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Unos años antes, a ese barco, que llevaba a casi un millar de refugiados, le negaron la entrada al puerto, primero en Cuba, y después en los Estados Unidos.
La gente que iba a bordo estaba tan desesperada que incluso muchos hicieron un pacto y amenazaron con suicidarse en masa si no les daban asilo.
Como Roosevelt ignoró sus súplicas de ayuda, el barco tuvo que volver a Alemania y seguramente cientos de esos pasajeros perecieron en los «campos de la muerte» de Hitler.
Los periódicos de todo el país se hicieron eco de la tragedia, pero leer sobre el tema de forma superficial era muy diferente a ver con tus propios ojos la desesperación de esa gente.
Mientras Bea miraba, un hombre mayor se tropezó cuando intentaba seguir el paso de los demás.
Ella se levantó enseguida para ayudarlo a ponerse en pie de nuevo, pero el hombre le hizo un gesto con la mano para que no se acercara, alarmado y murmurando una retahíla de palabras en un idioma que no conocía.
Se quedó a un lado impotente, mirando cómo se iba cojeando detrás de la multitud, que desapareció tan rápido como había aparecido.
Volvió a la mesa de la cafetería, confundida.
—Yo… Me parece que me tenía miedo.
Jacques la miró comprensivo.
—Aquí existen las mismas posibilidades de que alguien te ofrezca refugio que de que te denuncie a la pvde por tener papeles falsificados.
Muchos lisboetas les han abierto sus casas a los refugiados, pero otros no son tan amables.
Una cierta dosis de paranoia siempre es prudente cuando se trata de los nazis, ¿no cree?
—Él notó su expresión horrorizada—. Esto es Lisboa, querida.
Ojalá pudiera decirle que nunca llegará a acostumbrarse a estas cosas, pero…
—Seguro que a mí no me pasa eso. —Miró con preocupación a Selene.
La expresión de su amiga era firme.
—Y no hará falta, porque los Aliados van a ganar la guerra.
Su optimismo le pareció a Bea algo fuera de lugar, dadas las circunstancias. El silencio se alargó.
Jacques carraspeó y le hizo un gesto al garçon para pedirle un café. Después, con una alegría forzada, dijo:
—Hablando de ganar, ¿sabe que su amiga me robó cincuenta escudos jugando al póquer anoche?
—No hice trampas —aseguró Selene sacudiendo un dedo a modo de reprimenda fingida—. Pero para compensarte, te invito a una bica .
—¡Estupendo! Yo nunca rechazo la compasión.
Además, no tengo otra cosa que hacer y este día ya se me está haciendo largo.
—Se acomodó en la silla y las observó—. Vosotras dos…
sois la paloma y el pavo real, ¿me equivoco?
—No esperó a que le respondieran—. Oh, pero qué bien nos lo vamos a pasar los tres juntos.
—Lo dijo como si ya fuera un hecho, y su sonrisa auténtica hizo que Bea se permitiera creerlo.
—Si logras apartar a Bea de sus libros —bromeó Selene—. Hace muchísimo tiempo que no tiene una cita.
Jacques sacudió la cabeza.
—Eso es fácil de remediar. Se me ocurre una docena de hombres que…
—Gracias —interrumpió Bea haciendo una bola con la servilleta en su regazo—. No necesito ninguna cita.
—Pero ¿no ha pasado suficiente tiempo ya? —protestó Selene—. Si casi no conocías a Pete. Creo que ya es hora…
—No. —La voz de Bea sonó más tajante de lo que pretendía—. Por favor —dijo con tono más suave, y se le llenaron los ojos de lágrimas, como siempre que oía el nombre de Pete Dawson, aunque intentó contenerlas. Ya había pasado un año, pero el dolor seguía ahí.
Selene no lo entendía, pero ¿cómo iba a hacerlo? Bea no le había contado la verdad. Ni a ella ni a nadie.
—Oh, demonios, perdona. —Le apretó la mano a su amiga—. No debería haber sacado el tema. Yo…
—No pasa nada. —Bea ocultó su dolor dándole un sorbo a la amarga bica —. Ya está olvidado. —Miró el reloj—. Me tengo que ir a trabajar.
Selene arrugó la frente por la preocupación.
—¿Te veo luego en el hotel?
—Sí. —Bea aceptó con una sonrisa que esperaba que resultara convincente.
Mientras se alejaba para tomar el tranvía, miró atrás, a la cafetería. Selene y Jacques estaban charlando tranquilamente, el dolor de Bea olvidado por completo.
Cuando llegó a las oficinas del idc, media hora después, la recibió en la puerta una mujer estadounidense, más o menos de su edad, menuda y rubia.
—Soy Nora Milford. Y usted es Bea, ya me lo han dicho.
Llega tarde y al coronel no le gusta nada la impuntualidad.
Ha dicho que vaya a verlo en cuanto llegue.
—Las palabras salían de forma atropellada por la boca de Nora, mientras acompañaba a Bea al interior de una habitación en la que había varios escritorios y docenas de cajas llenas a rebosar de libros, periódicos y revistas.
—No podía acceder al edificio. La entrada de la calle de Sant’Ana à Lapa estaba llena de gente.
Las oficinas del idc estaban en el edificio de la Legación Estadounidense. Aunque aún era temprano, ya había cientos de refugiados haciendo cola fuera, con la esperanza de que los dejaran entrar.
Nora suspiró.
—Lo sé. A veces las familias duermen en los escalones con la esperanza de obtener una cita para el visado.
Es terrible. —Su tono era triste, pero resignado.
Igual que el de Jacques—. En adelante, vaya por la entrada lateral.
Los de seguridad la dejarán entrar sin problemas si muestra su identificación. Así no llegará tarde.
Bea asintió y examinó la habitación. En una mesa que había cerca, una mujer con el pelo castaño y rizado y gafas de carey estaba ordenando y guardando libros en cajas con expresión seria.
Más allá, una pelirroja habladora estaba sentada delante de una cámara de microfilmación Recordak, alimentándola con documentos que la máquina fotografiaba en microformas, mientras parloteaba en voz bastante alta con la otra mujer, que guardaba silencio y no perdía la concentración.
Nora se las presentó cuando pasaron con prisa por su lado: Helen, de Iowa, y Dorothy, de Nueva Jersey.
—Gracias a Dios que ha llegado por fin —exclamó Dorothy mientras aplastaba el cigarrillo en un cenicero lleno de colillas aún humeantes—. Llevamos días de retraso con la clasificación.
—Porque no paras de chismorrear —replicó Nora, pero lo dijo sonriendo.
—Solo le estoy contando a Helen lo que me pasó anoche.
—Conoció a cuatro marineros que estaban en tierra de permiso —intervino Helen, mirando a Dorothy y sin dejar de sacudir la cabeza.
—Sí, pero solo me llevé a casa a uno. —Dorothy les guiñó un ojo y Nora se echó a reír.
—No vas a aprender nunca —reprendió Helen, y se ajustó las gafas.
Nora se acercó a Bea y le susurró:
—Helen es nuestra mamá gallina. Si consigue hacerla reír, será un milagro. No habla de ello, pero perdió a su marido en Pearl Harbor. Y tiene un niño de dos años en Iowa. Sus padres están cuidando al pequeñín. El trabajo en el extranjero se paga mejor, por eso está aquí.
Bea hizo una mueca. Tener que dejar a su bebé después de perder a su marido…
—Es terrible —dijo, aunque sabía que eso se quedaba corto.
Nora asintió.
—Todas estamos aquí por alguien. Para luchar contra los nazis como podemos.
Pero aun así procuramos encontrar motivos para reírnos de vez en cuando.
No podemos dejar que esta guerra nos lo quite todo.
—Nora señaló el único escritorio vacío y recuperó el volumen normal—.
Ese es su sitio. Pero tiene que ir a conocer al coronel primero, antes de que se ponga furioso.
—No deje que el coronel Fitzgerald le meta miedo —intervino Helen—. Ladra mucho pero no muerde.
—Se guarda los mordiscos para su amante rumana —susurró Dorothy con una risita.
Bea esperaba que no fuera cierto. Lo último que necesitaba era otro supervisor con la mano demasiado larga.
—Tú céntrate en las microfichas y no te metas donde no te llaman —advirtió Helen.
Nora metió la cabeza y encontró el despacho del coronel vacío. Le hizo a Bea un gesto para que se sentara.
—Espérelo aquí.
Cerró la puerta y la dejó sola. Pasaron los minutos y Bea se entretuvo buscando mentalmente las respuestas del último crucigrama que estaba haciendo y rellenando las casillas que le quedaban.
Cuando se cansó, revisó la habitación en busca de algo que leer.
Sus ojos se posaron en los papeles que había en la mesa del coronel.
Vio la lista de pasajeros de un vuelo de la British Overseas Airways Corporation y el manifiesto del barco USS Liberation.
En la Granja había oído rumores de que prisioneros de guerra liberados viajaban hasta Portugal por rutas de huida que cruzaban los Pirineos y, desde Lisboa, muchos se montaban en vuelos de la boac para buscar refugio en Londres y otros se subían a transatlánticos que volvían a los Estados Unidos.
Obviamente solo los cargos de rango superior, como el coronel, tenían acceso a las listas con esos nombres.
Había que proteger las identidades de los prisioneros de guerra liberados, incluso en territorio neutral, por miedo a que los agentes del Eje los localizaran y los capturaran de nuevo.
Ella necesitaba ver esa lista; había un nombre que esperaba con todas sus fuerzas que estuviera en ella.
Cuando no obtuvo respuesta a ninguna de la docena de cartas que le escribió a Pete, se temió lo peor. Pensó en contactar con su familia, pero descartó la idea enseguida. A él siempre le preocupó que ellos no aprobaran su precipitado romance y Bea no se sentía capaz de enfrentarse a ellos sola.
Empezó entonces a revisar las listas de hombres desaparecidos en acto de servicio que publicaba a diario el periódico Boston Globe . Y una desgarradora mañana leyó:
Soldado Pete Dawson, hijo de Fred Dawson de West Roxbury, desaparecido en combate en el norte de África el 16 de noviembre de 1942 y confirmado prisionero de guerra alemán el 6 de febrero de 1943.