pero su voz sonó firme.
Miró detrás del coronel, pero el otro hombre había desaparecido.
La estantería había vuelto a su lugar y era imposible distinguirla de las demás.
Volvió a centrar su atención en su nuevo jefe—. La puerta estaba abierta. Señor.
—Fuera. Ahora mismo. Llame a la señorita Milford. —Su tono era amenazador—. No ha oído nada, ni ha visto a nadie.
—Sí, señor.
Al salir del despacho del coronel, Bea se encontró a Nora esperando. Helen y Dorothy la miraron solidarias.
—Le parecerá raro, pero esa es su actitud cuando está tranquilo —explicó Nora—. No le ha tirado un cenicero, ¿verdad?
—A mí no —contestó ella con cautela.
—Entonces le ha caído bien.
Nora puso una caja de libros en la mesa de Bea.
—Muy bien, hay cientos de libros que empaquetar antes del siguiente vuelo y muchos microfilmes que procesar.
Se envía todo a los Estados Unidos para que lo analicen y después lo archiven para conservarlo.
La Biblioteca del Congreso quiere que guardemos todo el material impreso que podamos antes de que el Reich lo queme.
Parte de los documentos impresos, como los periódicos que puedan proporcionar pistas sobre los movimientos de tropas y los planes del Eje, van directos al coronel para que se los pase a la inteligencia aliada.
Los mapas y los manuales de armas y maquinaria también.
El resto sale en el vuelo de mañana. ¿Lista para empezar a trabajar?
—Por supuesto.
Bea sacó un libro de la caja e inhaló el olor del papel. Necesitaba el consuelo que le proporcionaba tocar sus páginas. Nora empezó a explicarle cómo catalogar y transferir las pilas de información que la oss había recopilado en librerías, locales y quioscos.
La mente de Bea se distrajo; dominaba el microfilmado desde mucho antes de llegar a Lisboa.
¿Sería difícil colarse en el despacho del coronel para ver si el nombre de Pete estaba en esos manifiestos? No, no iba a hacerlo. Por el momento no debía llamar la atención, solo trabajar bien y concentrada para ganarse poco a poco la confianza del coronel.
Un par de ojos gélidos aparecieron de improviso en su mente.
Volvió a centrarse en la explicación de Nora para intentar ignorar el calor que notó de repente en las mejillas.