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Bea probó de nuevo el café, pero no sirvió de nada.
Frente a ella, Selene no hacía más que alabar las virtudes de esa bica , que le recordaba al expreso, pero a ella le resultaba muy amargo y además ya tenía los nervios de punta.
Dejó la taza, que repiqueteó contra el plato.
Una pregunta no dejaba de darle vueltas en la cabeza: «¿Ha sido todo esto un terrible error? ».
Llevaba menos de veinticuatro horas en Portugal, pero solo había necesitado pasar unos minutos en la Pastelaria Suíça para confirmar que estaba totalmente fuera de su elemento.
Nunca había salido de Massachusetts, mucho menos de los Estados Unidos, y de repente se veía en una cafetería de Lisboa, en hora punta, oyendo hablar lo que le parecían cien idiomas distintos.
Comparado con las tranquilas salas de lectura forradas de roble de su querida biblioteca de Boston, ese mundo era demasiado efervescente y bullicioso, y esa luz matutina era tan fuerte que le resultaba casi cegadora.
Una mujer mayor pasó junto a su mesa y chasqueó la lengua para mostrar su desaprobación por los pantalones de Bea.
Esas prendas siempre habían sido básicas en su armario.
Eran mucho más prácticos para colocar libros en estanterías y para subirse a las escaleras de la biblioteca.
Durante su entrenamiento en la Granja, insistió en que su uniforme militar tuviera pantalones en vez de falda y el coronel Briggs también le puso pegas.
«No necesita verme las piernas para evaluar el valor de mi mente, la cual, debo decirle, piensa mejor cuando llevo pantalones», argumentó Bea muy pragmática.
Al final el coronel aceptó a regañadientes su petición, pero le advirtió que los lisboetas podrían rechazar su atuendo y, peor todavía, su presencia en general por culpa de ese detalle.
—Tienes que probar el pão de deus . —Selene le ofreció un pastelito cubierto de coco, el segundo que se comía esa mañana.
Bea no podía evitar admirar la seguridad en sí misma de su amiga. Selene se desperezó como un gato bajo el sol, irradiando una sensación de comodidad tranquila.
—Está delicioso —insistió.
—No puedo comer nada. —Bea negó con la cabeza. Llevaba el pelo color miel, que le llegaba por los hombros, recogido en un moño práctico.
Siguió contemplando a los transeúntes, catalogando todas las caras con su memoria fotográfica. Estaba bastante abrumada por la avalancha de imágenes.
Selene arrugó la frente.
—Son los nervios del primer día.
Era mucho más que eso, pero Bea se limitó a asentir. No podía verbalizar el millón de dudas que sentía sobre su presencia allí, ni la verdad sobre lo que pretendía con ese viaje. No quería estropear el entusiasmo de Selene, ni darle razones para preocuparse.
Después de desayunar iba a tomar uno de los tranvías amarillos para presentarse en su primer día de trabajo en las oficinas del idc.
Todo aquello seguía sin parecerle real. Nada.
Nunca había sido una persona con tendencia a correr riesgos, pero unas semanas atrás había aprendido a disparar una pistola, atacar con un cuchillo o conectar los cables de una bomba.
También le habían enseñado cosas más sencillas, como abrir una cerradura o descifrar códigos (algo que se le daba muy bien), pero eso no ocultaba la verdadera naturaleza de los entrenamientos diarios en la Granja.
Les habían enseñado a las dos el arte del sabotaje y el asesinato.
—Pero ¿qué te puede preocupar? —Selene le dio un sorbo al café de Bea—. Te vas a pasar todo el día catalogando libros y revistas… Es el trabajo de tus sueños. Era el puesto más seguro que podías tener.
Bea asintió, aunque no estaba de acuerdo. «Bibliotecaria de servicios especiales» sonaba inofensivo, pero todas las misiones de la oss entrañaban algún peligro. En la Granja las habían preparado para cualquier tipo de tarea que pudieran asignarles.
Recordó la frialdad distante del coronel Briggs mientras leía su historial.
«Padres fallecidos. Hermano destinado en el Pacífico Sur. —Miró por encima de los cristales de sus gafas—. Muy conveniente. Es más fácil dejarlo todo cuando no tienes gran cosa que perder».
Lo odió por decir eso, porque habló de ella como si no tuviera familia, como si su hermano, Robert, no fuera más que una estadística de guerra, sin nombre y sin cara.
Pero, siendo sincera, ¿no era precisamente esa, en parte, la razón por la que había accedido a ir allí?
No podía quedarse en su casa y marchitarse esperando noticias, llena de esperanza y miedo a la vez.
Y si no estaban en Boston ni él ni Selene…
a Bea no le quedaba nada ni nadie. A pesar de todas las objeciones que le ponía su cerebro, había elegido a regañadientes ese camino antes que la soledad.
Miró al otro lado de la mesa y sintió una oleada de gratitud hacia Selene.
Al principio, el descaro de su amiga le producía a Bea una vergüenza intermitente.
Tenía que reñirla siempre que aparecía en el trabajo con el vestido que llevaba la noche anterior o cuando soltaba una ristra infinita de maldiciones delante de cualquiera.
Muchas veces se ganó la desaprobación de otros miembros del personal por sus lecturas histriónicas y escandalosas de ejemplares de Adventure Comics en la hora infantil.
Y además se pasaba las horas muertas hojeando números de las revistas National Geographic y Travel , en vez de ayudar con la catalogación.
Pero ella fue un rayo de luz en medio de la niebla gris que había envuelto a Bea tras la muerte de su madre.
Su amistad se selló para siempre el día que Selene echó un chorrito de aceite de ricino en el café de su supervisor, el señor Filmore.
El lascivo bibliotecario jefe aprovechaba siempre que podía para agarrar a Bea por la cintura o rozarle el muslo, y la venganza de Selene en su nombre había logrado la eterna lealtad de Bea.
Para agradar a su amiga, le dio un mordisco al pão de deus .
—Todavía no me has contado qué tal anoche.
—Ah, una velada llena de hombres atractivos e infelices que estaban dispuestos a satisfacer todos mis caprichos. —Selene soltó una carcajada y varios hombres se quedaron mirando su pelo negro.
—Eres terrible —la regañó Bea.
No había comprendido ni aprobado la afición de Selene por tener una sucesión interminable de pretendientes hasta que ella le habló de su exprometido, Giles Bettencourt.
Desde entonces veía los coqueteos de su amiga como lo que eran: su primera línea de autodefensa para evitarse una herida más profunda.
Esperaba una respuesta ingeniosa, pero la expresión de Selene se volvió extrañamente reticente.
—La verdad es que… las cosas aquí son más peligrosas de lo que creía, de lo que nos dijeron cuando nos preparaban. Lo vi con mis propios ojos anoche.
Bea se puso tensa y sintió un escalofrío.
—¿Qué…?
Selene levantó la mano para detenerla.
—No pasa nada. A las dos nos va a ir bien. —Sonrió, pero Bea notó un temblor casi imperceptible en su voz—. Solo te lo digo porque tú eres demasiado amable. Estarás a salvo en el idc, pero… ten cuidado, ¿vale?
Bea estaba deseando hacerle más preguntas, pero las dos habían hecho un juramento de confidencialidad que solo les permitía hablar de su trabajo en términos muy vagos.
Ninguna podía dar detalles de sus misiones, ni comentar nada sobre materiales de alto secreto.
Hacerlo podía poner sus vidas en peligro.
Bea le apretó la mano.
—Prométeme que tú también vas a tener mucho cuidado. Por favor.
—Si hubiera querido tener cuidado, ahora mismo le estaría llevando a Giles una copa y las zapatillas todas las noches. Y mi familia todavía me hablaría. —Las palabras de Selene sonaron amargas.
Al pensar en su madre y en cuánto la echaba de menos, Bea dijo con voz suave:
—Al menos podrías decirle dónde estás.
—¿Qué les importa? —Selene se comió el último trozo del pastel.
Entonces a Bea le llamó la atención una voz muy alta que llegaba desde el paseo.
—¡Abran paso, abran paso!
—¡Mamá, date prisa!
—Dejen paso, por favor.
Una enorme conmoción se desató en la plaza. Docenas de personas iban corriendo con maletas, peleándose por adelantar a las demás. Algunas mujeres llevaban bebés apoyados en la cadera o niños pequeños llorando detrás. Muchos de los presentes iban vestidos con ropa sucia y raída.
—¿Qué demonios…? —Selene miró preocupada a Bea.
Ella se puso nerviosa al ver la determinación desesperada en la cara de una madre joven. ¿De qué estaba huyendo? ¿Y por qué los demás clientes de la cafetería ignoraban por completo la escena?
Entonces salió de entre la multitud un hombre rubio con un traje de sirsaca y un sombrero de paja y pronunció el nombre de Selene.
—¡Jacques! —Su amiga lo saludó con la mano.
—Qué alegría ver una cara amiga en medio de este alboroto. —Él se sentó en su mesa, aunque no apartó la vista de la multitud desatada que no dejaba de empujarse para avanzar.
Selene señaló a Bea con la cabeza.
—Jacques, te presento a Beatrice Sullivan.
—¡Ah! ¡La otra bibliotecaria! —Él inclinó un poco el ala del sombrero en dirección a Bea—. Ojalá nos conociéramos en mejores circunstancias.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Selene.
—Son refugiados que se dirigen al puerto. —Suspiró—. Esperan poder subir al transatlántico Serpa Pinto. Sale para Nueva York a las diez. Vienen todas las mañanas a la misma hora. Algunos han pagado una fortuna por unos papeles falsos…
—Y a todos les van a negar la entrada a Nueva York —dijo Bea.
Sintió una enorme amargura por esa injusticia. Sin unos papeles legales, o alguien que respondiera por ellos, aunque consiguieran subir al barco allí, cuando llegaran a Estados Unidos los devolverían a Europa. Se estremeció al recordar el MS St. Louis.